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“El matador de Guisando”, por Ramón Gómez de la Serna

martes 11 de abril de 2017
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Los Toros de Guisando
Los Toros de Guisando, en Ávila.

Los Toros de Guisando son cuatro figuras ubicadas en el término municipal de El Tiemblo, en Ávila, en la margen izquierda del arroyo Tórtolas. Fueron realizadas entre los siglos IV y I antes de Cristo, en plena Edad del Hierro. Durante esta etapa, el pueblo de los vetones estaba asentado en las provincias actuales de Badajoz, Cáceres, Salamanca y Ávila. Un pueblo fundamentalmente ganadero que se establecía en lugares en los que abundaban el agua y el pasto para sus rebaños. De ahí que erigiesen toscas representaciones, llamadas verracos, de cerdos, jabalíes y toros, como las de Guisando.

Realizadas en bloques de granito, miden más de dos metros y medio de largo, mirando alineadas hacia el atardecer y al cerro del que toman nombre. Aunque poco elaboradas, algunas de ellas dan muestra de un incipiente realismo, pues poseen agujeros para insertar los cuernos y unos suaves surcos paralelos que indican los pliegues del cuello del animal.

La gran duda es el significado de su construcción pues pudo tratarse de esculturas con fines religiosos o funerarios, como protectoras de los rebaños, dotadas de una finalidad mágica o como simples hitos en las cañadas o marcadores territoriales.

Entre los archivos que conserva la Universidad de Pittsburgh (Pensilvania) sobre Ramón, encontré un original relato corto que escribió sobre ellos dedicado al gran pintor manchego Gregorio Prieto, que los incluyó en uno de sus cuadros.

 

Toros de Guisando. Dibujo de Gregorio Prieto
Toros de Guisando. Dibujo de Gregorio Prieto.

El matador de Guisando

Habían quedado inmóviles y pétreos en el valle aquellos cinco toros de Guisando esperando desde hacía quince siglos a que alguien se encargase de torearles y matarles.

El hombre de las nieves del Guadarrama, también medio fantasma, medio hombre, medio simio, pensaba siempre bajar de sus alturas a los cerros que son la contrabarrera de su coso y encargarse de los morlacos y de sus empedernidas embestidas.

¿Pero y si le descubrían el día de la lidia?

Los hombres le odiaban —como a todos los hombres de las nieves— porque sí, por envidia al verle vivir en pleno récord, como vencedor desdeñoso y perpetuo. En vez de rodearle de admiración no querían sino matarle y mostrar su cabeza con un peluquín de siglos.

Año tras año al llegar la primavera se enardecía su sangre torera —era ante todo español— y se preparaba para bajar al valle con público de chopos y con sus cinco toros de cartel, hijos del parto de los montes.

Mientras se preparaba para la gran corrida, afilaba su amoratada espada de sílex aguzada y temible. Como capote de brega había curtido y tundido una gran piel de carnero desbarbada y se ejercitaba en el arte de los quites y en el lance de matar con pulso y fuerza.

Desde las alturas contemplaba la ganadería de los de Guisando atrayéndole su brutalidad apenas desbozada, su bestialidad hija del pastoreo durante centurias. Los contaba todos los días —uno, dos, tres, cuatro, cinco— esperando que se les escapase alguno o se los llevasen al encierro de un museo.   Eran el pasado en bruto. La mejor ganadería del mundo. Toros de cinco toneladas, verracos de granito, berroqueños, vetones. Tenían aún las astas metálicas y con eso resultaban más imponentes.

En medio del paisaje, que se había ido hacia atrás como si los temiese y quisiera gritar el “¡dejarles solos!” que pide el torero, surgió el día tormentoso en que parecía propicia la inevitable corrida y en que los altozanos de alrededor eran como los tendidos para las tardes jubiladas en la espera de aquel gran acontecimiento.

El torero de la sierra con su chaquetilla de piel de zorro apareció entre los rayos de la tempestad que actuaban de picadores de los Guisando y se dispuso a fanearles. El primero de los cinco se arrancó hacia él, sonando a golpe de viento huracanado contra una carpa, los arranques de la testuz de piedra contra un capote de cuero. El “espontáneo” que venía de las cumbres llevó hacia un arroyo próximo al morlaco descomunal y allí, como pudo, empleó su espada silecense a fondo y el Guisando número cinco, el que falta en la cuenta de los arqueólogos, se hundió en el lodo dejando solo el plinto patas arriba.

El torero de las nieves, sin el aliciente de los aplausos en el anfiteatro solitario, recogió su capote como cortina de puerta de catedral y se volvió a sus alturas cortándose la coleta para siempre.

 

Ramón nos muestra en este artículo sus fantasías y sentimientos, Vuelve a reivindicar el derecho a la singularidad frente al repudio de gente envidiosa y no pierde su afán de defender el sentido de “ser español” representado en el inusual “torero de las nieves del Guadarrama”. Si profundizamos en el texto, podemos ver la semejanza entre este personaje y Ramón.

María Ascensión Fernández Pozuelo
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