
¿Dónde está aquel hombre
Que en los días y noches del destierro
Erraba por el mundo como un perro
Y decía que nadie era su nombre?
(Jorge Luis Borges: “Odisea, Libro Vigésimo Tercero”)
No siempre el tiempo, que dibuja y desdibuja, que agrieta y moldea el rostro, se mueve con igual precisión por los ojos de la costumbre. El rostro de un hermano al que vemos todos los días y con el que hemos crecido, nos parece siempre el mismo, imperturbable ante el afán de cambio de los años. Es sólo cuando hemos pasado largos tiempos de ausencia o cuando en alguna fotografía contemplamos los rostros del ayer, que realmente nos damos cuenta de las diferencias. Esto se debe, desde luego, al hábito de verse todos los días, para el cual resultan imperceptibles los minúsculos cambios que ocurren constantemente y que poco a poco se acumulan hasta hacer que, entre los años de un mismo rostro, intervengan varias máscaras. Es de este cambio que ocurre entrelíneas, apenas sugerido, y del último disfraz de Ulises, que quiero hablar.
*
¿Quién despierta sobre las orillas de Ítaca, Nadie o Ulises? Posiblemente ni uno ni otro, sino una mezcla de ambos, acaso en pugna. Este hombre, que no llega entonces a ser nadie pero tampoco lo que fue, es recibido por la diosa Atenea, quien, para que no lo reconozcan y pueda tramar su venganza, lo transforma en un anciano.
Dijo así, y lo tocó con la vara la diosa Atenea.
Hizo que se secara su piel en sus miembros flexibles,
y después suprimió en su cabeza los blandos cabellos,
y los miembros del cuerpo cubrió con la piel del anciano,
puso sarna en sus ojos que fueron tan bellos entonces;
a los hombros le echó unos andrajos y luego una túnica
destrozada, mugrienta y perdida de manchas de humo,
y la piel de una cierva veloz, ya sin pelo y muy grande,
y un cayado le dio y un astroso zurrón lleno todo
de agujeros, que por bandolera tenía una cuerda.1
Estos versos (que sugieren algo de antigua magia más que de divinidad) nos dan la imagen precisa del disfraz de Ulises en su primera instancia. Se trata de un anciano sucio y cubierto de harapos, tal como podemos imaginar a Laertes. No creo que sería del todo inverosímil pensar que, de hecho, en este primer momento del disfraz de Ulises, haya un gran parecido entre el héroe y su anciano padre, casi como si de hermanos se tratara. Podemos también pensar que este último disfraz de Ulises sirve otro propósito, uno apenas sugerido y que dependerá de la imaginación (quién sabe si acertada) del lector. Esta última máscara es también todas las máscaras anteriores, salvo las dos insondables: la memoria y el olvido. Su cuerpo de anciano, sus tristes ropas, sus ojos sarnosos, son entonces las ropas que le dio Calipso, aún no renunciadas por completo, son los nombres e historias inventadas en cada diálogo y en cada pregunta, y son aquel otro nombre que no es nombre: son Nadie, y de nadie tiene el héroe que desprenderse.
¿Cómo, sin embargo, ocurre este desprendimiento? ¿Cómo se viste nadie de nombre, de Ulises? Como los rostros a entrelíneas de la costumbre, con el proceder de aquellos cambios imperceptibles y con cada reconocimiento que se da entre el héroe y sus amados. Ulises, por el camino que transcurre desde la cabaña del porquerizo hasta su lecho, irá sufriendo lentamente cambios minúsculos, irá desdibujando su cuerpo de anciano y dibujando su forma antigua, acaso sin saberlo, como si los hechos que van ocurriendo correspondiesen con su esencia, moldeándola solitarios sin la vara de la diosa (que sólo volverá a intervenir para el primero de los reconocimientos).
Este lento y casi involuntario proceder de desvanecimiento y restauración puede ser reconocido en algunos destalles. Uno de ellos, por ejemplo, está en la palabra “anciano”, que poco a poco irá siendo reemplazada por “forastero”, “huésped”, “extranjero”, etc., a la hora de referirse al héroe, y que desaparecerá por completo en los cantos que preceden a la matanza de los pretendientes. Palabras como “mendigo” y “desdichado”, sin embargo, no correrán el mismo destino, puesto que, aunque la forma verdadera del héroe se va manifestando con cada vez mayor claridad, su ropa y aspecto de pobreza y desdicha se mantienen imperturbables.
También algunos pasajes podrían sugerirnos este proceder casi mágico. Uno de ellos, por ejemplo ocurre cuando se le ordena a la nodriza Euriclea que lave a Ulises.
(...) Pero presta atención a lo que ahora yo voy a decirte:
han venido a esta casa muchísimos infortunados,
pero nunca en ninguno yo he visto tan gran parecido
como en tu cuerpo, tu voz y tus pies, tienes a Odiseo.2
Los ojos de Euriclea se confunden con los del lector y podemos ver que este hombre, que hasta no hace mucho era un pobre anciano similar a su padre, ha ido recuperando su forma y vigor antiguo. También podemos verlo en estos dos fragmentos, correspondientes a Eumeo y Filetio:
Forastero, ¿con ojos mejores te ven los aqueos,
o te ultrajan en casa tal como yo vi anteriormente?
(...) ¡Infeliz! Por su aspecto parece un señor soberano.
Mas los dioses anegan en males a quien tanto vaga
y, por reyes que sean algunos, les dan desventuras.3
Del segundo pasaje no creo necesario decir nada. Del primero, sin embargo, creo que resulta necesaria alguna justificación de mi parte, ya que puede resultar arbitrario que haya escogido este fragmento que, puesto en su contexto, no tendría mayor relación con el desvanecimiento del disfraz de Odiseo. Pero lo he escogido precisamente porque yo he querido ver que este desvanecer ha ocurrido de esta forma sigilosa, y el ver esto me ha permitido atribuirle tal intuición a las palabras de Eumeo. Por último y más importante, tenemos este fragmento de Penélope, en el que podemos reconocer que nada queda ya de aquel anciano en el disfraz de Ulises:
(...) No, este huésped es un hombre alto y muy fuerte y se precia
de tener como padre a un varón de muy noble linaje.4
Es, entonces, de este modo impreciso y silencioso (siento que no podría ser de otro modo) que el último disfraz de Ulises se va desvaneciendo, y con él de todos los que ha vestido. Es así, mágico e involuntario como los actos de la esencia humana, que Nadie se viste de Ulises, que ahora duerme en su arbolado lecho junto al amor de su reina.
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