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Margarita, la otra orilla

martes 10 de agosto de 2021
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a mi hermana Margarita, en su memoria

Julio, 1959

Vista desde tierra firme, Margarita más que una isla es un deseo. El deseo de mudanza, de vivir en otro lugar, el deseo de contemplar esa lejanía infinita que es el mar. Mis recuerdos son un poco difusos, pero mi primer viaje a esa fábula desconocida que me decían que era una isla debió ser a temprana edad. Seguramente un viaje familiar en ferry. Un ferry que se tomaba en el puerto de Maracaibo y que trasladaba a las personas y a los autos hasta la población de Palmarejo en la costa oriental del Lago. Se hacían largas colas desde tempranas horas de la mañana para entrar con los vehículos: autos familiares pero también camionetas, buses, camiones de carga. Yo tendría ocho años en aquella época de mi primer viaje y como algunos amigos de mi edad ya deseaba ser adulto. Recuerdo que un primer acontecimiento fue ver entrar los vehículos en aquella inmensa nave lacustre sin que se cayeran al agua. Días de vacaciones escolares.

Viajaba en aquel entonces con mi madre y Néstor, uno de mis hermanos mayores, en nuestro modesto carro familiar. Era un paseo para que mamá, que tanto cuidados y afanes nos prodigaba, confinada durante tantos años al territorio de la casa, conociera otra realidad fuera de las fronteras de Maracaibo. Además, su médico había recomendado que, dadas sus frecuentes afecciones respiratorias, el clima de Margarita le haría bien. Muy temprano, con el ligero frío de la madrugada, nos dirigimos a tomar el ferry. No solíamos en aquellos años abandonar mucho nuestra ciudad. Sin embargo mi imaginación de niño amaba las largas distancias. Soñaba con viajes a desconocidos territorios.

Aún era una mañana fresca cuando llegamos a Palmarejo. Desde allí continuamos el trayecto por vía terrestre hasta Caracas, pasando por Cabimas, Lagunillas, Ciudad Ojeda, Barquisimeto, Maracay y Valencia. Nombres de poblaciones y ciudades que debieron suscitar en mi imaginación extrañas relaciones y paisajes. Yo le preguntaba a mi hermano Néstor, que conducía el auto, los nombres de los pueblos o lugares por donde pasábamos y cuándo llegaríamos a la isla. Mi hermano era un buen chofer pero un mal baquiano. Cada cierto trayecto recorrido debíamos parar y preguntar por dónde íbamos. Desconocíamos el país en el que vivíamos.

Le preguntaba con frecuencia a mi hermano cuándo por fin llegaríamos a la isla. Quería saber cómo era una isla.

Me debió emocionar aquel viaje. Noto que mi madre va contenta pero habla poco. En su rostro apenas se dibuja la fascinación de esta aventura familiar; sin embargo, me alegra saber que por fin disfruta la vida. La veo observar todo lo que existe y ocurre a su alrededor: el paseo en el ferry, las personas que se desplazaban en la cubierta, las aves que merodeaban el lago y ahora los cambios en el paisaje según avanzamos en el viaje. Toda una aventura igualmente asombrosa para el niño que soy, de descubrimiento de mi país. Ahora que lo pienso cuando esto escribo, deduzco que ninguno de estos pueblos y ciudades por donde pasamos, mi madre los conocía. Pasó su infancia y parte de su vida adulta en haciendas, entre vacas, cabras, gallinas, culebras, aves y fantasmas nocturnos, bajo el árido esplendor de un medio rural.

No sé cuánto pude conocer y cuánto pude dormir durante aquel largo recorrido. Le preguntaba con frecuencia a mi hermano cuándo por fin llegaríamos a la isla. Quería saber cómo era una isla. Por fin ya bien entrada la tarde llegamos a Caracas. Pernoctamos y descansamos allí dos días. Mi primera visión de la capital fue deslumbrante: sus enormes edificios, sus amplísimas y complicadas autopistas, sus centros comerciales y restaurantes de lujo hacían que Maracaibo nos pareciera un espacio pequeño y provinciano. Después de descansar, extraviarnos entre avenidas desconocidas e impregnarnos del aire cosmopolita de Caracas, continuamos el viaje hasta la ciudad de Cumaná, donde debíamos tomar otro ferry que nos llevaría por fin a Margarita. No tenía una noción concreta de lo que era una isla. Sabía por mis escuetos conocimientos escolares que era una porción de tierra rodeada de agua por todas partes. Todo lo demás era misterio.

Cuando finalmente llegamos a Margarita, sentí que entrábamos en contacto con otra realidad. Eran cerca de las 11 de la mañana de un día plenamente soleado. La revisión de nuestros documentos de identidad y los del vehículo por parte de la policía local quizás me hizo pensar que llegábamos a otro país. A unos transeúntes que encontramos más adelante les preguntamos por el hotel que Néstor había reservado. Teníamos que descansar pues el día siguiente sería de playas. Nosotros conocíamos el Lago de Maracaibo, pero las playas de Margarita debían ser algo fenomenal, pues de ellas no se decían sino maravillas. Había que tener cuidado con el niño, le advertían a mamá. Para mí eran como la encarnación de una fábula. Cuando las avisté supe que todo se perdía en la inconmensurable lejanía del mar. ¿Por qué tanta distancia y tanta agua? ¿Cómo nombrar aquel misterio? En nuestro recorrido por la isla, Néstor le preguntaba de vez en cuando a algún aldeano dónde podíamos comer buen pescado y por las señas de los caminos y de aquellos lugares que visitábamos. De este modo pudimos comprobar que la gente era simpática y tan cordial como en nuestra ciudad de origen.

Después supe que algunos poblados y playas tenían nombres que recordaban a los llamados guaiqueríes, antiguos pobladores indígenas: Macanao, El Yaque, Paraguachí, Guacuco, pero también otros resultaban más familiares a mi oído: La Asunción, Pampatar, Juangriego, Coche, Porlamar. Pensé que, como se hablaba el mismo idioma, permanecíamos en el mismo país. Mamá, como yo, estaba intrigada. ¿Así de grande como esas playas, como las tantas carreteras y pueblos por donde habíamos pasado, era Venezuela? ¿Cómo era este país que no conocíamos, hasta dónde llegaba? ¿Había tantos lugares desconocidos? Yo seguía preguntándome cómo era una isla. Nunca pude saberlo del todo. Tampoco Néstor ni mamá. Sólo veíamos playas, humildes casas y calles de pueblos y de vez en cuando alguna plaza y una bodega. Pero tuve una certeza: fueron para mi madre, en muchos años, días espléndidos.

 

Marzo, 2007

Sueño con Margarita. Estoy en Porlamar, pero me traslado a las playas. Visito Pampatar, Cubagua, el Valle del Espíritu Santo. Paseo por sus calles. He venido de nuevo. Ahora soy un señor casado y tengo dos hijos. He traído a mi nueva familia para que conozcan la isla. Ha transcurrido mucho tiempo desde que vine por primera vez. Todo ha cambiado. La isla se ha transformado en un gran centro comercial. Las calles de Porlamar lucen abarrotadas de tiendas y de turistas. Hace ya algunos años el gobierno decretó a Margarita puerto libre. Hay una euforia por comprar productos importados a menor precio. Mi esposa y mis hijos compran. Todos en las calles andan con bolsas y cajas, dejan sus dineros en los grandes centros comerciales y tiendas de lujo. Observo que este auge comercial le ha cambiado la fisonomía a la isla. Avenidas y calles completas en Porlamar se ven colmadas de turistas que buscan ropa, prendas, artículos de lujo, artefactos y objetos sofisticados. Pienso en los cronistas de Indias e imagino que es como una nueva conquista. Saquean otra vez a Nueva Cádiz, me digo.

Pero ahora somos nosotros, los venezolanos que venimos de otras regiones con una inmensa sed de consumo a gastarlo todo, a vestirnos para una indefinida fiesta a la que no nos han invitado. Somos una nación petrolera, amamos los gastos suntuarios. Los grandes hoteles están aquí y ocupan también grandes extensiones en las cercanías de las hermosas playas. Las agencias de viajes pretenden vender el espíritu de aventura de la isla. Ese es el imaginario que explotan: la isla de placeres, de hermosas playas, la perla del Caribe. La promoción comercial quiere vender su belleza natural y salvaje. Pero esta belleza ha sido afectada. Nada me parece como antes. Sin embargo, de nuevo tengo la sensación de estar en otro país. Yo no vine a comprar. Vine a mirar y a disfrutar la isla, pero la isla se me escapa. Mi esposa y mis hijos quieren ir a las grandes tiendas. El tiempo no alcanza. Evado el tumulto de personas y busco caminar por las calles más tranquilas. Como cosa extraña observo que un señor cerca de una esquina poco concurrida ofrece un remate de libros usados. Llama inmediatamente mi atención pues no he visto ninguna librería que valga la pena llamarse tal. Pregunto por un libro de un poeta que conozco. Me lo vende a un precio irrisorio. Esta es la nueva isla, maquillada como una meretriz y abarrotada de baratijas. El encanto de ayer se desvanece. Su geografía, fuera de Porlamar, en los pueblos, sigue siendo de una cierta belleza primitiva, aún me seduce. Pacto con mi esposa irnos a un hotel en Juangriego. Al amanecer voy solo temprano a la playa. Veo pescadores que regresan. A ciertas horas el mar se encrespa, me dicen. Después de dar su ofrenda de peces cada día, se torna un dios vengativo, pienso. Afuera en las calles el sol resplandece y el viento rechina entre los imaginarios cascos de caballos de Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra.

 

Yo quiero perderme en la isla, confundirme con sus habitantes, quizás un día pueda ser uno de ellos.

Junio, 2009

Siempre regreso a Margarita. En esta oportunidad, vengo con la familia de un amigo. No llegamos en ferry sino en avión. Desde arriba pude ver la inmensa extensión del mar. No puedo dejar de reconocer una cierta sensación de grandeza en la vastedad de su reino. Pienso en la fuerza y energía inagotables de Poseidón, el dios de los antiguos griegos. Sí, el mar es una divinidad extraña, a veces irreconocible, temperamental, siempre recomenzando como dice Verlaine. Quizás esta perspectiva infinita del paisaje marino sea parte de la sensación de libertad que me procura Margarita. Mientras voy en el avión recuerdo otro viaje familiar, pero esta vez ocurre un percance. He venido de nuevo con mi madre y una hermana. Son las 5 de la tarde. Estamos en el aeropuerto. El vuelo se retrasa y cae la noche. Mi madre tropieza antes de entrar a la aeronave. Se hace algunas heridas en la cara. Le planteo regresarnos pero rechaza esta opción. Sé que, como yo y como tantos venezolanos, ama el paisaje insular. La isla, además, es su aventura ignota, su vuelo fugitivo. Como para mí, intuyo, es su recurrente fantasía onírica. Su primer viaje, siempre me lo hace saber, es parte de su memoria más amada. Desde que la conoció, Margarita es su secreto anhelo y fantasía. Al siguiente día después de llegar, vamos a una consulta especializada. El médico nos dice que no es grave, que pronto se repondrá. Podrá caminar de nuevo por la avenida 4 de Mayo y disfrutar de la compra de telas en los grandes almacenes de árabes. Mi madre ama los buenos tejidos y las confecciones de calidad. Yo la entrego a la salvaguarda de mi hermana. En tres o cuatro días ellos deben regresar. Yo quiero perderme en la isla, confundirme con sus habitantes, quizás un día pueda ser uno de ellos. Quiero conocer la mítica Cubagua, algo de su memoria histórica me dará indicios de aquel mundo un poco paradisíaco y extraviado que seguramente fue en alguna época esta isla.

 

Enero, 2020

Otra vez vuelvo a Margarita. Siempre está en mis sueños. Ahora estoy solo en el bar de un hotel frente a la playa El Yaque. Me tomo un whisky y miro el mar. Su grandeza me otorga paz. Algunos turistas merodean afuera. Son las cinco de la tarde. Esta vez vine a quedarme. Recuerdo a mi padre cuando me llevaba a conocer los barcos y piraguas en el puerto de Maracaibo. Ahora veo a mi padre comprando mercadurías que traen las piraguas. Ese lago y ese puerto pasaron a ser parte de mi infancia. Desde entonces la fascinación por los viajes y las grandes extensiones de agua no me abandona. Siempre dibujaba al mar en la escuela. ¿Lo dibujaba para hacerlo mío? La maestra me dice que lo pinte de azul, pero mi padre me dice que en realidad el mar es verde. De pronto despierto. Suena el teléfono. Me llaman de la oficina. Debo atender mis ocupaciones cotidianas. La isla será después.

Douglas Bohórquez
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