Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Góngora y Mallarmé

domingo 15 de noviembre de 2020
¡Compártelo en tus redes!
Luis de Góngora y Stéphane Mallarmé
García Lorca definió a Mallarmé (derecha) como el mejor discípulo de Góngora.
Las horas ya, de números vestidas.
Don Luis de Góngora y Argote

A fines de 1926, Federico García Lorca dictó en la Residencia de Estudiantes una conferencia intitulada “La imagen poética de don Luis de Góngora” como parte de las actividades que comenzaban a realizarse con motivo del tercer centenario de la muerte del autor de las Soledades, actividades que, por cierto, darían origen a la célebre Generación del 27.1 En esa conferencia, Lorca dijo lo siguiente: “Hace falta que el siglo XIX traiga al gran poeta y alucinado profesor Estéfano Mallarmé, que paseó por la Rue de Rome su lirismo abstracto sin segundo. Hasta entonces no tuvo Góngora su mejor discípulo”.2

Las similitudes entre Góngora y Mallarmé, parciales si se quiere, estriban en la conexión implícita que existe entre los postulados estéticos del barroco y las grandes corrientes de la poesía moderna.

Como sabemos, el Góngora culterano fue considerado durante mucho tiempo en España como un monstruo de vicios gramaticales cuya poesía carecía de los elementos necesarios para ser bella. Misma fue la suerte de Mallarmé en la Francia del siglo XIX. Charles Maurras, por ejemplo, escribió: “No hay inconveniente en que Mallarmé escriba páginas oscuras, aunque resulta, sí, deplorable que sus oscuridades, una vez descifradas, no muestren nada que merezca el esfuerzo”.3 Otros, quizá no tan perspicaces como el señor Maurras, directamente lo descartaban por incomprensible.

Mallarmé, desde luego, quiso seguir el simbolismo de Baudelaire, pero su simbolismo fue poco a poco dejando el campo de las sensaciones para preferir el del intelecto. Recordemos que el símbolo es la figura del discurso que consiste en expresar un concepto abstracto por medio de un objeto concreto; por lo tanto, descifrar un símbolo no es otra cosa que aclarar su sentido; sin embargo, cuando la simbología expresa ideas no compartidas, la tarea interpretativa es ciertamente más ardua. Así pues, el autor de La siesta de un fauno, al apartar al simbolismo de la experiencia sensorial para incorporarlo a un platónico sistema de esencias no objetivas, borró para siempre las huellas que conducían al poema a su virtual decodificación.

Las similitudes entre Góngora y Mallarmé, parciales si se quiere, estriban en la conexión implícita que existe entre los postulados estéticos del barroco y las grandes corrientes de la poesía moderna. Si bien ambos amaban los mismos cisnes, espejos, luces duras, cabelleras femeninas, y tenían el idéntico temblor fijo del que ve, extasiado, una realidad no comunicable, Góngora poseía una riqueza verbal que Mallarmé desconocía, hasta el punto que el poeta cordobés llegó a concebir una lengua nueva, duradera, capaz de resistir el desgaste de las formas y la erosión del estilo. Con todo, en ambos autores apreciamos el mismo impulso creador, impulso de dimensiones faraónicas y de lógicas amparadas no tanto en la razón como sí en lo poético; lógicas en las que el símbolo, la metáfora y la imagen lograron desplazar por fin al silogismo.

Para concluir, no sería inadecuado recordar a Paul Valéry, digno seguidor de Mallarmé, quien en una de sus conferencias contaba algo tan curioso como ilustrativo:

Degas en ocasiones hacía versos y ha dejado algunos deliciosos. Pero con frecuencia encontraba grandes dificultades en ese trabajo accesorio de su pintura. Dijo un día a Mallarmé: “Su oficio es infernal. No consigo hacer lo que quiero y sin embargo estoy lleno de ideas…”. Y Mallarmé le respondió: “No es con ideas, mi querido Degas, con lo que se hacen los versos. Es con palabras”.4

Flavio Crescenzi
Últimas entradas de Flavio Crescenzi (ver todo)

Notas

  1. Sin duda, el principal acierto de esta generación conformada por poetas y críticos fue el de estudiar al autor de las Soledades a la luz de las tendencias poéticas que primaban por aquel entonces, como la poesía pura y la poesía vanguardista. Los trabajos de Dámaso Alonso, Jorge Guillén y Pedro Salinas son ejemplos palmarios de esto.
  2. Federico García Lorca. Prosa, Madrid, Alianza Editorial, 1969.
  3. Citado por Umberto Eco en Historia de la belleza, Madrid, Debolsillo, 2010.
  4. Paul Valéry. Teoría poética y estética, Madrid, Visor, 1990.