
Y final
no existe
porque el tiempo
es el tornado
que avanza en espirales,
y destroza todo
afuera,
pero en su núcleo,
la verdad
se agita,
inalterable(de Confluencia o Pájaros en la boca).
Diana Aradas entró con buen pie al mundo de los libros, cosa que no es recurrente en el ámbito literario, lo que revela su naturaleza tenaz y decidida en su manera de ver y sentir este mundo. Su primer poemario, Pájaros de alambre, obtuvo el XXXII Premio Cálamo/Gesto de Poesía en 2018. Dos años después recibió el accésit del premio Coronio con su libro de poemas Ocupar la luz. En 2023 el Premio de Novela Rafael Cózar de la Universidad de Sevilla fue para su primera novela, Una madre, y en 2026 el accésit del XIII Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador lo alcanzó con su poemario Confluencias o Pájaros en la boca.
Son logros que se obtienen después de un esfuerzo profundo y constante, cuando las palabras se trabajan con precisión de filigrana logrando una gama diversa de sensaciones y sentimientos.
Aradas confiesa que no busca un tema determinado para abordar su poética, prefiere navegar sobre una idea recurrente y dejar que los poemas sigan el curso que dicta la poesía.

Mar Russo, poeta, editora y miembro del jurado del XIII Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador, señaló refiriéndose al libro merecedor del accésit, Confluencias o Pájaros en la boca: “Es una poesía de nuevo paradigma: una obra que exige atención y, al mismo tiempo, acompaña el descubrimiento. La palabra alcanza aquí una precisión estética notable. El vocabulario parece sencillo en la superficie, pero tiene espesor de iceberg: lo visible resulta claro, mientras debajo cada palabra sostiene una red de relaciones que amplía el recorrido. La raíz, el pájaro, el agua y la tierra entran en una constelación que los transforma. Desde ese entramado, la imagen empieza a obrar: la palabra no clausura el paisaje; lo activa en la sensibilidad de quien entra en el poema. Cada lectura construye ese espacio desde su propia memoria estética. Ahí nace el encantamiento más perdurable de Pájaros en la boca: Diana Aradas levanta un microcosmos-espejo donde quien lee entra y se reconoce, libre de una única interpretación. Sus imágenes respiran más allá de la página; cada regreso al libro descubre una correspondencia nueva...”.
Por su parte, el poeta José Carlos Díaz, en su blog Diarios de Rayuela, escribió lo siguiente sobre Pájaros de alambre: “Esa concisión casi oriental caracteriza la expresión de Pájaros de alambre, que se constituye así como un poemario de composiciones breves y esenciales. Que no recurre a la anécdota para el arranque de los versos, sino a las iluminaciones suscitadas por los pájaros como símbolo, creando una alegoría sostenida en el vuelo de las aves, en su fragilidad, en su relación con las estaciones, en las sugerencias de su plumaje, un ámbito cerrado y cohesionado, una atmósfera sutil y subyugante”.
Diana Aradas Blanco es profesora de lengua castellana, poeta y crítica literaria. Es licenciada en Filología Gallega (Universidad de A Coruña), en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (Universidad de Valladolid) y en Filología Románica (Universidad de Santiago de Compostela), y doctora en Filología Hispánica (Universidad de Salamanca). Recientemente ha concluido un máster de escritura creativa (Universidad de Salamanca). Ha publicado los poemarios La trayectoria de la luz (2017), Pájaros de alambre (2018) y Ocupar la luz (2020), además de la novela Una madre (2023). En la actualidad, trabaja como docente en el Instituto de Enseñanza Secundaria Moncho Valcarce de As Pontes de García Rodríguez (A Coruña). Por su parte, colabora con artículos de opinión sobre literatura en el diario El Progreso de Lugo y escribe reseñas para la revista literaria Qué Leer.
—¿Qué quería estudiar cuando niña?
—Tal y como yo lo recuerdo, cuando era una niña no pensaba en el futuro. Creo que nunca me imaginé dedicada a una profesión en concreto. Siempre he sido demasiado imaginativa y soñadora, y diría que me limitaba a observar el mundo sin interés por intervenir en él.
—¿Cómo es su día a día en Villalba? ¿Podría contarnos un poco de su cotidianidad?
—Vivo en una casa de campo, en una aldea muy tranquila, con pocos habitantes y mucha vegetación. En invierno, desde mi casa, puedo contemplar a lo lejos la nieve de las montañas. En verano, estoy rodeada por los pájaros que surcan el cielo. Durante la primavera, vivo rodeada de flores, y en otoño me deleito con los colores de los árboles y la hojarasca de los caminos. Mi rutina aquí es muy diferente según la época del año, y viene marcada por el calendario escolar. Durante el período lectivo, mi trabajo como profesora ocupa la mayor parte del tiempo, pero algunos fines de semana, y sobre todo durante las vacaciones, el trabajo en el jardín es una de mis actividades preferidas. Me considero una amante de la naturaleza que disfruta observándola con atención, y la tranquilidad del campo también me facilita la dedicación a la lectura y la escritura.

—¿Qué es lo que recuerda de la casa de su infancia?
—Pasé la niñez en la casa de mis abuelos, cerca de Sada, donde viven ahora mis padres. La misma en la que veraneaba durante mi adolescencia y juventud, cuando mis padres, mi hermana y yo nos habíamos mudado ya a la ciudad (A Coruña). Todavía sigo yendo allí a menudo, de modo que el presente y el pasado conviven con una gran naturalidad. Entre mis recuerdos del pasado están mis abuelos, a quienes revivo con una nostalgia sin igual, la cuadra de los conejos y el “cerrado” de las gallinas, en el que éstas picoteaban todo el día. También, por supuesto, los atardeceres machadianos, que alimentaron mis ensoñaciones adolescentes e hicieron brotar mis primeros poemas, escritos durante aquellos años. Precisamente la mención de la vivienda donde pasé mi infancia es apropiada para explicar la génesis del libro Confluencias o Pájaros en la boca. La pregunta es muy atinada, porque allí vivimos durante algunos años con la hermana de mi madre, mientras ella estuvo soltera. Mi tía, recientemente fallecida, es una persona muy querida para mí. Este texto está dedicado a ella, pues su recuerdo inspiró muchos de los textos del poemario.
—¿Quiénes son sus padres? ¿Qué aprendió de cada uno de ellos?
—Soy hija de un hombre “en el buen sentido de la palabra, bueno”, como diría Antonio Machado. También espiritual e íntegro, y una mujer no menos buena, amante de los animales y de las plantas. Mi padre me recitaba versos que se había aprendido de memoria en el colegio y creo que gracias a él interioricé, sin ser consciente de ello, la musicalidad propia de la poesía. Mi madre me leía cuentos o se los inventaba para mí. Yo diría que del primero me viene el amor a la lírica; de la segunda, el interés por la escritura narrativa y la pasión por la lectura. Pero, sobre todo, lo más importante que aprendí de ellos fue el respeto por los que son diferentes, y el amor hacia el resto de los seres vivos.
—¿Recuerda algún libro que leyó cuando era niña?
—Sí, claro. Recuerdo muchas historias, aunque no demasiados títulos. Entre los clásicos, me marcaron algunos relatos tristes como los de “La cerillera” de Andersen o “El príncipe feliz” de Oscar Wilde. Además, tengo vagos recuerdos de un caballo moribundo por el que también lloré durante días. No puedo olvidar a un personaje llamado Bernabé Carnero que, por algún motivo que no recuerdo, se subía a un árbol, a un tal Curro, que debía cruzar puertas y más puertas en un castillo, para escapar de los horrores que se encontraba tras cada uno de los umbrales, y a Genoveva de Brabante y sus vicisitudes en el bosque.
—¿Cómo fue su etapa de adolescente? ¿Se refugiaba en la escritura, en la lectura?
—Sí, bastante. Fui una adolescente muy poco rebelde, me parece. Más bien retraída e insegura; muy tímida. Los libros fueron para mí una fuente de ensoñación. En esta etapa comencé a escribir poesía, tanto en gallego como en castellano. Algunos poemas suponían una exaltación de mi pueblo natal o de la patria gallega y otros, como es lógico en esta etapa vital, trataban asuntos amorosos.
—¿Quién leyó sus poemas iniciales? ¿La alentaron a seguir?
—Comencé a escribir poesía durante mis años de instituto y, en esta época, era bastante reticente a enseñar estos escritos pues los componía para mí, sin una especial intención estética. Algunos se los enseñé a una de mis mejores amigas, María José. Ella siempre valoró mi sensibilidad y confió en mis dotes para la escritura poética. Por supuesto, aunque los poemas eran francamente malos, aquella amistad, que aún perdura, fue muy buena. Algún tiempo después, mi hermana pequeña se convirtió en mi fan número uno. Los primeros poemas siempre son una versión imperfecta de lo que cada cual puede alcanzar; por eso, como profesora de enseñanza secundaria, animo a mis alumnos a que cultiven su pasión, entrenando al poeta en quien están destinados a transformarse.

—¿Hay otros poetas en su familia? ¿Artistas, músicos?
—No, hasta donde yo conozco. Cierta sensibilidad hacia la belleza sí. Mi hermana toca el piano y mi marido, que es arquitecto, dibuja muy bien. También es un amante de la decoración y de la restauración de muebles antiguos, afición que ambos compartimos.
—¿Cómo fue el proceso de escritura de su primer libro? ¿Reunió los poemas que tenía escritos o escribió especialmente para ese libro en particular? ¿Fue difícil encontrar la editorial?
—Hasta el momento de la publicación de este primer poemario, yo sólo disponía de algunos textos desperdigados, de asuntos y enfoques igualmente variados. Entonces me planteé escribir un libro, un todo unitario, pero no procuré una temática en concreto, sino una especie de leitmotiv que vertebrase el conjunto. En el caso de La trayectoria de la luz, el universo actuó como ese eje orbital. Lo difícil no fue encontrar una editorial, pues me decidí por la coedición y esto hizo que las facilidades fuesen mayores. Lo que me resultó más complicado fue tomar la decisión de hacerlo: la inseguridad y el miedo a la opinión ajena me paralizaban. No me arrepiento de esta publicación, pues Marta Porpetta, directora y editora de Torremozas, nos trató a mí y a mi texto con un enorme respeto; algo por lo que le estoy muy agradecida. Ese fue el primer peldaño, imprescindible para seguir ascendiendo en la escalera de la poesía.
—¿Escribe en cualquier momento en papeles o libretas, o se sienta frente a su computadora a trabajar un poema determinado?
—Los poemas proceden de una voz que se hace audible en el silencio. Me asaltan cuando menos me lo espero. En casa, en el coche, a la salida de clase. Por eso, frente a lo que ocurre con la escritura de textos más largos, no utilizo una libreta como tal, sino que acostumbro a escribir en papeles que encuentro, utilizo las notas del teléfono móvil o incluso, sobre todo cuando voy conduciendo, grabo notas de audio para escucharlas de nuevo y transcribirlas.
—¿Reescribe constantemente o no toca lo ya escrito?
—En el caso de los textos narrativos y de opinión (como las reseñas o los artículos) suelo volver a escribir los textos y retocarlos hasta que me siento satisfecha con el resultado. Como hacía Flaubert, que buscaba sin descanso la palabra más apropiada, se obsesionaba con el ritmo y la precisión. Pero en el caso de mis poemas es diferente. Esos son algo orgánico, que apenas modifico. En todo caso, tal y como afirmaba Oscar Wilde, “Hoy he estado todo el día corrigiendo un poema. Por la mañana he añadido una coma. Y por la tarde la he quitado”, las modificaciones son superficiales, aunque puede que suprima o añada un signo de puntuación, agregue o cambie alguna palabra para mejorar el ritmo o el tono de algunos versos. Suelo leer el poema en voz alta antes de darle la versión definitiva que, como digo, no suele diferenciarse significativamente de la inicial.
—¿Qué libro le regalaría a alguien que quisiera conocer Galicia?
—Le diría que viniese a visitarnos. Si esto no fuera posible, un libro de viajes, una guía turística, pues mi comunidad autónoma es un libro en sí misma: los bosques, el mar, la montaña. La tonalidad verde que lo domina todo. Pero, si estamos hablando de un libro de poemas, sin duda le recomendaría los clásicos: En las orillas del Sar, de Rosalía de Castro, y Os eidos, de Uxío Novoneyra. Entre los textos más actuales, Casa última, de Xulio. L. Valcárcel, o Sétima soidade, de Pilar Pallarés.
—¿Qué libro suyo de poesía le recomendaría a un lector de narrativa y viceversa?
—A un lector de narrativa le recomendaría, por supuesto, la única novela que he publicado hasta el momento: Una madre. A alguien aficionado a la poesía, mi primer poemario (La trayectoria de la luz) o este último (Confluencias o Pájaros en la boca), menos accesibles para alguien no habituado al lenguaje poético, pero más interesantes para los asiduos a este género literario.

—¿Tiene algún libro que relee invariablemente en cualquier momento?
—Entre los textos breves que me gusta retomar en ciertos momentos, destacaría los cuentos, aforismos y fragmentos de Kafka. En poesía, recurro a algunos poetas con los que siento cierta afinidad, como Emily Dickinson, Wislawa Szymborska, Charles Simic o Mary Oliver. En ocasiones también me aproximo a la estantería, tomo un libro y lo abro al azar para que sus páginas me hablen.
—¿Le gusta leer sus poemas en los recitales de poesía, oír a otros poetas, enfrentarse con el público?
—No demasiado. Quizás porque, debido a mi timidez, mis primeras experiencias en recitales fueron muy traumáticas y regresaba a casa con un dolor de estómago muy fuerte. Aunque no tanto, sigue suponiendo una gran incomodidad enfrentarme al público. Además, creo que no soy buena recitando mis propios textos. En lo que se refiere a escuchar a los otros escritores, hay momentos en los que resulta interesante la voz del propio autor asomándose a su obra, pero en general prefiero la lectura en solitario.
—¿Puede comentar qué significa para usted el accésit al Premio Pilar Fernández Labrador XIII por su poemario Pájaros en la boca?
—La emoción de recibir un reconocimiento como el que comporta este segundo premio no es fácil de expresar con palabras. Sobre todo, agradecimiento y alegría, porque significa además un maravilloso reencuentro con la ciudad donde realicé mis estudios de doctorado, una forma de “volver a la universidad”, como dijo en cierta ocasión mi querido poeta Gastón Baquero. En mi caso volver a “mi” universidad.
—Entre sus poemarios publicados figuran La trayectoria de la luz (2017), Pájaros de alambre (2018) y Ocupar la luz (2020), y este nuevo que será publicado próximamente merecedor del accésit, Pájaros en la boca. ¿Le interesa insistir en un tema, buscar nuevos retos para abordarlos?
—No procuro los temas, aunque, como comenté, hay un motivo central para cada poemario. Tal vez por esa ausencia de una temática predefinida todo el tiempo estoy escribiendo sobre lo mismo, y mis poemas resultan muy parecidos entre sí. También fue el poeta cubano al que dediqué mi tesis quien señaló al respecto que siempre estamos escribiendo el mismo poema. No sé si es verdad en todos los casos, pero a mí no me interesa buscar “artificialmente” un tema, pues en mi caso creo que el resultado sería igualmente antinatural. Dejo que, aunque parezca un tópico, sea el mundo el que me hable.
—¿Por qué escribe?
—Me resulta especialmente difícil encontrar una razón para algo que considero esencialmente irracional. No racional, en el sentido de que mis textos (incluso los narrativos y aquellos que presentan un enfoque más crítico) son fruto de una intuición, de una emoción. Pero, sobre todo, en la poesía; hay algo inexplicable en el hecho de escribir un texto poético, una pulsión irrefrenable. En ese sentido, la escritura es para mí, como tantas veces se ha dicho, una necesidad. También una forma de hablar conmigo misma, de indagar acerca de aquellos asuntos que me interesan como ser humano, mortal y transitorio, una manera de sanación, de no enloquecer completamente con la locura de existir, de reconciliarme un poco con “el dolor de ser vivo” rubendariano.
Poemas de Diana Aradas
Confianza
El mar
es el espacio,
tu cuerpo flota
como la boya
en las grietas
de la luz.
Colores en el cielo
Habitantes
de esas burbujas
que al instante se deshacen,
indiferentes pelusas
sobre el vacío azul
que un niño sopla
en la boquilla circular del universo.
Balcón a media tarde
Esa sombra me acorrala
contra su hierro,
me construye una cárcel
de silencio
en torno a los ojos.
de La trayectoria de la luz (2017).
Pájaro en mano
No son nuestros los pájaros del tiempo,
pertenecen a la vida
y sus verdades,
corresponden a la angustia y al placer,
son aquello que llega y se va cuando le toca,
casi nunca cantan por segunda vez
en la misma hoja.
Nuestros son los pájaros del miedo,
encerrados siempre en las jaulas
de la indeterminación y la duda,
cantan siempre a la hora convenida,
desconocen nuevas ramas
donde probar la belleza.
A estos los cubrimos con pañuelos
para que sepan que llegó
la hora de dormir.
Recuerdos
I
Qué terribles son,
anidan nuestras memorias
infantiles
igual que los monstruos
de las pesadillas,
extienden sus manos inservibles,
sus abrazos son siempre otros abrazos.
II
Están, que sólo puedes ver
sus plumas de palabras,
las desleídas manchas del pasado,
cabezas de avestruz
sumergidas en la nieve
a las que sorprende el deshielo.
Pájaros de alambre
(para Julia Cavero, por su amistad)
A medio camino
entre la tierra y las alas,
como esos pájaros que se posan
en los cables de la luz
y se hacen compañía
mientras esperan
para alzar el vuelo,
así nos queremos los humanos,
mientras tanto.
También
A imagen y semejanza
del ave,
la libélula
sobrevuela el río,
se posa en la flor,
observa el valle sin más motivo
que la sorpresa.
(de Pájaros de alambre, 2018).
Página en blanco
El vacío de ese pez
es tu vacío,
la nada ayunándose a sí misma,
porque dentro no eres más
que otro silencio.
Deus ex machina
Igual que entra en el agua
el barco hundido
y se va llenando de algas
o cardumen,
ocupamos la vida
que fluye sin descanso,
damos cuerpo
a la oscuridad
del miedo,
piel a los peces
de la sangre,
pero no somos más
que hueco en el hueco,
antes y después
de que draguen el tiempo.
Desalojo
Quedan vacíos los nidos
en invierno,
esperan
como el maíz
bajo la tierra del último sembrado,
como el hambre
en la boca,
como el frío en la hoguera
que pronto habrá de arder,
como savia en los conductos
de un árbol invisible.
(de Ocupar la luz, 2020).
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