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De Vicente Huidobro a Pablo de Rokha

• Viernes 19 de enero de 2018

“La grandilocuencia es trampa verbal, es engaño de sonoridades, y es sutileza dar el aspecto de una cosa y no la cosa”

Vicente Huidobro

En esta carta, poco conocida, al poeta chileno Pablo de Rokha, Vicente Huidobro emite algunas opiniones sobre la poesía e incluso sobre su concepción de la vida. Este documento llega a nosotros gracias a la atención de la Fundación Vicente Huidobro.
La Nación, 11 de junio de 1925

Señor
Pablo de Rokha

Estimado amigo:

He recibido su carta y su revista “Dínamo”. Le felicito por la labor de aseo que Ud. se impone en ella. Fuera del título que me parece algo futurista a la italiana, su revista es simpática y hará mucho bien. Me parece ver en su grupo una tendencia a lo grandioso, al drama horrendo, a lo tormentoso y desbocado de terrores, y ello, créame Ud., es infantil, es hinchazón hispánica y resta fuerza verdadera a toda obra. La verdadera fuerza no se ve, pues no consiste en emplear palabras formidables, sino en dominar y manejar el cosmos con la sonrisa en los labios.

Yo nunca he cantado problemas melancólicos y en toda mi obra no podrían citarse una docena de poemas con ese elemento que es, tal vez, lo que más detesto. Por otra parte, en mi poesía no hay problemas, pues yo no creo que exista ningún problema.

Yo no creo en ningún problema, en nada de solemne y grave, sino en una serie de cosas que nos harían reír si muchas veces no nos dieran asco.

Créame, amigo mío, por la vieja amistad que nos une, que algún día que nos veamos, se lo probaré con libros en la mano: el europeo no es sutil; en cambio Uds. sí son sutiles porque la grandilocuencia es trampa verbal, es engaño de sonoridades, y es sutileza dar el aspecto de una cosa y no la cosa.

El europeo detesta lo grandioso porque lo considera un arte fácil y lo considera signo de ingenuidad y romanticismo.

No sólo el Creacionismo, sino todo el arte es limitación, porque como decía Nietzsche “el artista es el que danza entre cadenas” y cada frase, cada verso significa una selección, el sacrificio consciente o inconsciente de otros elementos que se nos presentaran al cerebro, y por eso rechazamos, dando preferencia a los que dejamos: luego, una limitación.

Dice Ud. en el artículo que me envía, “duradera es la obra delgada de Huidobro” y yo creo justamente que si ella es duradera, es porque está hecha sin pretensión, sin aspiraciones trascendentales, sin creerse gigantesca, sino el libre juego de los sesos de un individuo que se aburre y quiere no aburrirse.

Lamento no poder decir lo mismo de las obras gruesas, ellas son perecederas. Al correr de los años se desinflan. Así como los globos de los niños que al día siguiente de comprados, amanecen en el suelo como pájaro muerto.

Le repito, querido amigo, que yo no creo en ningún problema, en nada de solemne y grave, sino en una serie de cosas que nos harían reír si muchas veces no nos dieran asco, pero sin jamás alcanzar a desaburrirnos mayormente, sin jamás alcanzar a la grande aventura.

Lo único que me distrae un poco, lo único que me impide suicidarme, es jugar a los versos, en el instante extra de hacer un poema, lo que yo he llamado una partida de ajedrez, contra el infinito, el instante que me arranca de lo habitual, que me hace tener una visión loca del mundo, una visión absurda, ilógica (dentro de lo cotidiano), que me permite ver una oveja comiéndose el crepúsculo, a la noche cayendo de los ojos ajenos.

Yo, por mi parte, no creo que ninguna persona seria, sea seria.

Ese juego fiebroso, incongruente (dicen algunos), que da a las palabras una cierta vibración cargada de calorías que no se sabe de dónde vienen, es lo que se llama la poesía.

Aquí recuerdo una frase de Pascal, sobre los filósofos, que dice: “Ordinariamente nos imaginamos a Platón y Aristóteles con grandes togas y, como personajes siempre graves y serios. Eran buenas personas que reían como los otros, como sus amigos, y cuando hicieron sus leyes y su tratado de política, lo hicieron jugando y para divertirse. Era la partida la menos filosófica y la menos seria de su vida. La más filosófica era de vivir simplemente y tranquilamente.

Yo, por mi parte, no creo que ninguna persona seria, sea seria.

Todo eso me parece buscar manera de aburrirse más, como si la vida de por ella misma, no fuera ya bastante insulsa.

Matemos una vez por todas ese énfasis hispánico, esa falsa poesía gruesa, de tumores de humo, herencia de Herrera y de Quintana, que aunque tapicemos de modernidad, no pierde, por ello, todo su peso muerto.

En cuanto a lo que Ud. me dice, querido amigo, que su revista requiere mi adhesión, cuente con ella tal como Ud. me dice que yo puedo contar con Uds.

Saludos afectuosos.

Vicente Huidobro


Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948) fue el padre del Creacionismo y uno de los autores más relevantes de la poesía hispanoamericana del siglo XX. Muy temprano viajó a París, donde entró en contacto con las vanguardias. Entabló amistad con artistas de la talla de Pablo Picasso, Juan Gris y Pierre Reverdy, entre otros. De sus poemarios destacan Adán (1916), El espejo de agua (1916), Horizonte cuadrado (1917), Ecuatorial (1918), Poemas árticos (1918), Altazor (1931), Temblor de cielo (1931), Ver y palpar (1941), El ciudadano del olvido (1941) y Últimos poemas (1948). Su poesía ha ejercido una especial atracción entre públicos jóvenes y ha sido permanentemente objeto de estudio.

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