“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Entrevisiones de Berlín

viernes 18 de octubre de 2019
Berlín
Berlín es ahora, como todo el país, vanguardia de Europa. Fotografía: Stefan Widua • Unsplash
A Sylvia Schafhirt y Ralph Pomererig

I. La llegada

Vine a Berlín a ver a mi hijo. Cuando llegamos y el avión se detuvo en tierra, noté a su madre muy conmovida. No sé cuándo volveremos a verlo, me dijo. Dejábamos un país sumido en una profunda crisis económica, social y política. Eran las 9:30 de la mañana, hora local, de un aún soleado día de otoño. ¿Cómo son los alemanes?, ¿cómo será Berlín?, me estuve preguntando intermitentemente, desde el momento que supe que vendría a esta ciudad. Sólo había visto fotografías y leído algunas informaciones turísticas. En el aeropuerto nos espera nuestro hijo Gabriel. Tomamos un bus y luego un tranvía. Nos alojamos en el apartamento que recién rentaba nuestro hijo, ubicado en un sector de clase media: Karl-Lade-Straße. Debemos quitarnos los zapatos antes de entrar. Es una costumbre alemana, me observa mi hijo. Desde este sexto piso donde estamos, la ciudad es apenas un pedazo de cielo recortado entre medianas construcciones residenciales. No hay ascensor. Desciendo las escaleras para explorar la zona. Cerca, una panadería y pastelería de tradición artesanal, un supermercado de productos rusos, algún restaurante vietnamita y un tranvía que hace conexiones con otros sectores de la ciudad. Desde nuestra habitación se escucha levemente el mecánico traquetear de su ir y venir cotidiano.

Tengo la impresión de que la modernidad de Berlín parece querer olvidar el horror del nazismo, la tragedia que fueron sus dos catastróficas guerras mundiales.

He venido aquí como un extranjero más. A los dos días de mi llegada sólo conozco algunas calles y ya sé que la ciudad es diferente a como la imaginé. Durante mucho tiempo había acariciado la posibilidad de conocerla. Me hago muchas preguntas. Ralph, un amigo alemán de mi hijo Gabriel, se ofrece para llevarnos a explorarla. Recorremos diversas calles y lugares. Nos encaminamos hacia las grandes estaciones de metro, nos hace ver las construcciones modernas y monumentales, las boutiques de lujo, las pocas iglesias antiguas de culto protestante que quedan, algunos bellos puentes, algunas grandes tiendas y museos cerca de la famosa Alexanderplatz, pero también nos muestra personas pobres que sobreviven a la intemperie en ciertas zonas en condiciones poco deseables. Observo que Berlín es una ciudad de muchos rostros.

Tengo la impresión de que la modernidad de Berlín parece querer olvidar el horror del nazismo, la tragedia que fueron sus dos catastróficas guerras mundiales. En los círculos de allegados y amigos se evade un poco este tema, me confiesa Gabriel. Pocos edificios antiguos quedan de lo que debió ser antes una hermosa capital europea. Aún lo es, pero con notorias transformaciones. Permanecen restos del viejo muro que dividía en dos la ciudad. La arquitectura original fue en gran medida devastada y en su lugar vemos ahora una ciudad moderna, que pareciera querer ocultar sus heridas y exhibir más bien su florecimiento y el extraordinario vigor y capacidad económica, técnica y científica de la Alemania actual. Tengo la impresión de que su arquitectura no es, en términos de antigüedad, tan majestuosa y homogénea como la de París, Venecia, Córdoba o la de otras ciudades europeas que lograron escapar, aunque parcialmente en muchos casos, de la destrucción bélica, y mantienen importantes cascos históricos. Berlín es ahora, como todo el país, vanguardia de Europa.

Algunos edificios modernos son verdaderamente hermosos, de una audacia arquitectónica extraordinaria, como es el caso de la Filarmónica de Berlín, ubicada en la Herbert-von-Karajan, la Cúpula del Reichstag o la sucursal del Banco DZ construido por el arquitecto Frank Gehry, situado en Pariser Platz. En las calles veo hermosas mujeres alemanas sonrientes, cordiales. Sus rostros revelan alegría. En el metro en el que vamos, algunos jóvenes con botellas de cervezas en las manos conversan entre sí. Todo me indica que pueden ser inmigrantes árabes. A veces, en un tono de voz un tanto agresivo, los hemos visto discutir entre ellos. No guardan la discreción que otros mantienen. Por sus rostros y aspecto, es igualmente notorio que no son alemanes. Viendo esta jovialidad y viva diversidad étnica y cultural de Berlín, pienso que la desesperanza que sucedió a las guerras mundiales ha dado paso a una nueva manera de afrontar la vida. Creo que el modo de encarar la existencia de parte de sus habitantes, como lo testimonian el arte y la literatura contemporáneos, fue transformado o tocado sensiblemente y una actitud más positiva habita en el corazón de estas mujeres alemanas y jóvenes venidos desde distintos lugares del mundo que se incorporan a la dinámica de la ciudad. Sin embargo una nueva amenaza asedia la paz y la tranquilidad cotidianas: el terrorismo. Nadie está a salvo. La inseguridad se ha vuelto global. A pesar de todo, cientos de jóvenes como mi hijo llegan diariamente a Berlín en busca de un mejor porvenir. Vienen atraídos por el espíritu de emprendimiento y de superación que ofrece la ciudad. Dejan atrás sus familias, sus países sumidos en guerras o en severas crisis económicas, políticas o sociales.

Hoy como ayer llueve sobre Berlín. Hace apenas cinco días que llegamos. Ralph llega a buscarnos para un nuevo recorrido. Es un hombre de más de cincuenta años y conoce perfectamente la ciudad. Nació y ha vivido aquí toda su vida. Es, como buen alemán, estrictamente puntual y correcto, pero también amable y de un humor alegre y cordial. Desea aprender español. Pregunta por el significado de algunas palabras y frases. También como muchos alemanes ama el sur de España. De nuevo tomamos el tranvía que siempre llega puntualmente. Hermosa, pero con marcas de su antigua división (capitalista/comunista), Berlín no tiene ahora ningún pudor en reconocerse a la avanzada del capitalismo mundial. Desde el tranvía observo los edificios de grandes empresas y bancos, así como lujosas tiendas comerciales ubicadas en el distrito de Mitte. Sólo algunas calles y construcciones antiguas me recuerdan que estoy en la vieja Europa.

Pronto constato que Kreuzberg es Berlín pero también algo más. No sólo más restaurantes, más bares, más librerías, más clubes nocturnos, más arte callejero, sino también un cierto espíritu transgresivo, ¿antisistema?

De nuevo amanece en Berlín. Hace frío. Desde que llegamos la temperatura desciende lentamente a medida que se aproxima el invierno. Sin embargo me aventuro a salir solo y recorrer algunas calles cercanas al apartamento. No tengo buen sentido de la orientación y temo perderme. Es un fantasma que no me abandona desde mi niñez. A medida que avanzo encuentro calles apartadas de los ruidosos lugares céntricos de la ciudad. Me persiguen las preguntas. ¿Cuáles serán los signos más reveladores de Berlín? ¿Podré conocerlos? Sé que la historia de la ciudad es muy antigua y seductora: guerras, luchas imperiales y de poder, conflictos ideológicos, demarcación de fronteras. Me acerco a una panadería. Desde afuera un gran ventanal me permite observar el milenario oficio de hacer pan. Otro ventanal me permite ver la exquisita variedad de su pastelería. Decido entrar e intentar comprar un pan. Mi básico conocimiento del idioma sólo me permite dar los buenos días, por lo que con un dedo apunto hacia el pan exhibido que deseo comprar. Pago con unas monedas. La bella joven que me atiende me devuelve una esplendorosa sonrisa. Continúo mi paseo y más adelante me encuentro un gran supermercado que ofrece vinos y otras exquisiteces. Evado entrar. Podría quedarme allí horas y más horas. Persisto en mi exploración. Pienso en Humboldt, explorador de América. Me atrae la belleza de algunos cafés, bares, restaurantes, iglesias o edificaciones que preservan ciertos detalles o formas antiguas.

Busco más bien el pequeño y cotidiano transcurrir que se puede captar en los bares, en los cafés o pequeños restaurantes asiáticos. Llama mi atención un lugar destinado a acoger refugiados. Me acerco. Es atendido por una señora; me gustaría hacerle preguntas sobre la dinámica de este lugar pero no sé hablar alemán. Me agradan estas calles en las que percibo la vida tranquila y amable de una gran ciudad. Se distingue un poco a lo lejos la cúpula de una iglesia. Camino hacia ella y al llegar observo que su arquitectura denota una cierta antigüedad. Es una hermosa iglesia protestante. Quiero entrar pero está cerrada. Me limito a ver lo que ocurre a mi alrededor: mujeres u hombres solos que sacan sus perros a pasear o cumplen sus labores cotidianas. Los he visto también, en una edad que excede los sesenta años, andar en sus bicicletas. Escucho cerca una música. Camino para percibir mejor el sonido. Desde una ventana abierta veo a una bella joven que ensaya una partitura en su violonchelo. Aunque amo curiosear por estas calles, miro mi reloj y sé que debo regresar.

 

II. Kreuzberg

Desde hace días oigo hablar de Kreuzberg. Su nombre llama mi atención. Me provoca extrañas e interesantes resonancias. Busco su significado. “Kreuz” en alemán significa “cruz” y “berg” significa “montaña”. Al parecer se trata de un barrio alternativo de Berlín. A Gabriel no parece interesarle mucho. Es descuidado y peligroso, me dice. Hay muchos turcos, agrega. Pregunto a Ralph, que acaba de llegar al apartamento para un nuevo recorrido por Berlín. Es interesante, señala. Propongo que lo visitemos. El clima es amable. He tenido alguna información acerca de su vida bohemia e intelectual. Ralph, que vivió allí, me dice que antiguamente fue un barrio obrero, que recibió a muchos inmigrantes, especialmente turcos, lo que hace que se le conozca como “la pequeña Estambul de Alemania”. La primera impresión que tengo cuando salimos del metro es la de ser un lugar desenfadado. Los grafitis en las paredes y una alegre vivacidad en las calles me lo confirman. Pronto constato que Kreuzberg es Berlín pero también algo más. No sólo más restaurantes, más bares, más librerías, más clubes nocturnos, más arte callejero, sino también un cierto espíritu transgresivo, ¿antisistema? Viene a mí la impresión de que todo aquí quiere ser diferente: un ambiente urbano más relajado, un estilo de vida más liberal y desprejuiciado, menos construcciones monumentales.

Las librerías de ocasión alternan espacios con confiterías, ventas de discos de vinilo, cafés y restaurantes de comida árabe o turca, pero también mexicanos, vietnamitas, chinos, hindúes, con una diversidad como no he visto en otros sectores de Berlín. Veo también en las calles personas de distintas nacionalidades: argelinos, turcos, tunecinos que se reconocen por sus vestimentas, particularmente evidente en el caso de las mujeres. También, por sus palabras, me doy cuenta de la presencia de españoles o latinoamericanos. ¿Por qué me seduce Kreuzberg?, ¿qué me revela? Creo que se respira en sus calles una atmósfera de vida que pudiera llamar “poética”, es decir poco o nada convencional, alegre, un cierto espíritu osado. Cualidades que pudiera adscribir a una cierta condición juvenil si se entiende por tal no sólo una fase vital sino más bien una energía, un estado de alma, una filosofía de vida propia.

¿Será que advierto en Kreuzberg un ambiente de vida bohemia? No necesariamente, pienso más bien en un lugar que acepta y reconoce las diferencias, lo personal y auténtico, lo propio. Quizás imagino un lugar en el que pueden convivir el monje y el libertino, el erudito de vida austera y el casanova, el científico y el artista. Un hábitat para disfrutar pero también para pensar, para ser distinto, un espacio urbano que pareciera querer reinventarse siempre, ser ajeno a la repetición, a la rutina. El barrio, antes dado a las luchas por reivindicaciones políticas debido en gran medida a la presencia de un importante sector obrero, se ha vuelto un poco peligroso, me hace notar Ralph, en razón del comercio de drogas que practican algunos de sus habitantes. Toda convivencia plural, abierta a la tolerancia, le digo, implica ciertos riesgos, ciertas amenazas. Sin embargo sé que estoy en el distrito más definidamente cosmopolita y multicultural de Berlín, lo cual es parte de su especial encanto. Lo percibo como uno de los lugares alternativos más interesantes y atractivos de Berlín, una ciudad opulenta en muchas de sus facetas, en sus emblemáticos lugares de consumo: supermercados y tiendas de lujo, también en sus grandes bancos y empresas industriales o comerciales. Como suele ocurrir en los grandes países capitalistas, lamentablemente persisten desigualdades y existen pobres, lo que se nota en las condiciones de vida de muchos de sus refugiados y aun de algunos alemanes que por una u otra razón se han visto segregados de la que es hoy una de las economías más prósperas del planeta.

Ha transcurrido un mes desde que llegamos a Berlín. Aún no me hago una imagen real y global de una ciudad que me rebasa en mi capacidad de exploración.

Al avanzar en nuestro paseo veo que en Kreuzberg, en efecto, se puede ser desenvuelto e irreverente, que ser lesbiana o gay no escandaliza, por lo que el rigor, la severidad y la uniformidad se convierten aquí en clichés de mala reputación. Alguien nos indica que existe en sus coordenadas un museo por entero dedicado a dar cuenta de la homosexualidad. Seguimos nuestro recorrido y sorpresivamente me veo entrando con Ralph en las instalaciones de lo que fuera antes un gran mercado popular y tradicional. Hoy, me dice, ya no es tan económico, pero sigue siendo un mercado de referencia en el distrito. Su vetusto edificio fue reconstruido, como muchos de todo Berlín, y ahora es un atractivo y cómodo espacio comercial que, estrictamente limpio y ordenado, exhibe productos y exquisiteces de distintos países del mundo. Frutas exóticas o europeas, vegetales, pastelería, heladería, charcutería francesa, española o alemana, así como restaurantes de diversa gastronomía, constituyen parte de la variada oferta comercial de este interesante mercado. Un lugar que por su opulencia no podría ser propio sino del llamado primer mundo.

Salimos hacia la calle y de nuevo vemos pequeños y amables locales en los que se ofrecen frutos secos y pastelería turca y árabe. No resistimos la tentación y entramos a degustar algunos de estas atractivas exquisiteces. Otros locales ofrecen kebaps o falafel mientras varios de ellos optan por vender antiguos discos de vinilo, posters, libros de ocasión, mantelería u objetos para la cocina. Otros venden ropa o simplemente recuerdos turísticos o baratijas. Sin embargo Kreuzberg no es un barrio turístico convencional, lleno de lujosas tiendas de moda, malls o grandes centros comerciales. No, su apuesta es diferente: reconocimiento del inmigrante, arte callejero y de pequeñas galerías de arte experimental, teatros, centros culturales como el Centro Cultural Okupa Köpi, que otorga espacios a exposiciones, conciertos, biblioteca. Salimos de Kreuzberg. Regresamos a Karl-Lade-Straße.

Ha transcurrido un mes desde que llegamos a Berlín. Aún no me hago una imagen real y global de una ciudad que me rebasa en mi capacidad de exploración. Sus muchos rostros, su diversidad de barrios, calles, plazas, parques, museos, lugares históricos, ha excedido mis limitadas posibilidades de conocimiento y desplazamiento. Dependo de Ralph y de Gabriel. Me seduce la vida en ciertas calles propicias para flaneurs, con bellas librerías y galerías, cafés, restaurantes. Estamos en los primeros días de diciembre y ya comenzó el invierno. Ayer pudimos ver su primera y decidida manifestación: una nieve que cubrió árboles, calles y vidrios de autos y ventanas. Es la entrada oficial del invierno, me hace saber mi hijo. Sin embargo la gente, un poco más abrigada, continúa en su normal ajetreo diario. Ahora la noche comienza más temprano y Berlín muestra su alegre y amable rostro de Navidad. La noche tiene algo de espectáculo. Todo un despliegue de luces, adornos y árboles navideños se muestra en la decoración nocturna de edificios públicos y privados. Me sorprende gratamente este espíritu navideño.

Hoy he conocido a Sylvia. Es una bella berlinesa amiga alemana de mi hijo. Enseña alemán a estudiantes extranjeros. Me entiendo con ella en francés pero además habla perfectamente el inglés. Ha vivido en varios países europeos. Nos invita a conocer un mercado de Navidad. Éstos tienen una larga tradición en toda Alemania, me indica. Nos dirigimos a Gendarmenmarkt. Al llegar nos deslumbra el despliegue de luces alrededor de las casitas de madera, el bullicio, la cantidad de personas. Es como si este mercado lo hubiesen sacado de un cuento de hadas. Pienso en los hermanos Grimm y el folclor alemán. Expenden todo tipo de productos típicos. La gente se acerca para degustar los variados tipos de salchichas y de cervezas. También es costumbre para esta fecha el consumo de un vino caliente con especias (canela, cardamomo, jengibre, clavos de olor) llamado Glühwein. Sylvia nos invita a cenar. La oferta culinaria es muy variada. Optamos por un simpático restaurant italiano ubicado cerca del Berliner Ensemble, la prestigiosa compañía fundada por Bertolt Brecht. Me aproximo para conocer el mítico teatro: su lujo actual, lo costoso que imagino deben ser sus entradas, pienso, no me permiten asociarlo a la personalidad transgresora y a la concepción crítica, un tanto comunista, de Brecht. El entorno es hermoso, un poco parisino, pienso. Desde aquí puedo vislumbrar uno de los más bellos puentes sobre el Spree, el río que serpentea por casi todo Berlín.

Hay una mitología de Berlín, ligada a su narrativa, su teatro, sus escritores y artistas, sus guerras, su arte de vanguardia, sus películas.

Ya en la noche, dispuesto a dormirme, al recordar y confrontar imágenes dispersas de la ciudad, como un calidoscopio, sé que Kreuzberg permanecerá en mi memoria como uno de los rostros más atractivos de Berlín. Tiene algo de esas bellas e intangibles ciudades deseadas por Italo Calvino. Cosmopolita e intelectual, moderna y antigua, quizás el singular encanto de Berlín y particularmente de Kreuzberg mucho tenga que ver con ese cierto aire amable y salvaje, hostil y sublime que les rodea, propio de la gran metrópolis y con el recuerdo de aquella vieja película titulada Cabaret. Recuerdo imágenes de este film: una encantadora bailarina de un local nocturno, en el Berlín de los años treinta, vive una intensa experiencia de amor con un estudiante de Cambridge. Hay una mitología de Berlín, ligada a su narrativa, su teatro, sus escritores y artistas, sus guerras, su arte de vanguardia, sus películas. Pienso que los latinoamericanos, quizás por una suerte de seducción colonialista frente a Europa, hemos cultivado esas visiones míticas de las ciudades europeas y más que percepciones y comprensiones objetivas hemos tenido entrevisiones, es decir visiones oscilantes entre el mito y la realidad, el sueño y la fábula, la verdad y la fantasía. Sin embargo, siempre querré volver a Berlín, siempre querré volver a Kreuzberg.

 

III. Un encuentro amistoso

Ayer, mientras departía con mi hijo en un simpático café cerca de Postdamer Platz, conocí a Alberto Ranco, un latinoamericano que desde hace unos tres años vive en Berlín. Intercambiamos impresiones. Ya para despedirnos le pedí que me escribiera sobre su experiencia en esta ciudad. Este es su relato tal como él mismo me lo comunicara a través de un e-mail. Como se verá, el tema de la amistad y de su relación con Berlín le son particularmente caros:

Soy Alberto Ranco, periodista. Estoy en Berlín. Aunque vengo de una pequeña ciudad en la cordillera andina, amo las grandes ciudades. Voy en el metro. Son las seis de la tarde. Es invierno. Dentro de poco caerá la noche. Desde la pequeña ventana cercana veo carteles de publicidad, edificios de apartamentos y también fugazmente bares, restaurantes, anuncios de grandes tiendas por departamentos, alguna librería, farmacias, peatones en algunas animadas calles. Las imágenes de publicidad, propias de toda gran ciudad, están en todas partes. Las miradas de las personas que van a mi lado parecen indiferentes a este despliegue visual. ¿Quién es cada uno de ellos?, ¿hacia dónde se dirigen en sus destinos?, ¿qué pasa en sus vidas? Parecen acostumbrados a este ritmo vibrante de la gran metrópolis. Es víspera de Navidad. Desde hace días aparecieron los típicos mercadillos de Navidad. Somos muchos en este vagón, pero no está atestado. Aun cuando ya es un poco oscuro, se nota cierto ajetreo en las calles. El metro avanza. Es un micromundo que refleja la heterogeneidad étnica, social y cultural de Berlín. Parte del atractivo de la ciudad es ser un amplio mosaico de culturas. Su arquitectura, como su vida misma, es muy diversa. Me seducen esta convivencia de lo antiguo, lo moderno y lo posmoderno. Ahora veo edificios residenciales, apartamentos en cuyas ventanas se captan ya algunas luces encendidas. Soy un extranjero más entre los miles y miles que habitan esta ciudad.

En el vagón donde voy, nadie mira a nadie. Una cortés indiferencia nos une a todos y a ninguno. Dos jóvenes conversan y toman cervezas. Hace alrededor de un año conocí a Alessandro Bruno, un amigo italiano. Habla algo de español. Ha vivido en otros países, en ciudades como Milán, Londres, Barcelona o París. Es un poco nómada, como si lo inquietara la búsqueda de un lugar perfecto. Aunque venimos de distintas latitudes, su vida aquí se parece un poco a la mía. Él como yo ha tenido muchos empleos ocasionales: limpiar pisos o apartamentos, cuidar niños, asistente de cocina, traductor al italiano, asistente de fotografía, etc. Como en una novela especular, en algunos aspectos su vida se confunde con la mía. Lo conocí en un curso de enseñanza de alemán. Ayer acordamos cenar en un restaurante turco situado en Neukölln, un atractivo barrio con una importante población de inmigrantes kurdos, árabes y turcos. He sabido que estos últimos son una presencia muy significativa en la vida y la cultura de Berlín. Alessandro salió de su país y no quiere volver a él. Ama recorrer la ciudad en su moto o perderse a pie entre la multitud en lugares como Mitte, Friedrichshain, Prenzlauer Berg o Kreuzberg. Nos une la condición de extranjeros y el gusto por el arte y la literatura. Soy colombiano. Huyo de la conflictividad de mi país. Estuve amenazado de muerte por denunciar a personas ligadas al narcotráfico. Muchos ciudadanos, entre ellos periodistas y líderes sociales, han muerto.

Hoy Berlín, después de un terrible atentado ocurrido en Breitscheidplataz, se nota tranquila. La policía está en todas partes, me han dicho, aunque no se aprecia. Al lado del terrorismo ligado al yihadismo, hay una resurgencia de oscuras pulsiones políticas. Palabras como patria, pueblo, identidad, nación, se vuelven a manchar de resentimiento y oprobio y algunos grupos o partidos quieren asociarlas a una supuesta pureza racial. Disfrazan las cosas, pero persiste el racismo. La migración, pienso, ha exacerbado los sentimientos nacionalistas. Los controles no son visibles pero existen. Sé que estamos vigilados. Sin embargo algo puede volver a ocurrir. Quizás me persigue el fantasma de la violencia.

Berlín tiene marcas de una difícil y agitada memoria histórica que parece resurgir, en ocasiones, como un discurso amenazante: los neonazis, la ultraderecha, la xenofobia. Megalópolis que deslumbra e intimida, la amistad sin embargo ha sido siempre en ella aliada del arte y de las grandes invenciones. Alessandro me lo explica, después de tanto patear la ciudad e intentar arrancarle secretos a sus relatos, a su cine, a su poesía; como buen lector sabe que su extraordinaria tradición artística e intelectual es como un mar que la vivifica y la transforma. Berlín siempre es otra, me insiste. Extraña, nueva, nunca sabemos cómo nombrarla, señala. Alessandro y yo la asediamos, como una amante que nos perteneciera a ambos. Sin embargo, a su lado soy como un iniciado. Coincidimos en muchas preguntas, quizás ligadas al destino de cada uno, pero ahora también al azar y la magia de una ciudad que destella en algunos de sus misteriosos lugares: cafés, restaurantes, puentes, antiguas iglesias, bares, parques, jardines, rincones y pasadizos secretos. De algún modo Berlín se ha hecho parte de nuestros sueños. Sabemos que ella es mucho más que el nazismo, más que el triste y ya caído muro de la vergüenza. Sabemos igualmente que, más que de piedras y monumentos o edificios, esta ciudad está hecha de palabras y deseos, de una apetencia de belleza, libertad y futuro que la recorre y consta en poemas, relatos e invenciones que la nombran y la reinventan.

¿Ciudad sexy?, le pregunto a Alessandro. Sí, me responde, Berlín es como un deseo que no se sacia. Fluvial, pero también vegetal y aérea, algunos sueños, como la libertad sexual, se hacen posibles. Aunque no soy gay, me aclara mi amigo, sé que el verbo amar se combina de diversas maneras. Desde que llegué aquí supe que perderme en sus calles era una manera de interrogarme, de encontrarme. Saber quién soy es preguntarme por qué elegí esta ciudad, por qué Berlín parece ligada a mi destino. Desde un primer encuentro propiciado por la apetencia de diálogo y compañía, Alessandro y yo hemos compartido algunos vinos al calor de una buena conversación en un café o en un restaurant. Como buen italiano ama el placer de la mesa y de la grata conversación. Le hablo del teatro y la poesía de Brecht, de la amistad de éste con Benjamin, del suicidio de éste como término de la azarosa persecución nazi, del grupo El Puente, de la Bauhaus, del cielo sobre Berlín. Me pregunta por el extraño Döblin y su inquieta vida de médico en los viejos barrios de la ciudad. Ambos sabemos que habitamos una región ligada a la fábula, a la invención, pero también a la desventura y al mal. Hablamos un poco en español y practicamos nuestra reducida competencia del alemán. Entre el rechazo y la seducción transcurre mi vida en esta ciudad, me dirá más tarde cuando reconozca su inquietante predilección por los lugares que le recuerdan su infancia. Es como si buscara siempre volver a nacer, admite. Como un pequeño acertijo escondido en nuestras palabras, palpita constantemente el desconocimiento y asombro de lo que somos, de cómo nos impregna de su mito esta Berlín que nos rodea y nos habita enigmáticamente.

Alessandro no tiene profesión conocida, pero ama vivir bien: buenos vinos, buena comida, buenas vacaciones, aunque disfrutados con la discreción que le impone su salario. No puede darse todos los gustos, me confesará. Ama las bellas mujeres pero vive solo. Tiene algo de monje pero también de aventurero y nómada. Como para escapar a un perverso mantra o a una definición o situación que lo estatice, ahora piensa que podría vivir en algún país latinoamericano. ¿Desea huir de sí o de los fantasmas de tantas ciudades vividas o imaginadas? ¿Dónde está su patria?, me pregunta como queriendo que le aclare su pasado. La madre, el padre son parte de su laberinto vital. Sus imágenes lo persiguen también en Berlín. Nos encontramos cerca de la estación del metro y nos dirigimos al restaurant. Caminamos mientras observo todo a mi alrededor. Es una zona cordial, con viejos árboles y muchos restaurantes y cafés. Otra vez una Berlín sorpresiva, nueva para mí, que no había conocido. Me dice que le gustan barrios como este, multiculturales. Ha venido en su moto. Me pregunta por Colombia. Ha visto imágenes por televisión. En Colombia, me repite la promoción publicitaria, el riesgo es quedarse. Lo asedian el miedo y las preguntas: ¿cómo se vive?, ¿cuánto se necesita?, ¿podré conseguir un trabajo? Como para justificarse, acude a un tópico: me aburre ya Europa, me dice, aunque amo esta ciudad, su espíritu juvenil. Insiste en que le interesa América Latina, que desea cambiar. Dice que es una forma de renovarse. Entramos al restaurante; como tenemos reservación, nos conducen a una mesa en la planta superior. El ambiente es cálido. Nos traen la carta. Pedimos carnes, que según Alessandro, tienen aquí una especial preparación.

En efecto, la comida es de una exquisita elaboración. Entramos en confianza y me dice que ahora trabaja en una escuela como ayudante de cocina, pero se fastidia porque siempre debe hacer lo mismo. Ha descubierto sin embargo el maravilloso territorio de los niños. En cierto modo me confundo con ellos, me dice. Ha llegado a la conclusión de que los niños viven en un mundo alterno, liberados de muchas normas que nos constriñen a los adultos. De ellos aprendo cosas, la inquietud, el espíritu de curiosidad. Querer saberlo todo y querer disfrutarlo todo. También me habla de su nueva conquista amorosa. Apenas la conoce. Es una artista: pinta, hace performances. La admira, pero cree que no la ama. Amar es otra cosa, piensa. Algo indescifrable e indecible, una mezcla de perversión y poesía. Nada serio por el momento. Quiere seguir solo, explorando cosas, la vida, me dice, ante todo la vida. Sé que Berlín, como la otra misteriosa amante, está oculta en sus palabras. Nunca sabrá exactamente qué es vivir pero se arriesga. Prefiere siempre cambiar, alejarse de la monotonía, tan incrustada hoy, me dice, entre muchos alemanes o europeos. Hace falta una revuelta, no como la de mayo del 68 en París, que se disolvió después de tantas consignas fundamentales, sino una revuelta permanente, que transforme los cimientos mismos de la vida. En hacer cosas distinta veo desafíos. Busco que placer y azar estén siempre presentes, expresa.

Quizás por eso Alessandro vuelve a la idea del viaje. Contantemente sale y regresa a Berlín. Quiere mirarla desde otros lugares. A una pregunta mía por Italia me dice: Italia es mi locura, pero tuve que abandonarla. La familia oprime, lo nacional restringe. No hay nada que hacer allá. Aquí en Berlín gozo de más libertad, reconoce, hay mayor apertura. Todavía, piensa, le queda por conocer una Europa un poco secreta y marginada de las grandes instituciones económicas, de los grandes capitales, una Europa, me dice, ajena a los grandes circuitos turísticos, que exhibe en sus antiguas calles, en sus iglesias, en sus viejos bares o cabarets, en sus rincones atestados de pasado y de belleza, el misterio de la vida. Me habla de países como Rumania, Bulgaria, Lituania o ciertas ciudades de Turquía. Pienso en la mítica belleza de Estambul, mientras hablo con Alessandro. Pero insiste en preguntarme sobre Colombia, sus mujeres, sus ríos salvajes, sus montañas. Le digo que desconfíe de la publicidad turística, que Colombia es un país con grandes desigualdades sociales, con un conflicto armado desde hace muchos años, producto de esas desigualdades, que no ha podido resolver.

Cuando terminamos de cenar es ya plenamente de noche. Salimos y Alessandro me acompaña a tomar el metro. Hace mucho frío. Los restaurantes y cafés están llenos de clientes. Berlín, como una bella dama que ha cambiado de vestido y maquillaje, exhibe su misterioso rostro. Sobre ella gravita una ligera neblina como si se anunciara la cercanía de una lluvia. Es una noche que tiene el encanto y el riesgo de una ciudad asediada por la furia y la belleza, por el deseo y la perversión. Como una amante desconocida se oculta y se insinúa. Tanto Alessandro como yo conocemos la incertidumbre y el desgarramiento que significa ser extranjeros. La ciudad parece adivinarlo. Nos acoge y nos rechaza. Sabemos lo que significa la soledad pero aceptamos la aventura de vivir nuestro presente. Hemos acordado reunirnos en otra ocasión en mi estudio, en estos días de Navidad, para cocinar la comida de mi país. Ya adentro en el metro pienso en los deseos de mi amigo de viajar y conocer. Quizás viajar, como amar a Berlín, como reconocernos en los otros, sean un común destino pero también una manera de interrogar lo que somos.

Douglas Bohórquez
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