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Eros y naturaleza. Una lectura de El amante de lady Chatterley

jueves 21 de enero de 2021
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D. H. Lawrence
D. H. Lawrence (1885-1930) nos traslada, en El amante de lady Chatterley, a la mente de Constance, una mujer dispuesta a disfrutar de su libertad, de su sexualidad y de aceptar a un hombre de distinta clase social como amante.
El mundo está lleno de esos seres incompletos que andan en dos pies y degradan el único misterio que les queda: el sexo.
D. H. Lawrence
Los cuerpos son honrados. 
Max Frisch

I

La fuerte corriente erótica y vitalista que recorre casi toda la obra de D. H. Lawrence encuentra una de sus máximas expresiones en el argumento central de El amante de lady Chatterley, novela que se vio envuelta en la polémica y el escándalo desde el mismísimo momento de su aparición. Publicado en 1928 y prohibido por obsceno durante más de treinta años, este libro narra tan sólo la historia de un adulterio, un adulterio que, lejos de llevar a sus protagonistas a la perdición (como ocurre en Madame Bovary o Anna Karenina), los insta a reafirmar su autenticidad, su único y genuino lugar en el mundo.

Lawrence acepta plenamente las particularidades naturales de cada sexo y demanda sólo que cada persona, sea hombre o mujer, tenga una oportunidad real para su más completa y libre autodeterminación.

Los actos sexuales descritos explícitamente en esta obra incomodaron a la sociedad anglosajona de principios del siglo XX, todavía presa de los tabúes victorianos. No obstante, se piensa que hayan sido otras las razones que motivaron tamaña censura. Sin ir más lejos, la obra aborda también, aunque de manera oblicua, temas tales como el dominio de la clase aristocrática; la explotación obrera; la represión de la vida instintiva; la emancipación, el descubrimiento y la liberación sexual femeninas, y el contraste entre el mundo natural y el mundo “civilizado”, estableciendo, además, una sombría perspectiva sobre el futuro del ser humano, carente de valores y sentimientos, y preocupado principalmente por el bienestar material.

En El amante de lady Chatterley, D. H. Lawrence, con prosa salvaje y por momentos lírica, nos traslada a la mente de Constance, una mujer diferente a otras de su época; una mujer dispuesta a disfrutar de su libertad, de su sexualidad y de aceptar a un hombre de distinta clase social como amante. Una mujer (y esto no es un dato menor) criada en valores progresistas, pero presa, aunque esquiva, de los roles impuestos al género por el orden racional instituido. Una mujer que descubrirá que su naturaleza es tan metafórica que no sólo ella, como individuo, ejerce de metáfora de otra cosa, sino que cada parte de su cuerpo actúa en pura sinestesia; es decir, todo opera en su cuerpo como metáfora del sexo, que es lo oculto, lo sagrado y lo obsesivo. En suma, la mujer, “lo eterno femenino” que Constance Chatterley liberará en la novela, para Lawrence, sigue siendo tierra incógnita, misterio excesivo y necesario, capaz de poner en evidencia el nunca asumido irracionalismo de los hombres.

Dejando a los críticos absortos en el debate de la cuestión de la superioridad de un sexo sobre el otro, Lawrence acepta plenamente las particularidades naturales de cada sexo y demanda sólo que cada persona, sea hombre o mujer, tenga una oportunidad real para su más completa y libre autodeterminación, y la mayor capacidad para el desarrollo y aplicación de todas sus aptitudes naturales. Este constructo moral de la sexualidad refuerza el sexo y refuerza el deseo, estableciendo una corriente recíproca de estímulos dentro de cada uno de los seres involucrados. El deseo sexual, una vez localizado y convertido en absoluto, quizá sea lo que llamamos amor, pero un amor no idealizado. En este sentido, Lawrence se anticipa a Reich, a Marcuse y a la revolución sexual de los 60.

 

II

La triangulación amorosa que supone toda infidelidad es transgredida simbólicamente en los personajes principales de esta novela. Ya no se trata sólo de un hombre engañado, su mujer y su amante, sino de arquetipos que reflejan la permanente lucha entre lo tanatológico y lo erótico (esto último entendido en sus dos grandes acepciones), como también de perfiles que revelan la contienda ideológica vigorizada al comienzo del siglo XX.

Por un lado, tenemos a Clifford Chatterley, quien representa al pensamiento de la aristocracia posvictoriana, promotor de un positivismo devenido en razón instrumental y, en consecuencia, poseedor de un acendrado pragmatismo, propio del capitalismo en su fase industrial. Este complejo personaje presenta, asimismo, un marcado interés por la cultura, entendida como un territorio privilegiado al que sólo hombres influyentes y con reconocimiento tienen acceso (no podemos dejar de ver en esto una crítica por elevación al grupo de Bloomsbury, integrado por los intelectuales más preeminentes de Inglaterra en los tiempos en que apareció la obra que estudiamos). Sin embargo, Clifford abandonará su carrera literaria para dedicarse al negocio de la minería, negocio heredado de su padre. Ambas actividades las realiza con un ímpetu notable, pero queda claro que el aparente vitalismo de este personaje es abstracto, apenas si propiciado por una voluntad de poder que intenta compensar, de manera paradójica, la impotencia viril a la que lo llevaron las heridas sufridas por él en la Gran Guerra.

Oliver Mellors, por su parte, rechaza este esquema de pensamiento mediante una exaltación del instinto, la pasión y la espontaneidad, en detrimento de la razón, el intelecto y el convencionalismo de la clase a la que pertenece su rival. Esta apuesta lleva a Mellors a un retorno a lo primordial y a lo instintivo, cuyo centro se halla en la vida sexual, entendida como única forma de conocimiento inmediato. Ecos de Thoreau y Nietzsche se encuentran en este otro vitalismo, al igual que una síntesis de la cosmovisión del propio Lawrence.

Ante la alternativa pautada por estos dos mundos, por estos dos horizontes de expectativas bien diferenciados, la elección de Connie Chatterley no debe sorprendernos. Ésta responde tanto a las características psicológicas de su personaje (señaladas en el primer tramo de este trabajo) como al sustrato crítico que se advierte en la novela.

 

Afortunadamente para Lawrence, la década del veinte en Europa se caracterizó por una paulatina liberación de las prácticas sexuales.

III

En 1960, cuando quiso publicar esta novela en su formato de bolsillo, la casa editora Penguin tuvo que someterse nuevamente a juicio. La acusación se apoyaba en una ley represora e incongruente que, no obstante, abría una puerta de defensa a los editores que demostraran que las obras perseguidas ostentaban algún tipo de “mérito literario”. E. M. Forster, autor de Una habitación con vistas y Pasaje a la India, se encargó de atestiguar a favor de la obra, ratificando su calidad. No obstante, la acusación se esforzó en probar la obscenidad de la novela, señalando la impropiedad de su lenguaje, pero los insuficientes y hasta ridículos argumentos presentados por los querellantes dieron por ganadora a la editora.

Vale la pena agregar que Forster pertenecía al ya mencionado grupo de Bloomsbury, al igual que Keynes y Virginia Woolf. Sin embargo, no todo el grupo era afín a la literatura de D. H. Lawrence. La propia autora de Orlando y Las olas denunció el ataque a la figura de la mujer que Lawrence llevaba a cabo en muchas de sus obras, siendo El amante de lady Chatterley un ejemplo de la faceta negativa del sexo femenino en el que, según Woolf, se presenta a una mujer especuladora, frívola e infiel a sus votos matrimoniales. Afortunadamente para Lawrence, la década del veinte en Europa se caracterizó por una paulatina liberación de las prácticas sexuales y, con este cambio, el escritor se ganó la indulgencia de otros intelectuales liberales de la época, como Aldous Huxley y Bertrand Russell.

Para concluir, y más allá de la heterodoxa perspectiva de análisis que elegimos, es importante destacar que El amante de lady Chatterley fue ante todo una novela erótica, tal vez una de las más señeras dentro de la literatura contemporánea. Al menos, así lo entendió Anaïs Nin, quien escribió uno de los primeros estudios críticos acerca de la obra de D. H. Lawrence, y tantos otros dignos representantes del género, que, de un modo u otro, también asumieron con gusto su influencia.

Flavio Crescenzi
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