“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La última parada del Bronx

sábado 18 de marzo de 2017

Estación de Woodlan, en Brooklyn, Nueva York

Nota del editor

Este sábado 18 de marzo se entrega en Caracas el XVI Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, que recayó sobre el escritor venezolano Pedro Plaza Salvati por Lo que me dijo Joan Didion, una colección de crónicas sobre Nueva York, como informamos días atrás. Hoy, por cortesía de la editorial, ofrecemos a nuestros lectores uno de los textos que conforman el libro.

Hay ciertos raros momentos y ocasiones
en los que este extraño y enrevesado asunto al que llamamos vida
en el que un hombre toma todo este universo como una broma pesada,
y aunque solo llega a discernir su gracia vagamente,
tiene más que sospechas de que la broma
no es a expensas de nadie,
sino de él mismo.

Melville

La primera vez que vi el letrero Gun Hill me imaginé alguna batalla entre pandilleros en los años setenta. Pero el nombre de esa avenida, en realidad, está inspirado en un cañón que instalaron los americanos en lo más alto de una cuesta para atacar a los británicos en el siglo dieciocho. Una señal escueta indica que se trata de un historical landmark. Sonia, una amiga, nos ofrece una habitación libre en su residencia del 3535 Kings College Place en el Bronx, a media cuadra de Gun Hill, mientras conseguimos un apartamento en alquiler. Para llegar a su casa se puede tomar el metro 4 hasta Woodlawn, última parada, o la línea D hasta la 205, Norwood, última estación, o el Metro-North desde Grand Central hasta la estación Williamsbridge.

Sonia es española y lleva poco más de diez años en los Estados Unidos. Es maestra en una escuela de niñas adolescentes en Harlem. Le molestan los ruidos de la ciudad y los olores de los puestos ambulantes de comida. Le gusta hacer listas de los asuntos que tiene pendientes, dormir en cama dura y utilizar tapones de silicona, tocarse la punta de la nariz con la punta de la lengua, silbar. Detesta la televisión. Antes de dormir cierra las cortinas de la sala para dar la sensación de teatro o función terminada del día y se levanta todas las mañanas escuchando el canal cultural NPR en la radio. Sonia practica yoga y spinning, le gusta la literatura, el rock pesado pero, al mismo tiempo, conoce las letras de canciones de salsa y merengue que tararea sin desparpajo. La primera vez que fue a un karaoke en Coreatown descubrió un mundo del que no quería separarse. Le gusta aprender cosas nuevas (es filóloga), así como la traducción médica, el francés y se reúne en restaurantes con un grupo de mujeres empresarias. Es una de las mejores amigas de Ana y nos aceptó un mes en su casa, de manera desprendida y generosa, con esa alegría propia de los andaluces. El apartamento de Sonia es bonito pero ella, por su naturaleza inquieta, debe andar pateando la calle la mayor parte del tiempo.

Detrás de la casa de Sonia está el cementerio de Woodlawn. Hacia el norte del camposanto se encuentra el límite entre el Bronx y Upstate New York, dando inicio a lo que se conoce como Yonkers. La zona está cubierta de una tranquilidad contenida. Siento una extraña quietud que define a la atmósfera de esta parte de la ciudad, justo a la vista indiferente de las lápidas del cementerio, una quietud que pudiera algún día cubrir las calles de resentimiento. En Nueva York, alrededor del veinte por ciento de la población vive debajo del nivel de pobreza y, entre los cinco municipios, el Bronx se lleva la mayor tajada. Pero ahora todo parece seguro, a pesar del graznido de los cuervos que se oye como gritos de raperos desquiciados cuando merodean por la zona aledaña al cementerio.

Cerca de la última parada del metro 4, la estación Woodlawn, se produce una mezcla de elementos que merece la pena señalar; una conformación demográfica-psicológica-comercial que parece un vórtice. Por una parte, están las personas que merodean la estación: los clásicos mendigos neoyorquinos, los desempleados, los que no tienen lugar para dormir, los borrachos. También, sobre todo a partir de la hora de salida de los trabajos, y por tratarse precisamente de la última estación, están los servicios de taxis de dudoso aspecto en coches no oficiales que esperan por pasajeros con destinos finales anónimos; hombres conductores con sus llaves en mano se dirigen a las personas que bajan las escaleras de la plataforma aérea del metro y vociferan su oferta al mismo tiempo que se ven las puntas de las llaves como pequeñas navajas. Esperan a alguien que no pueda más con el cansancio de la vida neoyorquina, el atropello de las distancias, el embate de la gente, alguien que, desesperado, acepte montarse en el carro de un desconocido con un destino improbable. A veces se oye el eco de la palabra “casino” cuando ofrecen llevar a los bien vestidos al Empire City Casino en Yonkers, donde se pueden usar las maquinitas de palanca y apostar en las competencias de carretas de caballo conducidas por jockeys.

La locura neoyorquina está en todas partes. No hay que tener el ojo entrenado para recibir la bofetada del sin sentido, la ausencia de la esperanza, el dolor, el lamento comprimido en las estaciones de metro.  

Uno desciende las escaleras y se encuentra un deambular de almas extraviadas en juego visual, al cruzar hacia la calle Bainbridge, con la vista del cementerio; una vista agradable pero, a fin de cuentas, hablamos de lápidas y mausoleos, no de paletas de helados enterradas en un jardín de niños. El camposanto, sin embargo, pareciera tener una personalidad no invasiva, cede espacios, no genera exabruptos emocionales ni escalofríos, hasta le arroja a uno en la cara aires de tranquilidad. Al bajar las escaleras de la estación está una tienda (de dos metros por dos metros) llamada Last Stop y, estampado en su toldo anaranjado anuncia los siguientes productos: Cigars-Cigarettes-Hookahs-Tobacco Products-Snacks-Newspapers-Candy-Calling Cards-Head Phones & More. Una tienda cuyo nombre es alusivo a la última parada de una línea de metro y que está justo en la esquina que mira al cementerio, un lugar donde nuestros cuerpos físicos (el alma no sabemos) hacen su última parada. Por la calle opuesta a Bainbridge, al caminar unos pasos de la estación, se encuentra The Harry and Jeanette Weinberg Mental Health Center, 3600 Jerome Avenue. Este centro es parte de la organización llamada FECGS. Es un lugar de recuperación psiquiátrica que se autodenomina de apoyo a la comunidad: Servicios de rehabilitación y recuperación orientados a personas con serios y persistentes problemas mentales, así dice su catálogo de presentación. Durante el día, sobre todo en la mañana, se puede observar que el psiquiátrico, alojado en un edificio antiguo de dos pisos, está rodeado de personas perturbadas. Me pregunto si los del centro dejan que los “visitantes” caminen un rato al aire libre, o si más bien no quieren alojarlos (como si se negara asilo diplomático a un refugiado político). Tal vez vienen de recibir un psicotrópico caritativo, o quizás no tienen nada que ver con el sitio pero se sienten atraídos por una coincidencia de intereses, una empatía de mentes desajustadas que requieren alineación y balanceo.

El edificio del psiquiátrico parece un lugar abandonado en la noche, con su reja hasta el piso, cerrada con dos candados indestructibles. He visto temprano en las mañanas unas camionetas azules de transporte estacionadas frente al centro de salud mental, que traen a los que allí se encuentran pero que no pernoctan. He visto un señor con mechones largos y desdentado correr sin camiseta. He visto excrementos en el piso que no parecen de perro. He visto montones de arroz tirado sobre la acera. He visto un hombre negro con el pelo blanco, con sólo dos dientes a los extremos de las encías, caminar con los ojos cerrados abriendo la boca como hacen los hipopótamos, en cámara lenta y, sin embargo, a pesar de mantener los ojos cerrados, sigue su camino, no es ciego, eso se nota, sin embargo no levanta los párpados. He visto un hombre caminar despacio, con un cuerpo muy grande en proporción a la cabeza, la mirada como si lo alumbrara una linterna de cacería, con una chaqueta de cuero negro abierta y una calavera en el centro alusiva a una banda de rock. He visto un hombre parecido a un palo negro enredado con alambres de venas, con una gorra jamaiquina que parece electrocutar y disparar sus colores variopintos alrededor de la misma a toda velocidad. He visto esas miradas extraviadas de otro planeta, provenientes de cuerpos cubiertos con vestimentas descuidadas, rasgadas por las cortaduras de la vida, sin afeitarse, abatidos, en suspenso, y casi todos esos hombres se quedan como paralizados en las afueras del psiquiátrico. Fuman, fuman, fuman como no he visto antes en ningún lugar de Nueva York, fuman como en las películas francesas pero sin el glamour de éstas, más bien, rozando la precariedad extrema de las vidas arruinadas, quién sabe por qué. Todo esto contrasta con la sensación al instante que se ingresa al hall de entrada de este centro con apariencia de orden, pulcritud, limpieza, y que tiene letreros de señalización como si se tratara de un colegio. Una amable guardia lo recibe a uno para dar la información requerida o dirigir el visitante al lugar deseado. He visto los gritos, no los oigo, los veo porque dibujan una estela silente de locura en el aire, al salir de las ventanas como soplos de viento macabro, ese viento neoyorquino que hiela el alma. Detrás de esas ventanas del Bronx se encuentra la pérdida de la razón, quién sabe cuánta esquizofrenia, demencia, manía o depresión se resguarda dentro de esos muros. Pienso que esos muros son de mentira, son hechos de cemento transparente: la locura neoyorquina está en todas partes. No hay que tener el ojo entrenado para recibir la bofetada del sin sentido, la ausencia de la esperanza, el dolor, el lamento comprimido en las estaciones de metro atestadas de vagabundos que lo han perdido todo o que no han tenido nada y, sobre todo, han extraviado el juicio en algún pipote de basura donde se agachan a recoger un hueso de pollo o una bebida a medio acabar.

En ese lugar al que me refiero, ese triángulo al salir de la estación Woodlawn del metro 4 (que se forma por la dirección oblicua de la calle Bainbridge y la dirección recta de Jerome Avenue), hay también una licorería justo en el punto en el que terminan las paredes del centro de salud mental. Y veo a los que compran alcohol y abren la puerta de la licorería con violencia, hambrientos de olvido de penas, tan ausentes como imagino deben estar aquellos dentro de las puertas del psiquiátrico. Ausentes como las múltiples almas del metro entremezcladas en el aire sucio de un vagón, desconcertadas por la vida, abatidas por la ciudad. Asimismo, en la calle Bainbridge, enfrente del cementerio, se encuentra el Bainbridge Work-Activity Center for the Multihandicapped (IAHD 3625 Bainbridge), que acoge a personas con discapacidades múltiples. En las mañanas también observo que llegan camionetas y pequeños autobuses que traen a personas en sillas de ruedas, como presos, con los brazos y las caras irreales y ladeadas, observo gente con rostros desviados, cuerpos que parecen delinear letras torcidas del alfabeto, observo hombres encorvados que bajan del autobús, pasito a pasito, detenidos por deficiencias genéticas o accidentes de la vida, observo al amable señor de tierno rostro que espera para recibirlos, y pienso entonces que son como niños que llegan al colegio a pasar el día. Justo al entrar veo una enorme mesa en forma de “u” donde reúnen a las personas que se encuentran fuera de lo considerado como normal (todo es un relativo punto de gradaciones de normalidad), y noto esas facciones de caras que delatan un padecimiento mental o físico, rostros de rasgos extraviados, fuera de margen, que juegan y los entretienen como a chiquillos. Una reunión que resulta, de manera triste, como un juego llamado compasión, estas pobres almas desvalidas de capacidades físicas o psicológicas “normales” muestran esas caras que delatan un cerebro enlentecido, lleno de fauces precarias, de lento discurrir, de hilos que se rompen. Hay un pequeño hombre que tiene cubierto todo el cuerpo como un cátcher de béisbol. Otro salón acoge a personas a las que les falta algún miembro. A esos hombres los traen y luego los llevan de regreso ¿quién sabe a dónde?, a pasar las noches en algún albergue con una cena de beneficencia y una sábana meada por tantas personas, o acogidos por su familia luego de regresar del trabajo: padre, madre, hermanos, primos que deben cargar con un karma inevitable, familias que además de estar apaleadas por la ciudad, al momento de recogerlos están hambrientos, cansados del metro; tener que reencontrarse con esas personas queridas que el destino quiso que vinieran malformadas a este mundo o que se les quedara algo perdido en algún lado, en alguna sala de operaciones, en una guerra.

Los miles de caras que se nos atraviesan en las calles de Nueva York y que luego se cuelan en nuestros sueños, se transforman y asemejan a la variopinta mezcla de animales: la mujer-boa, el oso-mecánico, el hombre-búho, la modelo-jirafa, el mendigo-zamuro, el taxista-lobo.  

Hablamos de un espacio triangular donde se encuentra la última parada del metro 4, los vagabundos y borrachos alrededor de la estación, la tienda Last Stop, los taxistas con su llaves-navajas, el cementerio, el psiquiátrico, la licorería y el centro para discapacitados múltiples. Todo ello, no obstante, no agrega ni quita a la atmósfera contenida que pareciera pintar una escena improbable a punto de ocurrir, una estampida de sentimientos acumulados que se manifiestan en ventanas rotas, carros incendiados, agujeros en los cuerpos, viviendas saqueadas: nada de eso ocurre, no es real, existe pero no existe. ¿Por qué esa energía tan neutra de esta parte de la ciudad? ¿Tendrá que ver con la ubicación de cuasisuburbio? Es un hecho comprobable con la observación que a medida que el metro recorre más y más estaciones hacia su destino final, las caras de las personas en los vagones se hacen más lánguidas: existe una relación directamente proporcional entre la distancia del metro y la alegría de los rostros; a mayor distancia más sombríos se tornan. La vida se hace dura al viajar más de una hora para llegar a un trabajo (uno, dos o tres trabajos), y padecer la misma distancia al regresar a casa en las noches. En las calles de Norwood no se respira optimismo, tampoco hay una agresividad palpable, una zona segura pero sin colorido aparente.

 

La casa de Sonia, al mismo tiempo, está muy cerca del Bronx Park (atravesado por el río Bronx), el Van Cortland Park, el Jerome Park, y el relativamente próximo Moshulu Golf Course, uno de los primeros campos de golf de los Estados Unidos. La zona conocida como Norwood está envuelta de mucho espacio verde, espacio libre donde caminar, anchas avenidas para liberar el sentimiento de claustrofobia que se engendra en Manhattan. Desde su casa se puede llegar a pie, en pocos minutos, al Moshulu Parkway, al Bedford Park Boulevard y al Jardín Botánico del Bronx, en cuya entrada hay un edificio imponente que recuerda monumentos europeos. Pasando el Jardín Botánico, por el Southern Boulevard, se llega al zoológico del Bronx con su diversidad de animales, algunos a los que nuestro imaginario se encuentra acostumbrado, como la jirafa, el elefante, el león, el mono, y otros más extraños, hermosos, exóticos, como el panda rojo, el leopardo de nieve, el bisonte americano, el perro salvaje africano, el rinoceronte indio, el rey zamuro, el cocodrilo del Nilo, la boa de árbol de Madagascar, el león marino californiano. Esa misma diversidad del zoológico pareciera caracterizar, de manera análoga o emparentada, a la gente que habita en esta ciudad: latinos, chinos, indios, blancos, negros, mestizos, con gradaciones de tez de piel, cabellera, tamaños de ojos, labios, narices, orejas, tonos de voces, que profesan distintas miradas y creencias: católicos, judíos, musulmanes, budistas, protestantes, agnósticos, ateos, demócratas, republicanos y libertarios. El zoológico da un pavorido sentimiento de raza humana como especie animal: los miles de caras que se nos atraviesan en las calles de Nueva York y que luego se cuelan en nuestros sueños, se transforman y asemejan a la variopinta mezcla de animales: la mujer-boa, el oso-mecánico, el hombre-búho, la modelo-jirafa, el mendigo-zamuro, el taxista-lobo. La plaza central del zoológico, con sus edificios clásicos, asemeja un campus de universidad. Una pequeña Harvard del reino animal. Muy cerca del zoológico está la Universidad de Fordham, lo que explica la cantidad de jóvenes que corren por las amplias avenidas aledañas. Al lado de la universidad está el Little Italy del Bronx. Se trata de un verdadero Little Italy, no como el de Mulberry Street en el Soho, que es una zona acartonada para turistas; con italianos de comiquitas actuando un papel a las puertas de los negocios. El del Bronx está lleno de gente que quizás sólo hable italiano. En las calles, los fines de semana, se pueden ver latas enormes de aceite de oliva amontonadas afuera de los negocios, junto a torres de parmesanos gigantes, panaderías especializadas, tiendas y restaurantes de genuina comida italiana. Tomarse un café en Palombo Pastry Shop, comer en la Trattoria Zero Otto Nove, y entrar al centenario Arthur Avenue Market, es trasladarse a la verdadera Italia.

 

A los pocos días de llegar al apartamento de Sonia frecuenté la biblioteca pública del Bronx, ubicada en el 310 Kingsbridge Road. Para llegar a la biblioteca debía tomar el metro D hasta la estación Fordham, tres paradas desde Norwood, dirección downtown. Al salir a Fordham Road la vista se copa de cientos de tiendas y negocios de venta de ropa, zapatos, aparatos electrónicos. Los olores de comida chatarra se entrelazan con el viento. Los negocios exhiben letreros en inglés y español. Por las calles se ven negros, latinos y algunos blancos, lo que hace justicia al término conocido como el white flight, que se empezó a utilizar en los años veinte para referirse a la migración de blancos de sitios que se empezaban a poblar de razas mezcladas, como ocurrió precisamente con el desarrollo demográfico del Bronx. La conformación actual de este Borough es: hispanos (más del cincuenta por ciento), negros o afroamericanos (poco más del treinta por ciento), blancos no hispánicos (alrededor del diez por ciento) y otras minorías de países del Asia. Hay una interesante estatua llamada Silver en la intersección de Fordham Road y Grand Concourse, que es una escultura del artista Christian Marche y que representa el espíritu de su relación con el Bronx, inspirado por la diversidad y carácter variado de la comunidad de Fordham Road. Para crear su obra utilizó sólo materiales reciclados que encontró en esta avenida, entre los que se observa: una cabeza de mujer atrapada en una jaula, una máquina de escribir, una guitarra eléctrica, un matero, un cuerpo sin cabeza, un carrito con ruedas, una figura de vaca, una rueda de bicicleta, un relieve en forma de átomo, altoparlantes, cadenas, el letrero de Fordham con la “o” en forma de corazón. Para este artista, el corazón del Bronx no está en el Yankee Stadium sino en Fordham Road.

La biblioteca se encuentra cerca del Poe Park, un ancho y bonito parque en donde resalta la casa de Poe, solitaria en el parque, como transportada y colocada por obra de un helicóptero, y que se puede visitar sólo los sábados y domingos.

La concepción del Bronx, en una época, estuvo marcada por una amplia avenida que la atraviesa: Grand Concourse. En su momento de apogeo la avenida fue comparada con los Campos Elíseos.  

Me pregunto sobre la vida itinerante de Poe: sus casas en Baltimore y Philadelphia, sus casas de Nueva York: en el 130 de Greenwich Street en el Village, en la 85 Street West y la del Bronx, en la intersección de Grand Concourse y Bainbridge, que es la última residencia que se le conoce en vida: una casita de campo para la época, en las afueras de Nueva York, elegida con la intención de que su esposa Virginia se recuperara de la tuberculosis que padecía; fue allí donde ella murió. Sumido en la desesperación, la miseria y la pobreza, permaneció en la casa del Bronx de enero a junio de 1849, para luego reaparecer moribundo y delirante por las calles de Baltimore y fallecer el 7 de octubre de ese mismo año (por ello su tumba se encuentra ubicada en el terreno de una iglesia, rodeada de otras tumbas con lápidas grandes, en los predios del bonito e impactante campus de Medicina de la Universidad de Maryland en Baltimore). Existen varias hipótesis no confirmadas sobre las posibles causas de su muerte: delirium tremens, ataque cardíaco, epilepsia, sífilis, meningitis, cólera, inflamación cerebral, uso excesivo de drogas y alcohol, deficiencias enzimáticas, envenenamiento por mercurio y rabia. En una carta, luego de la muerte de Virginia, dice: “Durante más de diez días estuve totalmente trastornado, fuera de mí, aunque no bebí ni una sola gota; durante ese lapso, imaginé las calamidades más atroces. Fueron sólo alucinaciones, consecuencia de un ataque como jamás había experimentado en mis carnes, un ataque de mania-à-potu (delirium tremens)”. En otra carta dice: “Llegué aquí con dos dólares, de los cuales te mando uno. ¡Oh, Dios, madre mía! ¿Nos veremos otra vez? ¡Oh, ven si puedes! Mis ropas están en un estado tan horrible y me siento tan mal…”.

Antes de entrar a la biblioteca pido un capuchino en Dunkin Donuts. Hay una barra larga de fórmica dónde sentarse pero, debido al ventanal y el ángulo de caída del sol, el lugar se encuentra desbordado de luz. Luego de que me siento a tomar café y a corregir algún texto antes de ir a la biblioteca del Bronx, aparecen personas que me acosan con la mirada, tanto como me acosa la luz que castiga las pupilas, entorpece la mente y me impide continuar. La biblioteca del Bronx es una estructura moderna con cinco pisos disponibles para los usuarios. Me siento en la sala de lectura de ficción y no ficción, en el piso 4, que tiene una bonita vista hacia los topes de los edificios de baja altura. En la biblioteca del Bronx descubrí títulos traducidos al español que me deslumbraron, que posaban en discretos estantes, como la novela de Colum McCann Que el vasto mundo siga girando, un libro sobre la violenta Nueva York de la década de los setenta en el que, entre otros personajes, un sacerdote irlandés lucha contra sus propios demonios y vive rodeado de putas en el Bronx. La biblioteca tiene alfombras azules combinadas con maderas claras y elementos grises metálicos en techos y estanterías, que le dan un carácter moderno pero cálido a la vez. Es notoria la presencia de vagabundos que contrasta con gente dedicada a su trabajo. Cada cierto tiempo es normal escuchar voces extrañas, gemidos, ruidos guturales, gargantas que se aclaran y hasta el canto de los que acompañan con sus voces las melodías que escuchan por los audífonos:

Go left, go left, go left right left,
Go left, go left, go left right left,
Go left, go left, go left right left,
Go left, go left, go left right left…

Las normas para conversar por teléfono son más relajadas que en otras bibliotecas en las que he estado. Ocasionalmente se puede ver a alguien en apariencia enfocado en su trabajo que toma el celular y habla sin reparo a bocajarro: “Hi, sugar, I’m at the library: WHERE ARE YOU?”. No obstante, el lugar es bueno para concentrarse. La biblioteca del Bronx me acoge en estas transiciones, en la búsqueda de una nueva ventana de Manhattan.

 

La concepción del Bronx, en una época, estuvo marcada por una amplia avenida que la atraviesa: Grand Concourse. En su momento de apogeo la avenida fue comparada con los Campos Elíseos. Se trata de un boulevard de poco más de siete kilómetros, lleno de hermosos edificios, apartamentos amplios que hacen juego con los 55 metros de ancho de la avenida (los Campos Elíseos llegan a los 70 metros), que supone una idea de los espacios nada neoyorquina. Interesantes encuentros a lo largo de la avenida: la fuente Lorelei en el Joyce Kilmer Park (nombre tomado del poeta autor del clásico poema Trees); el Loew’s Paradise, un teatro en el que se presentaron luminarias como Bob Hope y que ahora alberga conciertos de ritmos dominicanos y puertorriqueños; el enorme Concourse Plaza Hotel, donde los habitantes judíos del antiguo Bronx soñaban con ver casar a sus hijos, el mismo lugar en el que los Yankees celebraban sus victorias y que era parada obligada de candidatos presidenciales de otra época. El hotel quedaría abandonado en los setenta, ocupado por traficantes de drogas y criminales. Hoy en día alberga un hogar de ancianos. En otro edificio, el Wagner, pocos días antes de ganarle las elecciones a Nixon en el año 1960, Kennedy pronunció un importante discurso en el que hizo alusión a su sentido de pertenencia al Bronx.

Grand Concourse representó en su momento un sueño de escape de las penurias de Manhattan, sobre todo para una población judía hastiada del hacinamiento de la ciudad. Pero detrás de ese mundo de sueños que se fue evaporando, hay todavía una grandeza oculta que denota belleza, como una persona que se hace mayor y deja ver un brillo en los ojos en medio de la decrepitud de la vejez. Y sólo es necesario caminar por el Grand Concourse, sobre todo en su parte norte, que no ha sido invadida de manera asfixiante y despiadada por los negocios de la parte baja de la avenida, para sentir la grandeza de su concepción, el alivio de sus espacios, la belleza de sus edificios con amplios apartamentos, algunos joyas del art deco, ahora poblados por numerosas personas en grado, a veces, de hacinamiento. La avenida en su parte baja está congestionada de ventas de ropa, establecimientos de comida rápida, negocios de todo tipo que le darían convulsiones a Louis Risse, un ingeniero francés que concibió el espacio en 1890.

Sueños abandonados de mano de la ruina. Tal vez, en un futuro ocurra un renacer, como en tantos vecindarios de la ciudad. Nueva York se autorregenera por combustión propia, movida quién sabe por qué fuerzas, zonas precarias, centros de drogas, lugares decadentes en una época como el Bowery, el Meat Packing District, Williamsburg, hoy en día se encuentran entre las zonas más caras de la ciudad. El boulevard de Grand Concourse que comienza en la calle 138 (la zona más atestada) termina en Norwood, en los alrededores de Moshulu Parkway, al lado de la casa de Sonia, liberada de la presencia de negocios y apartamentos sobrepoblados.

¿Pero dónde comienzan y terminan los sueños de transformación? ¿En qué momento se producen? ¿Ocurren como un efecto de contagio; sin planificación? ¿Qué hace que algo que sea considerado como lo mejor en un momento, luego decaiga, resurja y tenga un auge inesperado?

 

Lo cierto, para nosotros, es que se acercaba la hora de partir, luego de estar un mes en el Bronx. El día antes de irnos decidimos dar un paseo, Sonia, Ana y yo, por el cementerio de Woodlawn. Caminamos por el Bainbridge Road. Nos desplazamos hacia la entrada principal. Muy cerca de donde está el centro de atención al discapacitado múltiple se encuentra una casa abandonada, por la que he pasado varias veces en dirección a la estación Woodland del metro 4, dentro del espacio del vórtice referido al inicio de esta narrativa. Esa casa que parece mirar de frente a las rejas del cementerio, al otro lado de la acera, tiene impresas las siguientes escrituras sobre sus derruidas puertas y ventanas:

Mankind Note’s

Is your quest age
Thee final frontier
Remember
Dirt
Judgment’s life
Document
Time
Self/respect
Good works
In my mysterious ways
Don’t you have?
Belly Button
II… peace

La entrada al cementerio de Woodlawn, de manera instantánea, traslada al que ingresa a otro lugar, a otra época. Un amable señor se acerca hacia nosotros y nos dice que la salida hacia el otro extremo del camposanto se encuentra al seguir el marcaje blanco intermitente de la calle. El caballero nos ofrece un mapa y nos dice que estamos en un área de cuatrocientos acres. Lo abrimos y parece más bien un plano de arquitectura. Nos informa que los lugares donde “está” la gente famosa se encuentran indicados en la parte posterior. Vemos el nombre de Celia Cruz (ya sabíamos que sus restos reposaban allí), Duke Ellington, Sir Miles Davies… ¡¿Herman Melville?!… Veo el nombre de Melville y me quedo petrificado porque resulta ser que justo esos días estaba leyendo Billy Budd, la obra que Melville escribía antes de fallecer y, de paso, traía un ejemplar conmigo en ese momento. Esto pudiera sonar a una invención, pero no lo es, es una historia cierta, se ha pretendido resguardar la verdad, los hechos, los datos, todo a través de este relato o retrato de esta zona de la ciudad. Las calles del cementerio están rodeadas de lado y lado por tumbas que reflejan una opulencia digna de otras épocas: mausoleos familiares, grandes apellidos sobre templos griegos, neoclásicos, góticos, cientos de obeliscos inmensos (bromeamos sobre el significado fálico; erecciones del más allá. Sonia echa una carcajada contenida para mantener el decoro), estructuras arquitectónicas que hacen juego en su variedad y que denotan una riqueza que contrasta con esta zona del Bronx: los vivos y los muertos, los pobres y los ricos, los ricos vivos en muerte, los pobres muertos en vida, hacen este conjunto, donde se permuta la vida, un paseo de alcurnia europea que marca altura y notoriedad, los deseos de grandes personajes y familiares de trascender, de dejar huella, aunque lo que se encuentre debajo de ellos sea sólo un saco de huesos.

En la mañana conversé con Ana, dado que se me ocurrió que podía llevar un paquetico de azúcar a la tumba de Celia Cruz (que ya había comprado en una de las bodegas de la zona). Ana pensó que alguien podría considerarlo una ofensa, que era prudente no dejar un paquete de azúcar en la tumba de Celia Cruz. Yo lo veía más bien como un tributo. Aunque no sea amante de la salsa siempre me pareció gracioso su grito de guerra, y, para no pecar, opté por la sugerida prudencia y dejé en la casa el paquete de azúcar. Así que llegamos a la tumba de Celia Cruz en una intersección de las calles internas del cementerio. Tenía flores reposadas sobre la puerta de acceso y estaba cerrada con llave: las tumbas de los ricos, o de los pobres que se volvieron ricos, están casi todas cerradas, como encapsuladas en casas que envidiarían los indigentes que viven fuera de las rejas del cementerio. Me acerco a la puerta y puedo ver a la izquierda el sarcófago de mármol de Celia Cruz, con dos fotos suyas encima, un rosario y la leyenda inscrita: “La guarachera de América”. A su lado, a la derecha, su esposo, con dos fotos, una con ella y otra solo y debajo la leyenda: “Cabecita de algodón”. Seguimos caminado, se nos cruza una procesión de carros, el coche fúnebre que lleva a un tal McDougall, según leo en una de las ventanas del coche, lo transportan a una fosa, seguramente con una lápida modesta, que también abundan en este cementerio. Visitamos las tumbas de Duke Ellington y de Miles Davies, que están muy cerca, en una especie de esquina del jazz.

Seguimos caminando y la única persona que nos tropezamos nos dice que viene a menudo al cementerio y que los personajes más famosos no son los que “están” en el mapa que sostenemos; que nos fijemos bien en los nombres de otras tumbas. Le agradecemos y nos suena Woolworth, que dejamos atrás, y ahora todos los apellidos nos parecen importantes: ¿Taylor? ¿Quién es que era Taylor?, me suena…

Nos miramos, nos abrazamos. Pienso en sus palabras el primer día que paseamos, nos decía que el Bronx no es lo que la gente piensa.  

Nos dirigimos a la tumba de Herman Melville, al que le podía haber llevado una pluma o una ballenita blanca de plástico si hubiera sabido que se encontraba en Woodlawn. Al llegar veo una lápida discreta que no refleja la grandeza de este monstruo de las letras. Pienso en las tumbas de ricos que tienen mausoleos erguidos en contraste con la de este hombre que murió pobre y afectado por trastornos de muchos tipos. Se me viene a la mente el psiquiátrico justo al salir del metro, el triángulo que forman Jerome y Bainbridge, sus elementos abigarrados, el albergue para discapacitados, entre la vida y la muerte. Me conmueve pensar en los destinos de la vida. Y entonces establezco una relación entre el auge y declive de Grand Concourse y el auge y declive de la vida literaria de Melville: considerado un gran escritor con sus primeras novelas publicadas sobre la vida en el mar. Era famoso y respetado en los Estados Unidos y en Inglaterra, para que, luego de publicar Moby Dick, pasara a una vida de execrado, aislado, además de las novelas rechazadas que siguieron a Moby Dick, fracaso tras fracaso en vida. Abandonó la prosa para dedicarse y refugiarse durante años en la poesía, en la ruina, sin saber que su obra lo elevaría a la celebridad; un reconocimiento que sólo llegaría treinta años después de su muerte. Moby Dick, una de las obras más importantes de la literatura mundial, incomprendida en su época. Aislamiento, reclusión, declive y evanescencia. Lo que representaba una novela de aventura que fue mutando en algo extraño, no comprensible para sus contemporáneos, quizás por sus giros filosóficos, psicológicos y experimentales, se convirtió en su propia desgracia. Y me entran ganas de gritarle a su tumba: ¡Pobre: no sabes lo grande que fuiste! ¡Dame el poder de la novela! Al caer en un abismo financiero, se empleó como inspector de aduanas (Customs Revenue Service), lo que le proporcionó un sustento económico. Mostraba síntomas de desequilibrios mentales y la familia de su esposa Elizabeth quería que ella se separase de Melville. Su hijo mayor, Malcolm, se pegó un tiro. La muerte de su segundo hijo, Stanwix, lo sumergió en depresiones agudas. Décadas escribiendo sólo poesía y, al final de su vida, esa pieza magistral, inconclusa, llamada Billy Bud, que traía conmigo, inspirada en uno de sus poemas, un texto avanzado aun hoy en día, de atrevimientos narrativos, imágenes poderosas y simbolismos irrefutables. El New York Times publicó un escueto obituario el 29 de septiembre de 1891:

Herman Melville died yesterday at his residence, 104 East Twenty-Sixth Street, this city, of heart failure, aged seventy-two. He was the author of Typee, Omoo, Mobie Dick, and other sea-faring tales, written in earlier years. He leaves a wife and two daughters, Mrs. M. B. Thomas and Miss Melville.

Nos quedamos viendo la tumba de Melville y me viene la imagen de una ballena atravesada en el Grand Concourse y pienso que todavía sobraría la mitad del espacio para cubrir la avenida. Pero más que ese delirio momentáneo, ese pensamiento que fue como un hipo bajo el agua, pienso de nuevo que la historia de Melville se parece a la historia del Grand Concourse: todo parece ir bien hasta que la vida hace que los acontecimientos se direccionen de otra manera, y entonces todo cambia, inesperadamente. No reconocer la belleza conceptual del Grand Concourse coloca al mismo nivel el desprecio en su época a la novela Moby Dick, abandonada como la casa de Bainbridge, justo antes de entrar al cementerio. Así como en su tiempo Moby Dick fue rechazada y despreciada sin entenderse como una obra maestra, ocurre de manera similar con el ojo escrupuloso al posar su mirada sobre el Grand Concourse y que no se da cuenta de los rastros de grandeza.

Proseguimos hacia la salida, opuesta al lugar desde donde ingresamos, nos aproximamos a la frontera de la ciudad de Nueva York, justo en la parte norte del cementerio y, de pronto, transgrediendo sólo unos metros, está la invisible línea fronteriza: nos encontramos en Upstate New York. Unos pasos de vuelta y estamos de nuevo en el Bronx, luego de comprar agua en una estación de gasolina. Tomamos el Metro North que nos llevaría sin paradas hasta la calle 42, para luego hacer trasbordo al metro (ya habíamos dejado nuestras pertenencias en el apartamento alquilado, en la nueva ventana de Manhattan). Sonia sólo tenía que hacer una parada hasta Willamsbridge, para escalar luego la subida de Gun Hill, donde alguna vez hubo un cañón apostado, hasta su casa. No hay mucho tiempo, nos miramos, nos abrazamos. Pienso en sus palabras el primer día que paseamos, nos decía que el Bronx no es lo que la gente piensa. Y recuerdo esa expresión española: ¡qué chulo!… ¡qué chulo!…

El Metro North continúa su trayecto. Saco mi Billy Bud y me erizo de pensar que acababa de estar en la tumba del autor, su morada, su Last stop en este mundo. Me colma el cerebro el recuerdo del vórtice, pienso en Melville y los giros de la vida, luego leo lo que el narrador decía de Billy Bud:

Conciencia de sí mismo parecía tener poca o ninguna o tanta como podemos atribuir razonablemente a un perro San Bernardo.

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