I
Cuánto hace que no nos vemos, ocho, diez años, tal vez menos si cuento las visitas de mi familia durante los días festivos, al menos pude verlos. Lo reconoceré porque tiene los ojos iguales a los de papá y un mechón de pelo blanco. Cuando dejé la casa para ir a palacio él era un niño. Nos veremos, podré abrazarlo, ¿podré abrazarlo? Cuántas veces nos miramos a través de las rejas del parque... Pienso en él, no puedo dejar de preguntarme cómo alguien puede acabar así, si mi madre es honrada y mi padre un varón de poca ventura, solamente un pobre hombre. ¿Debería ir solo a un barrio tan peligroso? ¿Por qué me han dicho que no vaya? Sí, es verdad: hay crímenes, hambre, afuera nada es seguro.
El funcionario real atraviesa una senda transitada por personas, caballos y burros, un pasadizo oscuro. Cuando sale a la luz escucha voces, los niños corretean dentro de los patios, los gatos duermen fuera de las casas de adobe.
Dice que lo matarán; por eso voy, si lo matan y lo tiran por ahí seré el culpable, me sentiré culpable, yo no tengo nada que ver con sus fraudes, pero me pesará hasta el final de la vida. Y cómo le explicaría a mi madre, qué consuelo tiene una madre si un hijo suyo se muere, si a un hijo lo asesinan. Si el mayor puede evitar el horror de enterrar al menor de sus hijos y no lo hace, ¿qué destino tendría después de eso?
Alguien va adelante proyectando una imagen borrosa. Quedaron atrás el zigurat con sus siete niveles para escalar al cielo y el color añil profundo del templo; hay algunos frentes dentados sin lujo. Todo quedará en el olvido.
Reside en un departamento del templo mayor, aunque de niño ha recorrido calles humildes. Las conoce y no tiene miedo. La oscuridad aumenta entre las altas construcciones de ladrillo. Ajusta la capa de finos bordados, arregla mecánicamente la tela azul de lana peinada como lo hace su señor. Da la vuelta en una esquina, anda preocupado.
—Ten cuidado —le ha recomendado Kushim, el escriba.
Los trabajadores viven en esos sitios miserables, sobreviven cerca de las murallas. Hay robos, hay crímenes.
—Te asaltan o te matan para robar un poco de pan —dice el amanuense amigo—; a diario ocurre. Mejor no vayas.
El servidor del rey no les hace caso; lleva ocultos unos siclos de plata, la vida austera le ha permitido ahorrar. Aprieta la delicada bolsa con su único tesoro. El círculo de sello que adorna el dedo índice recuerda su lealtad a la corona. El anillo lo protege y aleja de las influencias malignas. Cree en el amuleto; además, con él diariamente sella los documentos oficiales. Ese objeto representa su identidad y destino.
Los jardines del palacio real huelen a rosas, a jazmines, a matas de romeros y salvias, son aromas sutiles. Piensa en la relación entre el espacio y el perfume, a mayor distancia del palacio más olores desagradables. Aquí apesta a fritos y a grasa, a humo y guisos; más cerca del agua, en la ribera, los olores son nauseabundos, olor al agua estancada de las charcas y el hedor fétido de la sangre y las vísceras. Ya se ha alejado de su lugar, entra al sector de los miserables y continúa caminando.
—Tu hermano ha caído en desgracia... ¡No seas mezquino!
Si no fuera porque ella me lo ha pedido, no soportaría este oprobio. Se cree un buen hijo, intachable, digno. Nunca estuvo preso, no conoce el delito ni el desenfreno, desconoce la violencia de las calles o el alcohol. En la infancia había soportado azotes, hambre, trabajos duros. Vivió en establos, alguna vez sintió miedo a la muerte, hasta la deseó. Sin embargo, lo educaron los sabios del reino. En una lejana mañana de verano había tenido la fortuna de socorrer a un niño. nada menos que al príncipe, mientras él jugaba en el río con sus amigos.
Hoy quedaré arruinado para salvar al infame. No lo merece. Tampoco merece la devoción de nuestra madre. ¿Por qué no podrá ser bueno?
Al salir de los edificios palaciegos, advierte que una sirkus lo ha guiado hasta un callejón sombrío. Ella es una marginal, se las reconoce de lejos, le hace gestos incomprensibles; se le acerca por no ser soberbio. La humildad, tal como pregona su maestro, causa felicidad legítima. La humildad es la materia más incómoda en su formación; sin embargo, trata de practicarla por él y por satisfacerlo. El maestro es un kashdim que no frecuenta mujerzuelas, pues no desea ser juzgado severamente por libertino. Está en el camino de la virtud. Los pensamientos sobre el kashdim desaparecen porque lo fulmina una idea: le robarán.
La sirkus es un señuelo, sospecha. Oculta la argolla de oro en la túnica de bordados geométricos. Toca mecánicamente los hilos dorados, roza el pelo de la tela para que brille. Se aproxima con los puños apretados, ella habla una lengua extraña. Parece una cautiva del desierto, serviría en alguna taberna tras haber sido comprada y liberada por un rufián. El tráfico de esclavas es un problema en la ciudad imperial desde la última campaña militar. No comprende el dialecto. Mientras intenta descifrar lo que dice aparece un joven (un mechón blanco sobre la cara y los mismos ojos de su padre). Un maleante. Todos se agitan, gritan, se descontrolan. El encuentro es confuso y triste.
¡El anillo no! Experimenta un instante de dolor atroz. La daga de doble filo rompe las ropas y la carne y se desploma ante la mirada indiferente de unos menesterosos. La pareja de forajidos huye en el laberinto de pasillos. Cuatro pares de ojos salen de las sombras, se le acercan, las manos ejecutan la acción de revisar y saquear. Antes de arrojarlo al agua, lo arrastran con la tela inútil que había elegido esa mañana.
Al alba de ese último día había agradecido a Dios, buscó un atuendo fastuoso y lo dejó preparado en su cámara, eran prendas hechas por el sastre real para la celebración de la Victoria. Iría al barrio del puerto, se lo había prometido a su madre. Quiso ataviarse de manera lujosa para hacer notar su prestigio. ¿Acaso deseaba humillarlo? Vaciló, el otro se sentiría más desdichado. Aun así, llevó la capa con hilos dorados, las figuras bordadas reproducían las constelaciones del cielo de la Mesopotamia. Él era un siervo devoto, el rey lo había rescatado y pensaba que se lo merecía. El hermano andaba en malos pasos, gastaba las horas en las tabernas con borrachos y ladrones.
En el trayecto el burócrata no había visto a nadie tras cruzar la primera muralla, iba ensimismado. En el segundo muro, le llamó la atención una figura envuelta en lana clara, un contorno difuso. Tuvo un presentimiento, tocó el anillo y acomodó el manto; de cualquier modo, siguió hasta el lugar indicado. Estaba obligado por la sangre. Las buenas personas ayudan a la familia. Volvió a tocar el talismán, ella advirtió el gesto y quiso arrebatárselo. Luchó, deseó huir. El ladrón le cerró el paso. Se aferró a la capa como un guerrero al escudo. Entonces se cumplió el vaticinio.
En una calle maloliente dos hijos paridos por la misma mujer se miraron como bárbaros. Un chillido explotó en la boca de uno de ellos. En la breve conciencia de la agonía sintió pena por el ladrón, por la madre que los había amamantado, y concluyó que la vida era una mierda. La mano crispada seguía aferrada al paño cuando lo cruzó el último espasmo.
Ahora un digno funcionario flota boca abajo en medio de canoas de juncos y guffas. Está clareando. Desde las orillas del Éufrates llegan voces, los remeros alborotados agitan los brazos porque hay uno en el agua.
—Debe ser un noble —comentan los pescadores.
Ha amanecido. Los flecos del manto rectangular exageran las dimensiones del cuerpo. La basura encubre las formas y los brillos. Entre la mugre ondea una bolsa de seda.
II
Al anochecer alguien camina confiado rumbo a un encuentro y un cuchillo lo asalta. El escenario del drama es una ciudad sudamericana. Ese hombre que busca reparar el amor herido —o saldar viejas cuentas— tropieza con la desgracia.
En Buenos Aires, aunque puede ser cualquier otro lugar, se repite la historia.
—¿Qué me hacés, hermano? —alcanza a gritarle y cae. El cuchillo es Caín.
En el río más ancho del mundo va a la deriva un varón joven, seguramente honesto, que está a merced de la correntada.
El cielo azul oscuro migra al rosa, morado, naranja brillante y amarillo claro. En medio de un remolino de inmundicias emerge un bulto; peces muertos y vísceras pestilentes acarician el traje de tela italiana. Los trabajadores del puerto lo hallan sin sorprenderse. A menudo descubren cuerpos flotando en el agua marrón.
- El buen hijo - sábado 10 de octubre de 2026
- Un domingo cualquiera - martes 19 de mayo de 2026


