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Entre Covid, agonía y crónica

martes 9 de noviembre de 2021
Entre Covid, agonía y crónica, por Antonio Cruz Coutiño
Hube de armarme de valor y voluntad para atravesar el pantano, ese infierno, ese abismo insondable. Fotografía: Nick Fewings • Unsplash
A José Luis Castro, in memoriam.
“En un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo. Por ello el sufrimiento es la universidad del egocentrismo”.
Milan Kundera, La inmortalidad, 1989.

Hoy por fin, tras los días suficientes para marcar distancia entre la enfermedad y mi recuperación, describiré los avatares de esta condena sanitaria, pensando en la historia y el tiempo por venir; pensando en el coronavirus en carne propia, en esta engañifa del demonio, sus cientos de cabezas y mil garras sarmentosas con que atenaza al mundo.

Salvé toda la primera fase, desde marzo de 2020, cuando se inició la pandemia en Tuxtla Gutiérrez, con tan sólo higiene y aislamiento en casa; tapete sanitario, dispensador de gel y de servilletas de papel, jabón líquido y atomizador desinfectante. Sin las infusiones de hojas de guayaba que a diario tomamos con Blanqui, al igual que sin toda la voluntad del mundo por delante, pordiós que mal nos hubiera ido.

En El Zapotal y barrios vecinos, incluyendo Madero y Cerro Hueco, murieron decenas. Entre ellas la peluquera, el albañil de la cuadra y dos policías, el padre y su hijo. En nuestras familias de La Concordia y Tuxtla Chico hubo varios decesos. Entre nuestros tíos, hermanos, primos y sobrinos de Tuxtla, varios contagiados. Entre mis amigos, ya ni se diga: compañeros de trabajo enfermos en las facultades de Humanidades y Ciencias Sociales en Sxbal; escritores, poetas, cronistas y promotores culturales. Varios decesos sentidos, sorprendentes, de los que no sólo perturban el alma, sino la inteligencia.

Aislados y atentos, y ni a un café, a una cerveza o a una comida. Hasta que, a finales de abril de 2021, a ambos nos inocularon las dos porciones de la Pfizer BioNTech.

A finales del año hice un viaje de cinco días a la Ciudad de México, impostergable. Con todas las previsiones sanitarias y hacia mi salud conocidas, e incluso algunas adicionales, todas provistas por don Juan Zenteno, médico de la familia desde su graduación a mitad de los sesenta.

Y así, me mantuve y nos mantuvimos, a pesar de albañiles, carpinteros, plomeros y electricistas en casa, y hasta con un mes de retiro del jardinero, por haberse contagiado. Aislados y atentos, y ni a un café, a una cerveza o a una comida. Hasta que, a finales de abril de 2021, a ambos nos inocularon las dos porciones de la Pfizer BioNTech.

Aspiramos profundo: primera prueba superada, considerando nuestros sesenta y un años en ese momento, pero sobre todo los cuatro padecimientos que personalmente cargo encima, potenciales morbilidades asociadas o “comorbilidades”, como hoy se baraja en el argot de médicos y apuntadores sanitarios: fibromialgia, hipertensión arterial, hiperplasia prostática e insomnio crónico.

Vino ahora sí la confianza, un cierto exceso de confianza, algo de relajación e incluso desmesura. Concluyó el primer semestre de 2021, vino por primera vez un período formal de vacaciones, e igual que varios despreocupados en nuestras casas, nos fuimos a Huatulco. A donde ya sabíamos que habían desaparecido los sistemas de autoservicio y buffet. El servicio del hotel, piscinas y playas de veras que fue impecable. Fuimos y volvimos sin mácula, sin un reclamo y ni un raspón al regreso.

Pero, como bien decían desde los romanos: la confianza mató al gato. Al volver de vacaciones, creí que un negocio ya era impostergable. Que la segunda reforestación de un predio en El Ocote ya no debía aplazarse más, y entonces, ahí nos fuimos este par de viejos a encontrarnos en El Pelucas. Su servidor y el ingeniero Gudiel, de mis juventudes en La Chacona… sábado 31 de julio. Ese mismo día por la tarde me vi con algunos amigos por el rumbo de Suchiapa. Llevamos mascarillas y gel, comencé a estornudar y a toser, aunque pronto encontré XL3, nuestro mejor tratamiento antigripal.

Al día siguiente, aparentemente, la gripa había avanzado; a esperar el lunes. Y de inmediato por la mañana a buscar el test PCR. En Médica Digna, 900 pesos, para entregar resultados entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas. Hay que hacer cola. En Diagnosur, $450 y entregan en doce horas. Y en la primera Farmacia del Ahorro que encuentro: $350, para entregar el mismo día, aunque debe hacerse cita por Internet; pero me informan una alternativa: “Anótese, pague, y en cuanto falte alguien de los citados, usted entra”. Así le hice y antes de las doce ahí estaba el test: positivo, desafortunadamente. Lunes dos de agosto.

—Mire —dice la joven practicante—. Ahora lo que debe hacer es llamar o ver al médico de su confianza, o le doy el teléfono oficial de la pandemia.

Pienso a vuela pluma: lo primero que debo hacer es acercarme a mi casa; segundo, prevenir a mi mujer, que ellas siempre tienen ideas geniales: tercero, llamar al doctor Zenteno, para saber todas sus instrucciones; cuarto, intentar definir con ella un plan a distancia, antes de volver a casa. El Aguaje es un sitio complicado.

 

*

 

A pesar de todo el pavor encima, Blanqui se controla, digiere el trago amargo, llamo al médico y pordiós que me aturde su parsimonia. Por sus ochenta años, por su entereza, y por toda la flema del mundo en sus palabras:

—Ustedes ya tienen la lista de medicamentos que hace tiempo les di. ¿Tú ya estás tomando algo? —me pregunta.

—Tomo el tratamiento antigripal desde el sábado por la tarde, doctor: dos cápsulas tres veces al día.

—Okey, síguelo tomando. Ahora lo más importante es aislarte —me tranquiliza.

Y le informo que no hay problema, pues desde la entrega del test estoy encerrado en el coche, a diez minutos de la casa.

—Bien —confirma—. En una recámara con baño te quedas tú solo. Bien ventilada. Para comer, apartan tus platos y cubiertos. Desinfectan el carro. Ya en tu casa, todo normal: primero los alimentos de tu familia, luego ahí dejan tu comida y subes a almorzar. Ya lleno tu estómago, entonces sí comenzamos el tratamiento contra el bicho.

Después de la comida —me instruye el médico— tomas tus medicamentos del diario. Pero ahora sí, apunta, que viene lo bueno: a combatir al virus demonio, que con ese no se juega.

Mientras tanto, cuando el doctor Zenteno termina, yo ya tengo cuatro horas sin agua. Me olvido de la garrafa ante tanto susto. ¿Ir como estoy a una tienda de junto al libramiento? ¡Dios mío! Pero se asoma la Divina Providencia. Debajo de las frondas de la entrada del Zoomat, detrás de mí se estaciona casualmente un repartidor de aguas y refrescos. No me socorre del todo la providencia, pues tengo que comprar el paquete de diez botellas a precio de menudeo: ochenta pesos. El tipo se encarga de meter el fardo al coche, desprende una botella y la destapa, lleno al límite las tripas.

Pero continuamos en el teléfono.

—Después de la comida —me instruye el médico— tomas tus medicamentos del diario. Pero ahora sí, apunta, que viene lo bueno: a combatir al virus demonio, que con ese no se juega. Dos tabletas de Ivermectrina hoy y dos mañana a la misma hora. Hoy también: dos Azitromicinas de 500 mg y luego una a la misma hora durante los cuatro días siguientes. ¿Qué sientes ahora? ¿Cómo te sientes? —me pregunta.

Y yo le respondo:                                                     

—Igual que hace rato, igual que ayer, con gripa: fluidez, tos, estornudos, algo de temperatura, dolor de cuerpo, irritación de ojos, dolor de oídos.

—¡Esas mucosas oculares! —truena el médico, sombrío—. ¿Y cómo sientes la respiración?

—Bien. No creo que haya problema —respondo.

—Compren un oxímetro y quiero que te chequen. Si la cifra oscila en noventa por ciento estás del otro lado, y que te den limonadas o cualquier cosa que lleve cítricos y vitamina C. Es todo. Llamas tú o Blanqui, por cualquier cosa.

Día uno. Aunque lo peor no es el día, sino la noche, pues hay que dormir para descansar y descansar para recobrar fuerzas. Pero ya el dolor es insoportable; de cuerpo, cabeza, ojos, músculos, ganglios, articulaciones y hasta de uñas. Siento como si la mandíbula fuera a desgajarse y lo peor: de madrugada el caño uretral arde, debido seguramente al montonal de medicinas y a la comorbilidad explicada arriba.

 

*

 

Día segundo y la cama no es el mejor lugar para nada. Continúa la temperatura variable y los dolores siguen. Aparece un dolor-ardor sobre áreas exteriores de músculos: brazos y piernas, como si quemara la piel, y ahora ya, cierta dificultad hay para orinar e incluso constipación, igualmente debida a los medicamentos. Ya es excesivo el dolor sobre la columna, asociado a la fibromialgia. Y aparece también, dolor específico sobre rótulas y codos, como cuando los viejos sienten frío y humedad.

Siento calor, mucho calor e incluso me pongo a sudar, aunque a ratos siento frío. Se me enfrían los pies, me pongo calcetines y calcetas, camino un poco, y a la hora de mis alimentos por primera vez no quiero, no siento ganas de comer. El agua natural de todo el día y los refrescos los siento amargos.

Y por la noche de ese día, ¡horror!, la peor noche de todas, considerando lo que ya ha quedado claro o se intuye: que las noches son largas, solas y agobiantes, pues el médico ha instruido aislamiento total. Que, claro, podría romper cada vez que sintiera la muerte, con tan sólo tocar el timbre del cuarto o llamar al celular de Blanqui. Pero no quiero. No deseo ni he deseado nunca enfermar o contagiar a nadie.

 

*

 

Las formas variadas de dolor no permiten conciliar el sueño. El letargo se prolonga. El cabeceo es breve, sensible, duermevela, casi insomnio. Y las escenas de escalofrío, fragmentarias, pasan por la noche, insufribles: sueños obscuros, desencajados, terribles; pesadillas de vacíos, profundidad y cavernas… como las que seguramente, tiempo antes de esbozar sus obras magistrales, sufrieron Dante Alighieri (1265-1321), el insustituible Bosco (Jerónimo Bosch, 1450-1516) o Francisco de Quevedo (1580-1645), pues sólo de este modo es posible juzgar desde el intelecto la explosión creativa de esos monstruos medievales. El primero, en su Divina comedia; el segundo en su Tríptico del Jardín de las Delicias, y el tercero en sus Sueños y discursos. Igual que sin duda algo de esto ha de haber ocurrido en la inteligencia, en los sueños, o quizá en la imaginación desbordada y febril de los pintores surrealistas del siglo XX, entre ellos Salvador Dalí (1904-1989) y su Tentación de San Antonio, o André Masson (1896-1987) y su fresco sobre El laberinto.

Permanente dificultad para concentrarnos. Imposible escuchar una rola, seguirle el hilo a algún noticiario o ver una película. Pero, sobre todo, debilidad y cansancio.

Pero volviendo a la crónica de la enfermedad, digna de las antiguas expiaciones que probablemente los confesores exigían a sus fervorosos y acongojados creyentes, digo que fue terrible. Que hube de armarme de valor y voluntad para atravesar el pantano, ese infierno, ese abismo insondable. La cantidad de medicamentos que de ordinario tomo, más los adicionales ahora, no permitían la digestión correcta. Imaginen eso. Dolores, inflamación, retortijones, en dos ocasiones diarrea, afonía y dolor en el cuero cabelludo.

Y desde otra perspectiva, por ejemplo: permanente dificultad para concentrarnos. Imposible escuchar una rola, seguirle el hilo a algún noticiario o ver una película. Pero, sobre todo, debilidad y cansancio. Aunque no el provocado por trabajo o esfuerzo ordinario, sino el que se produce por agotamiento y fatiga. El que experimenta el metal cuando, a fuerza de tensiones repetidas, pierde su resistencia mecánica.

Bien es cierto que no sentí falta de oxigenación. Ni dificultad para respirar, o dolor para ello, aunque sí, casi al final, cuando me animé a aspirar profundamente con ambos pulmones —tan sólo para conocer su daño—, entonces sentí algún dolor y escuché un ruido, como si al pasar el aire por sus paredes las sintiera lastimadas. Alguna tos leve y flemas, fastidio, dolor y más dolor, insisto; todo eso que ha de ser la colección de padecimientos de la llamada “agonía”, supongo: los dolores de la muerte, las angustias y congojas del moribundo.

 

*

 

El viernes 13, finalmente, el médico nos llamó a su consultorio.

—Llevas dieciséis días desde que te contagiaste, según mis cuentas —dijo. Me miró a los ojos como buscando a algo o a alguien—. Hmmm. Quedaste bastante bien, amigo. No te quejes. Hay Cruz Coutiño pa’adelante. A partir de hoy, ya no más Paracetamol. Continúa tus medicinas y alimentos ordinarios y, en especial: una Levocetirizina de 5 mg diaria por las noches durante diez días. Comienza tus actividades normales, has de estar débil. Caminatas y trabajo desde mañana… Pero muy de poco a poco. Nada de excesos.

Blanqui informa al doctor Zenteno que en los últimos días, y como parte de la “tercera ola”, en el barrio recién murieron dos vecinos, además de lo público en la ciudad: un periodista y dos promotores culturales a la suma, y varios contagiados conocidos.

Hoy, tras todo esto, cómo me gustaría escribir sobre la levedad del ser. Sobre la relatividad del ser, la eternidad y la trascendencia, aunque más bien sobre el reverso de esos vocablos: sobre la enfermedad, la vejez, la muerte y el olvido. E igual sobre la inteligencia que llega, desafortunadamente, sólo con la madurez. Quién sabe si no también sobre nuestras parejas incluso, que sin ellas nada seríamos, así se trate de soledades o malquerencias.

Hoy, luego de estas tres semanas, el agua corriente aún sigue amarga. Pero Blanqui de nueva cuenta ha subido un par de flores desde el jardín.

Antonio Cruz Coutiño
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