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El regalo

jueves 8 de octubre de 2026
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Está a punto de concluir un mes de julio especialmente caluroso. Las calles ardientes, el aire sofocante, reducen al mínimo los escasos deseos de vida social que aún pudiera albergar Matilde. Encerrada en su casa, sometida al dominio del aire acondicionado, cuenta los días que faltan para la fecha, fijada por ella misma, en que se trasladará a su otra residencia en la sierra, donde sabe que la aguardan un clima mucho más amable y un grupo de “amigos encantadores”, como ella suele describirlos.

“A primeros de agosto ya ha llegado todo el mundo. El tres es un buen día, no quiero presentarme antes y dar la impresión de que estoy ansiosa por encontrarme con ellos. Hasta el veintinueve; ni un día más; es lo justo para pasarlo bien sin llegar a aburrirse. Así se nota más el hueco que dejas, las conversaciones que quedan en el aire, las partidas a medias... Me encanta oír sus quejas al despedirme, aunque sean las mismas cada año. “El próximo verano... el próximo verano lo terminamos, cuando estemos otra vez todos”, les respondo yo, también como siempre. Y en septiembre, la playa: paseos, excursiones, y... lo demás”. Se le escapa una risita pícara unida al recuerdo de ciertos momentos.

Con estos ensueños se consuela del encierro obligado, de la ausencia de determinados amigos con los que le apetecería reunirse y de la empleada de hogar, que se ha despedido porque regresa a su país y la fuerza a prestar atención a unas tareas cuyos pormenores acostumbra ignorar, y de las gestiones para sustituirla, que no le apetece en absoluto realizar ni ahora ni a la vuelta de vacaciones. “Andrés proveerá”, se tranquiliza con una sonrisa irónica.

A Matilde le sobra demasiado tiempo como para no caer en días así en la tentación de revisar algunos momentos de su vida. En noviembre hará —recurre, no sin cierto remordimiento, a un pequeño cálculo para dar con la cantidad exacta—... nueve años que se quedó viuda. Suele asociar un ambiguo y profundo suspiro a esta fecha. No le asusta la soledad, nunca le ha asustado; es más, saber que, en gran medida, tendría que renunciar a ella, fue el mayor obstáculo que necesitó vencer para aceptar el matrimonio con Ricardo y, también, lo que impidió que, posteriormente, se embarcase en otra aventura similar. Algunas relaciones no faltaron, ni faltan, pero sin dramatismo, sin nada que altere la independencia que la naturaleza le ha devuelto al morir su marido. Su vida es cómoda; su economía, tan holgada como para no tener que pensar en ella; su entorno social, estable, ni tan distante como para experimentar abandono ni tan próximo como para interferir en sus decisiones. Se siente satisfecha, segura, llena de energía y deseos de vivir. El fantasma de los sesenta es una amenaza todavía lejana; ahora disfruta de ese momento en que resultaba difícil acertar con su edad o se considera innecesario calcularla porque sus ganas de disfrutar son tan genuinas que desbordan los límites de tales convenciones.

Hoy, sin embargo, no es este su estado de ánimo. Hoy se siente invadida por un rencor difuso hacia su casa. No es que su casa, habitualmente acogedora y dispuesta a retenerla con propuestas sugerentes, haya desertado de esa misión, no, pero hoy su llamada tiene algo de canto de sirena.

Desde ayer por la mañana, Matilde la culpa de haber permitido que las tuberías se hayan hecho presentes, que hayan protagonizado una suerte de sabotaje que, partiendo del desagüe de la ducha de su cuarto de baño y avanzando por caminos misteriosos, ha alcanzado el fregadero de la cocina. Como el desastre, a pesar de su dimensión, aún no se ha extendido al otro baño, que funciona entero sin dificultad, y tampoco afectado al lavavajillas, ha optado por no concederle excesiva importancia, ignorar la vocecita que continuamente le susurra al oído: “Llama al seguro”, y confiar en que a su vuelta a primeros de octubre, igual que sucede con el calor, estos problemas habrán desaparecido.

Tal esperanza, sin embargo, no la ha protegido hoy de esa desagradable sensación, mezcla de inquietud y recelo, con la que se ha topado al despertarse. Desde que ha abierto los ojos y recordado lo ocurrido, ha regresado a ella la intranquilidad de vivir bajo una incierta amenaza que, no le cabe duda, condicionará cualquiera de sus planes, ya sean los de permanecer en casa o los de salir de ella. Por eso ha preferido abandonar todo proyecto, por muy atractivo que en principio pudiera parecerle, dejarse llevar por el ritmo monótono de sus rutinas y ver pasar el día como si nada de lo que sucediera a su alrededor mereciese ser tenido en cuenta. Ni siquiera la pequeña inundación surgida del desagüe de la ducha supuestamente sana le ha hecho cambiar de opinión.

Y aquí está, avanzada la tarde, disponiendo en una bandeja lo necesario para tomarse en la sala una ligera merienda cena, resuelta a disfrutar de su discutible victoria sobre la fontanería.

Un rápido repaso a la superficie de la bandeja antes de trasladarse, para estar segura de que cada cosa se encuentra en su sitio. No hay nada que le moleste más que tener que ir completando los olvidos cuando ya se ha instalado. Y, cuando abre el cajón para recoger el cubierto que le falta, su mirada se detiene en la daga. “La daga”, se dice casi sorprendida y, al nombrarla, experimenta restos de ese sentimiento agridulce que acompaña a una lejana venganza.

Se refiere a una estilizada daga, a todas luces ajena al lugar donde se encuentra, de fina hoja de acero con guarda, empuñadura y pomo en níquel plateado, a la que la sencilla decoración en gajos de esto último confiere una austera elegancia. Matilde la toma con cuidado como si temiera alterar su reposo y la coloca en la palma de su mano evocando la expresión satisfecha de Ricardo al realizar ese mismo gesto. Sin reparar en lo que hace, quizás influida por ese soplo imprevisto de rencor o de nostalgia, en lugar de devolverla al cajón, la deposita en la superficie de la bandeja como si, por un tiempo, quisiera redimirla de su cruel encierro.

Por qué Matilde, al poco de morir su marido, trasladó el arma desde el cajón de su despacho al de los cubiertos de la cocina, sometiéndola a la convivencia con objetos domésticos e incluso a la amenaza de tener que prestar algún servicio humillante, sería difícil de explicar hasta para sí misma. Fue una actuación repentina, algo que hizo sin meditar sin que, en apariencia, respondiese a ningún motivo ni a ningún propósito, y que mantiene hasta el presente sin querer detenerse a justificarlo.

¿Qué opinaría Ricardo si pudiera ver el lugar que, a partir de su muerte, le ha reservado al objeto que durante algún tiempo mantuvo en jaque a la familia?

Él lo recibió de manos de Matilde como muestra sincera de su cariño, admiró su elegancia, sus proporciones, discutió su nombre: ¿daga? La hoja era tan estrecha y la punta tan afilada... ¿Mejor estilete? Recordó detalles de su uso ancestral, de lo mortífero de las heridas que se podían infligir con ellas, tanto que algunas llegaron a denominarse irónicamente “de misericordia” por su misión de acortar el sufrimiento infligido por la espada. Al descubrir que había perdido la atención del auditorio, se marchó enfurruñado a su despacho, donde la instaló en un lugar destacado con la pretensión, según dijo, de que se convirtiera en la primera pieza de una “interesante colección”. No era consciente del perverso juego que iniciaba con este sencillo acto.

Puede que fuese Natalia, su hija, resentida por la falsedad de su madrastra, quien, pasados unos días, la retirase de allí en secreto. Al poco tiempo, también en secreto, la daga regresó a su lugar trasladada, es fácil de suponer, por la propia Matilde. Y así un par de veces más hasta que Ricardo, cansado de tantas idas y venidas y tanta intromisión en su lugar de trabajo, optó por guardarla bajo llave y condenarla al olvido.

Natalia había rivalizado con Matilde desde que ésta llegó a la casa como segunda esposa de su padre. Era una adolescente despierta, caprichosa, muy celosa del cariño del padre y dispuesta en todo momento a arrebatar a la que ella consideraba una intrusa cualquier conquista en este terreno por pequeña que fuera. Matilde, desde el principio, cayó en el error de competir de igual a igual con la muchacha en cada uno de los retos que surgían. La daga fue uno de ellos.

Un día que padre e hija habían salido juntos por no recuerda qué motivo, al regresar a casa, Natalia la llamó aparte y, fingiendo una complicidad que nunca había existido entre ambas, le informó de que el padre se había detenido ante el escaparate de una armería para alabar con entusiasmo la belleza de una determinada daga que se mostraba como una pieza de especial interés. La hijastra le proponía que, debido a su alto precio, se la regalaran juntas; ella añadiría a la información aportada sus escasos ahorros. Matilde aceptó sin poner condiciones, pero durante la cena, llevó con habilidad la conversación al reciente paseo, e ignorando las miradas asesinas que le lanzaban los ojos de Natalia, consiguió que su marido no sólo mencionase el arma, sino que la describiera con todo lujo de detalles. De esa forma pudo entregar el regalo como suyo dando por falsas las quejas de la joven, que reclamaba su participación. Natalia tuvo que claudicar, pero grabó en piedra aquella traición.

Este no fue el único conflicto, aunque quizás sí el más importante. El tiempo que se vieron obligadas a convivir estuvo repleto de ellos. Los más antiguos surgieron con motivo de las numerosas mascotas que Natalia cuidaba o, más bien, descuidaba por toda la casa. Darwin, el pequeño terrier, destacaba especialmente. Juguetón e inquieto, ansioso por mordisquear cuanto tuviera a su alcance, o gruñón y ladrador si se le ponía alguna traba a su inclinación natural, se había convertido en una especie de apéndice de Natalia, aunque, en su ausencia, no tenía inconveniente en reclamar de Matilde las mismas atenciones sin importarle el rechazo que ella le demostraba.

Los ladridos de aquel chucho llegaron a obsesionarla; más, si cabe, por ser consciente de que no podía librarse de su compañía. El perro veraneaba con ellos, viajaba con ellos, participaba en las reuniones familiares; en resumen, estaba donde se encontraba Natalia, de la que, por otra parte, era también bastante difícil desprenderse.

En el segundo verano de matrimonio, al poco de llegar a la casa de la sierra, Darwin desapareció. Toda la familia lo buscó sin descanso. Preguntaron a los vecinos, pusieron carteles; todo sin éxito. Natalia lloraba desesperada y miraba a Matilde de forma extraña, pero no tuvo más remedio que calmarse y aceptar la pérdida.

Pocos días antes de terminar las vacaciones, unos muchachos de la urbanización avisaron de que lo habían encontrado entre unos setos de una casa deshabitada en el otro extremo del pueblo. Lo habían reconocido por el collar y la chapa, porque el cuerpo estaba bastante descompuesto. Ricardo no consintió que Natalia se acercara a comprobarlo; él mismo se encargó de hacerlo desaparecer. La opinión más extendida sobre la causa de la muerte fue el envenenamiento, pero las preguntas relativas a cómo era posible que se hubiese despistado de Natalia, atravesado la verja y alejado tanto de la casa, quedaron sin respuesta.

A partir de aquel momento, Natalia redujo al mínimo su trato con Matilde.

Lentamente, las demás mascotas siguieron sus pasos. La pecera que aparecía incomprensiblemente desenchufada y con la superficie del agua llena de peces tumbados, el canario inerte al pie de su bebedero sin agua o la tortuga atolondrada que caía por la terraza y quedaba espachurrada en la carretera fueron acontecimientos destacados en la vida de la familia. En esas ocasiones, no hubo llanto de Natalia.

A Matilde le llegó el turno de decretar: “Ni una mascota más, nos hacen sufrir demasiado”. La mirada de Natalia le demostró que no había caído en el engaño, pero Ricardo dio por bueno el argumento, incluso se sintió agradecido por ese plural y se atrevió a proponer: “¿Un gato? No molestan, suelen estar tumbados...”. “Me dan alergia”, mintió Matilde, y el asunto quedó zanjado.

Después del incidente de la daga, Ricardo comprendió por fin que se hallaba en el centro de un combate, y le pareció que lo más sensato era apartar de allí a la hija. La envió a Estados Unidos a terminar sus estudios. La familia no volvió a reunirse. Padre e hija buscaban motivos para verse sin que, en ningún momento, Natalia regresara a la casa ni Matilde se incorporara a esos encuentros. Precisamente, el infarto atacó a Ricardo cuando estaba preparando unas vacaciones en Canadá con Natalia.

A su muerte, las dos mujeres volvieron a encontrarse. En apariencia, juntas lloraron la pérdida; pero, al concluir los funerales, se enfrascaron de nuevo en una agria y prolongada discusión, ahora por la herencia. La hábil gestión del albacea, buen amigo y abogado del difunto, resolvería la contienda.

Una vez superados todos los trámites, con la pretensión de fomentar entre ellas algún vínculo que, en su opinión, hubiese agradado al padre, tuvo la ocurrencia de sugerir a Matilde, heredera de la casa y su contenido, que ofreciera a la hijastra la oportunidad de visitarla antes de emprender su viaje de vuelta y, de paso, la de quedarse con algunos objetos por los que sintiera especial afecto. Matilde no se negó, pero lo entendió a su manera.

Cuando Natalia llegó a la casa, se encontró una pequeña exposición de recuerdos de su madre y de regalos que el padre había recibido de ella. Por supuesto, no se dejó engañar ni por el tono fingidamente emocionado de las palabras de Matilde: “Me ha parecido que te sería menos doloroso que seleccionarlos tú misma”, ni por su ofrecimiento de añadir a aquello algunos libros de la biblioteca paterna. Después de unos instantes de duda, decidió entrar en el juego: se dirigió al despacho y, sin detenerse en las estanterías, fue derecha al cajón donde sabía que su padre guardaba la famosa daga. Matilde no se quejó de una reacción que había previsto. Con tono indiferente, le informó de que ya en vida del padre aquel regalo, que ella le había hecho, y subrayó la frase, había desaparecido sin que nadie supiera cómo ni por qué.

Natalia reconoció en silencio su derrota y abandonó definitivamente la casa y su relación con Matilde.

 

Con el tenedor en el aire, dispuesta a comenzar la ensalada, Matilde queda en suspenso. ¿Y si fuera un problema de los desagües generales, y si más vecinos lo hubiesen padecido también? En tal caso, no sería necesario que ella interviniese, le podía trasladar el conflicto a la junta de vecinos y limitarse a esperar que ellos actuasen. Le gusta la idea. Más tranquila, vuelve a la ensalada, pero enseguida la interrumpe una nueva reflexión. Consulta su reloj, se levanta presurosa, y se dirige a la cocina para hablar por el interfono.

—Buenas tardes, Andrés. Sé que ya termina su jornada de trabajo. No querría molestarle...

—No se preocupe, doña Matilde, no tengo prisa, la mujer y el chaval están en el pueblo con los abuelos. Hasta las once u once y media no nos llamamos. Dígame.

—Tengo problemas con los desagües de la cocina y de una ducha y quería saber si otros vecinos se han quejado de ello.

—Nadie me ha dicho nada. Si quiere subo ahora mismo a echar un vistazo y, con lo que sea, decidimos qué se puede hacer. ¿Le parece?

—Pero es muy tarde, no me parece bien...

—Tranquila, ya sabe que no tardo ni un minuto en llegar a mi casa —bromea el portero para recordarle que su vivienda está en el mismo edificio—. Sólo quiero verlo para saber si tengo que informar a la presidenta o usted debe avisar a su seguro.

—De acuerdo. Muchas gracias.

Matilde regresa al comedor y, mientras espera, termina los escasos restos de la cena. Un timbrazo le avisa de la llegada del hombre.

—Hola, Andrés, gracias por venir.

—No hay problema, doña Matilde. ¿Qué baño es?

—El de mi dormitorio. También va mal el fregadero.

Andrés entra en el baño indicado. Matilde prefiere regresar a su puesto en el sofá y empezar a recoger el servicio.

—Voy a la cocina, doña Matilde —le informa el hombre desde el pasillo.

—De acuerdo.

—Doña Matilde, ¿puede venir? —la voz oscurecida de Andrés la reclama.

Matilde recoge su bandeja y acude a la llamada. Andrés, tirado bocarriba en el suelo de la cocina, metido hasta los hombros en el armario del fregadero, manipula en la tubería.

—Por favor, doña Matilde, abra el grifo.

Matilde se aproxima con la intención de colocar la bandeja sobre la encimera junto al fregadero para atender la demanda, pero algo se interpone en su camino. Centrada en lo que desea hacer, no repara en el destornillador que el hombre ha abandonado en el suelo demasiado lejos de sus piernas. Al pisar la herramienta, Matilde siente que pierde pie, que retrocede peligrosamente, que va a caer de espaldas. Los objetos de la bandeja experimentan también un repentino desplazamiento. La mirada recelosa de Matilde se centra en la daga que, con tanta imprudencia, decidió llevar consigo. A pesar de que su punta se orienta en dirección contraria a su pecho, no deja de ser amenazante. La evidencia de que todo aquello se le puede venir encima le asusta tanto que, tomando impulso en el pie bien asentado, proyecta con todas sus fuerzas su cuerpo hacia adelante decidida a alcanzar la encimera sin que la desvíe de su propósito la certeza de que cuanto sujeta en sus manos caerá sobre el cuerpo del portero.

Como era de esperar, el contenido íntegro de la bandeja, sometido a esa brusca reacción, se precipita en cascada sobre el hombre, seguido, en último término, de la propia bandeja, justo un instante antes de que Matilde logre aferrarse a la superficie salvadora.

El grito de dolor que sale del armario supera con creces los gemidos de triunfo de la mujer cuando conquista el ansiado apoyo. Después, un terrible golpe y otro más; éste, blando como el producido por un cuerpo abandonado a su peso.

Antes de que Matilde se atreva a bajar la mirada para comprobar lo ocurrido, por el rabillo del ojo, ve cómo los pies del hombre, después de agitarse en un brusco pataleo, quedan abandonados, sin fuerza.

“Tranquila, tranquila, no ha pasado nada, ya verás...”, se dice mientras se yergue.

—Andrés —llama bajito. Su voz suena estremecida, casi suplicante. No hay respuesta. Es pánico esta rigidez que ahora envara su nuca impidiéndole inclinar la cabeza para comprobar el estado del hombre y acabar con la duda. Intenta una nueva llamada pero las palabras ya no salen de su boca.

Aprieta con fuerza los párpados. Quiere alejarse de allí, quiere imaginarse en otro lugar donde nada extraño haya sucedido, pero una voz poderosa desde el fondo de su mente le ordena: “¡Mira!”. Haciendo un inmenso esfuerzo, los abre y mira. Lo primero que ve es la daga emergiendo del pecho del hombre. Un quejido horrorizado surge del fondo de su garganta, y los ojos se niegan a seguir mirando. La voz insiste: “¡Mira! ¿Está muerto?”. El hombre se muestra relajado, como dormido, en su mano derecha, caída sobre las botellas de productos de limpieza, sujeta apenas una llave inglesa mientras la izquierda ha quedado en el quicio de la puerta como si hubiera buscado allí apoyo para incorporarse. Tiene vuelta la cara hacia Matilde, y sus párpados cerrados podrían dar la sensación de que se ha quedado dormido si no fuera por la tremenda mancha roja y sanguinolenta que le ocupa la mitad de la frente.

Matilde sabe que va a gritar, que necesita lanzar fuera de sí todo el horror acumulado y, para evitarlo, se tapa la boca con ambas manos. Lentamente se va alejando del hombre hasta caer sentada en la silla más próxima. “Respira —le recomienda, algo más amable, su voz interior—. Más despacio, más despacio...”. Una breve pausa para darle tiempo a una ligera recuperación y nueva orden: “¡Piensa, piensa!”. Las primeras imágenes convocadas, más que tranquilizarla, aumentan su espanto: policía, interrogatorio, explicaciones, abogados... “¿Actuación involuntaria, imprudente?”, se atreve incluso a preguntarse. Demasiadas series de asesinatos.

Un tremendo cansancio se va extendiendo por todo su cuerpo y relaja sus músculos agotados como si quisiera prepararlos también para el sueño y, en ese curioso estado de duermevela, ve abrirse ante ella una ventana luminosa frente a la que se desarrollan escenas propias del inmediato veraneo: las excursiones, las interminables charlas con los amigos, las cenas en el club, los paseos por la playa. Hasta la compañía de aquel sospechoso Javier se le muestra ahora llena de encanto. Y la decisión llega. Al principio no hay ningún plan, sólo la urgencia de hacer desaparecer aquel obstáculo, alejar a aquel intruso de su casa, apartarle de su vida. Impulsada por este deseo vence los últimos reparos para observar el cuerpo con más detenimiento. “No respira”, afirma sin intención de aproximarse para comprobarlo. La mancha de sangre de la camisa en torno a la hoja se va ensanchando sobre el pecho. “Tengo que darme prisa”.

Su mente se pone a funcionar de manera frenética, con tanta frialdad que se va alejando del drama como si ya no formara parte de él, como si sólo estuviera participando en algún tipo de juego. “Tengo que quitarle la maldita daga”. Retira la bandeja y los restos del servicio que han caído sobre el cuerpo y se arrodilla junto a él. La tarea casi le parece fácil, pero al alargar la mano para realizarla se da cuenta de que ésta ha adquirido la consistencia de la madera, que le es imposible mover sus articulaciones. El cuerpo se le contrae en una violenta arcada, y la mano cae inútil a su costado. “Casi no la he tocado. Podría dejarla”, se quiere convencer. Gira la cabeza sin otro propósito que hacer entrar en sus pulmones todo el aire que le falta y, en su recorrido, descubre cerca de ella la manopla de cocina. Se la enfunda y, así protegida, dirige de nuevo la mano a la empuñadura. Otra arcada, otra más, sabe que no será capaz de sacarla, pero, con los dedos cobijados por la tela, sí se atreve a frotar someramente el metal para limpiarlo de las previsibles huellas. Sintiéndose vencedora, recupera la sensación de que lo que tiene delante no es en realidad una persona, sino un objeto desagradable que quiere fuera de su casa.

Puesta de pie, agarra el cuerpo por los tobillos y, de un vigoroso tirón, lo lleva al centro de la cocina. No pesa demasiado. Cuando se le ve tan activo por el edificio vestido con el mono y las perneras de los pantalones algo remangadas, se le puede confundir con un muchacho. Se detiene para sujetarle mejor y expulsar de su cabeza esos pensamientos que le pesan más que el cuerpo. Con algunos tirones más le arrastra hasta la puerta de la escalera sin dejar de observar con aprensión la herida de la frente. “Tengo que sacarle antes de que manche la tarima”.

Ya está en el descansillo. Sabe que no hay peligro de encontrarse con nadie: los vecinos de enfrente están de vacaciones y la posibilidad de que alguien baje la escalera andando es impensable. Un pinchazo en la boca del estómago le avisa de un olvido importante. “¡La llave!”, se recuerda molesta por no haber previsto antes el riesgo lejano de que se cierre la puerta. Con ella en el bolsillo, continúa tirando del cuerpo hasta llegar al ascensor. “Hay que darle la vuelta”, se dice, y le hace girar de forma que pueda erguirle el tronco para apoyarle la espalda en la pared junto a la puerta del ascensor. La cara del hombre queda frente a la suya, muy próxima, no puede evitar mirarle: un hilillo de sangre se desliza muy despacio por su frente hasta la ceja, y se detiene allí.

Matilde se endereza jadeando. Se retira de la cara el pelo que casi le cubre los ojos y se le pega a la frente y las mejillas por el sudor. Llama al ascensor. El cuerpo comienza a inclinarse amenazando con caer delante de la puerta. Lo pone derecho sin fijar ya la vista en él, fingiendo ignorarle, estar sólo atenta a prever los movimientos que aún debe realizar.

Recuerda que las puertas interiores del ascensor son las primitivas de madera, se cierran a mano, pero la exterior es metálica, muy pesada, y se cierra sola; tendrá que sujetarla al tiempo que mete el cuerpo; eso la obsesiona de tal modo que experimenta un impulso repentino de abandonar esta locura, de encerrarse en su casa y esperar allí a que suceda lo que deba suceder.

El ascensor acude a su llamada. Abre las puertas y, sujetando la exterior con el pie, tira del hombre por las axilas. Un dolor agudo en la espalda la detiene, pero sólo para darle tiempo a aliviarse. Nueva alerta en el estómago. ¿Qué pasa ahora? La imagen de la llave inglesa y el destornillador en el suelo de la cocina se presenta nítida ante sus ojos. Son las piernas del hombre las que acuden en su ayuda para sujetar la pesada puerta. En un instante está de vuelta. Deposita con cuidado las herramientas en los muslos del hombre y continúa la marcha. Ya está la mayor parte del cuerpo dentro del ascensor, la espalda en la pared opuesta a las puertas, bajo el espejo. Le vuelve a tomar de los tobillos y flexionándole las piernas consigue meterle dentro. La llave inglesa y el destornillador caen al suelo dando un golpe seco que a Matilde le parece un estruendo. Aprieta el botón del bajo, cierra con suavidad las puertas de madera, y se retira deprisa para dejar a la exterior que complete su recorrido.

Y, precisamente, cuando llega el momento de alegrarse por haber superado la terrible prueba, Matilde empieza a ser consciente de lo sucedido. “¿Qué he hecho?”, se repite convulsa mientras cierra la puerta de su casa como si se tratara de la de una muralla, mientras se ducha para quitarse de la piel la sensación del repulsivo contacto, mientras pone a lavar toda su ropa y elimina concienzudamente cualquier rastro de lo vivido. “¿Qué he hecho?”. Y no sabe explicarse nada ni justificarse nada.

El agotamiento la vence, y cae en un sueño profundo.

Se despierta sobresaltada. Escucha. Todo está en silencio, aunque hace tiempo que ha amanecido. Controla las ganas de salir a la escalera a comprobar si ha habido alguna novedad. Por primera vez imagina la escena que la policía intentará recomponer. “Alguien entró con ánimo de robar en las viviendas vacías, el portero les salió al paso y le apuñalaron antes de que pudiera pedir ayuda... ¿Y el golpe en la cabeza? Parece de un trozo de tubería... ¿Jóvenes nerviosos? Poco expertos. Se asustaron. Le escondieron en el ascensor. ¡Vaya sitio! Se marcharon sin robar. ¿Y la daga? Parece especial, pero mal cuidada. Robada en algún anticuario...”.

Adelantará su viaje. Saldrá hoy mismo. Hará la maleta en cuanto desayune y, si olvida alguna cosa, regresará más adelante a recogerla. Todo está en silencio, debe volver a dormirse. De repente un grito desgarrado retumba en la escalera seguido de otro más lastimero, más dirigido a pedir auxilio. No debe salir, se aconseja, mejor esperar a que los acontecimientos sucedan al margen de ella. “Tomé un somnífero, no oí nada. Con este calor duermo mal a pesar del aire acondicionado”, le parecen buenas razones para mantenerse al margen. Y permanece acostada intentando pensar en el contenido de la maleta que se va a llevar. Sólo una, para qué más. Puede dejar otra preparada para que se la envíe... La frase truncada le hace regresar a la realidad. Por mucho que se esfuerce por simular normalidad sus manos no dejan de temblar y su pensamiento avanza a pequeños saltos como si fuera esquivando obstáculos. Ha perdido la lucidez que unas horas antes parecía iluminar su cerebro.

No puede soportar más inactividad. Se levanta. A través de la puerta, cree escuchar un ligero murmullo en la escalera. De repente, la puerta del ascensor golpea y alguien llama a la suya con un enérgico timbrazo.

El policía la saluda. No, ella no ha oído nada: cansancio..., calor..., somnífero. ¿Seguirá en la casa el resto del verano? ¿Dónde pueden localizarla? El policía toma nota, hace un gesto de despedida y continúa su camino. Matilde tiene que sentarse para recuperar el ánimo. En menos de una hora ha preparado su equipaje y abandona la casa en dirección a la sierra.

El verano avanza según lo previsto, parecido a los anteriores. Ninguna llamada que interrumpa su disfrute. La playa en septiembre. A la vuelta, el acta de la junta de vecinos, a la que no ha acudido, informa someramente de lo ocurrido y da los datos del ahora conserje. Una entrevista de trámite en la comisaría avanzado ya octubre, y nada más. Matilde llega a creer que todo aquello sucedió en su ausencia, y sobre esta creencia, que pronto se convierte en convencimiento, va avanzando su vida hasta que casi llega a olvidar lo sucedido.

Un día a mediados de marzo, mientras desayuna, el conserje le informa de que unos agentes de policía preguntan por ella. Que debe acudir a la comisaría, le dicen los agentes. Que el comisario desea hablar con ella respecto al suceso aquel del portero. “¿Otra vez?”, pregunta Matilde fingiendo una indiferencia que no siente; ya la convocaron después del verano, y dejó bien claro que no sabía nada. ¿Qué más puede decir? “El comisario le explicará por qué la llama”, le responden sin más.

El comisario la recibe cortés y la invita a sentarse.

—No sé qué puedo contarle además de lo que hablamos en su momento. Yo estaba en la sierra cuando aquello ocurrió.

El comisario no la contradice, se limita a poner sobre la mesa la foto de la daga.

Matilde venía preparada para aquello y controla bien sus reacciones.

—Usted me dijo que no la había visto nunca, ¿lo sigue afirmando?

—Por supuesto.

—Pues lamento comunicarle que tenemos pruebas de que usted miente.

La afirmación es tan contundente que Matilde se estremece. La voz le sale más insegura de lo que ella desearía.

—No entiendo qué quiere decirme.

—Que tenemos la declaración de Natalia Domínguez, su hijastra, afirmando que pertenecía a su padre. Nos ha proporcionado también una prueba definitiva de ello.

Demasiados reveses para poderlos encajar sin perder la calma. El rostro de Matilde se tensa y aprieta los labios para que la palabra “¡Miente!” no salga de su boca, pero no ha podido evitar erguirse e inclinarse ligeramente hacia el inspector demostrando su ansia de seguir recibiendo información.

El comisario, como si no se hubiese dado cuenta de este cambio de actitud, coloca una segunda fotografía sobre la mesa y continúa hablando.

—¿Ve usted esta pequeña letra grabada en la cara interior de la guarda? Es una N. ¿Lo ve? La grabó Natalia con la punta de un clavo para que su padre tuviera allí su nombre y recordara que fue ella la que deseó hacerle aquel regalo.

Matilde no necesita acercarse para verla, la imagen está suficientemente ampliada como para que la burda inicial se destaque claramente en el pequeño espacio.

—¡La muy zorra! —murmura entre dientes. Y apoyándose en el respaldo, con aire casi arrogante, añade—. Fue un accidente —aunque enseguida vuelve a apretar los labios arrepentida de haber cedido tan pronto a la presión del comisario.

Él niega con la cabeza repetidamente y, en el mismo tono mesurado, afirma:

—Aún no estaba muerto cuando le encontró la vecina, a lo mejor se hubiese podido salvar si le hubiesen atendido a tiempo.

Matilde se levanta y, en silencio, se dirige a la puerta con andar inseguro como si estuviera mareada.

—¿Se encuentra bien? —se interesa el comisario—. No se puede marchar. Ahora viene un agente.

Matilde busca apoyo en un archivador y, volviéndose a medias, en lugar de responder, pregunta a su vez:

—¿Por qué Natalia...? —la voz se le quiebra.

—¿Que por qué su hijastra se puso en contacto con nosotros? Por un montón de coincidencias que no sé bien cómo definir. Según nos dijo, suele formar parte de un tribunal de competiciones caninas en el Reino Unido. Creo que se llama Crufts. ¿Lo conoce usted? —Matilde calla, y el comisario prosigue su relato—. Parece que es muy importante y muy antiguo. La ganadora de este año fue Rose Chapman, su vecina del quinto. Por casualidad, Natalia reparó en que vivía en Madrid y en cuál era su dirección, y se acercó a saludarla. Quedaron para charlar más despacio, y, cómo no, salió el asunto del portero. Rose Chapman le pudo describir con todo lujo de detalles el hecho porque fue ella quien lo encontró cuando iba a pasear a su perro y quien estuvo más que ningún otro vecino en contacto con nosotros.

Los ojos del comisario se quedan fijos en los de Matilde, pero la reacción que espera no llega.

Un ligero repiqueteo, y la puerta se abre.

—¿Comisario?

—Es Matilde Peña, acompáñela.

Carmen Menéndez Martínez
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