La ruta sureste sigue dando sorpresas aunque no siempre esté transitada; ese camino es continuación del tramo que nos llevó hasta los Templos de Hagar Qim. Para aquellos que nos siguen con un mapa —me los imagino viajando con la imaginación al igual que lo hacía cuando era un crío y escuchaba las emisoras a miles de kilómetros de mi casa—, seguiremos por Iz-Zurrieq-Bircebbuga y finalizaremos en el famoso mercadillo de Marsaxlokk, que tampoco es nada del otro mundo si uno estuvo en el de Roquetas de Mar.
La primera parada, estiramiento de piernas y otras necesidades básicas de la edad, se produce en la Laguna o Gruta Azul donde, por unos módicos diez euros, te dan otro bautizo naval hasta llevarte a la famosa cueva que sólo es accesible por mar y que no hay que confundir con la de Comino. ¿Cuál de ellas es más bonita? Ahí encontramos discrepancias, así que ambas son un regalo de la naturaleza para los sentidos si el mar está tranquilo.
En Il-Hnejja tenemos el añadido de la torre de Wied Iz-Zurrieq primorosamente restaurada, acceso gratuito (la voluntad) y gestionada por voluntarios. Lo mejor es subir hasta la terraza y, desde esta atalaya, disfrutar de las vistas de la zona. Evidentemente hay que tener buenas articulaciones y no padecer vértigo. El tramo final es el peor pero los retos están para superarlos.
La denominada Torre Xetu fue mandada construir por el Gran Maestre de la Orden de los Caballeros de San Juan, Jean Paul Lascaris de Castellar, el 13 de enero de 1647. Los caballeros trataban de mantener bien controlados a los piratas que en aquellos tiempos merodeaban por todo el Mediterráneo. Esta construcción sirvió de prototipo para levantar otras trece que ya haría su sucesor Martin de Redin (1657-1660), y desde la terraza se pueden ver un par de ellas. En esa atalaya se habían instalado un par de cañones que entraban en acción cuando los barcos invasores estaban a tiro.
Ese legado de historia y arquitectura fue preservado por el Royal Malta Fencible Regiment (en 1861 se cambió por Artillería). Una década después, en 1873, el comité de vigilancia decidió mantenerla en uso y en 1874 se le construyó el acceso a pie por la planta baja ubicada en la pared oeste. En posteriores reformas se le fueron incorporando elementos como la metopa o escarapela del Regimiento Real, que encontramos tallada abajo y que fue diseñada por Frank Cassar Torregiani en 1932. Durante la II Guerra Mundial el lugar se utilizó como Estación Costera de Observación y evidentemente era gestionada por el Servicio de Guardacostas.
Con la llegada de la aviación estas estructuras pétreas fueron perdiendo su importancia, pero la mayoría se mantienen perfectamente al día. En el caso de la Xetu también fue Comisaría de Policía en ese minúsculo pueblecito de pescadores hasta 2002. Hoy los pocos que viven en la zona están abocados al turismo y, si vas bajando hasta el embarcadero, el pequeño núcleo costero es una verdadera joyita entre las rocas.

Sería en 2013 cuando se lanzó el SOS para que no se deteriorara y siguiera siendo un testigo de la historia. El Gobierno de Malta la restauró y la puso al día añadiendo algunos elementos en su interior para facilitar la visita que atienden los voluntarios, programa en el que estaba la Autoridad Maltesa de Aviación (el equivalente a nuestra Aena).
Tras esa parada, de algo más de una hora, tocaba levantar anclas hasta la siguiente etapa, el pueblo de pescadores de Marsaxlokk, hoy abocado al turismo con su oferta gastronómica, su mercadillo, sus aguas cristalinas y su impresionante tranquilidad. Dependiendo de los gustos del viajero, allí encontrará varias cosas que son imprescindibles para la isla: la central eléctrica y el gran puerto de mercancías que recibe todo lo que necesitan.
Del puertito pesquero podemos colegir que, a pesar del numeroso turismo, aún conserva su sabor mediterráneo, su tranquilidad y su gastronomía. Los lugareños han hecho una rápida transformación al pasar del sector primario al terciario, aunque aún podemos encontrar a algunos con sus bártulos y sus redes que suministran el pescado para la ociosa comunidad de viajeros de todo el mundo que recala en este encantador rincón del Mare Nostrum y, desde todos los puntos de la isla, atraídos por su marisco. Mediada la tarde los turistas desaparecen y los nativos retornan a su vida tranquila y sosegada.
Aquí fue donde se aposentó la flota turca en 1565 para su célebre Gran Asedio. Otro personaje que pasó por aquí, siquiera de forma efímera, fue Napoleón; más recientemente estuvieron personajes cercanos a nuestra actualidad como George Bush.
Las barcas y sus preciosos colores acabarán dándole el último toque de cromatismo al fugaz paseo por esta zona de la isla hasta la Torre de Lucien, del siglo XVII, que alberga un laboratorio marino en un entorno afeado por las gigantescas plumas del puerto comercial.
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