Caja de bombones
En mi mesita de noche atesoro en una caja preciosa pequeños trozos de vidrio, dispuestos como bombones.
Reservada los codicio. Aún quedan tres o cuatro recuperados de una copa rota; otros dos, verdes y feroces, son fragmentos de botellas caídas.
Y sobra todavía algún delicioso trozo, brillante e incisivo, de un frasco de perfume, estrellado, hace años, contra la pared.
Mis pedazos de vidrio son mi lacerante comunión, un ejercicio nocturno.
La erosión de mi carne. Engullidos en mi monotonía
(del libro Violencia; Mago Editores, Santiago de Chile, 2017).
Tiempo de orden
Toda limpieza esconde un acto siniestro, vil.
Hora es de recoger las sabanas, orquídeas macilentas. Levantar las costras del piso, buscar la alfombra yacente al fondo. Amputar los fragmentos olvidados y dispersos en la habitación, ahora nuestra. Implica la separación del asco.
Ordenarnos en una caja, porque las cajas pueden soportar placentas y reprensiones. Descolgar los espejos, arrancar los clavos, raspar las paredes. Mientras el reloj, meticuloso, gestiona un tiempo preciso para el orden. Atiborrar las bolsas de cabellos profanos.
Despejar el cuarto, secar las últimas llagas, correr la cortina, cerrar la puerta.
(del libro Violencia; Mago Editores, Santiago de Chile, 2017).
La hormiga
Existe algo abrumador en las hormigas.
En esa hormiga lóbrega que penetra por primera vez el féretro, que duerme junto a los muertos sin vacilar.
La hormiga que recorre ese bosque putrefacto. Explora los dedos retraídos, las amargas cavidades.
Esa hormiga es la compañera secreta en el silencio.
Proyecciones
Éramos un ciclo de seres predestinados.
El zamuro había pronunciado las últimas palabras. Las alas, oprimidas contra nuestras espaldas, contenían el peso de las preguntas, eran absorbidas en la sequedad.
Inclinábamos la frente sobre el polvo de la ciudad, gimiendo por la reconstrucción. Con las uñas nos mutilábamos los párpados.
Sobre un monolito infranqueable se proyectó nuestro destino.
Animalidad
He dejado de usar mis manos, me pesan, me arden, camino sobre ellas y sobre mis pies desnudos.
Repto.
Mi cabeza se reduce, es un diminuto apéndice.
Repto.
Han cambiado mis ojos en dos conchas parpadeantes.
Anhelo el golpe que se entrega los traidores y la venganza subyace en mí, dispuesta a sobrepasar a la justicia.
Una sensación se ha colocado en mi vientre, desaparece, se escurre.
Veo a los demás comiendo los restos de los otros. Ese que devora una oreja vacía, un pequeño labio.
Repto.
- Cinco relatos breves de María Ramírez Delgado - sábado 5 de enero de 2019


