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Sincero amor

martes 20 de octubre de 2026
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La oscuridad la aterraba, no recuerda qué pasó, sólo siente que le duele todo el cuerpo. El sabor terroso y metálico en la boca se mezcla con la oscuridad. Falta el aire. Lágrimas recorren sus mejillas y la necesidad de tener cerca a su perrita la desesperan. Está cansada y se deja llevar por esa sensación. Le incomoda el polvo, pero no puede quitárselo, las manos están presionadas: no sabe qué la está confinando. El cansancio, por fin, la vence y todo se apaga, no se oscurece —ya estaba oscuro—, se apaga. No sabe por cuánto tiempo. Escucha ladridos, escucha susurros, escucha, escucha algo. Escucha su nombre. Sí, es su nombre. Despierta.

Quiere responder, lo hace, pero sin fuerzas. Piensa en su perrita, piensa en Layka, piensa en Pedro y llora. Es ella, seguro es ella, también está él. Mi amor, aquí estoy. Se dice que si se concentra, la escucharán, por lo menos lo hará Layka.

Afuera hay lamentos, dolor, algarabía, rabia, esperanza, compasión. Y trabajo, mucho trabajo de los vecinos, familiares, amigos y aquellos que entendieron que había que salvar vidas. Layka ladra y ella abajo llora. Pedro, su novio, está con Layka buscándolas. Se empeña en remover los escombros, se dice que debe estar viva, Layka lo siente y él hará todo lo posible por rescatarla. Los vecinos lo ayudan. Raiza tiene cuatro meses viviendo en el edificio y ha logrado, en gran medida gracias a Layka, el afecto de la mayoría —no son muchos, la mayoría de los apartamentos son vacacionales.

Son miles afuera quitando con las manos, los más afortunados —si es que este adjetivo no es ofensivo para lo que está ocurriendo— con martillos percutores, retroexcavadoras, minishovels y máquinas más pesadas. Pero la mayoría tienen sus manos, la voluntad, la rabia, la esperanza y el amor para seguir con el trabajo. Hay uniformados dando todo por su gente, nadie les ordenó. Nadie los contactó, nadie planificó. Pero ellos están. Desde el primer minuto están. Pedro tiene esperanza, Pedro no se rinde. Layka no dejará que se rinda. Layka ladra y escarba, sus paticas sangran y Pedro intenta calmarla. Llora, llora Layka y eso conmueve a todos, y les da más fuerza.

Varias losas removidas y la encuentran. No, no es ella. Es la vecina del apartamento de arriba del de Raiza. Es el primer cuerpo, lamentablemente de muchos, que rescatan sin vida. El alma de la mayoría se espesa. Se nubla la esperanza, pero Layka sigue ladrando. Pedro le pide perdón a Dios; no es Raiza y eso le da esperanzas, siente pena por sus vecinos, pero no es Raiza. Hay esperanzas. Los vecinos al ver la desesperación de la perrita le dicen a Pedro que la cargue, ellos se encargarán de remover. No quieren que la pobre perrita siga lastimándose.

El corazón le dice que va a salir, el corazón le dice que pronto estará con Layka y Pedro. Sonríe pensando en Pedro, cuando le diga que siempre se le vino primero a la mente Layka, le diría: “Ella es el verdadero amor de tu vida, ella es tu sincero amor”. Lo mismo que le decía siempre cuando ella le juraba amor eterno, cuando ella le decía que él era su amor. Y ella asentía. El amor más puro viene de ellos, eso pensaba Raiza. Y si viera la desesperación de Layka lo certificaría. Va a estar con ellos, otra vez. No, no va a morir.

Layka está en los brazos de Pedro y salta. Se introduce por la ranura que han logrado abrir y la encuentra. Allí está Raiza y lloran; limpia su rostro con todo el amor que es posible y Raiza ríe. Ríe y llora. Los vecinos quitan la viga que la aprisiona y Pedro logra —con la ayuda vecinal— tener en sus brazos a su amor. Layka está feliz. Todos sienten que se renuevan sus fuerzas. Más, más vida encontraremos y no pararemos hasta lograrlo, dice uno de ellos.

Leonardo Regnault
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