“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Sor Juana Inés de la Cruz, un milagro mexicano en la América hispánica

martes 16 de abril de 2019
Sor Juana Inés de la Cruz
Sor Juana Inés de la Cruz aprendió, principalmente de Góngora, todas las galas de la nueva poesía.

Mujer extraordinaria, ornamento de su siglo, sor Juana Inés de la Cruz aparece casi como un milagro en la segunda mitad del siglo XVII en la nación de un continente que, a mediados del siglo anterior, había empezado apenas a incorporarse a la cultura europea.

Tiene desde niña una gran curiosidad por el mundo que pronto se convierte en un deseo de saber y explicárselo todo, que sorprende en una sociedad tan joven y en una persona del sexo considerado tradicionalmente reacio a todo tipo de estudios y meditaciones.

En los últimos años del siglo XVII no hay, en todo el vasto imperio español, un poeta de la grandeza de sor Juana Inés de la Cruz.

Toda su niñez es un ardiente afán de sabiduría. Buscó una razón para justificar ese anhelo, que acaso a muchos parecería indiscreto o desproporcionado, y en su respuesta a sor Filotea de la Cruz nos dice que todas las ciencias y todas las artes son necesarias para entender bien las Sagradas Escrituras.

Pero ese anhelo de saberlo todo y la práctica constante para satisfacerlo no le restan femineidad ni encanto, ni tampoco usó de sus atractivos para hacer pasar por sabiduría aquello en que no había ahondado la simple curiosidad. Era cuidadosa y exigente en sus estudios y los tenía, no como vano ornamento de la natural coquetería de la mujer, sino como ocupación seria y grata de Dios.

“El triunfo obtenido con dolor y celebrado con llanto” es el modo de triunfar de la sabiduría, nos dice en la respuesta a sor Filotea de la Cruz, y explica también que el ángel es más que el hombre porque entiende.

En su anhelo de saber, en su prurito enciclopédico, sor Juana se emparenta con Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) y ambos anuncian desarrollos que se intensificarán en el siglo XVIII, en que el campo de la poesía viene a ser como el término de un ciclo de gran importancia. Podría decirse que es el broche de oro que cierra la lírica de los siglos XVI y XVII que, empezando en Garcilaso de la Vega (1501-1536), tiene su fin, en la península española, con la muerte de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681).

La poesía de los Siglos de Oro, una de las de más alta calidad de la Europa renacentista y con la que sólo puede rivalizar la poesía de Inglaterra, tiene su esplendoroso crepúsculo en el continente americano porque en los últimos años del siglo XVII no hay, en todo el vasto imperio español, un poeta de la grandeza de sor Juana Inés de la Cruz.

Es poetisa lírica, religiosa y aún filosófica, si de ello le damos crédito por su Primero sueño. Dice sor Juana: “No me acuerdo haber escrito por mi gusto, sino un papelito que llaman Primero sueño”.

En su hondura, en su verdad tierna y palpitante, en el arrebato de su confesión, sólo puede comparársele con la monja portuguesa Mariana Alcoforado.

Pertenece a esa corriente que inunda a España, que crece y desborda con don Luis de Góngora y cuyas aguas revueltas ilumina todavía don Pedro Calderón de la Barca. No es una simple imitadora, ni puede tachársele como por tanto tiempo lo hicieron los críticos académicos mexicanos y extranjeros, de una gongorista más, oscura y retórica.

Aprendió, principalmente de Góngora, todas las galas de la nueva poesía; la línea atrevida y elegante, la riqueza y valentía del léxico, el gusto del verso fulgurante. Pero a todo ello agregaba gracia y mística propias, modulaciones de ternura, perfiles insinuantes y también toques de fino humor.

Entre sus poesías tienen primer lugar las que cantan efusiones y sentimientos amorosos. Con delicada sutileza matiza la expresión de sus emociones, encuentra imágenes de conmovedora ternura, sigue con perspicacia los vuelcos del corazón y tiene una lucidez psicológica que no aprendió de nadie, porque no era frecuente en la poesía de aquella época.

En su hondura, en su verdad tierna y palpitante, en el arrebato de su confesión, sólo puede comparársele con la monja portuguesa Mariana Alcoforado (1640-1723), que abrió el camino al estudio de las pasiones.

En ambas religiosas, en Mariana yendo mucho más lejos que en Juana, la vida aporta las experiencias que alimentan y explican todos esos distingos, esas adivinaciones y esas sorpresas del alma que medita sobre el amor.

Algunas de sus redondillas y endechas, de sus sonetos y liras, tienen indudablemente un sitio muy bien ganado entre los más grandes poetas de lengua española.

El escritor, filólogo y crítico español Menéndez Pelayo alaba su “expresión feliz y única”, y declara que sus versos son “de los más suaves y delicados que han salido de la pluma de una mujer”.

Y esos versos y todo el acervo bibliográfico de sor Juana fue declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), como Memoria del Mundo: patrimonio impreso de los siglos XVII al XXI, de la Universidad del Claustro de Sor Juana A.C.

Los investigadores y amantes de la obra de sor Juana y lo que se ha escrito sobre ella podremos hacer honor a una de sus frases, con referencia a su obra: “No estudio para saber más, sino para ignorar menos”.

El Registro de la Memoria del Mundo es una lista del patrimonio documental aprobada por el Comité Consultivo Internacional y ratificada por el director general de la Unesco, y que es considerada de importancia internacional.

Forman parte de esta declaración en primer lugar toda la obra de sor Juana, impresos antiguos y actuales sobre su vida y obra que al ser distinguidos con la denominación de “Memoria del Mundo” tienen como objetivo facilitar la preservación mediante las técnicas más adecuadas; también contarán con acceso universal por medio de copias digitalizadas y catálogos que estarán disponibles en Internet.

Por lo tanto los investigadores y amantes de la obra de sor Juana y lo que se ha escrito sobre ella podremos hacer honor a una de sus frases, con referencia a su obra: “No estudio para saber más, sino para ignorar menos”.

Washington Daniel Gorosito Pérez
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