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Juan Carlos Acevedo:
“Escribo para sentirme menos solo”

viernes 31 de julio de 2026
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Juan Carlos Acevedo
Juan Carlos Acevedo: “Llevo el poema conmigo días, semanas, y lo voy escribiendo hasta que es tiempo de llevarlo al estudio, al silencio de la pantalla de mi computador”.

XXI

Reconocemos la muerte tras las cortinas de menta.
La hemos visto jugar con la delgada neblina de mayo,
ocultarse en las aguas turbias del pantano
o volar con los siniestros pájaros del cementerio.
Nada bueno trae su presencia.
De su hálito
nos protegemos con bálsamos
y cristales de cuarzo.
La muerte respira a nuestro lado
y nos derriba como troncos secos.
El miedo se apodera de la noche,
Un llanto seco, inaudible,
recorre nuestros cuerpos.

Juan Carlos Acevedo, del libro La casa en el invierno (2020).

El poeta Juan Carlos Acevedo transita el camino de la poesía por el sendero íntimo de la memoria, mostrando su forma de ver el mundo. Un mundo contradictorio donde la violencia marca el ritmo de los días y al mismo tiempo el amor marca el ritmo de la existencia. Es en ese punto donde su poesía se convierte en una conciencia para evidenciar la vida que se teje minuto a minuto en un maremágnum de sensaciones y sentimientos.

El poeta mira a su alrededor, lentamente, analiza lo imperceptible en cada gesto humano, reúne los fragmentos de conversaciones, de miradas, de silencios, de vivencias, y así forma una voz personal, su propio vocabulario en un procedimiento espiritual para hacer poesía al ritmo inclemente de la realidad.

Joseph Brodsky, en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1987, escribió: “Quien escribe un poema, lo hace por encima de todo, pues la escritura de un verso es un acelerador extraordinario de la conciencia del pensamiento, de la comprensión del universo”.

Acevedo creció en los suburbios de Manizales. De su madre aprendió el valor de compartir y de su padre la fascinación por los libros. En la adolescencia vivió los inicios de la guerra de los carteles del narcotráfico, época cruenta y aterradora cuando lo cotidiano eran las explosiones en cualquier rincón del país. Fue en esa época que se refugió en la lectura y la escritura tratando de escribir su visión y una manera de entender el presente.

Entre las críticas a sus obras podemos leer la de la poeta Luz Mary Giraldo, Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador 2026, quien escribió en la contraportada del poemario La casa en el invierno, de Juan Carlos Acevedo: “Entre abismo y penumbra, la poesía de Juan Carlos Acevedo recorre los días y las noches en un ir y venir por patios entrañables. La nostalgia se detiene con lentitud, la vida y la existencia se meditan, el amor y la ausencia se entrelazan, las sensaciones agotan el insomnio, y en los suburbios vuelan pájaros. La angustia y el horror se dan la mano mientras se escucha ‘el último estallido de la guerra’ y, sin embargo, la poesía calienta el pecho, redime, abre las puertas de la espera”.

El poeta Juan Manuel Roca también escribió sobre su poesía, y señaló: “Es la lucha por que esas palabras que lo habitan, como lo hacen sus ‘huéspedes secretos’, salgan de sí y traduzcan su adentro, como si el poema fuera el estímulo, la ganzúa, el señuelo, el anzuelo o la llave que extrae del silencio esas voces, esos vocablos que guarda como preciados amuletos”.

El poeta chileno Ernesto González Barnert señala: “Hay poetas que escriben desde la torre, otros desde la herida. Juan Carlos Acevedo lo hace desde el fogón: un lugar concreto, comunitario, lárico, donde la palabra no se eleva para distinguirse sino que circula, se comparte y, sobre todo, se mantiene viva”.

“Pájaros de humo”, de Juan Carlos Acevedo
Pájaros de humo, de Juan Carlos Acevedo (Loynaz, 2026).

Juan Carlos Acevedo nació en Manizales, departamento de Caldas. Es poeta, ensayista y divulgador cultural. Ha publicado los libros de poesía Palabras de la tribu (2001), Los amigos arden en las manos (2010), Noticias del tercer mundo (2010), Historias alrededor de un fogón (2012), Los huéspedes secretos (2014), Correo de la noche (2018), La casa en el invierno (2020), Mujeres sin sombra (2023) y Pájaros de humo (2026).

Es investigador de literatura regional y ha publicado en este campo Una antorcha en las tinieblas: antología poética de Caldas en el Bicentenario (2019), el libro de historia Las letras que nos nombran: revisión de la literatura del Viejo Caldas, 1834-1966 (2017), y el libro de crónicas Un corazón de papel: viaje al centro de las bibliotecas públicas de Caldas (2015).

La poeta y crítica española Ivonne Sánchez-Barea, en su colección de literatura Caleidoscopio, dedicó el libro Paisajes del poeta Juan Carlos Acevedo (2025) al estudio de su obra literaria.

Ha obtenido el XXII Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, el Premio Nacional de Poesía “Descanse en Paz la Guerra” Casa de Poesía Silva y el VI Premio Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos.

Algunos de sus poemas hacen parte de varias antologías colombianas y de antologías en Uruguay, Chile, Ecuador, Cuba, México, Estados Unidos, España, Bulgaria, Rumania y Grecia. Es profesional en Bibliotecología de la Universidad del Quindío y Diplomado en Escrituras Creativas por la Universidad Tecnológica de Pereira. Se ha desempeñado por más de una década como promotor de lectura, escritura y oralidad en la Red de Bibliotecas Públicas de Caldas y asesora talleres y prácticas LEO en redes de bibliotecas de Colombia, Biblioteca Nacional de Colombia, Fundalectura, Cerlalc y ministerios de Educación y de Cultura. Ha sido director del Taller de Escritura Creativa Relata del Ministerio de Cultura en el Centro Cultural del Banco de la República en Manizales durante varios años. Es miembro de la Academia Caldense de Historia.

 


 

Usted ha escrito poemas describiendo momentos y sentimientos de su infancia donde revela lo vivido, mirando hacia ese pasado para eternizarlo con el ritmo que su corazón imprime a esos instantes con una emoción estremecedora. ¿Guarda algún recuerdo de su infancia que ha intentado pero no ha podido volcar en un poema?

Sé que la infancia es un tema abordado por grandes poetas del mundo y lo han hecho con maestría. La infancia que trabajo en muchos de mis poemas es un frágil terreno sin grandes victorias y sí, llena de memoria, la mía y la de los míos. La trato de rescatar en medio del ruido y la batahola que atravesamos.

Sí, existe una pequeña deuda que tengo con un episodio de los primeros años. Fui boy scout en la lejana década de los 80, pertenecía a la tropa 31 en Manizales, esa pequeña ciudad que me vio crecer en el centro de Colombia, entre cafetales y calles de barrio. Decía que fui un simple y llano scout, uno sin ningún mérito o medalla, eso me mantenía sin cuidado pero el guía y el jefe de tropa tenían sendas puñaletas (una especie de navajas) que portaban orgullosos en campamentos y reuniones, y yo quería tener una. Tener una navaja a los diez años. Un arma blanca para ostentar como mi superhéroe Tarzán de los monos. Pero no, no podía. Esas eran para mayores de edad y yo era un mocoso sin ningún atributo como para que me dejaran cargar una.

Eso no tiene nada de especial, ni siquiera es literario, pero la revelación me vino una tarde recordando esos felices años porque mi abuela, una sabia mujer campesina sin ninguna educación más que la que aprendió de la naturaleza y de la radio, un día, viéndome afligido porque no podía tener una navaja, me regaló una.

Tenía el tamaño de mi dedo índice, de mi dedo índice de diez años, era blanca nacarada y su hoja de un limpio acero. Yo estaba feliz, la abracé, le di mil besos y ella antes de entregármela me dijo: “¿Tienes una moneda?” y le dije que sí. Dámela, agregó. Le dije que no. Era mi moneda de cinco pesos con la figura de la heroína Policarpa Salavarrieta, y ella, con su calma y su bondad, acabó por decirme que para ella entregarme la navaja yo debía darle una moneda y así nunca se cortaría nuestra amistad.

Nunca supe dónde aprendió eso, pero ¿acaso toda la poesía no está ahí reunida? Y ese bello episodio con mi abuela no he sido capaz de volverlo poema. Espero que ella —desde las estrellas— un día me permita escribirlo.

 

Se siente en algunos de sus poemas que sus padres y abuelos llenan y completan la vida familiar. ¿Puede hablar un poco sobre su infancia? ¿Qué cosa aprendió de su padre que no olvida? ¿Conserva alguna costumbre heredada de su madre?

Crecí en los suburbios de Manizales, en el corazón del eje cafetero colombiano. Fuimos tres hermanos, luego pasamos a ser cinco. Pero cuando éramos tres, durante los diez primeros años de mi vida ambos (madre y padre) me fueron convirtiendo en el hombre que soy. Mi madre, después del abandono de mi padre, hace tantas décadas ya, se convirtió en las raíces que nos sostuvieron a mí y a mis hermanas muchos años, y, claro, uno termina heredando costumbres de los seres que ama, de ella heredé la capacidad de hacerles saber a los pequeños miembros de mi familia y a mi reducido grupo de amigos que en los peores momentos siempre pueden contar conmigo: mi casa es su casa.

De mi padre durante los años que vivió con nosotros aprendí la pasión por los libros. Leía de su biblioteca personal todo lo que podía, desde novelas de detectives hasta metafísica de bolsillo, y nunca más he dejado de hacerlo, ahora tengo una biblioteca personal que me desborda y esa pasión enfermiza por tener libros se la debo a él.

La constelación familiar, como decía Montejo, acompaña mi obra, la fortalece en la manera en que muchas otras figuras, fuera de padre y madre, marcaron mis días. Ahora con los años regresan como una especie de instantes donde los recuerdos no se van del todo, vuelven con cuerpos y voces y me permiten cantarlos en mis poemas, no desde lo autorreferencial o biográfico sino desde lo universal.

 

¿Es el único poeta de su familia? ¿Tiene parientes músicos, pintores, artesanos?

Quien inició con la búsqueda de la poesía fue mi hermana Mónica, ella dejo el camino muy pronto y se dedicó a otros asuntos. Yo persistí y trato, bajo la disciplina y la honestidad más férreas, de construir una pequeña obra poética desde Colombia. En casa tenemos dramaturgo y actor de teatro, mi sobrino Daniel, y un músico, mi hermano Jorge. Nos movemos entre sueños y realidades en este país suramericano.

 

¿De niño tuvo la oportunidad de leer lo que le cayera en las manos?

Como dije renglones atrás, tuve un padre lector, él leía novelas negras y de suspenso, algunos clásicos y novelitas de vaqueros, las de Manuel La Fuente Estefanía, por ejemplo, y por supuesto a inicios de la década del 80 se leía periódicos en las casas y yo me arrimaba para leer las tiras cómicas de los periódicos, luego descubrí dos novelas fundamentales para un niño que no tenía en que entretenerse más que con la pelota o la bici, esas fueron La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, del gran Robert Louis Stevenson y supe que había muchos mundos que yo quería conocer. Una fiebre se apoderó de mí, pude leer todo lo que le llegaba a mis manos y jamás he dejado de hacerlo.

 

En la época de la adolescencia ¿qué lo atormentaba? ¿Leía o escribía para expresar sus dudas, sus inquietudes?

Esa época es traumática para todos, uno se salva de esos años por el colegio y los amigos que allí encuentra, los cuales estaban tan solos y perdidos como yo. En mi país se había dejado atrás la denominada bonanza marimbera y entramos entre los 80 y primeros años de los 90 en lo que sería la época de los grandes carteles del narcotráfico, y muertos y bombas y atentados se veían a diario. Eso me atormentó en aquellos años, saber que cualquier colombiano podría morir tras una explosión en un centro comercial, en un parque, en un avión. No era el acné, o lo flaco que pudiera estar, o no lograr conquistar a la chica que me gustaba, no; en esos años lo que me atormentaba era la muerte andando por la aldea.

En aquellos años leí y escribí como quien no tiene otra salida más que refugiarse en el silencio de los libros y de los cuadernos de escritura. Allí me sentí seguro, a salvo de demonios o desgracias, de pérdidas o de abandonos. Tal vez hoy, en medio de este caos que atravesamos en este continente o en este mundo, sigo siendo ese adolescente que busca la lectura y la escritura como el único lugar donde puedo estar a salvo.

 

¿Cómo se plantea la escritura de un poema: como una terapia para sanar heridas o utiliza la palabra como vehículo para generar sensaciones, sentimientos y momentos que perduren en el tiempo?

El poema para mí es casi una oración, con ese poder milenario que le otorgan las palabras, las que busco con delicadeza de cirujano para compartir con ellas, vivir con ellas, conocerlas y dejar que me acompañen en su escritura. Desde esa premisa que me acompaña hace tantos años no puedo sanar mis heridas con el poema, para ellas dejo que sea el tiempo quien se encargue de sanarlas.

Más bien busco, con el poema, crear ese puente de sensaciones o de emociones que permitan a autor y lector comunicarse a través de esa mística plegaria que es la poesía.

 

¿Alguien lo alentó a escribir poesía? ¿Fue una vocación que sintió que debía seguir?

Mirar atrás, volver sobre los poemas que imagino escribí hace décadas, es pensar en nombres o seres que me dijeran que continuara y ver gestos de ridiculización y escuchar voces que se burlaban de un adolescente de clase media-baja que quería ser escritor y ni siquiera podía ir a la capital del país a estudiar una carrera de letras.

Volver a esos lejanos años y recordar o creer recordar que madre siempre compró hojas blancas tamaño carta para que su hijo pudiera escribir desde su máquina lo que su ser le exigía. Nunca me traicioné ni cuando fui burla, ni cuando la vida me apretó tanto, tanto, yo seguía robándole horas a mis días para escribir. Si eso se entiende como una vocación, entonces es así. Yo escuché el llamado de la poesía y me dejé seducir por su canto.

 

Publicar un primer libro de poemas puede resultar complicado para todo aquel que se inicia en el mundo literario, ¿en su caso fue difícil encontrar la editorial?

Publicar es una responsabilidad tremenda, eso como casi todo autor lo aprendí con los años. Tuve la suerte de publicar un libro, Palabras de la tribu, a mis veinticinco o veintiséis años; fue el resultado de una convocatoria de poesía local en la cual obtuve el segundo lugar, lo publicó la Editorial Manigraf, solo no hubiera podido.

Han pasado veinticinco años desde eso, eran otros tiempos y publicar era complicado. Ahora un autor puede autopublicarse o publicar digital, en un blog en una revista en línea, no es tan complicado para las nuevas voces darse a conocer; antes era muy complicado lograrlo.

Con los años he encontrado editores de mis libros y eso ha sido una fortuna que agradezco a los dioses cada día. Lo que escribo, a través de editoriales independientes, universitarias o editoriales reconocidas encuentra un camino para llegar a los lectores. Eso es una bendición que no me canso de agradecer.

 

¿En el presente tiene una editorial con la que trabaja regularmente o busca nuevas opciones para publicar un nuevo poemario?

Ahora la Editorial Loynaz en Cuba ha publicado mi más reciente libro de poemas bajo el título Pájaros de humo. Con Luis Enrique Rodríguez (director general de la Fundación Hermanos Loynaz) y la encargada de cuidar el libro, la poeta cubana Lissette Camargo, queremos organizar presentaciones del libro en ciudades de Colombia y esperamos también en La Habana y Pinar del Río. Los libros que permanecen inéditos están en conversaciones con editoriales de habla hispana; veremos qué llega.

 

¿Tiene un ritmo determinado para escribir? ¿Se sienta y escribe lo que tenía en mente o va anotando frases o metáforas que luego desarrolla?

Escribo en libretas de apuntes, soy muy arcaico en ese sentido. Las llevo conmigo en mi mochila, en mi morral, en la maleta. Hay algo especial cuando escribo en papel en cuartos de hotel, en salas de espera de terminales o aeropuertos, en la fila del cine o en la sala de espera de un consultorio, en mitad de la noche o en las altas horas de la madrugada. Llevo el poema conmigo días, semanas, y lo voy escribiendo hasta que es tiempo de llevarlo al estudio, al silencio de la pantalla de mi computador, pero antes corrijo, tacho, rayo, cambios sustantivos, elimino adjetivos, doy giros a las palabras, retuerzo verbos, reescribo en las hojas de mis libretas y esa sensación me hace muy feliz.

 

¿Escribe sobre algún tema predeterminado o trabaja en lo que siente día a día?

Tengo un libro temático, Mujeres sin sombra, cuyo tema es predeterminado y es sobre las mujeres de la guerra y sus heridas y soledades, sus pérdidas y su voz. Los demás, como Los amigos arden en las manos, Los huéspedes secretos o La casa en el invierno, se han hecho con poemas de muchas épocas y sobre muchos temas.

Trabajo todo el tiempo, escribo reseñas, ensayos, hago entrevistas o páginas sobre temas especiales para diferentes medios físicos y digitales, eso desde la creación y la investigación y la lectura. Con la poesía es distinto; por ejemplo, ahora escribo un poema sobre las celebraciones y llevo cerca de tres semanas con él entre mi cabeza, las ideas, las imágenes y la escritura en mi libreta. Celebrar las cosas simples busco con ese poema; celebrar, por ejemplo, la benigna sombra de los árboles, y eso en el siglo XXI no es poca cosa, todos lo sabemos.

 

¿Tiene algún autor preferido al cual recurre siempre buscando respuestas o le gusta más bien leer autores distintos?

Cada uno de nosotros va abriendo una biblioteca, ya no personal sino íntima, a la cual vuelve siempre. Yo tengo varios autores, porque sus búsquedas me son cercanas, porque sus poéticas me van iluminando. Podría nombrar cinco o seis. Quedémonos con Eugenio Montejo, por ejemplo, quien visitó mi ciudad, Manizales, aquí en Colombia, a finales de los años noventa, y tuve el privilegio de asistir durante cinco días a un taller de poesía que dirigió, invitado por el Instituto Caldense de Cultura y el Centro de Escritores de Manizales; su poética enseña a percibir el silencio, abre caminos entre lodazales del lenguaje y sus ensayos son la antorcha que ilumina en días de niebla. Otro sería Jorge Teillier, quien me enseñó a observar lo simple, lo pequeño, lo íntimo, y eso me interesa. Teillier me muestra cómo cantar desde el poema con toda la honestidad posible. Esas dos voces para no alargarme. A ellos vuelvo siempre.

 

¿Cómo ha sido para usted vivir todos estos años entre el trabajo y la escritura? ¿Encuentra todo el tiempo que necesita para escribir?

Cada día busco no alejarme de la literatura. Soy profesional en Bibliotecología de la Universidad del Quindío, trabajo para redes de bibliotecas desde lo técnico y desde la escritura creativa, en la que me diplomé con la Universidad Tecnológica de Pereira, entonces trato de estar cerca de los libros y sus autores, dialogar con ellos, tener sueños conjuntos. Todo lo anterior me permite vivir con el oficio, pero dije atrás que le robo horas al día para poder escribir; este es un trabajo que requiere mucho tiempo y dedicación, lo sabemos y yo lo hago, nos toca separarnos de mucha gente amada y de cosas queridas y trabajar desde la soledad del estudio, de la casa, del cuarto. Dedico horas y horas de mi vida, encerrado escribiendo y leyendo. Tratando de hacer lo mejor que sé hacer con las palabras.

 

¿Qué libro suyo le recomendaría a un lector de poesía?

Tengo un libro al que le tengo mucho afecto porque con él —creo— logré encontrar un tono, creo. Ese libro es Los huéspedes secretos, pero ahora mismo les diría que busquen Pájaros de humo, mi último libro; no van a salir ilesos de su lectura.

 

¿Y a alguien que quiera conocer Manizales?

Hay muchos sitios que conocer en Manizales cuando pasen por esta pequeña ciudad en el centro-occidente de Colombia, una es su Nevado del Ruiz, a mí me gusta llamarlo Kumanday como lo llamaron los pobladores originarios, y la otra es su Palacio Amarillo, sede de la Gobernación Departamental, una estructura republicana que es una obra de arte, y por supuesto no dejen de recorrer el paisaje cultural cafetero, que tiene un encanto particular.

 

¿Por qué escribe?

Podría decir como Alberto Manguel, “escribo porque no sé bailar tango o tocar un instrumento...”, pero no. Diré que escribo para no dejar crecer la desesperanza dentro de mí o la rabia cuando el maltrato contra otro ser se hace visible y no puedo hacer mayor cosa, entonces a esos seres les presto mi voz... pero, en verdad, escribo para sentirme menos solo.

 

Poemas de Juan Carlos Acevedo

Fantasma del viento

Bajo la sombra tutelar de la nostalgia
veo una mano, un cuerpo arqueado, otra sombra.
Me reconozco en medio de la sala
y pienso entonces en días más felices.
Me descubro siendo el mismo hombre
que nunca ha volado y jamás cruzará el mar.
Sé que soy un aprendiz de la luz y el movimiento,
apenas un hombre de provincia
que no puede hablar de altos edificios,
de luces de ciudad,
y elegantes prostíbulos con olor a menta.
Sé muy bien que las autopistas
y los vendedores de marihuana me son ajenos
y el ruido ensordecedor de la guerra me es propio
porque mis huesos hacen parte de este país de ausentes.
No conozco las montañas
ni puedo distinguir los nombres de los árboles.
Soy de pueblo,
apenas salgo al traspatio de la casa
a ver en las cuerdas de la ropa
una gota sujetarse a la vida.
Mi viaje más largo ha sido a la Plaza de los Negros
donde gentes pobres venden cuerpos y maíz.
Conozco, a ojo cerrado, los callejones de la Plaza de Mercado
sé a qué huelen pisos y paredes
y puedo entrar de espaldas en la vieja biblioteca.
Soy un hombre encerrado en sus palabras.
Prisionero justo de mis miedos.
Emperador del polvo, del silencio, del ayuno.
Tomo aguardiente en cantinas
donde mi padre sentiría vergüenza
y juego el juego ruin de los reproches.
He dejado el alma en un camastro
y he besado a la belleza en los tobillos.
Soy un hombre simple
que amenaza al odio con palabras,
que sale cada día a quitar las vendas a los muertos,
a curar heridas en los brazos de mis hijos,
a limpiar cuchillos que manchan las calles
de este triste barrio de provincia.
Estoy aquí
bajo el dintel de mi puerta —sin cerrojo—
sin más amuletos que estos versos,
ofendiendo los recuerdos,
escuchando un coro de ángeles que desconozco.
Estoy aquí —fantasma del viento—
observando en los alambres del patio
una gota temblar mientras se sujeta a la vida.

(del libro Los huéspedes secretos)

 

Hilo

Las manos de los primeros mayores
fueron curtidas por el sol
y selladas por la tierra negra.
Manos de hombres primitivos,
sabias a la manera de quien comparte
los secretos de la lluvia y el viento.
Mis mayores
tatuaron los surcos de la siembra en sus rostros.

Soy hijo de esas manos y esos rostros.
En mi espalda cargo la historia terrenal de mis antiguos.

No quiero arrojar vergüenza
sobre el linaje de mi familia,
por eso desde sus oraciones o sus cantos
díganles que cambié surcos y acequias,
semillas y raíces por palabras
y sigo siendo digno descendiente de su estirpe.

(del libro Pájaros de humo)

 

Revelación

Hoy mi calendario
suma la edad de los bosques
y descubro que la noche es
un puerto iluminado que abandono.

(del libro La casa en el invierno)

 

Río de los muertos

En el cañón es mediodía. Arde febrero y con él los sueños de atarrayas. Ya se sabe la subienda no vendrá este año.

El día comenzó cuando la luz implacable del verano estremeció los tamarindos, los hombres buscaron pronto herramientas y nave. Río abajo se perdieron sus voces y sus oraciones. Cantan, beben sirope y ríen. Sus torsos desnudos rayan entre cobrizos y ocres, y sus manos —acostumbradas a lanzar y recoger— esta vez se aventuran a herir una guitarra.

La mañana se parte. Las aguas negras y los buitres dando giros infinitos presagian un mal día para los pescadores del Cauca Medio. Ya se sabe la subienda no vendrá este año.

Esas aves y sus giros concéntricos, las aguas turbias y los cuerpos de tres hombres que hinchados y sin ojos flotan por la orilla izquierda.

Otra vez la muerte viaja por el río. Otra vez se perdió la pesca.

(del libro Los amigos arden en las manos)

 

Radiografía de la ausencia

“Cuanto más grandes los hombres
más solos se quedan”.

De una canción popular

Viejo, en tu ausencia el bueno de Dios se ha vuelto amigo. En los bares donde no entras a beber, la silla que debes ocupar se llena con tu vacío, al que ofrezco una cerveza que no bebe nunca.

Entonces pido un cigarrillo que dejo encendido hasta que por completo se lo fuma tu fantasma. Ahora que recorro restaurantes, avenidas y duermo mal en hoteles de todas las ciudades, ahora que cualquier mujer de esquina me ofrece algo más que su sexo tibio y sus senos de candil, ahora que el corazón está hecho añicos, necesito de tu mano y tus palabras.

Papá, en las noches de embriaguez me hace falta tu voz ordenándome dormir. Dime quién sabe de tu pasión por el fútbol y por las novelas de vaqueros. A quién hace vibrar tu historia del carbonerito. Quién conoce tu secreto sobre el vuelo del albatros.

Hoy que la vida vuelve a sonreír quiero saber qué neblinas respiras. Cuáles gotas de sudor mojan tu sombra. Dónde apagas el último cigarrillo. Quiero saber si todavía hueles la lluvia.

Es duro crecer sin ti, sin tu silbido en las mañanas cuando la cuchilla atraviesa tu rostro y el ruido de tus zapatos me despierta. Aquí las calles de mayo siguen solas, nadie cura mis heridas de juegos perdidos, nadie remienda mis ojos al final de un amor. Camino solo, papá, y la noche me seduce de nuevo. Mañana te habré olvidado otra vez.

 

Conjuro

Contra las aves que destrozan los cielos de abril,
escribo tu nombre.

Para ahuyentar esa bandada de sueños rotos
que oscurecen los días mejores, pronuncio tu nombre.

Como antídoto para espantar los pájaros de la angustia
que se despiertan en mis adentros, canto tu nombre.

Al elevar una plegaria para bendecir tu cuerpo,
amado bajo la fiebre de mayo, subrayo tu nombre.

Para escribir, con la tibia luz de julio,
la palabra amor, deletreo tu nombre.

Frente al furioso río de los días
que desdibuja el futuro enuncio tu nombre.

Cada letra, cada sílaba
es un conjuro contra la peste del olvido,
por eso hoy libero tu nombre.

(del libro Correo de la noche)

 

Día cuatro

¿Se habrá extinguido la lámpara de petróleo?
Alguien, con la benevolencia de un Dios,
detuvo sus pasos para cortar la hierba venenosa
que crece en el pórtico.
Y el agua podrida del estanque
¿quién la remueve?
Alguien más recorrerá sucios caminos en la noche
para espantar los pájaros de la angustia y
escuchará el canto de las chicharras en agosto
como quien escucha la bendición de un tiempo nuevo.

(del libro Mujeres sin sombra)

 

Día nueve

Recogemos piedras.
Limpias y lisas piedras que el sendero nos ofrece.
La atmósfera se llena del vaho de las bestias
y un relámpago lejano promete lluvias.
Verde vegetal, madera descompuesta
y frutos amargos nos brinda esta larga noche.
Poco tenemos.
Recolectamos algunas limpias y lisas piedras,
—este lenguaje de amor—
para ofrecer a la tumba de nuestros hombres.

(del libro Mujeres sin sombra)

 

Día dieciséis

Las tejedoras conocían la estación
donde las estrellas se posan sobre el remolino del arroyo
para darles un poco de luz.
Esas gotas iluminadas bañarían las límpidas telas.
También sabían los nombres de las flores silvestres
y sus colores que serían el pigmento para teñir nuestros vestidos.
En el telar había hilos, sedas, lanas maduras
y también un poco de aceite de higuerilla con el que las tejedoras
frotábamos los cuerpos
para ahuyentar los pájaros de la angustia
que anidan entre nosotras.

(del libro Mujeres sin sombra)

 

Día cincuenta y uno

Como agua oscura en la cañada todas nos movíamos.
Atrás la estancia fría y la maldición
para quienes las sangres de las nuestras derramaron.
Llegamos con los sueños envueltos
en los fardos de ropa vieja y baratijas
que nos acompañan desde los días de miel y luz de Luna.
Antes algo sagrado llevábamos dentro.
Nuestros pechos secos nos dicen
que la noche amarga fue el camino
y dejamos en medio de la siembra
nuestros ritos y oraciones.
Nada, absolutamente nada,
bajo este sol que calcina insectos y almas,
nos dice que aquí pertenecemos.
Hemos llegado y sabemos que nosotras
teníamos palabras de poder, árboles sagrados
y candiles encendidos siempre
para dejar que el cielo derramara tempestades de viento,
truenos y agua sobre la tierra bendecida.
Pero estas luces artificiales
apagan nuestras antorchas
y el ruido de máquinas silencia nuestras plegarias.
Y nosotras —despojos de una guerra—,
nosotras, las mujeres sin sombra,
las invisibles mujeres sin camino,
sabemos que en el asfalto
no crecerán nuestras raíces.

(del libro Mujeres sin sombra)

Petruvska Simne
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