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Iván Carvajal y su poética en el tiempo

viernes 23 de octubre de 2026
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Iván Carvajal
El poeta ecuatoriano Iván Carvajal falleció el 6 de septiembre de 2026 a los 78 años.

Conocí la poesía de Iván Carvajal (San Gabriel, 1948-2026) a través de su obra Parajes (1984), ganadora del Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, 1983. Poeta erudito, al extremo del hermetismo, de la savia que emana la construcción del pensamiento crítico. Su propuesta poemática cuestiona lo fugaz, porque lo suyo fue la trascendencia con la palabra escrita, con la palabra bien dicha, elaborada con rigor de orfebre, con un tallado que impone exigencia lectora y reflexión intensa. De la plenitud de la existencia humana trazó sus piezas escriturales que poseen hondura en la mirada universal del amor y de la eternidad. Muy cercano a la filosofía, a los principios del hombre sereno que es llamado por las musas de la lírica en un acto de fe y de obsesionada forma por ironizar la propia vida, a sabiendas de que la muerte siempre está en el umbral de los días y de las noches: “cada ser tiene su obra de alumbramiento / y su secreto pacto con la muerte”.

Su nombre se asocia con el Frente Cultural activo en Ecuador, en los años 70. Con el tiempo esa posición ideológica inicial tomó otro giro en su madurez. Así también, Carvajal es reconocido por una tarea prolífica como pensador, ensayista y docente universitario. Otros poemarios de su cuño son Poemas de un mal tiempo para la lírica (1980), Del Avatar (1981), Los amantes de Sumpa (1984), Ópera (1997), Inventando a Lennon (1997) y La ofrenda del cerezo (2000).

Sus versos resuenan como eco, tras su ausencia definitiva: “persistir es vivir / y volver a morir / insistir”.

A continuación, reproduzco una entrevista de mi autoría realizada a Iván Carvajal en junio de 1998, en donde afloran sus dudas y certezas, sus vírgenes y centauros, su nostalgia y anhelo frente al mañana, cuya primera luz emerge de las tinieblas.

 


 

—¿Cuáles son sus inicios en el ámbito literario?

—Es una pregunta compleja para contestar. Comencé a escribir versos como todo adolescente, pero para mí en realidad se configura un destino fundamental dentro de la poesía a partir de los veinte años. En 1970 me vinculo con el Frente Cultural, donde tengo contacto con escritores de nuestro medio e ingreso en un proceso de lectura intenso. Es en ese instante donde surge una actitud natural para escribir. El primer libro, Del Avatar (segundo en ser publicado), recoge poemas de 1971 a 1977, como consecuencia de un proceso formativo donde abordo temas relacionados con el tiempo, la historia del individuo, la experiencia amatoria. Continúo con una línea de reflexión que mantengo hasta el momento.

—Se ha dicho que la poesía no modifica el movimiento del mundo. Con esta aseveración ¿cuál es la razón básica para escribir poesía?

—Es una pregunta que me la hago constantemente. Por qué diablos escribo poesía cuando sé que es inútil, en el sentido de que está a contracorriente del mundo mercantil, de la banalización de valores, de la vida y la muerte, del bien y del mal en el que estamos inmersos. Es extraña la persistencia en una cierta religiosidad —no vinculada con algún dios o alguna religión— que se concibe en un encuentro del propio individuo a través de una experiencia que puede adquirir un carácter de universalidad; en definitiva cuando se construye un yo poético, y esto sobre todo en relación con una experiencia profunda de lo que es el lenguaje, que nos puede aproximar a través de la ambigüedad, a través de valores, de significaciones a menudo contrapuestas que a la vez son complementarias, a través de la sonoridad de la palabra, del ritmo como nos puede involucrar a todos en un proceso experimental del mundo, que puede ser trascendente en la medida en que un poeta-lector, y en el caso del poeta en cuanto a su escritura misma, tiende a una convocatoria a lecturas anteriores y a sus propias experiencias para componer un poema.

—¿Hay escepticismo en su obra?

—Mis textos están marcados por un juego entre el escepticismo y cierta necesidad de alcanzar algún tipo de certeza para sobrevivir en un mundo bastante hostil como el actual. Además, es una característica de la poesía moderna. Finalmente, nos vemos abocados a un proceso de nihilización de todas las interpretaciones y cosmovisiones religiosas, las grandes utopías se han aniquilado, y lo que tratamos es de sobrevivir en una época como la contemporánea. Se trata de que nuestra existencia tenga de algún modo consistencia, allí es donde parte la posibilidad poética, como una apertura para captar al ser en un devenir constante de acontecimientos que nos ocurre a todos.

—¿Se establece un hilo recurrente en su poética?

—Creo que el autor quizás es el más deficiente de los lectores, porque pone en juego la apreciación de su propia obra, sumado a ello las motivaciones e intenciones externas. Habría que preguntar a los críticos qué es lo que da continuidad a la obra de un poeta.

—¿Cuál es su apreciación sobre la literatura ecuatoriana actual?

—La literatura ecuatoriana tiene un conjunto de escritores clásicos que han alcanzado un valor cierto. En la poesía mencionaría a Carrera Andrade, Escudero, Dávila Andrade, quienes me conmueven por su producción. En narrativa, Icaza, Palacio, De la Cuadra. Luego, Adoum, Jara Idrovo, Granizo, Tobar, Jaramillo, sin emitir ningún tipo de valor. Quedaría mi generación con Abdón Ubidia, Javier Vásconez, Alexis Naranjo, Iván Oñate, Javier Ponce. Otros se han quedado en el camino por falta de fuerza para alcanzar un trabajo de profundidad. Hay una supeditación al historicismo. Se concede mucho a la exterioridad de las ideas, doctrinas, ideologías, al compromiso con causas que no son estrictamente poéticas y que tiene como consecuencia una literatura endeble. Posteriormente, con los jóvenes faltaría en el contexto de la labor literaria una atención mayor sobre lo que es la diferencia entre la experiencia y la traslación de esa experiencia a un hecho poético o narrativo. Hay ausencia de un trabajo sobre lo que es el lenguaje mismo, hay desconocimiento muy profundo de lo que es la lengua y particularmente de la lengua poética, y también de las corrientes contemporáneas de la escritura. Entre los jóvenes noto a veces ciertos destellos, pero sin consagración alguna.

—¿Acaso esto podría ser crítico para la literatura ecuatoriana?

—Habría que preguntarse qué sentido tiene hablar de literatura ecuatoriana, considerando que nuestro país fue configurado tardíamente. No creo que haya que apostar por el Ecuador, siendo éste un país en disolución en el contexto más amplio.

—¿Qué escritores le atraen a escala mundial?

—Tendría una lista de treinta escritores. Es difícil citarlos por la relación que se ha tenido en las diferentes corrientes.

—¿Pero son escritores que en algún momento influyeron en su producción lírica?

—Si se lo entiende desde la capacidad de absorber e integrar esa experiencia, desde luego, pero como una actividad de mera apropiación externa de ninguna forma. Lo que se intenta es adquirir una voz potente (resolución estilística, precisión en el modo musical, posición personal frente al mundo, los dioses, los ángeles, los demonios) en donde se cristalice un poeta maduro.

—¿En qué trabaja en este momento?

—Siempre tomo anotaciones. Hoy tengo algunos poemas inéditos. Aunque me planteo interrogantes por la restricción de la poesía destinada a núcleos limitados. La pregunta es qué tipo de poesía tengo que escribir.

—Como creador ¿intenta evadir el compromiso social?

—No hay ningún vínculo que obligue a tener un compromiso del artista con su sociedad. Estamos inmersos en ella, pero mi palabra es una voz entre muchas, y no como alguien que está postulando un punto de vista excepcionalmente privilegiado. Como artista digo que este es un país absolutamente adverso como sociedad, sistema político, Estado, instituciones incluso académicas, es un país adverso a la producción artística, a la dignificación de la vida desde el enriquecimiento estético. Son síntomas evidentes de una disolución, no sólo por la corrupción, sino porque no hay un principio ordenador.

Aníbal Fernando Bonilla
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