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Rosario de Acuña (Madrid, 1950; Gijón, 1923)
Pionera, librepensadora y granjera

jueves 6 de febrero de 2020
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Rosario de Acuña
Rosario de Acuña conoció el éxito pero también sufrió diversas penurias.

Las miradas de la capital glorifican, analizan, juzgan y denigran la majestuosidad de la figura del quinceañero que en menos de dos semanas se convertirá en rey de pleno derecho. Alfonso XIII y la regenta María Cristina, rodeados de la más alta alcurnia aristocrática y política, apenas acaparan la atención durante unos minutos; han aparecido rivales dignos de admiración.

Bajo las joyas y los cardados de la burguesía: gallinas, pavos y palomas traídos de todas las partes del mundo. Los mejores ejemplares de las mejores especies se mostraban ante los madrileños en la Exposición de Avicultura de 1902. Gallinas negras castellanas, pollos langshan y conejos gigantes de Flandes correteaban por los Jardines del Buen Retiro junto al público asistente y a un grupo de expertos europeos.

Entre estos últimos, una mujer que perfectamente podría haber ocupado el lugar de las aristócratas y no el de las aves, pero que desde un principio renunció a su título nobiliario de condesa: María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, escritora, granjera, librepensadora y de origen burgués.

La buena situación económica de su familia le permitió recibir una educación académica.

Su infancia estuvo marcada por las dolencias oculares a causa de la conjuntivitis, que ocasionalmente le hacían perder la visión. Por todo lo demás, sus primeros años fueron mucho mejor de lo normal para cualquier otra niña de mediados del siglo XIX.

La buena situación económica de su familia le permitió recibir una educación académica: su padre la motivó a formar parte de la cultura, aportándole conocimientos filosóficos, históricos y literarios; su abuelo le enseñó las teorías darwinistas, y su tío Antonio Benavides, ex ministro y butaca C de la Real Academia Española, la acogió en Roma cuando desempeñaba el cargo de embajador ante la Santa Sede.

Este viaje marcó su ideología y carrera profesional por dos razones. Tuvo un encuentro con el Papa que, según Acuña, marcó su anticlericalismo (“Sobre mi cabeza puso la mano Pío IX, para bendecirme, siendo sin duda su bendición como mano de santo para separarme definitiva y radicalmente de la secta católica”). Además, fue allí donde se inspiró para crear su primera gran obra éxito, Rienzi el tribuno.

Menos de un año después, la nueva joven promesa del teatro y las letras se casó con Rafael de Laiglesia, un teniente capitán que, al igual que Rosario, provenía de buena familia; en su caso, plagada de militares y diputados.

El matrimonio estuvo varios años recorriendo la península. Primero, Andalucía durante la luna de miel; luego Zaragoza, debido a un traslado laboral de Rafael, y desde donde Rosario escribió y estrenó Amor a la patria, y posteriormente, distintas ciudades en las que se establecían por poco tiempo y, en varias ocasiones, por separado.

En una de esas, cuando Rafael estaba en Barcelona y Rosario en Madrid al cuidado de su madre, se acabó el romance a causa de una infidelidad. Rosario fue a visitar a su marido y, al llegar al hotel y preguntar por él en recepción, una señora le dijo que había salido con “su esposa”.

No fue sino hasta 1883 cuando hicieron oficial su separación, pues decidieron esperar al fallecimiento del padre de Acuña, que estaba enfermo desde que sufrió un ataque de apoplejía a mediados de los sesenta.

Sin padre y sin marido, desde el amor a uno y el odio hacia el otro, Rosario continuó con sus quehaceres de intelectual que la llevarían a convertirse en un icono del librepensamiento, hasta el punto de ser la primera mujer en subir al estrado del Ateneo de Madrid. El primer paso fue adherirse a Las Dominicales, periódico de referencia de dicha corriente y desde donde mostraría sus opiniones acerca de la razón y de lo que ella misma denominaba la “Trinidad religiosa” en la que creer: la verdad, la belleza y la bondad.

Rosario de Acuña, ya entrada en los cuarenta, había recompuesto su vida sentimental y profesional.

Tan cerca estaba el librepensamiento de la masonería, que Acuña se inició en una logia de Alicante, la Constante Alona. Adoptó el seudónimo de la filósofa egipcia Hipatia, conocida por ser la primera mujer matemática y por su famoso asesinato a manos de los cristianos afines a Cirilo. Sin embargo, su participación como masona fue muy breve, puesto que los principios de estas organizaciones obligaban a las mujeres a estar en Cámaras de Adopción, separadas del grupo de varones y sin ningún tipo de función más allá de ejercer el pensamiento individual.

Cuando poseía una imagen pública más que respetada dentro de círculos progresistas, la nueva organización estudiantil del Ateneo Familiar le propuso nombrarla presidenta honoraria. Aceptó el cargo a través de una carta en la que elogió la labor del Ateneo y de su presidente Carlos Lamo, un joven de unos veinte años que comenzó una relación sentimental con Acuña. Debido a que Rosario estaba casada, la escritora lo llamaba “compañero” y, debido a la diferencia de edad, el resto de la gente lo conocía como su “sobrino”.

Rosario de Acuña, ya entrada en los cuarenta, había recompuesto su vida sentimental y profesional tras las muertes de su padre y de su matrimonio. Celebraba su vuelta a los teatros entre vítores y aplausos del respetable tras el estreno de El padre Juan. Fue su primera y última interpretación; al día siguiente, el gobernador civil de Madrid Teobaldo de Saavedra, que no llevaba ni un mes en el cargo, la prohibió.

Le duró poco la alegría a Acuña: a la censura se le sumaron las continuas fiebres y el mal estado de salud de su madre Dolores. Fue cambiando de lugar continuamente durante unos pocos años, hasta que en 1898 se instaló definitivamente en Cueto (Santander, Cantabria) junto a su pareja y su madre.

Allí, la familia montó una granja para cubrir las necesidades económicas y, sorprendentemente, obtuvo un gran éxito. Acuña se convirtió en una innovadora de la avicultura al apostar por el mestizaje de las gallinas, llevando la contraria a los mayores expertos en la materia. Estos avances fueron plasmados en diversos artículos para El Cantábrico, y le valieron la medalla de plata en la Exposición de Avicultura en 1902.

El reconocimiento como granjera provocó numerosas compras de sus productos desde todas las partes del país que le permitieron disfrutar de la tranquilidad cantábrica. Escribía poco más de dos horas al día recién despertaba; se aseaba y bajaba a encargarse del gallinero; a partir del mediodía, leía, hacía las tareas del hogar y volvía a la cama temprano. Además, el karma actuó con veinte años de retraso en forma de gastritis hemorrágica, y se llevó al cielo a su marido Rafael y le trajo a Santander una pensión de viudedad.

Evidentemente, la vida de Rosario “Mártir” de Acuña no estaba hecha para esa tranquilidad: se vio obligada a dejar Cueto tras sufrir varios robos; una vez asentada en Bezana, volvió a ser víctima del hurto, esta vez tan desmesurado que tuvo que cerrar la granja definitivamente, y, por último, falleció su madre.

Tras enterrar a Dolores en el cementerio civil de Ciriego, se compró un potro y, acompañada por Carlos, emprendió un viaje por el norte de España hasta encontrar refugio en Gijón. Allí mandó construir la que sería su próxima casa, bien cerca de un alto acantilado por si las moscas.

Previamente, redactó su testamento: exigía ser enterrada sin ritos religiosos, con el cadáver dentro de la caja más barata, cubierto por la misma sábana sobre la que hubiese fallecido, y sin ser aseado ni emperifollado.

Al regreso a España, la situación de aislamiento social y de pobreza que padecía Rosario llegó al límite.

Aún tendrían que pasar algunos años más hasta que los gusanos de un cementerio asturiano corroyesen las carnes que tanto dolor habían sentido. Las enfermedades, la infidelidad, la separación, las muertes de sus familiares, la censura, las injusticias sociales… y el exilio.

Ocurrió, por supuesto, cuando estaba volviendo a la normalidad. Su casa en Gijón había acabado de construirse y Rosario se dedicaba únicamente a artículos de carácter social. Fue uno de estos, “La jarca de la universidad” (El Progreso, 1911), la que la puso en busca y captura. En el escrito criticó el acoso al que unos estudiantes sometieron a seis universitarias y la indiferencia del rectorado ante tal despropósito.

Poco tiempo después, cuando la Guardia Civil fue a detenerla a su casa, Rosario y Carlos ya se habían marchado a Portugal. No fue sino hasta 1913 cuando el nuevo gobierno del Conde de Romanones indultó a todos aquellos que habían sido penados por delitos de publicaciones en prensa.

Al regreso a España, la situación de aislamiento social y de pobreza que padecía Rosario llegó al límite. La logia Jovellanos la ayudó económicamente y ella continuó escribiendo de vez en cuando para periódicos afines al republicanismo y a la lucha de la clase obrera.

Transcurrieron diez años de soledad, que tan sólo se rompía por la compañía del “sobrino” y de alguna visita ocasional. Ahora ya sí, por fin, vivió tranquila hasta que a sus setenta y dos años un funcionario del cementerio civil de Gijón puso un ladrillo con las iniciales “R-A” sobre su lápida.

Sergio Mira Revilla
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