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Fábulas de la obediencia

domingo 30 de agosto de 2015
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Expulsión del Edén, por Miguel Ángel
Transgredir las normas sociales implica un riesgo que puede afrontarse con instinto ético. Expulsión del Edén, por Miguel Ángel

Para vivir fuera de la ley hay que ser honestos, afirma Bob Dylan en su canción Absolutely Sweet Marie: transgredir las normas sociales implica un riesgo que puede afrontarse con instinto ético. ¿El instinto ético conduce irremediablemente a la transgresión de normas, o al menos, de convenciones morales? Son rebeldes quienes cuestionan la injusticia institucionalizada de normas que discriminan y excluyen históricamente a las mujeres, a las minorías étnicas, lingüísticas, religiosas, sexuales, a los sujetos con discapacidad, el día de hoy; ayer fue la lucha por la igualdad de derechos entre nobles y plebeyos, entre patricios y extranjeros. Las normas no son objetos de la naturaleza, son constructos que pueden transformarse. Hablo de la lucha por un sentido de justicia entendido como la posibilidad de ver al otro como portador de derechos tan irreductibles como los míos: pero los caminos hacia una política de la reciprocidad transitan por paisajes baldíos. La literatura humaniza ese trayecto y nos devuelve, a veces, fábulas inusuales sobre la formación de un código ético en conflicto.

El examen definitivo de una vida se mide a veces por la capacidad para rechazar un mandato.

En su libro El espejo en el espejo, Michael Ende ha narrado la historia de un joven que debe superar una prueba existencial definitiva para obtener su libertad y salir de una ciudad laberinto. El día del examen llega y el personaje deambula buscando la salida, pero en el trayecto los habitantes del lugar le piden llevar con él algunos objetos que les estorban demasiado. El joven lleva una capa consigo: se trata de una malla, una red utilizada para la pesca. Los ciudadanos del laberinto cuelgan allí las cosas que los esclavizan, artefactos descompuestos, recuerdos dolorosos, todo aquello que los mantiene prisioneros. Al terminar el día, el joven no ha encontrado la salida y tendrá que esperar otro año para afrontar la prueba; aunque esperaba con ilusión este día comprende que ha fallado aunque no entiende por qué: su prueba consistía en desobedecer.

Ayer terminé de leer la novela El conde Belisario, de Robert Graves, y entendí mejor el relato surrealista de Michael Ende. El examen definitivo de una vida se mide a veces por la capacidad para rechazar un mandato. En los tiempos del emperador Justiniano, durante el quinto siglo de la era cristiana, Belisario (el mejor soldado y máximo general del Imperio Romano de Oriente) logra recuperar los territorios perdidos de Cartago y África del Norte, capturados por los vándalos; la franja de Mesopotamia en permanente disputa con el Imperio Persa, y ante todo, los vastos terrenos de Italia conquistados por los ejércitos del rey godo. Mientras los enemigos de Roma son derrotados por la sólida estrategia de Belisario, desarrollan hacia él una profunda admiración. El emperador Justiniano observa con envidia perpleja las campañas heroicas, y realiza siempre intervenciones mezquinas orientadas a provocar el fracaso de su máximo general. ¿Es la sospecha de una traición lo que motiva el comportamiento artero del emperador hacia el líder de sus ejércitos, y en última instancia, hacia su propio imperio? Cuando los godos, admirados por la inteligencia militar de Belisario, le ofrecen la corona del reino, Belisario es incapaz de aceptarla porque su rígido sistema moral le impide aceptar cualquier decisión compatible con la traición al Imperio Romano, aun cuando esa entidad se encuentra representada por la figura cobarde de un emperador que pone obstáculos a su general para ganar la guerra. Atrapado entre la inflexibilidad de sus principios éticos, la admiración de sus enemigos y la envidia de su dirigente, Belisario rechaza la corona ofrecida por los godos y se comporta con una lealtad que bien podría calificarse como irracional, pues le depara el infortunio y la humillación personal, elegidos en lugar de la gloria militar y aún en contra del principio de justicia. Al final de sus días, cuando su cadáver es admirado por el pueblo de Constantinopla, al que salvó tantas veces, la gente se maravilla por la ausencia completa de cicatrices en su cuerpo, a pesar de las batallas interminables dirigidas desde el terreno de combate, en contacto directo con el enemigo. Pero el cadáver no tiene ojos: fueron quemados por orden de Justiniano tras una acusación falsa de conspiración, durante la última defensa triunfal de Constantinopla a cargo de Belisario.

—Así es, las únicas heridas que jamás sufrió se las infligió su propio emperador —declara Antonia, la esposa del general.

Para vivir fuera de la ley, debo ser honesto, me informa Bob Dylan. Pero, ¿honesto con quién? Conmigo mismo, con el espíritu de los tiempos, con la fantasía del futuro… La ficción metafísica de Michael Ende, ¿no es como una abstracción, una fábula surreal acerca de hombres como Belisario, quienes fallan en el examen de la historia por su incapacidad para desobedecer?

Jesús Ramírez-Bermúdez
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