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Thomas Mann, un novelista entre el orden y el abismo

jueves 30 de julio de 2020
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Thomas Mann
Mann acertó a describir las fuerzas de lo irracional, pero procurando no alejarse del camino estético.

No creo exagerar al decir que Thomas Mann fue para la novela alemana de la primera mitad del siglo XX lo que Goethe fue para la de finales del XVIII. Los novelistas germánicos del siglo XIX —período novelesco por excelencia— no lograron en ningún caso traspasar las fronteras de su país y, sólo más tarde, gracias al camino abierto por el autor de Mario y el mago, sus nombres pudieron alcanzar reconocimiento internacional.

A pesar de todo esto, durante los funestos años del nazismo Thomas Mann tuvo que soportar rudos ataques por parte de muchos de sus compatriotas, viéndose obligado a abandonar su tierra en 1938. Una de las razones esgrimidas contra él fue el factor étnico, pues se lo acusaba de carecer de “sangre pura”. En efecto, su madre, Júlia da Silva Bruhns, había nacido en el Brasil, hija de un alemán y de una criolla de sangre portuguesa. Esta ascendencia mixta siempre enorgulleció a nuestro novelista, quien decía que ella explicaba la dicotomía de su espíritu, inclinado, por una parte, hacia el lirismo, el sentido humano y vital del sur, y por otra, hacia la mesura y abstracción septentrionales. En más de un sentido, su obra tendió siempre a conciliar ambos elementos y latitudes. De hecho, a propósito de su novela breve Tonio Kröger, confiesa: “Yo quise representar en el sur la esencia de toda loca aventura y la pasión por la creación artística; en el norte simbolicé la cordialidad y el calor del hogar y el sentimiento profundo y tranquilo de la sincera humanidad”.1 Esta declaración tiene su correlato en el final de la breve novela, en donde Tonio confiesa en una carta a Lisaveta Ivánovna que hay algo que le hace entrever, en todo lo que se sale de lo ordinario, “algo turbio y sospechoso, que le llena de amorosa debilidad por lo simple, ingenuo y agradablemente normal”.2 De ahí el concepto de decadencia, eje de Los Buddenbrook, que, junto con el tema de la muerte, constituye el leitmotiv de casi todas sus novelas.

En su libro autobiográfico Relato de mi vida, Thomas Mann expone las influencias que le fueron decisivas: por un lado, la moral pesimista de Schopenhauer, la idea de la decadencia de Nietzsche y “el teatro épico” de Wagner; por el otro, las novelas francesa, inglesa y rusa del siglo XIX. Del mismo modo, precisa sus intenciones respecto de Los Buddenbrook, novela de la que dice fue “una estilización de experiencias personales y familiares”,3 pero que, al narrar el ocaso de una familia burguesa, anunciaba asimismo “el fin de una época, la historia de la civilización y de la vida social”.4 Ahora bien, el crepúsculo que describe Thomas Mann —con una morosidad que presagia a Marcel Proust, pero con una escritura marcadamente expresionista— es también un nacimiento: la decadencia del espíritu burgués y el nacimiento del espíritu artístico. La novela concluye con el inevitable derrumbe de esta familia, propiciado por la lucha entre el espíritu utilitarista de Thomas y el perfil artístico de Christian.

En La montaña mágica, el tema aludido se conecta con los problemas de la muerte, el tiempo y la enfermedad. Desde sus primeras páginas, Thomas Mann nos traslada a un clima de alturas físicas y psíquicas, a otro mundo: un sanatorio suizo de tuberculosos. La realidad de los demás, el “allá abajo”, como dicen sus huéspedes, pierde para ellos sus medidas y aspectos habituales. Hans Castorp, su protagonista, se siente encadenado a ese patético universo, posiblemente porque sólo puede adquirir conciencia de sí mismo y de su mundo bajo el influjo de ese medio. De hecho, los siete años que pasa en el sanatorio suponen para él un cambio en su concepción del tiempo. En relación con este tópico, el propio narrador se pregunta:

¿Qué es el tiempo? ¡Un misterio! El tiempo es omnipotente, sin realidad propia, es una condición del mundo fenoménico, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. ¿Habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiera tiempo? ¿Es el tiempo la función del espacio? ¿O es lo contrario? ¿Son ambos una misma cosa? Es inútil continuar preguntando. El tiempo es activo, produce. ¿Qué produce? El cambio.5

En Doctor Faustus, novela de 1947, advertiremos un cambio de escenarios y personajes, no de conceptos fundamentales. Pero aquí la enfermedad ya no está encarnada en seres individualizados, sino en todo un pueblo. Y sus consecuencias no avistan ninguna meta genial, sino la aniquilación. Serenus Zeitblom cuenta la vida del protagonista, el músico Adrian Leverkühn, a lo largo de un extenso período, que se extiende desde los primeros años del siglo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, en un plano paralelo, entrelaza la historia de las vicisitudes espirituales y sociopolíticas de una Alemania manipulada por fuerzas demoníacas. La atracción y la repulsión de lo demoníaco quedan patentes desde las primeras páginas del libro. Y el pacto del músico con el diablo adquiere simbólicamente la significación de un pacto nacional. Dice uno de los personajes: “En alemán lo demoníaco se confunde con lo impulsivo. Y lo que hoy ocurre es que los impulsos son explotados como medio de propaganda en favor de las más diversas doctrinas; más aún, los impulsos entran a formar parte de la doctrina”.6 Adrian Leverkühn se hunde en la noche de la locura, y cuando su biógrafo termina el libro, “Alemania se derrumba, acorralada por mil demonios, un ojo tapado con la mano, el otro fijo en la implacable sucesión de las catástrofes”.7

Como ningún otro escritor, Thomas Mann logró dar vida discursiva y realidad novelesca a ciertas preocupaciones capitales de la época. Más allá del simple documento, pero sin llegar tampoco al alegato parcial, acertó a describir las fuerzas de lo irracional, pero procurando no alejarse del camino estético y manteniendo siempre ciertas distancias entre su espíritu y el universo novelado, quizá, para no dejarse tentar por el abismo.

Flavio Crescenzi
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Notas

  1. Thomas Mann. Relato de mi vida, Madrid, Hermida Editores, 2016.
  2. Thomas Mann. Señor y perro. Tonio Kröger. Tristán, Barcelona, Edhasa, 2015.
  3. Thomas Mann. Relato de mi vida, edición citada.
  4. Ibíd.
  5. Thomas Mann. La montaña mágica, Barcelona, Edhasa, 2006.
  6. Thomas Mann. Doctor Faustus, Barcelona, Plaza & Janés, 1982.
  7. Ibíd.