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Voy a esconderme en el lenguaje… porque tengo miedo

viernes 27 de septiembre de 2019
Alejandra Pizarnik
La obra poética de Pizarnik es particularmente hermética.
Temo dejar de ser
la que nunca fui.

Alejandra Pizarnik

Cualquier lector asiduo recordará a los poetas malditos, los grandes renovadores de la literatura francesa a los que no les bastó escribir casi celestialmente (claro, el cielo de ellos era diferente) sino que trascendieron y llevaron la poesía a su vida, trastocando los valores estéticos y éticos establecidos tanto en la literatura como en la sociedad, incluso apostando lo poco que tienen por algo o alguien que no se sabe muy bien qué es pero que impetuosamente se desea.

Ahora bien, si se tratase de incluir en esta lista a una poeta causaría consternación, pues ¿qué escritoras recordamos que transmuten los valores éticos de la sociedad y a su vez los valores estéticos de la literatura? Sin duda hay un sinnúmero de ejemplos para un caso u otro, la loable Mary Astell y la vehemente Simone de Beauvoir para el primer caso, y Mary Shelley y Virginia Woolf para el segundo. Sin embargo, encontrar una escritora que se impregne, que se empape de estas dos corrientes, es particularmente difícil. La dificultad es aún mayor cuando se busca una poeta que, siguiendo a los poètes maudits, crea que la vida misma es una obra literaria, que la vida es el gran poema que jamás se podrá escribir, y además que, en el momento de escribir, sea indiscernible la lucidez de la fantasía, el hosco mundo ordinario y el metafísico mundo artístico.

Pizarnik fue la inteligente de la familia, la aplicada para los estudios; sin embargo, también era la solitaria.

Una poeta que cumple estas condiciones es Alejandra Pizarnik, considerada por muchos de manera unánime una poeta maldita. A diferencia de lo que se podría deducir de los dos primeros párrafos de este escrito, no hablaremos de la condición de Pizarnik como poeta maldita, sino de su condición como escritora ajena a toda clasificación literaria y, además, de su función como dedicada lectora de los grandes poetas, como es bien sabido, al punto de hacer casi una labor exegética de los mismos.

Para empezar, Pizarnik era hija de inmigrantes rusos que se establecieron en la Argentina. Su infancia y sobre todo su juventud iba a ser particularmente influyente en su obra, pues en la adolescencia padeció un acné que afectaría su autoestima y, por otro lado, desde la infancia tenía tendencia a subir de peso, y esta inconformidad con su peso la llevaría a tomar anfetaminas durante el resto de su vida.

De pequeña Pizarnik fue la inteligente de la familia, la aplicada para los estudios; sin embargo, también era la solitaria, la timorata, la chica joven que arrastraba sus días leyendo a Sartre, a Faulkner, a Rimbaud, y dejándose arrastrar al fondo, a la quintaescencia del surrealismo, pero quedándose allí disfrutando cada segundo en el que permanecía en este mundo que nunca le fue ajeno. Por otro lado, su hermana fue la chica linda y que daba orgullo presentar a la familia.

La obra poética de Pizarnik es particularmente hermética en virtud de que algunos pasajes son enigmáticos, incluso algunas frases son oxímoron (verbigracia La danza inmóvil) y sugieren al lector esforzarse por darle un sentido. Lo increíble es que, en un par de casos, como admite Alejandra, los poemas y las frases carecen de sentido; sin embargo, su obra no es por esto menos cautivante.

Una entre las muchas razones por las que la obra de Pizarnik merece ser loable es porque ella es consciente de que el lenguaje tiene un poder, y durante toda su obra se encuentra un permanente esfuerzo por desentrañar los misterios del lenguaje y por presentar los alcances a los que es capaz de llegar. Tal vez este cautivarse ante el lenguaje fue lo que la llevó a cambiarse de la Facultad de Filosofía a la de Literatura. Pese a esto, los tintes filosóficos de Alejandra se encuentran, aunque no de manera intensiva, a lo largo de su obra.

Aunque su relación fue mucho más estrecha con el psicoanálisis que con la filosofía. De hecho, a lo largo de su vida se sometió a terapias psicoanalistas por diversos motivos. De manera inicial sus terapias fueron por buscar la causa de su tartamudez. Mucho después, sus terapias fueron para alejarla de la idea del suicidio tan latente en toda su vida; sin embargo, lejos de ayudarla Pizarnik intentó suicidarse dos veces. La vez tercera, en 1972, fue la que pondría fin a su vida.

En la última parte de su obra se encuentra una poesía escrita casi en prosa, pero que declama y pide un auxilio tácito.

La vida de Pizarnik es congruente con su obra; a lo largo de sus primeros poemas rondan las preguntas: ¿por qué sufro un calvario inmerecido?, ¿por qué tengo una necesidad física de soledad?, ¿por qué hacer fila para morir y alargar esta inmerecida existencia? En la última parte de su obra, que escribió mientras estaba internada en una clínica psiquiátrica debido a su segundo intento de suicidio, se encuentra una poesía escrita casi en prosa, pero que declama y pide un auxilio tácito, una poesía de otra parte en donde el surrealismo rompe sus límites.

De manera que este pequeño escrito es una exhortación a acercarse a la obra de esta gran poeta y descubrir en su obra la única patria a la que ella siempre perteneció, a saber: el lenguaje. Quiero finalizar citando una referencia de Octavio Paz a la obra de Pizarnik en el prólogo a Árbol de Diana: “(La obra de Alejandra es) cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas”.

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