Poco antes de que suene el despertador, la vivienda está sumida en un apacible silencio y sus moradores disfrutan de los últimos instantes de descanso. A las siete menos un minuto, reina el sosiego, pero a las siete en punto, cuando suena la alarma y la madre sale de la cama, todo se transforma en un despabilarse precipitado y desagradable. Y es que, desde que María José López de San Juan se ha recluido en la casa, la vida familiar es un suplicio.
Mientras el padre levanta y viste a la pequeña con premura, Luisa prepara el desayuno a toda prisa y Mariano, aún adormilado, se encierra en el cuarto de baño, la madre pone diligentemente la mesa, la revisa con detenimiento puntilloso y los convoca. Menos Mariano, los demás acuden al requerimiento con diligencia y, casi medrosos, ocupan el lugar asignado. Dando a entender que va a perder la paciencia, la madre vuelve a llamar al púber, quien llega en un santiamén y, con una media sonrisa, escucha la retahíla de advertencias que propicia la demora. Áspera y firme, logra que el gesto burlón del adolescente se esfume y empieza la perorata. Cual mosca zumbadora, la madre rememora y juzga los errores de cada cual, enumera machaconamente las consiguientes y muy merecidas condenas y les refresca las inexcusables obligaciones. De tal forma que, cuando acaba el tortuoso desayuno, todos abandonan con vivo gozo la casa. Todos menos ella, que se encierra a cal y canto en su despacho.
Carmelo Ródenas, de camino a la oficina, ejercita su risueña parsimonia y deja a Sofía en la escuela; Luisa, soliviantada, va a la facultad, y Mariano, aliviado al alejarse de la “pesadilla”, se dirige con airoso garbo al instituto. Unas cuantas horas después, traen a Sofía y, aunque cada vez con más reticencia, la niña llama con picardía ceremoniosa a la puerta del despacho, entra cabizbaja y besa a su mamá. Los demás regresan a eso de las siete y hacen lo posible por encerrarse en sus cuartos hasta que, inexorablemente, deben empezar a preparar la cena familiar a las ocho en punto. Media hora después, viendo que el milagro no ocurre, se sientan resignados a la mesa y afrontan como pueden la monserga, el habitual y soporífero discurso que la candidata sólo concluye a los postres.
Como muchas mujeres, María José López de San Juan creía haber nacido para ser madre, pero no una del montón, sino una representante de esa selecta minoría que siempre tiene las ideas claras sobre los derechos y deberes de la maternidad. También pensaba que había venido al mundo para votar, pero todavía más y ante todo, para ser votada. Como algunas otras mujeres, María José López de San Juan estudió Derecho para ser abogada, pero no para acabar en una secretaría de un poblacho cualquiera, sino para ser dirigente. Con otras palabras, era lo que comúnmente se entiende como una mujer extraordinaria. Guapa, inteligente y con una excelente formación, resultaba casi siempre carismática y tenía un alto nivel de ingresos. Madre solvente, poseía una indestructible autoestima y un elevado concepto de ella misma y de su familia. Pretender situar y esclarecer las causas de la hecatombe que arruinó la estabilidad sicológica de esta mujer extraordinaria, sería pretencioso. Puede haberse debido a una experiencia traumática que siempre mantuvo en secreto. Pudo producirla una fe desorbitada y estresante en su poder. Incluso pudiera haber sido la sombra de un desarreglo genético que apareció de repente. ¿Quién sabe? Habrá algún amante de moralejas que piense que “fue tanto el cántaro a la fuente que...”. Yo, algo más escéptico sobre la realidad y ejemplaridad del exemplum, me limitaré a curiosear en las consecuencias.
El drama se inició a los pocos días de que María José López de San Juan cumpliera cuarenta y ocho años y se hicieran evidentes sus crisis de pánico. Hasta entonces, la candidata había conseguido ocultar la angustia que le producían la opresión en el pecho y la sensación de vértigo. Pero los ataques de ansiedad aumentaron y, no pudiendo disimularlos, comenzó a evitar ciertas situaciones y lugares. Lo que no habría supuesto un grave problema, a no ser que coincidiera con el inicio de la campaña electoral y la presencia de la candidata en las reuniones se considerara inexcusable.
López de San Juan dejó de asistir a las concentraciones y trató de convencer a sus fieles de que lo importante no eran los mítines sino estar presente en las redes sociales. Esta argumentación no persuadió a la ejecutiva local que, alarmada por el extraño comportamiento de la candidata, la pusieron en manos de los expertos, quienes a su vez diagnosticaron miedo a las grandes reuniones y espacios abiertos y empezaron a tratarla con métodos cognitivos-conductuales y farmacológicos.
Desgraciadamente para la candidata, este tratamiento, en lugar de disminuir sus temores iniciales, hizo que desarrollara otros. Ya no sólo eran las aglomeraciones las que le producían miedo a desmayarse, golpearse la cabeza y morir desangrada, también las ventanas abiertas o las persianas completamente alzadas empezaron a producirle una sensación de ahogo. La fobia avanzaba, las elecciones se acercaban y algunos miembros relevantes del partido empezaron a considerar seriamente la posibilidad de reemplazarla.
Así las cosas, un atardecer lluvioso, Elvira Claveras entró en el despacho de María José acompañada de Sandra Reinoso.
—María José, no sé si conoces a Sandra. Está afiliada al partido y creo que puede ayudarnos.
López de San Juan la miró con desconfianza.
—No, no la conozco.
Se dieron la mano.
—Sandra es psicóloga clínica.
—¡En unos días estaré bien!
Elvira Claveras insistió:
—No se pierde nada intentándolo..., como esto siga así, te van a descartar. Como puedes imaginar, otros quieren aprovechar la situación. Tu dolencia les va de perlas. Quizás Sandra pueda sacarnos del apuro. Es especialista en estos temas.
López de San Juan reflexionó unos instantes y después, sin decir nada, caminó hacia la puerta y echó el pestillo. Sandra Reinoso interpretó el gesto como un beneplácito y le preguntó el nombre de los fármacos que estaba tomando. Al oírlos, hizo un gesto de desconfianza que a continuación explicó. En su opinión, los especialistas no estaban prescribiendo los fármacos adecuados y además no aplicaban las técnicas de hipnosis tan apropiadas en este tipo de casos.
Ocultando la contrariedad que le producían las palabras de la psicóloga, López de San Juan resolvió que no se dejaría hipnotizar y, con la intención de quitárselas de encima cuanto antes, dijo que lo pensaría y les pidió disculpas. Tenía asuntos urgentes que resolver.
Fue transcurriendo el tiempo, las crisis de pánico persistían y María José López de San Juan empezaba a desesperar. Por un lado, no comprendía ni aceptaba la desgracia. Por otro, no estaba dispuesta a renunciar a la candidatura. Durante muchos años, había luchado enconadamente para hacer suyo el intrincado, sucio y cainita espacio de la política que conducía al liderazgo. De modo que su relación con el poder se había transformado en algo instintivo. Ya era algo más que una necesidad, venía a ser una constante vital. Como se ha dicho, la abogada nunca faltó a las responsabilidades maternas. Siempre y cuando no se hiciera necesario ser estricta, fue afectuosa y comprensiva. A esa manera de actuar ayudó la concentración y la energía que su profesión y actividad política le exigían. Así que, al sentir que sus ambiciones de poder estaban en la cuerda floja, las sublimó con presteza controlando obsesivamente a su familia.
A Sofía empezó a tratarla tan exigentemente que nunca había ido a la escuela con tantas ganas. A Mariano iban dirigidos los discursos más disciplinarios. En cuanto a la mayor, la madre se mostraba tan vigilante y obsesivamente puntillosa, que la hija se exasperaba. Y Carmelo Ródenas..., el paciente esposo sólo le pedía a Dios una cosa, que todo volviera a ser como antes y su esposa despareciera de la casa durante dos o tres días a la semana.
La siguiente visita de Elvira Claveras no fue tan cordial como la primera. La correligionaria le habló con crudeza de la situación que se había creado. Y no sólo en el partido en general, sino sobre todo entre los que respaldaran su candidatura y ahora temían quedar excluidos de los futuros cargos. La campaña de las elecciones municipales se encaminaba hacia la recta final y era urgente actuar. Muchos se estaban dejando llevar por los rumores y querían saber por qué la número uno de las listas no daba la cara. Por otra parte, algunos miembros relegados por la ejecutiva local que había confeccionado las listas de candidatos amenazaban con hacer pública la crisis.
Atemorizada por lo que le había dicho su colega de partido, López de San Juan accedió a regañadientes a ser tratada por Sandra Reinoso. Al día siguiente, la psicóloga se presentó en el despacho y, antes de aplicarle técnicas de hipnosis despierta y prescribirle unos nuevos fármacos, le pidió que le hablara de su estado de ánimo.
La abogada tenía fama de poseer muchos recursos para salir de las situaciones difíciles. Todos creían que estaba muy segura de sí misma y que jamás dudaba. También ella lo creía. Hasta que empezó a sentir los inexplicables brotes de angustia y descubrió que, en realidad, era una persona vacilante y miedosa. Incluso en los momentos de mayor desesperanza, sospechó que siempre había ocultado sus inseguridades tras un espeso velo de vana autosuficiencia que, a la postre, de nada estaba sirviendo. La soberbia, o quizás el miedo a desvelar su vulnerabilidad, impidió que le contara a Sandra lo que estaba averiguando sobre ella misma. Contestó que se encontraba bien; Sandra Reinoso no insistió, puso un cuaderno sobre la mesa y le pidió que dibujara un círculo y lo dividiera con dos líneas en cuatro partes iguales. A continuación, le dio un péndulo y le dijo que lo situase en el centro de la circunferencia, procurando no apoyar el brazo en ningún sitio. No debía mover el péndulo, sólo tenía que concentrarse en él e imaginar que se trasladaba en dirección de las líneas. Por una vez, María José López de San Juan apartó a un lado todo el escepticismo que le trasmitía aquel tipo de experimentos, se dejó llevar y, al poco rato, el péndulo empezó a oscilar con rapidez y Reinoso dijo: “Es como ir al cine”.
Convencida de que no era ella quien movía el péndulo sino una fuerza ajena, la candidata se dejó llevar por lo que le decía la psicóloga. Para realizar el siguiente tratamiento, Reinoso necesitaba que alguien le ayudara y López de San Juan llamó a su esposo. Cuando entró, la psicóloga le pidió que se situara junto a su mujer y a ella que se levantara, cerrara los ojos, juntara los pies y se relajara. Después hizo que su cuerpo se balanceara y, muy poco a poco, consiguió que perdiera el miedo a caerse. Durante algunos minutos las oscilaciones de López de San Juan eran simétricas y regulares como el péndulo de un gran reloj, pero a partir del momento en que la psicóloga le ordenó que se dejara llevar por la inercia y no tuviera temor a caerse, su cuerpo empezó a balancearse con mayor fuerza hasta que, finalmente, cayó sobre los brazos de su esposo. “Es”, dijo Reinoso, “como tirarse a la piscina”.
Sin llegar a creer que aquella terapia sirviera para algo, pero sin mostrar su incredulidad, la política realizó estas prácticas durante varios días y, cuando la psicóloga consideró que ya estaba preparada, le pidió que se colocara al otro lado del escritorio y cerrara los ojos. Después le dijo que se relajara, expandiera la mente y cambiara las actitudes frente al mundo. “Como si estuvieras en el cine o te tiraras a la piscina”, repitió varias veces, y luego tomó su brazo, lo alzó y lo dejó caer para que la líder sintiera la liberación que le producía al caer hacia atrás. “Es como sumergirse en un tibio cansancio”, le decía.
Con la ayuda de las pastillas y de la hipnosis, la líder fue afrontando sus fobias. Poco a poco, se acercó a las ventanas abiertas y enseguida estuvo preparada para realizar una terapia de choque.
Un sábado por la tarde, sin previo aviso, Reinoso fue a buscarla, le pidió que doblara la dosis de fármacos y la llevó a un estadio de fútbol. Segura de sus conocimientos, la psicóloga experimentaba por primera vez el choque terapéutico con dos situaciones temidas por López de San Juan: la aglomeración y el espacio abierto. “Será”, le dijo Reinoso cuando llegaban al estadio, “como si tuvieras que sobrevivir en una jungla gracias a tu destreza con el machete”.
Aunque sintiendo ráfagas de vértigo y leve opresión en el pecho, María José López de San Juan superó aquella primera exposición y enfrentó los miedos. Confiada de los buenos resultados de la hipnosis, la psicóloga le redujo la dosis de fármacos y, para disgusto de parte del partido y contento de su familia, la candidata se incorporó a las labores electorales.
Faltaba poco para la celebración de los comicios, pero eso no impidió que, en una reunión, salieran a la luz los comentarios públicos sobre la estabilidad mental de López de San Juan. La gran opositora a que María José encabezara las listas solicitó una aclaración. ¿Se encontraba totalmente recuperada? ¿Se sentía con ánimo para continuar con la campaña? Aunque aquellas preguntas la indignaron, no perdió la calma. Pero la contrincante insistió con un tono que prometía más volumen y brusquedad. María José López de San Juan separó el brazo del cuerpo, exageró la contundencia de la voz y dijo que lo pertinente era acabar con los que creaban los falsos rumores. Todos los presentes habían asistido a alguna de las acaloradas disputas de aquellas compañeras de partido. Iban a continuar abroncándose, era lo habitual, pero en esta ocasión, al sentir las primeras punzadas en el pecho, López de San Juan tuvo miedo y abandonó la sala de reuniones con aire contraído.
“Al querer multiplicar los machetazos, la jungla te ha enzarzado y las embestidas se han vuelto contra ti”, le dijo Reinoso al día siguiente. Y al siguiente, el partido le notificó que había sido retirada de las listas electorales.
Cuando se está acostumbrado a ejercer el poder que otorga el liderazgo político, aceptar que se ha perdido el mando es una labor ardua. López de San Juan creía que la política sin poder carecía de sentido y no admitió que había llegado la derrota definitiva. Impulsada por la frustración, rabiosa, “tiró de la manta”, sacó a la luz el entramado de sucios favores, ambiciones inconfesables, mezquindades, envidias, dinero ilícito y corruptela de la mayoría de los miembros de la ejecutiva local del partido. Pero nadie la escuchó y las ansias de venganza derivaron a una amargura despechada. Marginada definitivamente por los suyos, habría sucumbido en la desesperación a no ser por su inquebrantable voluntad de poder. Mientras rumiaba la mejor forma de volver a sacar a la luz pública las sucias tácticas que la habían relegado a su despacho, y como una de esas luchadoras que se entrenan incansablemente a la espera del combate definitivo, practicó el mando en el hogar.
A la pequeña Sofía le restringía los juegos y correteos sin miramientos, y le castigaba si no la veía estudiando. A Luisa le auguraba un futuro repleto de fracasos. La tildaba de inmadura y le vaticinaba divorcios, indigencia o pesadillas laborales. En cuanto a Mariano, lo consideraba un delincuente. Desconfiaba de todo lo que decía y hacía, y tachaba y corregía constantemente su forma de caminar y vestir. Al esposo, en las raras ocasiones en las que aparecía por la casa, o lo despreciaba o lo ignoraba. Encerrada en el feudo familiar, sin salir un momento, su obsesiva vigilancia y control llegó a tal extremo que los hijos empezaron a hacer todo lo posible para provocar sus crisis de pánico. Alzaban las persianas y abrían las ventanas, movían los muebles, desordenaban los armarios, golpeaban las puertas, reproducían efectos de concentraciones masivas, de masas enfurecidas, sorprendidas o entusiasmadas, de ruido y gritos de muchedumbre. Hacían, en definitiva, todo lo posible para que la angustia y la sensación de vértigo la recluyeran en su despacho y, aunque a veces lo conseguían, la ágil y sólida resistencia de la madre los desanimaba. Y es que su apego al poder se llevaba por delante cualquier obstáculo. Creía que el partido la había destronado injustamente y, esperando que llegara la hora oportuna de la venganza, se resarciría haciendo todo lo posible y hasta lo imposible para que nadie le usurpara el reinado de su hogar. Fanatizada por el credo del liderazgo político del que había sido acólita desde la temprana juventud, pensaba que si perdía el gobierno de su familia su existencia carecería de sentido. Cuando las crisis de pánico la paralizaban se aferraba a esta idea y lograba mantener la sensación de control. Caía en las trampas que le ponían sus hijos, pero poco a poco se liberaba de ellas con más presteza y desenvoltura. Los hijos, como se ha dicho, se desanimaban al ver su pronta recuperación, pero no se dieron por vencidos y perfeccionaron las artimañas. Rompían las persianas y obstaculizaban las ventanas, desobedecían veladamente sus órdenes y perfeccionaron la reproducción de sonido masas enardecidas. Lo intentaron de muchas maneras y no obtuvieron grandes resultados. La madre se aferraba al gobierno de sus vidas como una lapa y ellos no llegaban a atisbar la luz que anunciaba el final del túnel. Pasaban los días y ya parecían estar dispuestos a aceptar la derrota cuando vislumbraron los destellos que quizás podría liberarlos de tan tormentosa oscuridad.
Una mañana, mientras preparaba el zumo de naranja para su madre, a Luisa se le pasó por la cabeza la posibilidad de envenenarla. La idea transitó por su alma fulgurosamente, pero su estela fue indeleble. En un principio su conciencia repudió, por execrable y aberrante, el matricidio, pero al sentir la inquina de la madre, sus manifestaciones de aversión y mala voluntad, empezó a considerar que la venganza era de justicia y no se sintió con falta de valor para asesinarla. A Mariano, como es natural, le repugnaba la idea de matar a su propia madre, pero el tedio y la aversión que le producían el despotismo de su progenitora suavizaba y calmaba la mala conciencia que le provocaba imaginarse estrangulándola. Como es lógico, ninguno de los dos compartió con el otro sus fantasías matricidas. Siempre mantuvieron en secreto sus deseos prohibidos, incluso cuando Sofía, dejando aflorar la perversidad infantil, que como se sabe es dañina y está bien perpetrada de desafecto, les sorprendió y animó a concretizar lo inconfesable. Advirtiendo que después del desayuno, la madre permanecía algunas horas en estado soporífico, indagaron y descubrieron que se debía a que Sofía se las había gobernado para doblar la dosis de ansiolíticos que la ex candidata tomaba cada mañana. La espontánea osadía de la hermanita para resolver el asunto les pareció tan oportuna y eficaz que, llegando a un acuerdo tácito, a uno de esos pactos de los que nunca se oye o dice nada, la imitaron. De modo que, democrática y sistemáticamente, entre los tres hijos lograron que las eficaces cápsulas de Eltexor fueran abotargando el cuerpo y amodorrando la mente de la madre hasta transformarla en una especie de muerta viviente o, como decía Mariano mirando de reojo a su papá, en una dulce mamá vegetativa. La perfecta candidata, añadía Luisa.
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