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Sobre el verbo emigrar
(Carta abierta a los venezolanos)

viernes 19 de julio de 2019
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Sobre el verbo emigrar, por Sol Linares
Ser venezolano es algo que se entiende más desde otras orillas.
A Lota

Sólo los imbéciles pueden llegar a burlarse de un venezolano que se va. Tantas cosas hay para ofender, para escarnecer, y eligen el instante en que un venezolano tira de la manilla, observa a sus hijos, la casa, a su país en cada cosa, cierra la puerta y lo deja todo. Hay que ser muy tonto para encontrar risa en esto, o estar reposando cómodamente en algún sillón de su casa o en alguna corriente de pensamiento que le favorezca. Quien lo hace se burla también de los saharauis, mexicanos, africanos, chinos, peruanos, sirios, colombianos, chilenos, coreanos, etc., que hoy o en otro momento histórico han cerrado los ojos para imaginar los paisajes de las tierras que han dejado atrás. Se ríen a carcajadas de venezolanos que dejan su profesión para limpiar pocetas, barrer y servir de meseros en restaurantes de otros países. Pero con esas carcajadas también ríen de todos los meseros del mundo, de todos los barrenderos, y de todos los que limpian los sanitarios de este y otro lugar. ¿Quedarán garzas rezagadas a la orilla de algún charco, cascando sus picos muertas de risa, cuando la bandada decide levantar vuelo hacia otros parajes? ¿Cómo es la risa cínica de un salmón?

Sólo encontré esta forma de despedirme de cada venezolano que recoge lo mínimo y atraviesa las fronteras.

Siempre he dudado de lo que dice la mayoría, entre quienes se prestan pasiones para mezclar mentiras con verdades y hacer con el resultado carnadas de cualquier especie. Voy en sentido contrario a donde se dirigen los desesperados y los convencidos. Por eso digo: no es mejor el que se queda, ni más patriota, ni más valiente, ni más bueno. No hay forma de medir tales cosas. Ni existe un termómetro moral para trazar una división entre los buenos y los malos. Habría que empezar a escupir la memoria de Andrés Bello o Miranda, por ejemplo, con el riesgo de que la saliva se devuelva y nos caiga en las narices.

Escribo este verbo en tono íntimo violando mis pautas de la ficción. Sólo encontré esta forma de despedirme de cada venezolano que recoge lo mínimo y atraviesa las fronteras. Respeto y admiro a quienes le agregan más incertidumbre a la incertidumbre de la vida. Cuando en una maleta cabe todo lo que alguien es, entonces está listo para marcharse.

¿Que qué te llevas?, te preguntas. Pues no, no te llevas el país, pero sí la identidad. No te llevas a la familia, pero sí la memoria repleta de gente. No te llevas la casa, pero nadie ha dicho que sea la única casa que puedas llegar a tener, ni el único lugar posible. No te llevas la biblioteca, pero sí la lengua materna. No te llevas el Caribe, pero sí su temperamento. No te llevas un empleo, pero sí lo que has aprendido. No te llevas los amores, pero sí el corazón. No te llevas las matitas, pero sí las manos para sembrar otras. No te llevas a los amigos, pero nadie hay mejor que un venezolano para hacerlos. No te llevas el carro, la bici, la moto, pero sí los pies. En la sangre te llevas otras cosas menos pesadas e igual de importantes: el ADN, la pasión y el ímpetu de los libertadores. A la hora de decir tu lugar de origen, no agaches la cabeza, ni titubees, porque no eres el primero en emigrar ni serás el último. Levanta la cara; muchos hemos hospedado gente de otras partes corriendo atemorizados por otros terrores.

¿Qué no será fácil? Nacer no lo es, y en adelante nada lo ha sido, y aquí estás. ¿Que dejas todo lo que has construido? Bueno, el mundo sería bien feo si Eiffel se hubiera llevado a la tumba su torre, o Cervantes al Quijote, o Van Gogh la noche estrellada, o Picasso su Guernica, o Vivaldi sus cuatro estaciones, o Clarice Lispector la manzana en lo oscuro, o Saint-Exupéry el principito, o Pasteur la penicilina, o Beethoven la novena, o Botero a sus gordas, o Rafael Bolívar el alma llanera, o los hermanos Wright los aviones, o Marlon Brando el padrino, o los hermanos Lumière el cinematógrafo, o Stephen Hawking la historia del tiempo, o George Harrison la canción Here’s Comes the Sun, o Chaplin su Charlot, o Julie Andrews su Mary Poppins, o Paul Landowski el Cristo de Corcovado, o si se hubiera hundido con Virginia Wolf Las olas en el río Ouse donde se ahogó. Nadie se lleva nada, y es tan definitivo esto que, lamentablemente, ni Oppenheimer pudo llevarse consigo la bomba atómica.

Tengo algo que Nietzsche no tuvo: una hija. Mejor desearte lo que desearía para ella: que si regresas, seas más bello y más sabio.

Estando afuera, el país se crece en uno. El himno nacional que cantábamos en la escuela mezclando versos de Vicente Salias con bostezos, te hará ensanchar el pecho. Hazlo bien. Reafírmate. Aprende lo mejor de otras sociedades para que en algún momento nos ayudes a mejorar, y enseña lo mejor de la nuestra para que otros se transformen. Ser venezolano es algo que se entiende más desde otras orillas.

No te deseo, como Nietzsche a sus pocos amigos, el sufrimiento, el abandono, la enfermedad, el desprecio. Él creía que de esta forma se revela el valor de alguien, y que vivir peligrosamente cultiva la existencia y el gozo. No. Yo no tengo la agudeza de Nietzsche ni su capacidad de pensar. Sin embargo, tengo algo que Nietzsche no tuvo: una hija. Mejor desearte lo que desearía para ella: que si regresas, seas más bello y más sabio.

Sol Linares
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