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Raymond Carver: el más brutal realismo

martes 4 de mayo de 2021
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Raymond Carver
No vale la pena la mención de los nombres de los personajes de Carver, pues valdría lo mismo si fuesen anónimos.

I

Me gusta leer a Raymond Carver porque no me da respuestas. Más bien su escritura deja a uno fuera de lugar, conmovido por dos o tres líneas que no definen ni resuelven nada. Existen platos fuertes que dejan un gusto que no se va durante un buen tiempo, o acaso jamás. Carver es otra clase de plato fuerte. Puedo citar de memoria personajes y argumentos, pero en Carver no se trata de eso. Opino que la única manera de hablar de la escritura de Carver es teniendo en mente que se fallará en el intento de dar con un punto final satisfactorio, así como en sus cuentos. Aquí voy con nada.

 

II

El deber por excelencia del narrador es lograr la verosimilitud. Esto es hacer creíble la narración, a sabiendas de que es ficción. Así Borges, genio entre genios, logra con su espléndido manejo lingüístico que me sitúe en la Biblioteca (que algunos llaman el Universo). Pero ese es un caso distinto al que me atañe. Hacer que un cuento sea creíble es una cosa, pero dar la sensación de que eso es real, es otra. La realidad es caótica, amorfa y con frecuencia soez. Imponerse la escritura de un hecho real, transformarlo en literatura y, tras leerlo, notar que la narración aún carga con el peso de la brutalidad real, es alcanzar algo grande, pero imaginar los hechos, volcarlos sobre papel y que todavía se realice ese propósito, es inmenso.

 

III

No vale la pena la mención de los nombres de los personajes de Carver, pues valdría lo mismo si fuesen anónimos. Pueden nombrarse Dean, o Dummy (así no se llama), o Dave, o el chico, el hombre, el niño, la mujer, el fotógrafo, el pescador, el guardia. Das por sentado que tienen nombre o los olvidas, así como en la más vulgar cotidianidad. En ocasiones el narrador omite su alusión, pero salen a la luz después, como por casualidad, una sola vez, porque el chico se acordó de que Charles se llama Charles.

 

IV

Sin ornamentos ni explicaciones. Nada. Sencillamente estás arrojado en la triste situación familiar de Maxine, L. D. y Rae, ignorando completamente los orígenes de eso, como un espectador casual, como cuando por error escuchas en la calle que uno de tantos rostros en la ciudad padece problemas económicos. L. D. bebe mucho y está discutiendo fervorosamente con su hija Rae porque… no sabes por qué. Y Maxine le dice a L.D que se vaya de la casa, que ya no lo soporta, que convirtió el hogar en un manicomio, y ahí estás tú, leyendo ese pleito, sin enterarte nunca de qué fue lo que hizo L. D., pero sientes el impacto y la pena de la infeliz familia. Y L. D. empaca sus cosas con furia, medio borracho, y cuando está a punto de cruzar la puerta se vuelve hacia su mujer y su hija para decirles una cosa más. “Pero le resultó imposible imaginar cuál podía ser aquella cosa”. Fin de la historia.

Francisco Rodríguez Sotomayor
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