Francisco de Goya, hombre listo con ganas, pintor y genio universal, Vía Láctea incluida, nació en Fuendetodos en el lejano año de 1746. Su primera petición fue un pincel con el que acompañar el monótono horizonte de la inexpresiva papilla, lo cual muestra su precocidad y desinterés por las patatas barrocas. A los dieciocho años decide irse a Madrid a probar suerte impulsado por un afán prerromántico; sin embargo, acaba por renunciar a su proyecto de pintar algunos temas fantásticos alemanes una vez que le informan de que en la capital no hay gnomos. De todos modos, en el año 1774 ingresa de un puntapié por la ventana en la Real fábrica de tapices (al parecer un desconocido le ayudó a decidirse). Sus primeros cuadros, alegorías paganas sobre los cuerpos en ebullición, son rechazados por su ánimo desenfrenado y su fondo paisajístico de tumultuosos tintes cárnicos. Contra su voluntad, acaba por ataviar a sus personajes con cargados trajes y renuncia, de paso, a la revolucionaria idea de pintar desnudo. Poco a poco Paco Goya ha empezado a forjarse un nombre, así que la Corte de Carlos IV pone sus ojos en él y el genio deja en paz a los tapices. El mayor impacto que sufre el joven Goya en aquellos años es su encuentro con la duquesa de Alba, acontecimiento mañanero sobre el que corrieron ríos de caudalosa tinta. Se sabe de la existencia de al menos treinta bocetos sobre “La maja vestida”. La explicación a tal despropósito se hallaría en las discrepancias surgidas entre el pintor y la duquesa acerca de la orientación de su peineta. Pero otros asuntos goyescos ocupaban la mente del maestro aragonés. Su agudeza crítica empieza a asomar como una extraña sombra cada vez más amenazadora. La ocupación francesa agrava aún más esta visión pesimista de la historia. Su relación con el rey Fernando, una vez acabada la guerra, no será mucho mejor. Harto de sus desplantes y, tras manifestar en privado su preferencia por el punto de cruz, el pintor busca algo de tranquilidad en las afueras, por lo que acaba trasladándose a la famosa Quinta del sordo. Allí encontrará la tan ambicionada soledad y renovados ímpetus tras la visita de su médico y amigo personal, casi siempre provisto de armadura. Sus pinturas negras evocan lo peor y más recóndito del ser humano y otro ser humano, Fernando Pésimo, hará que tome la decisión más dura de su vida: rendirse a la moda y, en consecuencia, subirse los pantalones a la altura de las rodillas. Ya en Burdeos, tuvo Goya tiempo para reflexionar sobre su vida, su pintura y la horrible colección de pesadillas protagonizada por los retratos casi picasianos de la familia real. La última pincelada de su existencia tiene la firma de un soleado día de abril de 1828. El Pésimo le sobrevivirá algún tiempo, si bien no llegará nunca a cumplir su sueño: fallar una carambola.
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