
El Instituto Cervantes inauguró el martes 17 de septiembre la muestra “Ana María Matute. Quien no inventa no vive”, que honra la memoria de la autora española (Barcelona, 1925-2014) y en la que se rescatan sus primeras obras escritas en libretas e ilustraciones desconocidas para el público, ejemplares que pasaron un largo tiempo en el silencio por la censura, y la última palabra en la hoja de su máquina de escribir: Mada, la tata de su novela inacabada Demonios familiares.
Esta exposición, que estará abierta al público hasta el 19 de enero de 2025, se inaugura como antesala de los actos que conmemorarán el centenario del nacimiento de Matute, y cuando se cumplen diez años de su muerte. Comisariada por la editora y filóloga María Paz Ortuño Ortín, el título de la muestra hace referencia a la férrea defensa de la invención de historias como valor supremo y forma de estar en el mundo que la autora y académica siempre ostentó.
También se resalta la postura de la autora de Olvidado Rey Gudú contra la censura y su lucha para salir del “encasillamiento” de literatura para niños que le otorgó en algún momento la crítica de su tiempo. El director del Cervantes, Luis García Montero, hizo alusión a esa idea que circulaba respecto a la literatura de Matute, recordando que fue la creadora de “libros definitivos” como Los hijos muertos.
“Cuando se habla de una literatura infantil estamos ante prejuicios contra una autora que, a pesar de apostar por el realismo, era consciente de que no podía olvidarse de la fantasía ni de la realidad como invención”, señaló García Montero.
Para el director de la institución, la apariencia de “fragilidad y ternura” de la escritora podía “llevar a engaño”, puesto que se trataba de alguien que “iba por la vida muy segura y firme, sin confundirse con la soberbia y el elitismo”. También aludió a ese momento de la censura en la carrera de Matute que llevó a su libro Luciérnagas a estar varios años sin volver a publicarse.
“Tenía un compromiso con el editor y dejó que viera la luz, pero luego renegó de él hasta poder volver a publicarlo completo”, remarcó por su parte la comisaria de la muestra, revelando asimismo que Matute llegó a escribir una carta “muy valiente” al por entonces ministro de la Gobernación para quejarse por la censura.
También ha incidido Ortuño en esa idea de que Matute escribía para niños, aludiendo a motivos de “miopía y prejuicios”. “Parecía entonces que una mujer no podía escribir si no era ‘para’ niños y es por ello que la relegaron a la literatura infantil. Pero es que ella, si acaso, escribía ‘sobre’ niños”, matizó, apuntando que incluso una faja de uno de sus libros hacía esa aclaración.

La exposición ofrece un exhaustivo recorrido por la vida y la obra de Matute. El trayecto está dividido cronológicamente en cuatro etapas, referidas a su infancia, juventud, madurez (que refleja a su vez la terrible depresión que arrastró durante este período) y a su renacer.
Numerosas fotografías, objetos personales, cartas o dibujos de la autora ayudarán a profundizar en su conocimiento, y a descubrir facetas desconocidas, como la de dibujante y pintora, gracias, entre otras piezas, a las deliciosas pinturas que realizó para Olvidado Rey Gudú (1996), su novela más querida.
No obstante, antes de esos dibujos Matute, quien pensó incluso dedicarse a la pintura de manera profesional, ya había decidido acompañar sus obras con retratos imaginados de algunos de sus personajes (y que no llegaron a publicarse junto a las obras). Otra muestra de esta pasión por las acuarelas y pinceles es su Autorretrato hecho a los catorce años y que también acoge esta exposición.
Se podrán apreciar a su vez valiosos originales como la libreta escolar en la que escribió a mano Pequeño teatro, obra que presentó a los diecinueve años en la editorial Destino y supuso el inicio de su carrera literaria (la presentó en una libreta y le pidieron que volviera con la obra mecanografiada: terminaría ganando el Premio Planeta con ella). La muestra exhibe asimismo para su lectura un cuento inédito de la colección de relatos Los niños tontos (1956), “El ahogadito”, que la censura no aprobó.
Acercarse a su proceso creativo también será posible gracias a las páginas originales de sus obras, que muestran las correcciones y cambios que continuamente realizaba, y también será posible oír su voz en diferentes puntos diseminados por la exposición.
Fuente: Instituto Cervantes
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