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Paul Valéry o la poesía como vía de conocimiento

jueves 18 de febrero de 2021
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Paul Valéry
Paul Valéry simuló a los veinte años una retirada para ganar después, transcurridos otros veinte, un lugar de preeminencia definitivo en la historia de la cultura. Paul Valéry, retrato de Jacques-Emile Blanche (1923)
La poesía es la ambición de discurrir, que aspira a verse cargada de más sentidos y ungida de más música que el lenguaje ordinario.
Paul Valéry

I

Al estudiar de cerca la personalidad literaria de Paul Valéry, podrán advertirse algunas interesantes incoherencias, del tipo que el destino suele imponer a las voluntades más rigurosas. Paul Valéry, en efecto, fue al mismo tiempo el literato que extrajo de su desdén profesional la materia más admirable de su arte; el escritor que, en puridad, lanzó el primer grito antiliterario —antes incluso que Dadá— al negarse a considerar las obras como un fin trascendente; el apasionado defensor de los procesos racionales de creación que, a pesar de esto, realizó algunos de sus mejores descubrimientos poéticos en el territorio del azar; el poeta que a los veinte años simuló una retirada para ganar después, transcurridos otros veinte, un lugar de preeminencia definitivo en la historia de la cultura. He aquí algunas de las paradojas con las cuales habría que lidiar si se quiere explicar con precisión la insólita aventura intelectual de esta gran figura de las letras francesas. Sin embargo, me limitaré aquí a repasar brevemente los que entiendo son sus rasgos más significativos.

Valéry se da a conocer al gran público a fines del siglo XIX. Se encuentra un buen día en Montpellier con Pierre Louÿs; por medio de éste conoce a André Gide, colabora en La Conque, revista del primero, en 1891, viaja a París al año siguiente y, una vez allí, el contacto con Mallarmé imprime en su espíritu una estampa decisiva. De ese período son algunos raros poemas y dos breves obras en prosa: Introduction à la méthode de Léonard de Vinci (1895), La Soirée avec monsieur Teste (1896). Pero desde su claustro solitario de estudiante, Valéry ambiciona algo más profundo. Afectado ya entonces, como su otro yo M. Teste, por el “el mal agudo de la precisión”, aspira a una suerte de arte inalcanzable, y decide callarse.

El entusiasmo por Valéry no le produjo a nadie una sensación de retroceso pues, aunque su poesía regresara al verso regular, lo hacía para realzar otra métrica, otra prosodia y otra sintaxis muy distintas a las tradicionales.

Valéry guardó silencio por veinte años. En 1913, Gide y el editor de Gallimard le pidieron que reuniera sus poemas en un libro. Aunque se negó al principio, finalmente aceptó, y se propuso agregar un poema nuevo que sería su “despedida de la poesía”. Tardó cuatro años en terminarlo, y el resultado fue La joven parca, poema que apareció en 1917. La admiración suscitada por esta obra, por el contrario, fue inmediata; hasta el punto de que cuatro años más tarde, en una encuesta realizada por la revista La Connaissance, Paul Valéry se consagraba como el primer poeta francés.1

Curiosamente, el entusiasmo por Paul Valéry coincidía con el apogeo de las vanguardias —específicamente, con la aparición del dadaísmo—, período en el cual todos los programas se desquiciaban enseguida, sin que por esto no dejaran de brotar semillas constructivas entre los mismos escombros. Sin embargo, el entusiasmo por Valéry no le produjo a nadie una sensación de retroceso pues, aunque su poesía —después de una liquidación retórica tan radical como la que proponía Dadá— regresara al verso regular, lo hacía para realzar otra métrica, otra prosodia y otra sintaxis muy distintas a las tradicionales: la difícil y menos aceptada veta “mallarmeana”. De ahí que muchos de sus apologistas provinieran de las filas más avanzadas. Sin ir más lejos, los jóvenes de la revista Littérature (Aragon, Breton y Soupault) figuraban entre sus raros amigos. De hecho, Valéry y Gide fueron los únicos colaboradores procedentes de otra generación en esa revista —la principal publicación de aquel tiempo, en la línea de L’Elan, Sic y Nord-Sud—, cuyo título había sugerido el mismo Valéry por antífrasis, ya que tampoco aquí se pretendía revalorizar aquel “resto” desdeñado por Verlaine en su “Arte poética”.

 

II

En el invierno de 1925 una gran polémica sacudió el mundillo literario de París. Desde las academias a los cafés, desde los aristócratas a los periodistas, se interesaron por un tema que en los diarios parisinos ocupaba en aquellos días casi tanto espacio como las grandes noticias políticas y económicas. Un académico, eclesiástico para mayor contraste, el abate Bremond, había pronunciado un discurso encumbrando a Valéry en nombre de la “poesía pura”. Al día siguiente, el crítico de Le Temps Paul Sauday, francotirador en sus modales, pero en muchos aspectos más ilustrado que el abate, impugnaba burlonamente esta tesis en nombre de la razón, iniciando así una espinosa querella. En su argumentación, Bremond tendía a concebir la poesía como “una magia mística que se une con la plegaria”, transformando una expresión de Walter Pater —cuyo primer atisbo se remonta a Schopenhauer— que afirmaba que todas las artes aspiran a reunirse con la música.

Lo cierto es que Bremond insistía en cuestiones tópicas, consabidas, y por eso mismo, quizá, algo olvidadas. Por ejemplo, que en poesía el sentido es secundario; que el encanto de ciertos versos, incluso aislados de su contexto, está en su pura sonoridad (piénsese en Góngora);2 que impuros son el tema, el sentido de cada frase, el progreso del relato, el detalle de las descripciones y hasta las emociones artificialmente excitadas.

Valéry, por su parte, se alejó casi por completo del debate; tan sólo alegó, a modo de defensa, que en ningún momento pretendió dar un sentido unilateral a su expresión de “poesía pura”, aquella que había utilizado en el prólogo de un libro, y “que sólo había querido hacer alusión a la poesía que resultase (…) de la supresión progresiva de los elementos prosaicos que hay en un poema; es decir (…), de todo lo que, siendo historia, leyenda, anécdota, moralidad, inclusive filosofía, existe por sí mismo, sin el concurso necesario del canto”.3 Como podemos advertir, Valéry no hacía demasiado hincapié en esa pureza, que ha sido, sin embargo, el estandarte de buena parte de sus epígonos. Le interesaban más otros problemas, como el de la esencia de la poesía, que, en rigor, nunca fue otra cosa que el interés de todo poeta que se precie.

 

El propio Valéry ha escrito que el tema verdadero de La joven parca es la pintura de una serie de sustituciones psicológicas.

III

A menudo se ha llamado a Paul Valéry “poeta intelectual”. Considero que sería más apropiado decir que era un poeta del conocimiento, pues el único tema de las obras de Paul Valéry (ya sean poemas, diálogo, ensayos o notas) no son las cosas del intelecto, sino la inteligencia misma; no las ideas, sino el drama espiritual al que éstas se someten para llegar a su non plus ultra gnoseológico.

Paradójicamente, esta clase de inteligencia, en vez de volcarse sobre los objetos del mundo para iluminarlos y cumplir así su misión esencial, sólo consigue replegarse sobre sí misma. El propio Valéry ha escrito que el tema verdadero de La joven parca es la pintura de una serie de sustituciones psicológicas, y, en suma, el cambio de una conciencia durante la duración de una noche. Pero no por ello ha de suponerse que Paul Valéry pretenda ser un poeta filosófico. Sobre la filosofía y los filósofos siempre ha tenido expresiones de sorna o desconfianza.

De todo esto se infiere que, en Valéry, pese a todo, prevalece el artista. Efectivamente, al margen de cualquier posible interpretación filosófica, lo que nos cautiva de los versos de El cementerio marino, por ejemplo, es su belleza formal, su musicalidad, su plástica. Aunque este artista vea sólo a través de los ojos de la inteligencia y aunque le interese menos la obra realizada que el complejo proceso de su realización.

Flavio Crescenzi
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Notas

  1. Título ya anacrónico, probablemente resabio de otros tiempos en los que se otorgaban tales lauros y prioridades, título que, en rigor, nada hubiera significado de no haberse aplicado a un poeta de la talla de Valéry.
  2. El recuerdo de Góngora, como el de Mallarmé, es inevitable a la hora de escribir sobre Valéry. Aquel verso de las Soledades que dice “del mar siempre sonante” está presente en aquel de El cementerio marino que dice “¡El mar, el mar, el mar que siempre recomienza!”.
  3. Frédéric Lefèvre. Entretiens avec Paul Valéry, París, Le Livre, 1926.