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Shakespeare and Company

viernes 29 de octubre de 2021
Librería Shakespeare and Company, en París
Shakespeare and Company no es la mejor librería de París pero es Shakespeare and Company. Fotografía: Shadowgate
a Denise y François Delprat

Amo las librerías. Una parte de mi vida ha transcurrido entre sus mesas o estanterías. Entrar en ellas me reconforta y me emociona, casi me hace feliz. Me anima el presentimiento de que puedo encontrar en ellas una suerte de tesoro escondido, de que me esperan maravillosas sorpresas, tales como un libro que revele verdades insospechadas u otro que ilumine mi vida o esclarezca dudas existenciales o me aporte un conocimiento profundo sobre algo que deseo esclarecer. Los libros más bellos que he leído, los que me han proporcionado más grato placer y conocimiento, los he encontrado en librerías y en bibliotecas. Estar entre libros me da paz. En Maracaibo, donde nací e hice mi carrera en Letras, visitar la librería Cultural, ya desaparecida, era una verdadera fiesta espiritual. Solía dedicar los sábados en la tarde a esta gratísima tarea, pero podía ocurrir en cualquier ocasión. Era una librería relativamente grande y muy organizada, propiedad de un español y, a pesar de estar ubicada en una ciudad de provincia, siempre exhibía novedades. A su fundador, el señor Ángel Vela González, solíamos verlo siempre cerca de la caja registradora, intercambiando opiniones con sus conocidos, mientras su gerente, otro español muy serio, se ocupaba de atender a los clientes pues sabía dónde estaba ubicado cada uno de los libros existentes. Sólo había que indicarle el título o el autor y él iba directamente a donde estaba el libro.

Desde hacía ya muchos años había tenido noticias de la mítica librería de París Shakespeare and Company, en la que su primera propietaria, Sylvia Beach, publicara en 1922 el ya mítico también Ulises de James Joyce. Lo curioso es que habiendo vivido en París, caminado por sus calles y conocido algunas de sus librerías importantes, no conocía Shakespeare and Company. Seguramente pasé frente a ella en diversas oportunidades o estuve cerca y no la vi, lo cual no me parece extraño dado mi pésimo sentido de orientación geográfica. Alguna vez observé en una revista literaria la fotografía de Joyce frente a sus puertas. Entonces me recriminé no haberla buscado con más cuidado. Quizás pensaba que ya no existía. Después supe que en efecto Joyce vivió en varias oportunidades en París y que parte de la fama de Shakespeare and Company se debe a que en ella se editara el Ulises por primera vez. Pero ahora estaba de nuevo en París en noviembre de 2016 con mi esposa, invitados por nuestro amigo el profesor François Delprat, a participar en una nueva edición de un coloquio internacional en la Sorbonne Nouvelle, y en los días previos al mismo nos dedicamos a pasear un poco por el bulevar Saint Michel y el Barrio Latino.

Ese primer día de nuestra estadía fuimos en la mañana a visitar algunos museos y ya en la tarde nos dispusimos a caminar por las inmediaciones del Sena, cerca de esos libreros de calle que son los bouquinistas y en las cercanías del bulevar Saint Michel nos tomamos una cerveza. Entrada la noche decidimos ir a la catedral de Notre Dame. Se daba una misa cantada. Nos sentamos con la ritualidad del caso a escuchar, pues se trataba de una voz y un órgano majestuosos, sublimes. Disfrutamos plenamente. Al salir de la catedral decidimos caminar por algunas de sus calles aledañas y de pronto, sin darme cuenta, me vi frente a las puertas de Shakespeare and Company. Me había propuesto, como uno de los objetivos de este viaje, conocerla, y de pronto, sin buscarla, estaba frente a ella. No lo podía creer. ¿Era un milagro? Estuve casi paralizado ante sus puertas. Observé que en efecto era la dirección que me había mostrado una guía turística: 37 rue de la Bucherie.

No me imagino esta hermosa ciudad sin librerías. Ellas son uno de sus emblemas fundamentales, bastiones de la gran tradición humanística francesa.

Cuando me repuse de mi asombro le dije a mi esposa María que estábamos frente a una de las librerías más famosas del mundo. Entramos. Muy a mi pesar supe que se había convertido desde hacía ya tiempo en uno de los atractivos turísticos de París. Me parecía una contradicción turismo y literatura, aunque también los bouquinistas eran parte del paisaje turístico de París. Sin embargo me dediqué, entre la delectación y el asombro, a mirar y hojear por encima libros de autores conocidos y de otros para mí no tan conocidos. Estaba feliz pues esa noche acababan de ocurrirme dos hermosas revelaciones cuyo recuerdo me acompañarán durante años: la misa cantada en Notre Dame y el encuentro fortuito, al mejor modo surrealista, de Shakespeare and Company, que se había convertido casi en un personaje fantástico de mi imaginario cultural. Con seguridad sabía que los libros más prestigiosos escritos o traducidos al inglés estaban allí. Pensé en Borges y su pasión por la literatura inglesa. Pasada un poco más de una hora, María me conminó a abandonar la librería, pues ya era tarde y debíamos ir a cenar.

Shakespeare and Company no es la mejor librería de París pero es Shakespeare and Company. No todas comparten ese prestigio de haber sido un lugar de encuentro de escritores tan prestigiosos como el mismo Joyce, Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway, o más tarde espacio de breve residencia o de lecturas de escritores de la llamada generación beat: Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso. Aunque la librería ya no está en su dirección inicial de la calle Odéon, fue una gran alegría saber que no sólo persistía a pesar de los embates del mundo digital, sino que además mantenía mucho de su aspecto y aureola particulares. Una cierta atmósfera de lugar antiguo pero también bohemio y cosmopolita se respira en ella. No sin cierta tristeza pude constatar, al día siguiente, que simpáticas y muy actualizadas librerías que frecuentaba en mis ya lejanos años de estudiante en París no existen. Otras, me dice un amigo, han abierto. No me imagino esta hermosa ciudad sin librerías. Ellas son uno de sus emblemas fundamentales, bastiones de la gran tradición humanística francesa. Espacios de la memoria, la creación y el saber, las librerías, más allá de su índole lucrativo, son repertorios de la cultura, fortalezas del espíritu. Quizás no tan importantes como los vinos o los quesos, pero sí tan relevantes culturalmente como los teatros, los cines, los museos, los cafés o los bistrós. Hay quienes han hablado de una religión del libro en Francia, país de la razón, la heterodoxia y la duda metódica, pero también de la poesía, la bohemia, el teatro, la pintura y el arte en general. Me he enterado de que, a pesar de la crisis del libro y de los problemas económicos y sociales, subsisten en Francia más de tres mil librerías independientes. Ha existido desde hace mucho tiempo, por supuesto, una política editorial coherente, apoyada por los distintos gobiernos, que difunde y promueve el libro a través de los distintos medios de comunicación.

Cuando estuve por primera vez en París y tuve que desplazarme en el metro o en los buses que recorren toda la ciudad, extrañaba el ambiente de informalidad o de conversación que suele ser propio en los medios de transporte de las ciudades o pueblos del trópico. En el metro de París o en los buses suele reinar el silencio. Las personas no conversaban; leían periódicos, revistas o algún libro. Quizás no todos leían buena literatura o filosofía, pero seguramente quienes lo hacían tenían al menos el hábito de la lectura. Hoy seguramente muchos miran sus celulares. Más tarde, cuando tuve ocasión de conocer otras ciudades o lugares de Francia, siempre vi librerías, bellas librerías, y me atrevo a pensar que cada pueblo aunque fuese pequeño tenía al menos una, porque el libro, como lo he insinuado, es parte del “saber vivir” francés. En esos años visitaba con frecuencia algunas librerías en París y siempre vi en ellas personas que no sólo compraban libros sino que parecían buscar algo: leían allí mismo algunas páginas, preguntaban por un autor o un título, parecían tener expectativas de nuevas lecturas que animaban o entusiasmaban sus vidas. En Navidad los franceses privilegian la costumbre de regalar libros. En mis recorridos o paseos, después de mis horas de estudio, me maravillaba ver museos y una cantidad de calles, avenidas, jardines o lugares peatonales cuyos nombres honraban a escritores, artistas o científicos. Me han dicho que esto es frecuente en casi todas las ciudades y pueblos de Francia. Se entiende que es una tradición que enaltece la inteligencia creadora. Aunque sabemos también que muchos de esos escritores y artistas no tuvieron una existencia ni siquiera cómoda.

Celebro que Shakespeare and Company permanezca hoy en París como emblema de una cultura humanística fundada en la palabra.

Frente a la banalidad, el furor y la furia, como dice el título de una novela de Faulkner, o la enajenación a que nos somete el mundo exterior, las librerías han sido espacios de lectura y de intercambio de ideas en los que ha destellado la inteligencia creadora. Ésta se despliega también en su amable organización y diseño. De alguna forma pienso, siguiendo a Borges, que el libro es el más asombroso instrumento del hombre. A lo mejor impúdicamente me deslizo hacia una metafísica sensiblera, pero un buen libro debería significar una iluminación del ser, es decir, una nueva refulgencia del lenguaje y del espíritu, pues no sólo industria y comercio suelen estar detrás de él. En este sentido el libro tiene algo de magia. Su lectura puede llevarnos a extraordinarios descubrimientos e insospechadas revelaciones tanto de otras geografías como de distintas emociones y subjetividades. Antes de existir las más audaces realizaciones técnicas y científicas, éstas fueron soñadas e imaginadas a través de libros.

Ante el horror de esta pandemia o la renovada barbarie de la guerra, los fundamentalismos y la destrucción, otra vez el libro, su persistencia como hecho de cultura, bien en sus tradicionales formatos de papel o en sus nuevas versiones digitales, reitera la convocatoria a la imaginación, al diálogo, a la reflexión, a la construcción de la paz. En lo personal, aunque a veces pienso que he vivido poco, que he dedicado mucho tiempo a los libros, también es verdad que ellos me han ayudado a vivir, me han acompañado y han ampliado considerablemente mi percepción de la realidad, si entendemos que la poesía y la imaginación no se oponen a ella sino más bien la amplían. El ejercicio de la crítica y por lo tanto del criterio ha sido parte de mi formación intelectual y me han permitido una cierta comprensión de este mundo, sus maravillas y horrores. ¿De qué otro modo si no a través de la crítica podría entender muchas de las calamidades sociales y políticas a las que nos enfrentamos cotidianamente? En estos días con asombro vi la recomendación que hacía un psicólogo a las parejas jóvenes de no prestar atención a lo que dicen los poetas sobre el amor. Entonces me pregunté qué habrá leído este señor sobre el amor, pues hasta donde he podido entender la poesía felizmente también es parte del amor. Fueron precisamente unos poetas y trovadores provenzales los que promovieron hacia fines del siglo XII, en el espacio del Mediodía francés, el surgimiento de un nuevo concepto del amor ligado a una cierta idealización, a lo sublime, que liberó a la mujer de buena parte de la opresión feudal. Yo no puedo intentar comprender ese fenómeno complejo, extraño y alucinante que es el amor fuera de la poesía, que está en el centro mismo de su manifestación.

Entonces, ¿qué celebro en mi encuentro poético, fortuito, con Shakespeare and Company? Celebro la inteligencia creativa que está en el corazón del libro, la misma y otra que desde la aparición de las tablillas de arcilla en Mesopotamia hasta los libros digitales de hoy imagina, sueña, crea nuevos lenguajes y por lo tanto nuevos y esperanzadores sentidos de la existencia humana. Celebro que Shakespeare and Company permanezca hoy en París como emblema de una cultura humanística fundada en la palabra, abierta a las más significativas revoluciones literarias y artísticas de la modernidad. La publicación de uno de los libros fundamentales de la narrativa moderna occidental, como lo es el Ulises de James Joyce, estará siempre asociada a esta hermosa, gentil y hospitalaria casa del libro y de la poesía.

Douglas Bohórquez
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