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George Orwell entre Por qué escribo y su última novela

jueves 26 de marzo de 2020
George Orwell
Según Orwell, ninguna obra literaria está exenta del matiz político.

“Desde muy corta edad, quizá desde los cinco o seis años, supe que cuando fuese mayor sería escritor”. Con esta confesión, Eric Arthur Blair, escritor y periodista británico nacido en la India, conocido por su seudónimo George Orwell (1903-1950), inicia su ensayo Why I Write, en el que da a conocer el cómo y el porqué de su afición literaria:

Fui un niño solitario y adquirí hábitos que me hicieron impopular en mis años escolares. Tenía la costumbre de inventar historias y sostener conversaciones con personas imaginarias, y creo que desde el principio se mezclaron mis ambiciones literarias con la sensación de estar aislado y ser menospreciado.

El “Gran Hermano” está por todas partes, nos vigila siempre.

Para Orwell la disciplina y la actividad son elementos claves: “El escritor, sin duda, ha de disciplinar su temperamento y evitar estancarse en la edad madura, pero, si abandona sus primeras formas expresivas, habrá matado su ímpetu literario”. En el ensayo Orwell comparte cuáles considera son los cuatro motivos que todo escritor tiene para escribir:

  • Egoísmo absoluto. Los escritores anhelan el elogio, desean ser recordados después de la muerte y vengarse de los que los despreciaron. Son ambiciosos, como lo son todos los que forman esa élite que ha elegido vivir su propia vida hasta el final: científicos, artistas, políticos, abogados, militares y empresarios de éxito.

  • Entusiasmo estético. El sentido artístico no siempre acompaña a todos los escritores, pero a lo que sí aspiran todos ellos es a la perfección de su estilo, al ritmo de un buen relato, al uso de aquellas palabras que otorgan un tono musical a su prosa y a cuidar el formato del libro para hacerlo bello.

  • Impulso histórico. El escritor siente la necesidad de buscar la verdad y transmitir la realidad contemplada, para que sea accesible a la posteridad.

  • Propósito político. El escritor sueña en cambiar el concepto del mundo hacia el ideal que él defiende, en empujarlo en la dirección que él pretende. Ningún libro está exento de este matiz político. La opinión de que el arte nada tiene que ver con la política es ya en sí misma una actitud política.

Termina Why I Write con la siguiente reflexión sobre su obra: “Volviendo la vista a lo que llevo escrito hasta ahora, veo que cuando me ha faltado un propósito político, he escrito libros sin vida me he visto traicionado al escribir trozos llenos de fuegos artificiales, frases sin sentido, adjetivos decorativos y patrañas en general”.

Corría 1949 cuando fue publicada 1984, una novela política de ficción distópica; ésta sería la última novela de George Orwell. Han pasado más de siete décadas y pese al paso de los años 1984 no ha perdido vigencia. Por el contrario, sus predicciones se han convertido, para bien o para mal, en profecías. Algunas de las profecías ya se han hecho realidad.

El “Gran Hermano” está por todas partes, nos vigila siempre; ha multiplicado su alcance gracias a las tecnologías de la información. En los últimos años, millones de cámaras han sido instaladas en las ciudades del mundo. Los agentes de policía pasan buena parte del tiempo detrás de una pantalla, atentos a cualquier movimiento extraño.

Pero 1984 no es una novela de ciencia ficción como muchos creen. Es ante todo una novela política, uno de los cuatro propósitos del escritor, ya que según Orwell, ninguna obra está exenta del matiz político; es una novela que desnuda el poder de la mentira y las mentiras del poder. En 1984, el Ministerio de la Verdad dice mentiras, el Ministerio de la Paz hace la guerra y el Ministerio del Amor practica la tortura. La situación parece perversa y surrealista. Pero no es irreal.

Incluso en las democracias “progresistas”, los gobiernos emplean cientos de profesionales de la mentira con el propósito de distorsionar la realidad, de encubrir o exagerar según convenga. Previsiblemente los profesionales de la mentira son llamados asesores de imagen o expertos en comunicación y redes sociales con toda su parafernalia de bots. Los eufemismos a la mejor manera orwelliana sirven incluso para enaltecer a quienes los inventan por encargo. En 1984, el poder tiene la capacidad de inventar una realidad conveniente. La verdad es promulgada por el partido: “2 + 2 = 5”, esa es la verdad.

Tal vez sea equivocado juzgar a un novelista por la pertinencia de sus profecías. Pero con Orwell el ejercicio es inevitable.

El totalitarismo, ya lo sabemos, comienza con la propaganda, con la manipulación de las emociones. Pero incluso en los regímenes democráticos de hoy, parecería que el poder depende de las mentiras. Ayer fue la televisión, muchas veces utilizada como medio de adoctrinamiento masivo, de fabricación de la verdad. “Si no controlamos la televisión, no controlamos nada”, le dijo un alto militar peruano a Vladimiro Montesinos, el “Rasputín” del ex presidente Alberto Fujimori, en un momento de lucidez orwelliana. Hoy le sumamos Internet, las redes sociales y las fake news o bulos, que se difunden rápidamente en éstas.

Tal vez sea equivocado juzgar a un novelista por la pertinencia de sus profecías. Pero con Orwell el ejercicio es inevitable. En 1984 Orwell quiso, ante todo, plantear un escenario probable, implausible en algunos detalles pero no descabellado. Si el poder político adquiere la capacidad de vigilar la vida de las personas y de controlar la realidad, las consecuencias, quién lo duda, serían catastróficas, esa es la gran predicción que nos regala el autor en su última novela y que siete décadas después parece estar cumpliéndose.

En una carta a un líder sindicalista estadounidense, Orwell, refiriéndose a 1984, le dice que cree que las ideas totalitarias han echado raíces en los cuadros de los intelectuales en todas partes del mundo; “he intentado llevar esas ideas hasta sus lógicas consecuencias”.

De ahí que nos profetiza sobre el rol de los intelectuales guardianes de la democracia y la libertad: “El problema, escribió Orwell, es la aceptación del totalitarismo por los intelectuales de todos los colores. La moraleja de esta pesadilla peligrosa es simple: no permitan que ocurra, depende de ustedes”.

Washington Daniel Gorosito Pérez
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