Ecos de guerra
Cuando escuches el silbido del viento
cortante por la pólvora cruda
y respires la mezcla de dolor y de sangre
de quienes huyen sin reposo
hacia ninguna parte;
cuando te cruces con quienes buscan
el retiro de un exilio o un refugio,
cargando en sus hatillos
congojas y querencias perdidas,
¡tápate los oídos!,
no dejes que entre a tu corazón
la desmesura de la ruindad humana
que obligue la explosión
de inútil llanto.
Los fantasmas
Los fantasmas preparan sus venablos;
apuntan desde los ojos de las víboras
que retozan en las aguas bermejas
empozada la sangre de inocentes.
También miden sus túnicas para levitar
entre el pavor de los noctámbulos
que a esa hora enrostran la violencia
buscando redención.
Preparan las mortajas para embalsamar
a las creaturas escogidas esa noche
en el aquelarre de la muerte.
Sin freno, los caballos galopan narcotizados.
Pájaros y Chulavitas se embriagan con la sangre
que hace curso en los ríos de la patria.
Diatriba
Sé que por estar triste
no se enmudecerá el reverdecer
de los campos y sus mieses
ni el murmullo del río
ni las noticias de sus peces platinados.
Sé que toda esta melancolía
no será estorbo para la felicidad de los ausentes.
No pido mucho en estos tiempos imprecisos,
sólo pido un segundo respiro
para retractarme de estas líneas;
no quiero que ellas
sean una diatriba contra un mundo
que exuda muerte y caos.
Desvelo en el campo de batalla
Al alba...,
cuando llueve,
el alba se arrebuja en su propio desvelo.
Me abrigo en el regazo de las cenizas,
de la neblina, único parapeto en la contienda.
Las sombras se me acercan
para ocultar el estremecimiento
del miedo y de la ráfaga:
¿cuál de ellas se declara victoriosa en su retiro?
Los fantasmas huyen hacia ninguna parte.
Se someten al misterio de los susurros
que crecen desde la madrugada
apenas el chirrido de los tanques
que husmean entre la quietud y el sigilo.
La mañana, bajo el peso del alba,
también amanecía entre el desasosiego
de una espiral de angustiados respiros.
El aliento azulino saliendo de las bocas:
líneas evanescentes gravitando,
los hilos desprendidos del pucho
errando de mano en mano
horneando el frío pronóstico de la parca
en su tránsito por el largo camino del desvelo.
Mi paisaje
Disculpad, guerras lejanas,
las flores que hay en mi casa.
Wislawa Szymborska
Alguien puso una luna en mi balcón esta noche;
la pusieron a cuidar el intenso titilar de las estrellas;
ellas sacuden el sueño de mis ojos.
Abiertos, se quedan explorando
el retumbar de gritos y sollozos
que huyen de la conflagración.
¿Dónde estarán los secuaces de quienes jalan los gatillos?
Esta noche las nubes olvidaron su trabajo
y la luna se duplicó en la superficie del estanque
para que mi asombro se quedara afligido
mirando el obelisco que uniera esas dos lunas
entre el cielo y la tierra,
entre el hechizo y la crueldad de mi paisaje.
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