Presumiendo su figura de pavo real en pleno despliegue de su plumaje, un profesor se sirvió una taza de café y con dos dedos siguió añadiendo todos los ingredientes diseminados sobre la mesa del pasillo. El café hirviendo disolvía los ingredientes antes de que éstos tocaran el fondo de la taza. Para finalizar la ceremonia, espolvoreó la superficie con unas chispas de chocolate, vertió crema y miró cómo ésta se extendía dejando su sello cremoso sobre la superficie.
Mientras el profesor removía su elixir de la media tarde, escuchó un par de golpes en la puerta de emergencia ubicada a un costado de la oficina de la señora directora. Desde el interior de la oficina, emergió un “van” que apenas llegó a ser pronunciado por lo atareada que estaba su emisora, la asistente Lau-Ri. Era conocida por sus apurados pasos con los que recorría los pasillos y por la solemnidad con la que transmitía la voluntad de la directora. Siempre estaba atareada y con importantes asuntos encargada.
La cucharita del profesor apenas dio un par de vueltas después de la primera llamada a la puerta cuando resonaron unos golpes de impaciencia. La puerta metálica amplificó el tono de urgencia y esta vez el “van” de Lau-Ri se desplegó por todo el pasillo. Su baja estatura y la redondez de sus caderas esquivaron el pomo y el marco de la puerta para llevarla a la salida de emergencia.
La puerta metálica se resistió, pero cedió con chirridos al empujón de Lau-Ri y, en el vano, apareció un rostro encendido. La señora directora echaba humo por las orejas. Ante la imposibilidad de apagar el fuego, Lau-Ri se hizo a un lado, sus manos quedaron prendidas una a la otra en el lugar de la hebilla, la cabeza se hundió entre los hombros y el espinazo tomó la forma de un arco de sumisión. La señorita Lau-Ri parecía acurrucada en un caparazón anticipando cualquier percance.
Sin voltearse hacia las damas, el profesor observó de reojo el duelo entre una tortuga y una alimaña de dudosas intenciones. La primera permaneció encogida para resistir la embestida, mientras la otra la calaba con la mirada en la que germinaban las ideas sobre distintas medidas punitivas.
La señora directora desprendió su mirada de Lau-Ri y se dirigió hacia la puerta de su oficina. Pero antes de dar la vuelta, se detuvo ante el profesor empeñado en hacer girar su cucharita. Con desprecio, le señaló que un caballero hubiera abierto la puerta.
Sin levantar la mirada de su café, el profesor pensó que acaso sería debido informar a la directora que no sabía que una dama estaba varada detrás de la puerta metálica. Sin embargo, la intención pragmática fue sustituida por una expresión que el profesor no tuvo tiempo de sopesar.
—Estimada directora, para contar con caballeros, se necesitan damas.
Las palabras quemaron el orgullo de la directora, que ya estaba chamuscado por el tortuguismo de Lau-Ri. Al dar vuelta hacia la puerta de su oficina, la directora inhaló como si fuera a zambullirse en aguas frías para templar su ánimo. Sin embargo, ambos, Lau-Ri y el profesor, tuvieron serias dudas sobre el apaciguamiento de su ánimo independientemente de la frescura de la oficina.
El siguiente día, el profesor se estremeció cuando Lau-Ri apareció de la nada en el umbral de su oficina. Más que su presencia, fue su expresión de abatimiento lo que lo desconcertó. Lau-Ri solía penetrar en las oficinas de los profesores, en ocasiones sin tocar, y quedarse recta como una peña sentada en la autoridad de la directora. En esta ocasión, su cara apareció apachurrada igual a una bolita de papel arrugada. Sin embargo, acarreó con ella todo un equipaje de palabras y expresiones de cortesía.
Primero, el profesor escuchó con curiosidad y luego con impaciencia. ¿Qué diantres quiere esta muchacha?, se preguntó. Y luego, le preguntó a ella si sería posible resumir su planteamiento a pocas palabras, de preferencia coherentes, para despachar el asunto y retomar su faena docente.
—Claro, profesor, la directora me pide una rama —declaró Lau-Ri y su voz paró en seco.
La muchacha esperó que el significado de su oración se asentara en la mente del profesor y éste esperó una explicación. Con las esperas cruzadas y los ánimos al borde de la desesperación, se hizo un silencio de mal agüero y el ceño del profesor se arrugó. De improviso, irrumpió otra vorágine de palabras de la señorita que no permitió a las entendederas del profesor hacer la mínima asociación entre la rama, Lau-Ri y su propia persona.
—Señorita Lau-Ri, dígame, por favor, ¿qué tengo yo que ver con las ramas? ¿Quiere que trepe por las ramas de este fresno —e hizo un gesto hacia el verdor resplandeciente de un fresno que rozaba su ventanal— para entretener a los alumnos o corretear las ardillas?
Como si el fresno pudiera enterarse del secreto de Lau-Ri, ésta se agachó y murmuró unas palabras bajo el amparo de la confidencialidad que nunca antes se había presentado entre ellos. Al fin, la sesera del profesor procesó la información y estableció un lazo de significación entre el tortuguismo de Lau-Ri al abrir la puerta de emergencia, su castigo y la rama.
—Ah, ya veo... ¿Y con qué fin la rama puede intervenir en la resolución de su situación delictiva, señorita? —preguntó el profesor y una sonrisa le hizo cosquillas, pero él la detuvo a medio camino con un mordisco del labio. Se sintió culpable viendo la cara manchada de rubor de la señorita y se fue por las ramas del asunto. Le aconsejó que no trepara muy alto porque las caídas podrían ser más dolorosas que el castigo a pesar del acojinamiento con el que disponían sus sentaderas. Asimismo, el profesor le sugirió que la rama no contara con un tamaño excesivo.
—Más bien que represente un gesto de buena fe de su parte, una manifestación de arrepentimiento, ¿qué sé yo? —el profesor pensó en voz alta tratando de resolver el enigma.
Lau-Ri asentía con avidez al escuchar la sugerencia del profesor sobre las dimensiones diminutas de la rama. Sus ojos permanecieron abiertos de par en par y su mentón no paraba de conceder su aprobación. Cuando el profesor citó las razones ecológicas, la protección de la naturaleza y el ultraje desvergonzado de la vegetación por la población irresponsable, la señorita se precipitó a confirmar: “Sí, profesor. Sí, cómo no. Así debe ser. Muy chiquita”.
Mientras la señorita aprobaba los argumentos en favor de la menudencia de la rama con asentimientos y se aseguraba a ella misma que la postura del profesor sobre su tamaño era más sólida que un roble, estrujaba sus manos como si estuviera enjuagándolas con su propio sudor. Al percatarse con una pizca de impaciencia que Lau-Ri no se decidía a evacuar su oficina después de tantos argumentos apaciguadores, con un tono bonachón, el profe se despidió de ella asegurándole que no debería haber problemas por una ligera tardanza en abrir la puerta para la directora. De paso, agregó un comentario sobre la posibilidad de acudir a la oficina de Derechos de Empleados, que estaba allí para mediar y apaciguar los hígados chamuscados por naderías.
La tarde del profesor resultó poco productiva, la pila de los ensayos escritos sobre los aspectos éticos y psicológicos de la venganza en una novela picaresca no parecía disminuir. Al contrario, los trabajos apilados sobre el escritorio le hacían una mala jugada. En lugar de menguar, parecían reproducirse para vengarse de las malas calificaciones que recibían. Sacaron al profesor de quicio y lo dejaron caer en un mar de palabras sin fondo de sus alumnos. En este mar, el aplomo del profesor fue batido por el desasosiego y la impaciencia. El miedo de nunca acabar ponía a prueba su mente y hacía temblar su mano, que ceñía la pluma roja.
La noche vació el campus y encendió las luminarias. A pesar de la conciencia del tiempo escurrido y la cena demorada, la pluma roja seguía en vilo su recorrido por las hojas impresas. La frente del profesor sudaba y el reloj las horas descontaba. En tiempos de guerra contra las palabras, la estrategia del profesor consistía en recurrir a una contraofensiva de azúcar y cafeína. Por tanto, subió un piso y se empeñó en echar monedas en las máquinas de cristal para sacarles unas barras de chocolate acaramelado y luego regresó a su departamento para servirse una taza de café doble con sus ingredientes insoslayables.
El profesor avanzó por el pasillo, sin otra decoración que algunas fotos de portales y portones de siglos pasados. Al acercarse a su mesa, en la que presidía una cafetera de acero rodeada de bolsitas y contenedores de cristal rebosantes de azucares, dulces y cremas, escuchó algunas palabras que provenían de la oficina de la directora. Sin una sombra de duda, distinguió la voz de la directora: “Ya te he tenido suficiente paciencia, es hora de enmendar tu actitud”.
Luego llegaron al oído del profesor unos murmullos de disculpas, uno que otro “perdón” que acompañaba la defensa fundamentada en “me distraje” y “andaba justo buscando el acta...”. Sin lugar a duda, la segunda voz provenía de la leal servidora Lau-Ri, quien erigía murallas y baluarte con súplicas. No estaba en sus mejores momentos, porque su voz se entrecortaba y extraviaba como si no quisiera terminar las oraciones y dejar que la directora pasara a la siguiente etapa. La directora tampoco parecía tener mucha prisa por llevar a cabo la enmienda, porque dejaba a Lau-Ri perorar sin ton ni son.
Al fin y al cabo, la directora ofreció una explicación de su metodología sobre el proceso de enseñanza-aprendizaje: “Para motivarte a atender a tu directora sin tortuguear cuando ésta precisa que le abras la puerta, te solicité que me trajeras una rama, vamos a ver qué tal cumpliste con esta tarea”. Llegó otra ola de súplicas y murmullos que, esta vez, fue parada de tajo con “¡Baja el pantalón y agáchate!”.
La severidad de la orden sacudió al profesor y complicó la preparación de su café. Simple y sencillamente, su memoria quedó en blanco como si hubiera sido ensopada con leche de clavel. No se acordaba si había echado el azúcar morena ni cuántas chispas de chocolate había añadido antes de verter la crema. Quedó parado con el deseo de añadir un poco más de café para que éste le recargara las pilas y lo proveyera con el aguante necesario para un par de horas adicionales de desciframiento de sentidos y sabidurías de sus alumnos.
Justo cuando su mano se apoyó en la palanca dorada para extraer un chorro de la bebida negra, un latigazo y un grito sacudieron su mano y el café hirviendo bañó sus dedos. El profesor quiso gritar también, pero el ruido del castigo y la penitencia alzados desde la oficina lo dejaron afónico. La falta de voz no le impidió enfurecerse recordando la altanera lentitud de Lau-Ri, quien se puso las ínfulas de su directora y demoró el cumplimiento de su faena. Por un momento, Lau-Ri quedó como la única responsable de su quemadura.
Mientras se quitaba la bebida de los dedos, estalló una ráfaga de latigazos acompañada de un grito. Éste no tuvo tiempo de interrumpirse por la expedita secuencia de golpes. El grito removió la memoria del profesor y de allí salpicaron rumores sobre la directora y su formación del capital humano. Después de todo, no eran puras quimeras y exageraciones, los dedos chatos de la directora sabían cómo sujetar un látigo.
Del interior de la oficina, surgieron palabras llenas de desprecio y decepción: “Mira qué rama me trajiste, se descompuso en un santiamén, aguarda un momento”. El oído del profe se aguzó para captar los pasos bruscos, el crujido de un cajón de madera y el comentario: “Esta es la vara que habla en nombre de Jesús”. En ese momento, las exclamaciones vibraron en el pasillo: “¡No, directora!, ¡ese bastón no!, ¡por favor...!”. Pero no había marcha atrás, el bastón desató una tormenta de estrépitos.
Se escucharon pasos y golpes en la oficina que chocaban con todo lo que encontraban en su camino. Algunos objetos del escritorio volaron por acá y otros por allá para estallarse contra el piso. Las cortinas del ventanal, que se encontraba tras el respaldo del sofá donde el profesor curaba sus dedos, fueron echadas a volar y unos golpes de manos y del bastón sacudieron el vidrio. El profesor se preguntó si sus dedos quedarían rebanados por el vidrio que le caería encima al igual que esos bastonazos sobre Lau-Ri. Pero juzgando por los gritos y estrépitos de la oficina, la redondez de Lau-Ri no se dejaba arrinconar así, nomás por nomás. El profesor imaginó cómo su figura redondeada giraba, rodaba y se escabullía bajo la amenaza del bastón. También se atrevió a pensar en la posibilidad de tocar en la puerta para dar pie a una tregua, aunque no fuera más que un respiro para Lau-Ri. Inhalar el aire sin correr podría vigorizar sus piernas y darle tiempo de buscar un refugio de emergencia. Empero, la cobardía del profesor revivió el miedo de exponer su pellejo y quedar tapizado de moretones. Así, una temblorosa cautela se aseguró de mantener sus sentaderas pegadas al sillón.
Luego de unas correrías, la directora armada y hasta la coronilla airada no parecía tener mucho tino, porque se escuchaban sus golpes contra las paredes y los muebles. O bien la señorita Lau-Ri era mucho más diestra en escapadas de lo que su cuerpo sugería. Una armada y la otra con el instinto de sobrevivencia inspirada armaron tal alboroto que el profesor ya no distinguía gritos y súplicas de golpes y estallidos.
De improviso, el revoltijo llegó a su fin y el profesor soltó un suspiro. Siempre que llueve escampa, pensó. Sin embargo, un golpe de madera estalló contra el suelo y, como si anunciara el inicio de una obra de teatro, retumbó la orden:
—Te arrodillas acá o te entrego al doctor R. para que él te enmiende a su modo. ¡Escoge!
Con esta proclamación, las palabras y la conmoción llegaron a su término. Apenas un hilo de pasiva resistencia de Lau-Ri alcanzó el oído del profesor. Fue tan delgado que el profesor se preguntó si provenía de la oficina o se trataba de la estela del alboroto que siguió rondando en sus oídos. La intención de levantarse cruzó su mente, pero la rigidez de sus rodillas y la curiosidad de sus oídos lo detuvieron. Esperó, pero no pasó nada. El silencio reinaba en el pasillo y la tregua en la oficina. Ya era tiempo, pensó el profesor, es viernes por la noche, es justo y necesario que la justa llegue a su fin y que yo termine de revisar esos trabajos.
El profesor inició una maniobra para levantarse con el apoyo de la mano sana cuando el estrépito de un porrazo lo estremeció, atravesó sus entrañas y lo tumbó en el sillón. El aullido de una loba retumbó en el pasillo y, cuando parecía que iba a llegar a su término, se entrecortó transformándose en unos ladridos breves. ¿Qué diantres es esto?, se preguntó el profesor. ¿Seré testigo de una ceremonia vampírica en la que se entrega el alma de Lau-Ri a la arpía mayor? Se levantó con la determinación de esconderse en su oficina a como diera lugar cuando escuchó la voz meliflua de la directora.
—¿Ves lo que me haces? ¿No te das cuenta?...
—Sí, directora —pero la mayor parte del asentimiento quedó atorado entre los dientes de Lau-Ri. Los sonidos guturales que pasaron la prueba de dientes se conjugaron con la dulzura de una voz que indicó a la lesionada que se quedara quieta para que la directora le trajera la “cremita”. Es lo que sus heridas requerían en este momento y la intención de curarla fue acompañada de una nueva versión del reproche.
—Oh, Lau-Rita, ¿por qué me haces esto? Nosotras tenemos algo especial y tú...
La mirada del profesor cayó sobre su mano hervida a medias que mandaba señales de destreza. Roja e hinchada como un globo parecía un artefacto añadido a su cuerpo. El ardor que hurgaba bajo su piel apremiaba sus pasos hacia una llave de agua fría. Mientras se alejaba, escuchaba unos murmullos y arrullos de consuelo provenientes de la oficina de la directora. Sólo de vez en cuando un breve grito señalaba que la herida estaba fresca y que la directora tenía que tomar en consideración su sensibilidad.
El profesor tomó media semana de incapacidad y la señorita Lau-Ri una entera. Las quemaduras a base del calor y palo dejaron cicatrices más profundas en la memoria que en la carne. Años después del percance, el profesor no se atrevía a llenar su taza más que a medias, resguardándose de cualquier salpicadura, mientras Lau-Ri se precipitaba hacia la puerta de emergencia con sólo oír algún ruido proveniente del exterior, aunque no fuera más que el maullido del gato cimarrón. Más vale prevenir que lamentar, se decían.
El miedo acumulado durante bastonazos y correteadas por aquella oficina agachó la postura de Lau-Ri y la redujo a la sumisión. Sin embargo, al cabo de un par de semanas el orgullo de la señorita Lau-Ri fue despertado con puntiagudos comentarios de sus amigas secretarias. Además de despabilar su autoestima e integridad, éstas se preocuparon por el futuro bienestar de las pompas de su amiga y le aconsejaron de viva voz, y con las mejores intenciones, que fuera a presentar una queja en la oficina de Derechos de Empleados.
—Después de todo —le comentaban en voz baja—, ¿cómo podría saberse que en un futuro próximo la directora no tendrá un día de perros y regresará a la oficina deseosa de cazarte a bastonazos?
Envalentonada por los argumentos de sus amigas, Lau-Ri levantó el mentón y pisó con firmeza el umbral de la oficina de Derechos de Empleados. La puerta estaba abierta según sus protocolos de bienvenida para los empleados naufragados en tiempos de tempestades laborales. Sin embargo, atravesada por dos miradas estratégicamente ubicadas de lados opuestos de la oficina, Lau-Ri perdió el ímpetu y quedó varada en medio de un piso de madera crujiente.
Parapetados tras escritorios de madera pulida, los dos empleados quedaron en espera de algún comentario de su visitante. La mente de ésta iba sopesando y seleccionando consejos amontonados en su memoria. Por fin, Lau-Ri soltó la lengua y un remolino de ideas, sentimientos y amarguras volteó la oficina patas arriba.
Los señores quedaron boquiabiertos ante el revoltijo de palabras. No lograban conectar una idea con la siguiente sin que la conexión resultara deshabilitada por la llegada de la tercera. En la voz de Lau-Ri, se trenzaban los girones verbales de sus amigas que se desprendían de su memoria. Así, se instauró un caos en la confesión que ocasionó el mareo de uno de los señores, mientras el otro se concedió un respiro bajo el pretexto de servirse un poco de agua.
Pero cuando Lau-Ri pronunció las palabras mágicas “golpes de garrote”, los señores suspiraron con alivio y menearon cabezas en señal de desaprobación. Entonces, con el entusiasmo que disipó el aburrimiento de su rutina, arrimaron una silla a Lau-Ri y deslizaron un formulario para que ella componga de la manera más ordenada posible la secuencia de los hechos que llevaron a “golpes de garrote”.
Allí, surgió un problema. Lau-Ri enredó su lengua una y otra vez e hizo tronar todos sus dedos para hacer entender a los señores el terror que le ocasionaba la posibilidad de desatar una furia de bastonazos, y de un bastón del tamaño del mundo, con su firma al pie de un documento como ese. Los señores sudaron la gota gorda para describirle: la robustez del cobijo que encontrará bajo el ala de Derechos de Empleados, la prevención asegurada de los desafortunados arrebatos de la directora, el apoyo incondicional de la institución, entre tantos argumentos que llevaban a su bienestar físico.
—¿Para qué me sirve su amparo institucional? Yo recibiré... lo mío allá y ustedes se quedarán acá. ¿Van a venir corriendo a mi socorro? —la señorita Lau-Ri no se dejó torcer el brazo, sólo se le retorcieron las tripas pensando en aquel arrodillamiento seguido del porrazo.
Los señores quemaron todas sus naves intentando atravesar el mar de desconfianza que los rodeaba. Algo desalentados, cruzaron miradas, asintieron y emprendieron una nueva maniobra de rescate. Abordaron la temática del material comprobatorio. En otros términos, buscaron las pruebas del doloroso evento para llevar a cabo su labor administrativa y humanística.
Lau-Ri se esforzó lo más que pudo para solicitar la claridad respecto a lo comprobatorio, lo tangible, lo que eliminaba el beneficio de la duda y confirmaba los hechos, aunque éstos fueran de naturaleza fugaz y dolorosa. El rodeo de los señores la llevó a punto de emprender una huida como si éstos estuvieran blandiendo el bastón de la directora. El nudo interpretativo resultó desatado por una pregunta armada al vapor de la desesperación.
—¿Qué cosa tangible quieren de mí?
—Pues, unas fotos de las partes afectadas podrían servir de prueba que nos permitiría abordar a la directora y explicarle los efectos secundarios de su liderazgo.
Con muchos melindres y cuestionamientos sobre el material comprobatorio pero indispensable, Lau-Ri accedió al procedimiento bajo la promesa de absoluta confidencialidad. Y ellos le dieron su palabra de honor desde lo más hondo de su sinceridad. Así fue borrada la desconfianza y trabada una relación de confianza.
Mientras tomaban fotos bajo una luz poco cooperativa de la oficina, le preguntaron si la directora había tomado medidas para aliviar la inflamación y mejorar la cicatrización de las “partes perjudicadas”. La afectada explicó que la directora le había puesto crema, pero que le había dolido porque cualquier contacto con las partes en cuestión ardía y le daba punzadas.
Al finalizar la sesión de fotos, que requirió innumerables tomas por falta de luz adecuada y luego de registrar los hechos narrados por Lau-Ri en un formulario de color amarillo, el señor de cara bonachona le ofreció un remedio sintomático mientras ellos trabajarían en el problema de fondo. Como la señorita mostró un interés en el remedio, el señor le solicitó que se le acercara.
Lau-Ri se arrimó con un paso dudoso, el recuerdo de aquel bastonazo horrendo entumeció sus piernas y puso en duda su confianza en aquel señor. Pero la suavidad de su voz le salió al encuentro: “Señorita Lau-Ri, pídale por favor a la directora que la próxima vez sople mientras le pone la crema para que no le arda tanto”.
A la directora y su asistente
(de la colección Cuentos del subterráneo)
- Lau-Ri - martes 28 de abril de 2026
- En la madriguera - domingo 15 de marzo de 2026


