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Confesiones de un gigoló del Caribe

martes 10 de mayo de 2016

Confesiones de un gigoló del Caribe, por Juan Quintero Herrera

Encuentro I

Fui invitado a este asado de domingo por una señora que conocí en una galería. Era una mujer que fácilmente podía ser mi mamá, pero había en ella mucho más que una atracción maternal. Su cuidado personal, el gusto explicito por el arte y los buenos modales me atrajeron.

Hoy el panorama es muy distinto. La mujer con traje largo y tacones me recibe en un biquini que deja ver su cuerpo trabajado en el gimnasio. Me conduce al fondo de la casa hasta un patio, donde una piscina con forma de T y una cascada es el epicentro de otras mujeres mayores que rondan a un tipo joven y atlético que les chapotea agua y que las hace reír con sus ocurrencias.

Me causa intriga qué hace allí este personaje, casi modelo de revista, que ameniza con su presencia varonil y sus modales recatados a ese sexteto de mujeres mayores.

Desde el ventanal que divide la casa a la zona de la piscina me presenta a las mujeres y al tipo, y me hace pasar a una mesa donde invita a servirme a gusto de los platos elaborados: carnes, pescados, pastas, ensaladas y aliños conforman el menú. En otra mesa más pequeña hay una amplia variedad de botellas con bebidas alcohólicas de las que distingo las de whisky, ron, vodka y vino.

Por teléfono ya me había sugerido que llevara vestido de baño, que era un asado por el cumpleaños de una de sus amigas. Preferí no hacerlo, solo estoy por el descarte de un domingo confinado en casa.

Se aleja de mí y va hacia la piscina con sus amigas, no sin antes decirme que estoy en mi casa, que me sienta a gusto. Me sirvo unos calamares marinados y un trago de whisky. Al terminar parece que hubiese caído en cuenta de la descortesía. Sale de la piscina y me llama:

—Ven para que conozcas a mis amigas.

Al acercarme una de ellas me pregunta:

—¿Y no trajiste tu chingo?

Y todas ríen y el tipo también, que por cierto es el único del lugar. Todas parecen rondar la misma edad. Por sus conversaciones de otros tiempos parecen aquellas amigas de colegio que se reencuentran. Son seis en total. La mujer que me invitó es la más conservada de todas. Las otras, aunque se les notan los cuidados en la piel y el cabello sedoso que mantienen las mujeres ricas, ya tienen sus carnes escurridas al peso de la gravedad.

—No, en realidad se me olvidó.

Luego escucho sus nombres rápidamente y los olvido al instante. Aunque no sería común, el nombre que sí recuerdo es el del hombre, Raúl, y es que me causa intriga qué hace allí este personaje, casi modelo de revista, que ameniza con su presencia varonil y sus modales recatados a ese sexteto de mujeres mayores.

Ellas me dirigen algunas preguntas sueltas desde el interior de la piscina. Yo estoy sentado en una banca al borde. Respondo pero claramente la conversación conmigo no fluye; con Raúl claro que sí.

Me quedo algo relegado, no encuentro muchos temas de conversación. Todas ellas hablan a la vez sobre viajes a Miami o algún evento al que no fueron. El hombre las oye con una atención impresionante.

De repente es Raúl el que se dispone a salir del agua. Y dice una frase de cortesía.

—Hablaré un rato con este hombre. Ustedes lo tienen demasiado impresionado. Casi no puede hablar.

Y todas se desparraman en risas como ha sucedido con casi todas las ocurrencias que él dice.

Toma una toalla blanca que descansa en el espaldar de su banca y con unos gestos cuidadosos se seca. Veo que tiene depiladas las piernas y el pecho. Su barba parece de dos días y está perfilada con la máquina de afeitar. Se ha acostado boca arriba y pone sus manos tras la nuca.

—¿Y a qué te dedicas? —le pregunto.

—A esto.

—¿A qué? —realmente insisto, pues “A esto” en ese contexto para mí es algo incomprensible.

—Jojana… a querer a las mujeres.

Pero antes que siga nos interrumpen.

—Raúl, Raúl —llaman las mujeres a su único hombre. Él las complace con su mirada penetrante pero las hace esperar.

—¿Y tú a qué te dedicas?

—A escribir.

—Jajaja, ¡a escribir! Entonces, ¿qué haces aquí?

No entiendo el chiste, pero él sigue riéndose. Luego, se levanta.

—Creí que ibas a ser mi remplazo —y vuelve a reír.

Entonces caigo en cuenta de que Raúl es un acompañante de mujeres. No puede haber otra explicación.

—Te entiendo —le digo, y él me pica el ojo.

Siento gran curiosidad por este personaje y su historia pero ya es solicitado por las mujeres, que lo aclaman con sus gritos.

—Me gustaría que me contaras un poco de eso.

—No es que me haga el importante pero en verdad no tengo mucho tiempo, pero hagamos algo, copia mi número de celular y llámame el sábado. Quizás podamos sacar un tiempo ese día. Ahora te dejo, el deber me llama.

Y se encamina a la piscina y se lanza al agua de un chapuzón.

Me he quedado nuevamente solo. Veo a las mujeres disfrutar de su único hombre. Todas compartiéndolo sin recelo, con alegría, y hasta la señora que me llevó allí parece olvidada de mí. ¡Qué se puede hacer, no todos tenemos ese poder de atracción! Siento que mi tiempo allí ha terminado.

 

Encuentro II

En la puerta del recinto y tal como habíamos quedado desde el mediodía marco a su celular; después de varios intentos, contesta; en medio de la bulla, puedo entenderle que entre a la discoteca y pregunte al tipo de la barra por él, que allí lo conocen muy bien.

—Amigo ¿sabes dónde está Raúl?

—Raúl, ¿Raúl qué? —me cuestiona el barman.

Entonces me percato de que aún no sé su apellido. Vuelvo a llamar al celular, no contesta. Raúl había quedado conmigo desde que lo llamé al mediodía a encontrarnos en la tarde para hablar. Pero me decía una hora para encontrarnos y cuando lo llamaba, decía una hora más tarde porque estaba ocupado trabajando. Finalmente a las seis me dijo que sin falta fuera a las diez a una discoteca de música electrónica de la ciudad. Pues sin falta allí iba a estar.

Después de unos minutos, el barman reconsidera y me indica:

—Debe ser a Raúl Gere a quien buscas. Si es ese, es aquel que está en medio de la pista con camisa azul.

Me cuelo como puedo entre la multitud que danza en la pista de baile. El contexto sonoro es música electrónica y el visual son las luminarias de un show de bartenders que preparan sus cocteles con efectos flameantes. Mientras me abro paso voy pensando en ese apellido con reminiscencias a aquel actor cenizo que se hizo famoso justamente por representar un personaje que se ganaba la vida vendiendo su cuerpo a las mujeres: Richard Gere en Gigoló americano.

Lo distingo por su peinado. Está rodeado de mujeres, todas rubias y esbeltas, y altas, muy altas. Solo él las supera porque es demasiado alto para superar a estas espigadas que han crecido aún más con sus tacones de diez centímetros. Al acercarme le hago un gesto, y en seguida me reconoce y me saluda. Nunca antes me había sentido tan bien cerca de otro hombre. Para este caso vale la pena, pues me presenta a todas sus acompañantes, aunque claramente yo soy un peón en ese ajedrez, porque después de un saludo formal, todas ellas se dan la vuelta buscando la atención de su rey sin reina.

Decido, después de unos minutos de frustración al ser ignorado por esas princesas de terciopelo y satín, ir a la mesa que él me señala es la de ellos. Aunque está acaparado por las mujeres en la pista de baile, saca tiempo con cierta frecuencia en medio del tumulto para hacerme una seña con la mano para que lo espere —Raúl tiene el don de hacer sentir a todos como si fueran personas únicas y especiales.

Me tomo una soda y mientras tanto analizo al personaje. Parece que no sudara, que no se despeinara y que toda su elegancia fuera inmutable. Lleva una camisa azul cielo con mancornas y un pantalón negro de dril que hace combinación ideal con los zapatos puntiagudos de cordobán negro. Todos bailan en la pista con movimientos que asemejan un estado de trance. Él les sigue el paso.

Al acabarse la canción, pide un tiempo a las chicas y regresa a la mesa. Dos de ellas, quizá las más atractivas, vienen escoltándolo.

—Has visto cómo es esto, nada fácil —me dice al oído cuando se sienta. Su voz no está agitada, por el contrario logra subir o bajar el tono dependiendo de la intención de lo que quiere decir.

Nada fácil, pienso. Yo también quisiera tener esas difíciles tareas.

—Nada fácil —vuelve a decirme—, esto no ha sido fácil, amigo. Hubo una época en que las mujeres me ignoraban, pero sólo es que estés con una y des envidia, y todas se te pegan a ti.

—¿Que des envidia? —le pregunto. ¿Acaso estas chicas jóvenes también son sus clientes? Me quedo pensando.

—Sí, envidia, justamente eso. Las mujeres se tienen mucha envidia entre ellas.

—¿Tu apellido es Gere? —le pregunto para descartar mis dudas.

Soy un puto, un puto de mujeres finas, pero al fin y al cabo un puto. No es bueno que sepan mi nombre, tengo un estatus por mantener.

Cuando va a decirme se queda con la palabra en la boca, la más rubia de las dos mujeres nos interrumpe. Lo llama con un gesto coqueto, él le pide tiempo con la mano y le manda un beso para calmarla.

—Lo de Gere es remoquete. Me lo puso mi mentora, quien me metió en todo esto. Decía que yo era igual a este actor en la película de Gigoló. Sinceramente no me he visto esa película completa.

—¿Y por qué un apodo? —pregunto con ingenuidad.

—Jajaja, como que por qué, no ves que soy un puto, un puto de mujeres finas, pero al fin y al cabo un puto. No es bueno que sepan mi nombre, tengo un estatus por mantener. Por eso te pido la mayor discreción —y sonríe.

—No hay ningún problema —respondo.

La mujer que hace segundos llamó a Raúl se desespera, se levanta, se le nota estresada. La otra se levanta para calmarla.

—No le pares bola —me dice al darse cuenta de que estoy viéndola—, quiere llamar la atención —entonces fija su mirada en mí y continúa—. Sólo espero que no haya problema contigo porque me has dado confianza.

La rubia desesperada vuelve a interrumpirnos pero ahora llamando a Raúl con un grito estridente que dejó en vilo a las personas de la otra mesa. Es la primera vez que él se exalta, me pide un momento, se levanta, va donde ella, la toma del brazo y se la lleva. La otra mujer los sigue, y yo quedo solo en la mesa.

Espero a Raúl casi una hora y llego a creer que se ha ido. Decido llamarlo a su celular para confirmar, pero de repente llega. Se disculpa, me explica que debió sacar a esas mujeres del lugar. Dos prostitutas para clientes de alta gama, que además son adictas a la cocaína y “la pasti” (3,4-metilendioximetanfetamina).

—Son un problema, pero siempre me andan buscando, creen que yo les debo patrocinar sus vicios.

No le pregunto, pero me queda la duda de si Raúl, además, es un jíbaro.

Después de su ausencia el ambiente de la discoteca ha perdido su furor. Siguen las mezclas de la música electrónica y la máquina de humo sigue llenando el ámbito, pero quedan pocas mujeres, y las que están parecen dominadas por las sustancias psicoactivas y el brazo protector de sus acompañantes del momento.

Raúl ha caído en cuenta de lo mismo y me propone salir de allí. Nos disponemos a irnos pero es interrumpido con una llamada a su celular. Se vuelve a alejar de la mesa y me dice que ya viene, que la llamada es un asunto de trabajo.

A su regreso han pasado más de 20 minutos. Viene efusivo y con una sonrisa de oreja a oreja.

—Hay trabajo —dice y pica un ojo—, pero más tarde… ¿Qué tal si comemos algo? Me muero del hambre. La noche es joven todavía. Comúnmente apenas empieza para mí.

Miro mi reloj, son las 12 y 43 am, no es una hora habitual para cenar, pero es claro que este hombre es un animal nocturno. Se mueve a sus anchas en la noche. Acepto su invitación. Antes de salir se toma el tiempo para despedirse de todos los empleados del lugar.

Afuera pide un taxi con la mano. Sin pedirle explicaciones me confiesa que no tiene carro, porque es “mucha boleta” en su oficio andar con el carro por allí parqueado, y que digan que está donde la una y la otra.

—Es un trabajo de mucha discreción y de mucha elegancia. Yo no sé ni cómo entré en esto, y de repente ya estaba hasta el cuello. Además, manejar me estresa.

Indica al taxista un puesto de comidas rápidas que queda cerca de allí. En el trayecto y casi hablándome al oído, me confiesa:

—Debes mantenerte siempre en forma, ser cortés con todas y tratar de conocer sus gustos. Así todo se te hace más fácil.

¿Será que Raúl ve talento en mí para este oficio? Porque me siento como un pupilo que recibe instrucciones.

—Hay de todo en esto, es un mundo corrupto. Vendes tu cuerpo. Es claro que es con mujeres pero no es raro que algún día te salga un político o un empresario reconocido llamándote porque le dieron tu número o porque en algún evento social te conoció.

—¿Sabes de otros hombres que hagan lo mismo que tú?

—Seguramente, siempre uno imagina que algunos son putos, pero nunca hay seguridad. Allí está la clave de esto, guardar las apariencias. Además hay algunos que se venden a quien les pague: hombres, mujeres, son pasivos, activos o lo que sea. Esos venden su alma por plata.

—¿Y tú?

—¿Crees que vendo el culo a quien sea, ah? Dime… ¿tengo pinta de tirarme tipos?

Sube la voz, se ve irritado. Es la primera vez que lo noto enojado con su ceja izquierda que se levanta más que la otra.

—No sabría qué decir. Tú mismo has dicho que en esto todo es apariencia.

—Sí, puede que sí, pero yo no le jalo a esa. Propuestas no me han faltado, y te puedo asegurar que quien menos crees es marica o lesbiana. Incluso si yo hubiese aceptado a algún productor o diseñador quién sabe hoy dónde estuviera. Muchos de los famosos que ves en la televisión llegan hasta allá por favores sexuales. Te prometen cielo y tierra y verdad, por eso a veces te preguntarás: ¿ese por qué ha triunfado tanto y tan rápido si no tiene talento?

—Bueno, háblame de tu tarifa… ¿varía con algunas clientes o es un precio fijo?

—En este caso no se cobra por hora. Se cobra por placer y sin duda no puedes meterte a esto si no eres buen amante. A esas viejas les gusta que les den duro y hay que aguantar. Pero por lo general está entre 500 y 700 mil pesos, quizás un poco más, depende de quién sea y qué negocie uno con ella.

Estamos por llegar al sitio indicado cuando de repente Raúl recibe una llamada que lo hace cambiar de planes. Lo escucho decir que entonces ya va para allá, que a ella nunca le diría que no.

Al colgar, frunce el ceño.

—Será otro día, amigo. El trabajo llama. Además creo que ya te he contado todo.

En realidad no sé qué más preguntarle. En este caso se afirma el dicho de que una imagen vale más que mil palabras.

Juan Quintero Herrera
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