En este fragmento inicial, Pedro José Tocuyo reconstruye una tarde cualquiera de su infancia en Turmero, Venezuela. Lo que comienza como el recuerdo de una plaza, unos fuegos artificiales y un grupo de niños con diez bolívares en el bolsillo termina convirtiéndose en una reflexión sobre la memoria, la familia y un país que sigue habitando en los recuerdos.
Hay un árbol en Turmero que vio descansar a Bolívar.
Dicen que el Libertador se detuvo bajo su sombra durante alguna campaña, en uno de esos días interminables de guerra que la historia terminó ordenando en fechas y batallas. El samán lo recibió como hacen los samanes: sin aspavientos, con esa indiferencia serena de lo que lleva siglos siendo más grande que cualquier hombre que se le acerque.
Nosotros íbamos los sábados.
No por Bolívar, claro. Íbamos porque Turmero era uno de esos pueblos del interior venezolano donde el sábado por la tarde tenía su propio ritmo, distinto al de la semana y distinto también al del domingo. Un ritmo que los niños no sabíamos nombrar, pero reconocíamos apenas el carro doblaba hacia la plaza.

Arqueología de la memoria
Pedro José Tocuyo
Crónicas
2026
ISBN: 979-8198157101
64 páginas
Llegábamos en un Ford LTD que necesitaba media cuadra para estacionarse. Era una nave. De esas que Venezuela producía en aquella época sin pedirle disculpas a nadie: grandes, pesadas, americanas, con interiores amplios, aire acondicionado, botones eléctricos y ese lujo silencioso con el que Venezuela vivía entonces. Mi padre maniobraba con paciencia. Nosotros esperábamos adentro contando los segundos.
Mis padres se sentaban en un banco bajo el samán. Conversaban. Eso era todo. Y ahora entiendo que, probablemente, era exactamente lo que necesitaban: conversar tranquilos mientras la tarde avanzaba sin apuro. El árbol extendía su sombra como un techo generoso sobre la plaza entera y, debajo de ella, el tiempo parecía funcionar distinto.
A nosotros nos daban diez bolívares a cada uno y nos soltaban.
Diez bolívares que pesaban como petróleo en el bolsillo de un niño. Con esa fortuna en la mano, Turmero se convertía en un territorio de posibilidades. Había vendedores ambulantes por todas partes: chucherías, perros calientes, voces anunciando “cotufa a medio” desde bolsitas que prometían más de lo que contenían. Pero lo mejor —lo que en realidad nos llevaba a ese pueblo semana tras semana— estaba en los puestos de fuegos artificiales.
Aprendimos temprano esa palabra difícil. La aprendimos porque era la acusación que nos hacía mi madre al vernos regresar: piromaníacos. Lo decía mirando las bolsas cargadas de ranitas, triqui-traquis, luces de bengala, silbadores, platillos voladores, estrellitas y garbanzos.
Los tumbarranchos estaban prohibidos, pero siempre aparecían en algún bolsillo.
Cada uno de nosotros tenía su puesto favorito. Cada puesto tenía su dueño. Y cada dueño dominaba el arte de hacerte sentir que estabas negociando como adulto.
Lo mejor era cuando el vendedor miraba hacia los lados, se agachaba con gesto conspirador y sacaba algo de debajo del carrito.
—Esto lo guardé para ti. Es lo único que tengo. No hay más en todo el estado.
Uno lo compraba sin dudar. Diez bolívares podían alcanzar para mucho o para poco, dependiendo de cuánto te dejaras convencer. La transacción tenía algo raro: por unos minutos, uno sentía haber conseguido algo que los demás no tendrían.
En el camino de regreso, mi madre improvisaba historias trágicas sobre accidentes con aquellos juguetes de fuego. Niños en China, en la India, en países remotos donde algún cohete había salido mal y alguien había terminado herido por desobedecer.
—El que juega con fuego se quema.
Lo repetía a menudo, no siempre hablando de pólvora.
Antes de que anocheciera nos íbamos. En la radio sonaban las coplas de Simón Díaz, que por esos años se habían vuelto parte del sonido del país. Había algo apropiado en eso: regresar del interior venezolano con el maletero lleno de pólvora y el Tío Simón cantando desde el tablero. La cena en la ciudad nos esperaba, aunque a ninguno nos entusiasmaba demasiado. El deseo verdadero era llegar a casa, salir al patio y encender.
Entonces venía el descubrimiento.
A veces uno se sentía traicionado: algún hermano sacaba del bolsillo exactamente el mismo artículo que te habían jurado único, exclusivo, guardado sólo para ti. Otras veces —las mejores— podías lucirte. Estrenar en familia algo que nadie más tenía; al menos por esa noche, al menos en ese patio.
Nunca llegamos a sentarnos bajo el samán de Turmero. Éramos niños, y los niños no se sientan bajo los árboles históricos: corren, negocian, conspiran y vuelven con los bolsillos llenos de pólvora. Eso hacíamos nosotros mientras mis padres, en aquel banco de la plaza, hacían algo que también tiene su nombre, aunque los niños no lo entiendan todavía: recuperar el aliento.
Luego vino la mudanza. Y Turmero quedó atrás.
Pero hay algo que no entendí hasta mucho después: que Turmero no era sólo Turmero. Era Capacho y Ospino y Calabozo y Araure y Chaguaramas y cien pueblos más del interior venezolano; cada uno con su plaza Bolívar, cada uno con su samán o su ceiba o su árbol de nombre difícil que nadie consultaba, pero todos reconocían. En todos ellos, algún sábado por la tarde, algún padre soltaba a sus hijos con diez bolívares y se sentaba a conversar sin miedo.
Eso también era Venezuela.
Una Venezuela donde los niños podían correr libres alrededor de una plaza mientras los padres respiraban. Donde diez bolívares alcanzaban para sentirse rico. Donde un vendedor ambulante te hacía creer, por un momento, que habías conseguido algo que nadie más en el mundo tenía.
Esta semana, con décadas de retraso, hice algo que uno no piensa hacer hasta que algo lo empuja: busqué Turmero en internet. Y me enteré de lo que no sabía.
“El samán de Turmero” es la primera de las diez crónicas que integran Arqueología de la memoria, libro en el que Pedro José Tocuyo explora la relación entre memoria, identidad, migración y pertenencia a través de recuerdos personales que dialogan con la experiencia colectiva.
- El samán de Turmero
(primeras páginas de Arqueología de la memoria, de Pedro José Tocuyo) - domingo 28 de junio de 2026



