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Maracaibo
Una crónica personal

viernes 9 de agosto de 2019
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Mercado de Maracaibo (1960)
Quizás la palabra que mejor defina el espíritu de Maracaibo y de quienes la habitan sea la palabra exceso. Fotografía: Mercado de Maracaibo (1960). Archivo Fotografía Urbana

Aunque nací en Maracaibo, suelo perderme en sus calles. La ciudad que habité en mi infancia se ha desparramado en barrios, calles y avenidas que hoy que no logro reconocer. Los antiguos nombres de sus espacios transitables en mi juventud, que homenajeaban a héroes regionales o figuras notables de la ciencia y de la cultura, fueron cambiados por números. No me reconozco en ese nuevo tablero. Aún permanecen algunos nombres de lugares emblemáticos a los que siempre regreso, que identifican para mí la ciudad: Bella Vista, la Lago, Cecilio Acosta, Tierra Negra, 5 de Julio, la plaza Baralt, Ziruma, Los Haticos, la plaza Urdaneta. Esos son los lugares de mi memoria. Allí estaban los cines, la universidad, las casas de amigos o de profesores, los sitios de paseo. Después de las cinco de la tarde, al ocultarse el sol se podía caminar por las anchas veredas de sus calles o avenidas sin temor de ser asaltado.

Uno de los paseos que hacía con frecuencia era ir con mi madre a comprar telas, ropas o utensilios para la casa a lo que era el centro de la ciudad: la plaza Baralt.

Maracaibo es una ciudad abierta, de un horizonte tan amplio que parece ilimitado. De niño me divertía mirar su azul claro de cielo, siempre despejado y ocasionalmente surcado por vuelos de aviones. Mi rutina se rompía cuando por alguna circunstancia de despedida de alguien de la familia me llevaban al viejo aeropuerto Grano de Oro. Amaba ver despegar las grandes naves comerciales. El sol radiante y el intenso calor en ciertos lugares son mitigados por un viento muy agradable. Es la cercanía del lago, me dijo una vez un amigo. Un acontecimiento que viví de niño fue acompañar a mi padre en algunas ocasiones a la zona portuaria a comprar mercancías en las piraguas. Me impresionaba la inestabilidad de esas embarcaciones pero también la majestuosidad y esplendor del lago. Muchas veces, antes de que fuera construido el puente General Rafael Urdaneta, papá me levantaba muy temprano, casi en la madrugada, porque teníamos que hacer la travesía en ferry para tomar la carretera que nos llevaría a los Andes. Eran paseos planificados con días de antelación, que me hacían soñar pues nos llevaban por todo el sur del lago, atravesando pueblos petroleros, caños o pequeñas comarcas agrícolas y frágiles puentes (Cabimas, Lagunillas, Caja Seca, El Vigía, etc.), recorriendo un paisaje que cambiaba drásticamente de la aridez al verdor y del calor al frío, a medida que nos aproximábamos a las montañas y en particular a Tovar, un maravilloso pueblo enclavado en la cordillera andina, donde estudiaba una de mis hermanas.

Cuando Maracaibo comenzó a desplegarse más allá de los límites de mi infancia y mi juventud, se me tornó una ciudad hostil. Quizás yo había crecido demasiado al resguardo de mis padres y de una familia de acentuada tradición rural. Mi madre y mi padre eran honesta gente del campo y trajeron a Maracaibo sus hábitos de protección y de cuidados rurales. La ciudad que ellos comenzaron a vivir en el año 1951, cuando ya habían criado, a la anchura de las granjas de mi padre (Haticos y Tasajeras), a varios de sus hijos, era aún una ciudad que apenas comenzaba a desarrollarse. Fui el primero de la familia en nacer en Maracaibo. La casa de mi nacimiento e infancia, ubicada en Haticos por debajo (pues se habla también de Haticos por arriba), estaba apenas a un kilómetro de distancia del lago. Era una casona con corredores y amplios patios en los que crecían grandes árboles y varias gallinas se disputaban el maíz que les dispensábamos y algunos insectos caseros. Uno de los paseos que hacía con frecuencia era ir con mi madre a comprar telas, ropas o utensilios para la casa a lo que era el centro de la ciudad: la plaza Baralt. Me divertía ver la diversidad de mercancías y de juguetes pero también la fastuosidad de algunos monumentos y edificaciones antiguas. Era un gran placer caminar por algunas de esas céntricas y estrechas calles plagadas de comercios informales pero que conducían también a lujosas tiendas de ropa, de juguetes o de artefactos para la casa. Tenía la expectativa de que mamá pudiera comprarme algo: un juguete o en su defecto algún pantalón, camisa o zapatos que pudiera lucir pronto. Finalmente, mamá solía regalarme algo que calmaba mi solicitud de niño. Cerca podía ver en el puerto los grandes buques que atravesaban el lago. Igualmente en ocasiones papá, que era un próspero criador de aves de corral, quizás el primero que inició esta producción a gran escala en el estado Zulia, me llevaba a hacer sus periplos por la ciudad. Visitábamos los principales mercados, entre ellos el de Santa Rosalía, que desplegaba el variopinto colorido de sus verduras y mercaderías. Más tarde, al desocuparse de sus transacciones comerciales, iríamos a algún confortable y moderno supermercado donde papá podía comprar todo tipo de productos importados: carnes, quesos europeos y una variada charcutería. Igualmente podía resultar premiado con la compra de caramelos o chocolates para mí y para mis hermanos. Después, cuando estudiaba en la universidad, solía visitar a una de mis profesoras que vivía en una zona relativamente alta, aledaña a un sector conocido como El Milagro, cercano al lago. Tres cosas me impresionaban: la vista del lago, el viento y las bellas y antiguas mansiones próximas al edificio en que vivía la poeta y profesora amiga. Esas majestuosas casonas, vestigios de los mejores años del siglo XIX, algunas de varios pisos y de una belleza sin igual, implacablemente fueron destruidas.

Aunque me fui de Maracaibo al culminar mi carrera universitaria, siempre regreso a ella, porque después de todo Maracaibo es un sentimiento. Un sentimiento un poco pegajoso quizás como su calor, como su música, como sus gaitas. Ya lo dice la letra de una de éstas: “Cuando voy a Maracaibo y comienzo a pasar el puente / siento una emoción tan grande / que se me nubla la mente y se me hace un nudo en la garganta…”. Es como una emoción compartida. Todo en Maracaibo parece resolverse por la vía sentimental, emotiva, en la que se despliegan pasiones que unen o separan. En muchas ocasiones la alegría y la rabia no tienen contenciones, se desbordan.

La soledad es ciertamente un sentimiento difícil. El maracucho no lo soporta.

El maracucho, por lo general, no parece conocer los límites. Y si los conoce los transgrede. La cordialidad se confunde con la amistad y ésta suele ser invasiva. Tampoco las normas de convivencia, los mínimos protocolos de coexistencia civil o ciudadana suelen ser muy respetados pues todos somos “primos” o “hermanos”. El abuso puede tener plena legitimidad urbana. Quizás se trate de primitivos rasgos que permanecen en la memoria colectiva. Todo está impregnado del sentimiento de la ciudad, que es ella misma pura emoción. Se es maracucho o no se es nada. Se puede conocer el mundo, las más grandes y hermosas ciudades, pero “como Maracaibo no hay dos”. El maracucho siempre desea regresar a su ciudad. Se viaja pero abrigamos el sentimiento del regreso a la ciudad originaria y original, a esa madre única e imprescindible. Cuando existían los periódicos en papel, lo primero que leíamos al despertar en la mañana eran las páginas amarillas. Por alguna razón psíquica nos gusta leer los crímenes pasionales, los asesinatos por celos, por venganza, por rencillas entre amigos, primos o hermanos. Pero también hay un particular e invencionero sentido del humor que nutriéndose de lo trágico, de lo cotidiano, quisiera como superarlo, desplazándose entre lo cómico, lo sarcástico y lo paródico. El maracucho todo puede convertirlo en chiste, desde lo más grave hasta lo más sublime. Ese sentido del humor, a veces lindante con lo grotesco, es como el calor: puede irritarnos.

La soledad es ciertamente un sentimiento difícil. El maracucho no lo soporta. Ama vivir en familia o en grupo, rodeado de amigos o allegados. Somos tribales, me decía un amigo. No se puede estar solo en Maracaibo. Hay que estar rodeado como si arrastráramos el recuerdo de una tribu en la que nacimos. Las viejas familias eran muy numerosas. Se nacía rodeado de hermanos y hermanas, tíos y tías y de una larga lista de primos y primas a los que pronto se anexaban sobrinos y madrinas y padrinos. El sentimiento de la familia matriarcal gravita siempre en la memoria. El padre es importante, pero el gobierno de la casa corresponde a la madre o a las mujeres que la sustituyen.

Quizás la palabra que mejor defina el espíritu de esta ciudad y de quienes la habitan sea la palabra exceso. Todo en Maracaibo tiene un carácter tan hiperbólico que deviene irreal, casi fantástico, tal como ocurre en la pintura de varios de sus artistas contemporáneos: Ángel Peña, Diego Barboza o Henry Bermúdez. En sus obras, como en la vida del zuliano, conviven mito, realidad y magia, sueño y cotidianidad, lo lúdico y lo exorbitante. En efecto, la ciudad siempre parece desbordarse a sí misma, rompiendo todos los límites, envolviéndonos en su desmesura. Todo es excesivo: el calor, los colores, la cordialidad, la comida, los cuerpos de las personas, el sentido del humor. El lenguaje mismo está marcado por esta desmesura. Hay una manera de hablar en “maracucho”, lo que implica una fonética, un tono y un léxico particulares. Podemos decir por lo tanto que Maracaibo tiene en esta exuberancia, en esta gestualidad excéntrica, su lenguaje, su modo de comunicación privilegiado. Es también la ciudad que está en ese discurso irreverente y dislocado de los textos de César Chirinos, un insólito narrador de la idiosincrasia y la irreverente verbalidad maracuchas.

Probablemente lo que corresponda a la fisonomía moderna de Maracaibo deba algo o mucho a la presencia de las compañías petroleras norteamericanas. De hecho es poco de la antigua arquitectura lo que sobrevivió a la piqueta de la modernización: algunas casas de El Saladillo, el barrio El Empedrado que rodea la iglesia de Santa Lucía, la reconstruida y colorida calle Carabobo, edificaciones propias del siglo XIX como la Casa Morales, la reconstruida Catedral ubicada frente a la plaza Bolívar, el palacio de Los Cóndores (sede del gobierno regional), el teatro Baralt, la basílica de La Chinita, el antiguo mercado estilo art nouveau que es hoy sede del Museo Lía Bermúdez, y algunas iglesias, estatuas o monumentos históricos. Son sólo algunos que recuerdo, pero sé que lamentablemente no es abundante la arquitectura caribeña o histórica que refiera la identidad de una ciudad que a veces parece olvidar su origen lacustre, su condición caribeña y la estirpe guerrera de sus primeros habitantes, esos mismos que secularmente han sido excluidos pero que forman parte de su diverso paisaje étnico y cultural. En efecto, entre lo propio y lo extraño o foráneo, Maracaibo ha delineado su perfil identitario. Una identidad mestiza, sincrética, en la que históricamente han intervenido legados e influencias de distinta procedencia: indígenas, hispánicas, africanas, francesas, alemanas, inglesas, holandesas, de las islas vecinas del Caribe, etc. Se puede ver en la música. La gaita es un producto heterogéneo pues es resultado de la fusión de diversos ritmos musicales. Los programas radiales que escuchaba en mi infancia y juventud transmitían tanta música del llano como mexicana o colombiana. El cine y en general la cultura mexicana han dejado también su impronta en la cultura zuliana y más ampliamente del venezolano. “Somos muy mexicanos”, me dijo una vez José Balza. Es verdad: somos latinoamericanos, compartimos lenguajes, gustos, pasiones y algunos rencores.

Hoy, esa “tierra del sol amada” que cantaran los viejos poetas como Rafael María Baralt o Udón Pérez es como una caricatura de la bella y solariega ciudad que conocí en mi juventud.

En mejores momentos de nuestra economía petrolera, mi primera visita a Miami estuvo impregnada de un cierto prejuicio debido al afán consumista de tantos maracuchos que peregrinaban a ella como a un santuario de compras. Pero poco a poco el esplendor moderno de Miami, en la que algunos de sus hospitalarios lugares me recordaban al trópico, me fue seduciendo. Reconocí una ciudad cercana al mar que en algunos rasgos, intuí, se asemejaba a Maracaibo. Ahora pienso que la Maracaibo moderna ha crecido bajo la notable influencia norteamericana. En efecto, muchos maracuchos de amplios recursos económicos solían y aún suelen tener una segunda residencia en Miami y hacían allí vida de vacaciones. Hoy, dada la adversa realidad económica, personas de la clase media que iban de compras o a vacacionar van en solicitud de algún empleo que les permita tener una cierta calidad de vida que ya Maracaibo no puede brindar.

Hoy, esa “tierra del sol amada” que cantaran los viejos poetas como Rafael María Baralt o Udón Pérez es como una caricatura de la bella y solariega ciudad que conocí en mi juventud y que vi desplegarse en su modernidad, en sus amplias y cuidadas calles y avenidas principales, en sus lujosos malls o centros comerciales. Ciudad próspera debido a su pujanza económica, petrolera, a su vigor cultural, luce ahora un tanto devastada, como consecuencia de la terrible crisis económica, social y política que padece todo el país, pero que en Maracaibo parece ensañarse reflejando el particular sentido de ineficiencia y de ingobernabilidad por parte de las autoridades regionales y nacionales.

Douglas Bohórquez
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