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Dos microrrelatos de Francisco Rodríguez Sotomayor

jueves 8 de diciembre de 2022

Café para tres

Cae lentamente el agua del grifo dentro de la olla y se une al calor de la tarde. Eduviges es la maestra de los amargores, del café, el fuego y la miel. Pronto llegarán, por si acaso llegan, rigor obligado de años después de la siesta. Pone a hervir el agua y aprovecha para encender otro de sus postergados últimos cigarrillos, y sube el humo. Cada ingrediente aviva los dotes del silencio; la solitaria imagen del yeso de Santa María sobre la vibración de la nevera. Bocanada al aire, y Eduviges está en el mismo lugar, pero con la remota certeza de Manuel, y la (ahora sí) última promesa de abandonar el Viceroy. Cuando duerme Eloy ella se rehúsa ante la autoridad de su pierna coja, y decide caminar como en aquella mocedad sin bastones. El agua todavía no hierve, se levanta, agarra el colador y el azúcar. Desde hace meses tiene la convicción de que el agua ahora no hierve como antes, puesto que siempre ha sido el cigarrillo su cronómetro cuando hace café. Seguramente eso era lo que sucedía con muchas otras cosas; a lo mejor los cigarrillos no son como antes, o el calor de la llama. Pronto el burbujeo la alerta y vierte una tacita de café molido en el colador. En la casa de Eduviges, siempre, a las tres de la tarde, comienza una fuerte disputa de aromas; en otro tiempo, más abundante, al penetrante olor del cigarrillo se le sumaba un dulzor derivado de alguna mezcla de trigo y mantequilla en el horno. Entonces los cuerpos que dormían hasta en las habitaciones lejanas eran revueltos por la seguridad de la merienda con café. Sin embargo, hoy esa lucha queda resumida entre los dispares pero —para Eduviges— perfectos sabores de nicotina y cafeína. Y de una forma que Eduviges no podría decir, la cantidad de café jamás ha cambiado, incluso cuando ahora Manuel está ausente. Pero queda Eloy, que luego de levantarse de su siesta espera sin saberlo el acostumbrado café de la abuela Eduviges. Es así que, invariablemente, en la pequeña tetera queda una olvidada taza sin dueño.

 

En el borde

Después de cenar supimos que sería lo mismo. No dijimos nada, ninguno otorgó. Era obvio: la vibración, la cháchara, el insólito exceso de bajo. Ya era la tercera noche consecutiva; el jueves, es decir, la primera vez, ella optó por dormir en la sala. Yo me sacrifiqué, no pegué un ojo, caminé en la cuerda floja del insomnio soñando unos sueños que parecían intencionales, que sonaban con el patumpatum ininteligible de al lado. El viernes creo que ella se compadeció: los dos naufragamos en la claridad toda la noche, juntos, al menos. Pero esta vez algo cambió. Cuando Miriam entró a la habitación había una cosa diferente alrededor de su cuerpo. Yo estaba semisentado en la cama, diáfanamente confundido. Miriam estaba resignada, pues adoptó ese silencio… “Voy a tener que ir”, le dije. No me contestó.

—¿Y si llamo a la policía? —pregunté buscando alguna aprobación.

—Mejor duérmete y ya —me dijo, dándome la espalda para no mostrarme su cara de haz lo que quieras.

—Voy a intentar.

—Ajá, pero salte del cuarto, no quiero saber nada.

Era imposible, me dije, llegar a estas alturas sin una mutación, así fuese mínima. Eso se le veía a ella. Había sido demasiado tajante, abandonó, la hicieron rendirse, adaptarse. Pero es que ya era la tercera noche. Era un punto donde ya yo estaba en el borde. A pesar de todo ella conservaba lo suyo, mantenía ese círculo elemental. Yo no. Eso estaba quebrado. La paciencia, digo, se había roto definitivamente con el beat metiéndose por mis paredes. Tal vez ella había logrado expandirse y no dejar que le llegara. Pero yo agarré el teléfono y me fui para la sala. Una vez en el sillón la entendí. En la sala, las cornetas se ahogan, entonces caer obnubilado no era tan difícil. Miriam había tenido más tiempo, mientras yo estuve atrincherado en la cama. (Mi espacio, sagrado, protegido por los límites del concreto). Es cierto que me conformaba con decir que les hacía resistencia, les hacía saber que no, no podrían moverme. Dios mío, compréndeme. Para mí dos noches sin dormir es demasiado. De cualquier forma, sostuve mi determinación e intenté llamar a la policía; nadie atendió. Tras un par de minutos volví a marcar. Me contestó una mujer que sonaba lejos, y como pude le expliqué lo que pasaba, que había una gente en la avenida Fulano de Tal número X que coño, ya, era la tercera vez, que estaba cansado. La mujer alegó que irían, que de todos modos eso estaba prohibido, las reuniones numerosas, que incluso eran sancionables, castigables. Yo respondí que okey, gracias, estaré pendiente. Antes de colgar dijo algo más; sin embargo, de este lado yo estaba en una encrucijada: inútil, pensé, llamar a la policía es inútil. Al final no sé cuál de los dos colgó. Al final tampoco supe si vinieron.

Francisco Rodríguez Sotomayor
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