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Una sola vida no basta
(crónica de una pasión por la lectura)

martes 21 de junio de 2022
Una sola vida no basta (crónica de una pasión por la lectura), por Douglas Bohórquez
Dado que tengo ya setenta años, creo que necesitaré otras vidas para leer y escribir todo lo que quisiera. Fotografía: Janko Ferlic • Pexels

Comienzo con una confesión: nunca elegí ser crítico literario. Durante los primeros quince años de mi vida ni siquiera imaginé que existiera la crítica literaria. Mi padre quería que yo fuera sacerdote católico o abogado para que lo defendiera de tanto pillo que había por allí. Yo lo tuve claro un poco más tarde: me gustaba la literatura. De esta manera, frente a la indiferencia o decepción de mi familia, que quería que yo tuviera una profesión de prestigio y económicamente rentable, opté por estudiar Letras. Fueron mis estudios en la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia, y luego los sucesivos trabajos para ascender en el escalafón universitario como profesor en la Universidad de los Andes (Núcleo Trujillo), los que sigilosamente me condujeron a la crítica literaria.

En realidad decidí estudiar literatura porque me atraía esa cosa extraña que era escribir: decir algo de mí, de lo que me fascinaba o afectaba y en un lenguaje distinto, fuera de lo común. En una ocasión, sentado en un pupitre para escuchar una clase, pensé que la poesía era la posibilidad maravillosa de hacerme de una lengua particular pero a la vez tuve la certeza de que pocos me entenderían. Una vez comenzados los estudios universitarios me di cuenta de que allí, en la universidad, no me enseñarían a escribir y que tendría que dedicarme a estudiar las obras de aquellos que, sin haber cursado Letras, sí habían sido escritores. Pero leí como un desaforado toda la poesía y toda la literatura y la crítica que me recomendaban mis profesores. Como me daba miedo presentar exámenes, me animé a hablar con algunos de ellos y proponerles que, en vez de pruebas escritas, les presentaría trabajos.

Aceptaron y creo que desde ese reto se inició mi vida como crítico literario, pues algunos de esos trabajos más adelante se convirtieron en artículos para la recién creada Revista de Literatura Hispanoamericana, a la que, con gran sorpresa para mí, su fundador y primer director, el poeta y profesor José Antonio Castro, me invitaría a participar. Así, mi primer artículo para esa revista fue también mi primer pago como crítico. No recuerdo después haber percibido un ingreso propio que me estimulara tanto. Meses finales de 1972. Yo comenzaba mi tercer año de Letras.

La Escuela de Letras, por su incidencia en una formación literaria muy académica, fue para mí, quizás, un extravío.

De algún modo la Escuela de Letras, por su incidencia en una formación literaria muy académica, fue para mí, quizás, un extravío. Tal vez valga la pena traer a colación la observación de Robert Musil referida al ensayista, que creo válida, al menos en mi caso, dado el crítico con presunción de ensayista en que me vi convertido. Señala Musil en El hombre sin atributos que los ensayistas son “simplemente hombres que han salido a una aventura y perdieron su camino”. Recuerdo un compañero de estudios que antes de entrar a la Escuela de Letras había publicado varios libros de poesía y una vez adentro, el peso de la formación académica de algún modo lo asfixió y no se atrevió a publicar más.

Las clases en la Escuela de Letras, en aquellos años, comenzaban en la tarde. Una noche de 1974 escuchaba con gran interés una clase de Víctor Fuenmayor, uno de nuestros profesores más respetados. Víctor, que había sido director de la escuela y recién llegaba de París, donde pudo asistir a los cursos de Roland Barthes y traía los últimos libros y propuestas del estructuralismo y la semiología, explicando esa noche conceptos y elaboraciones teóricas que muchos de sus alumnos apenas comprendíamos, dice, como tratando de justificar lo que nos parecía un tanto ajeno y abstracto, y quizás para estimularnos: “Bueno, pudiera ser que alguno de ustedes vaya después a seguir cursos con Barthes o Kristeva en París”. Aquello me pareció aún más lejano e inaccesible que las propias elaboraciones estructuralistas y semiológicas y no pude resistir una risotada que se escuchó estrepitosamente en el salón de clases.

Siempre recuerdo esta anécdota pues seis años después de esa clase me vi sentado al lado de mi amigo, el profesor Víctor Fuenmayor, en un salón de la Universidad París 7 escuchando una disertación de Julia Kristeva sobre semiología y antropología de la abyección.

Esos años de ­­­­­­­­inicios de la década del setenta en los que Víctor Fuenmayor nos daba clases, eran los de la renovación estructuralista y de la semiología en Francia. Al principio poco se traducía al español y había mucha discusión acerca de la pertinencia y trascendencia de los planteamientos de la crítica estructuralista y semiológica. Pero había cierta euforia, en el ambiente de la Escuela de Letras, acerca de la novedad que representaban estas tendencias, y Víctor Fuenmayor, que estaba rodeado de una cierta aura de intelectual afrancesado, nos transmitía el entusiasmo por el conocimiento de las obras de autores como Lévi-Strauss, Benveniste, Barthes, Kristeva, Todorov o Genette, que sabíamos estaban cambiando la manera de entender e interpretar la literatura.

El mismo Víctor nos prestaba algunos libros de estos autores que acababan de aparecer en París y nosotros, los más audaces e interesados, nos atrevíamos, con nuestro incipiente conocimiento del francés, a leer algunas páginas. Ese entusiasmo por lo nuevo, por una crítica literaria que estaba surgiendo en medio de mucha controversia, me estimuló a conocer más de ella e intentar hacer lecturas críticas desde esos nuevos conceptos y formulaciones renovadoras. En ese aprendizaje se modela mi concepción de la literatura y del trabajo crítico, del trabajo con los textos.

Ese aprendizaje estuvo apoyado en el riguroso y pormenorizado conocimiento que de la lingüística nos transmitía nuestra profesora Ana Mireya Uzcátegui. Creo que pocas personas habría en el país, en esos años, que tuvieran un conocimiento tan actualizado y profundo de la lingüística moderna, de su historia y desarrollo. Ana Mireya hacía gala de una memoria maravillosa que le permitía desplegar ese saber en el aula de clases con particular destreza.

Por su parte, el conocimiento de lo que ocurría en el mundo de la sociología literaria nos lo transmitía nuestro profesor José Antonio Castro, quien acababa de llegar, cuando comenzó a darnos clases, de hacer su doctorado en París con Jacques Leenhardt. Nos introdujo en algunos textos de Georg Lukács y sobre todo en la comprensión de eso que se llamó el estructuralismo genético que, de algún modo, en el campo de la crítica literaria, lo representaba Lucien Goldmann, autor de un texto que tuvimos que frecuentar: Para una sociología de la novela. Más adelante Castro crearía el Centro de Investigaciones Literarias de la Universidad del Zulia, invitándome a participar también de esa experiencia. En el contexto de estas importantes creaciones, José Antonio Castro solía organizar charlas y conferencias con invitados de otras partes del país. En ese ambiente conocí a Ángel Rama y sus propuestas así como a su compañera Marta Traba, distinguida narradora y crítica de arte.

La literatura latinoamericana atravesaba una época de importantes transformaciones. Eran los memorables años del Boom de la novela latinoamericana.

Esos años de formación en la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia fueron verdaderamente fervorosos. Si las clases de Víctor Fuenmayor, José Antonio Castro y Ana Mireya Uzcátegui nos traían la ­­­­­­­­­­renovación de la lingüística y de la crítica sociológica, semiológica o lacaniana, las clases de Enrique Arenas eran la pasión por la literatura latinoamericana, que atravesaba una época de importantes transformaciones. Eran los memorables años del Boom de la novela latinoamericana. Esta renovación desde hacía ya algunos años se venía gestando, pero para nosotros, que nos iniciábamos en su conocimiento, todo un universo sorprendente a través de autores tan diversos, maravillosos y retadores como Borges, Octavio Paz, Juan Rulfo, José Lezama Lima, Roque Dalton, García Márquez, Sábato, Onetti, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, por sólo mencionar algunos, nos deslumbraba. También el redescubrimiento de Ramos Sucre. Igualmente tuvimos el encuentro con la mejor poesía venezolana de los grupos Viernes, Sardio, El Techo de la Ballena. Obras, grupos, revistas y autores que nos fueron transmitidos de la mano y de la palabra orientadora de Enrique Arenas como auténticas revelaciones.

Y digo de la mano de Enrique porque él fue para algunos de los que asistimos a sus cursos un maestro y un amigo. Si bien es cierto que sus clases debían formalmente terminar a una hora, digamos a las 8 de la noche, en la práctica éstas podían continuar después en una cafetería o en una de nuestras casas hasta una indeterminada hora de la madrugada. Eso sí, Enrique ponía una sola condición: sólo se podía hablar de literatura. Vivíamos al acecho de las novedades que llegaban a Logos y a otra muy buena librería de Maracaibo: la ya inexistente Librería Cultural.

Enrique podía visitarme a mí o a cualquiera de sus discípulos-amigos a cualquier hora del día o de la noche, con el único y exclusivo motivo de hablar de literatura. Recuerdo que cuando mi madre lo veía llegar a nuestra casa cargado de libros, por la puerta del jardín, me decía: “Allí viene tu amigo el profesor. Esta noche no vais a poder dormir”. Y así era. Podíamos comenzar la tertulia un sábado o un domingo a las 4 de la tarde y ésta se extendía, cómoda y placenteramente, hasta las 5 o 6 de la mañana del día siguiente. La literatura era una suerte de secreta y gozosa complicidad, un misterio que le daba a nuestras vidas de aprendices, de iniciados en la creación literaria y en la crítica, un extraño y fervoroso encanto. Él nos instaba a escribir poesía y relatos y nos leía, subrayándonos aciertos o errores.

Después, cuando terminé mis estudios de licenciatura y comencé a trabajar en el Núcleo Trujillo de la Universidad de los Andes, esta institución me otorgó una beca que me permitió hacer el doctorado bajo la asesoría de Julia Kristeva, lo que me dio la oportunidad de conocer más de cerca y acuciosamente sus propuestas y elaboraciones teóricas y críticas, forjadas en el cruce de diversas disciplinas: lingüística, formalismo y posformalismo ruso (Mijaíl Bajtín, en particular), antropología, psicoanálisis, filosofía, semiología. Las clases de Kristeva eran casi multitudinarias y por lo general con base en notas de algún libro en preparación. Había que llegar temprano para encontrar asiento.

No creo que todos los que asistían siguieran sus propuestas. Al menos para mí comprender sus libros era un reto, pero tenía el secreto orgullo de que estudiaba bajo la dirección de una de las más reconocidas intelectuales de Francia, que estaba haciendo significativos aportes en el terreno de la crítica y la teoría literarias. Ella había llegado a París, siendo aún muy joven, desde Bulgaria, su país natal, y se hizo alumna de Goldmann y de Barthes. En el contexto de esos cursos de posgrado conoció a Philippe Sollers, su futuro marido, con quien fundaría la prestigiosa revista Tel Quel, que daría cabida a lo más avanzado de la teoría, la crítica literaria y, en general, el pensamiento crítico de esos años: de 1960 a 1982.

Para quienes como yo nos formamos en el ambiente de renovación de la teoría y la crítica literaria, éstas son en primera instancia instrumentos de interpretación o lectura de los textos, considerados como elaboraciones artísticas del lenguaje. Pero a Kristeva le han interesado el lenguaje, los textos y en general la literatura desde la perspectiva del sujeto hablante, desde la perspectiva de los procesos de crisis que pone en escena la enunciación. Busca interrogar también los signos y síntomas de los nuevos malestares de la psique y de la cultura que se expresan a través de las distintas prácticas del lenguaje. De allí su interés por Freud y el psicoanálisis. En este sentido sus lecturas toman distancia del estructuralismo de tendencia formalista que ignora al sujeto, la sociedad o la cultura en la que se inscriben los textos.

En los años de auge del estructuralismo francés, el texto literario se convirtió, desde algunas propuestas, no en un sujeto dinámico y vivo, sino en un laboratorio que permitía ensayar métodos, fórmulas y teorías à la mode.

Sin embargo, en el terreno de la crítica y la teoría que se estaba reelaborando desde el surgimiento de los formalistas rusos, se entendía que todo acto de interpretación, hermenéutico, debe interrogar al texto como representación lingüística y debe tender a ser —así nos lo hizo saber la crítica semiológica, heredera del estructuralismo— objetiva y rigurosa. Hoy en día sabemos, desde la literatura y desde la ensayística y la crítica y la teoría literaria latinoamericanas, que esta rigurosidad y objetividad son un poco un espejismo, pero en su momento la crítica semiológica impuso límites, cumplió una función al permitir que el ejercicio de la lectura se deslindara del comentario impresionista, del biografismo o sociologismo simplistas, de toda una serie de excesos subjetivistas o de apreciaciones reductoras que habían llevado la crítica literaria a convertirse en un discurso un tanto vacío, una especie de cajón de sastre.

También es cierto que en los años de auge del estructuralismo francés, el texto literario se convirtió, desde algunas propuestas, no en un sujeto dinámico y vivo, sino en un laboratorio que permitía ensayar métodos, fórmulas y teorías à la mode. Recuerdo a un profesor invitado a dar una conferencia en Trujillo que “aplicaba” fórmulas de física y matemática que le enseñaba su hijo (que estudiaba una licenciatura en Física) a la poesía de Ernesto Cardenal, con el supuesto objetivo “científico” de construir un modelo estructural de la poesía del gran poeta y místico nicaragüense.

Creo que más que aplicar métodos o categorías a los textos literarios, la crítica debe atender a la naturaleza artística de éstos, a la sensibilidad estética que en ellos se expresa y cómo ésta, de carácter plural, puede inscribirse en distintos registros: subjetivo, pero también social, antropológico, político. Por otra parte, en tanto que lector y crítico (o lector crítico) de una literatura como la latinoamericana, que tiene su propio proceso histórico-cultural, su especificidad artística, pienso que nuestra crítica tiene que atender a esas condiciones socioculturales, a nuestra propia dinámica cultural, a las tradiciones culturales, artísticas y literarias de las que proceden esos textos.

Pienso que hay que prestar particular atención, en este sentido, a las reflexiones y teorizaciones que críticos como Cornejo Polar, Ángel Rama, Sylvia Molloy o Josefina Ludmer, entre otros, han hecho sobre las particularidades socioculturales y estéticas de nuestro proceso literario. Creo que la ensayística latinoamericana —se ha dicho reiteradamente—, con maestros como Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Mariano Picón Salas, Octavio Paz, Beatriz Sarlo y otros, ofrece claves y ­­­­­­­­­­­­­­­conceptos fundamentales que permiten una comprensión del modo de ser específicamente latinoamericano de nuestras prácticas artísticas y literarias. Sin embargo, la teoría y la crítica literarias europeas, que a partir del formalismo ruso o checo han hecho aportes conceptuales significativos, alimentan o son complementarias en relación con las reflexiones y teorizaciones que sobre la literatura latinoamericana han propuesto nuestros propios críticos y ensayistas. No creo que una excluya la otra.

A la par que he prestado mucha atención al despliegue de la teoría y la crítica literaria europea, he sido también un lector atento y entusiasta de la ensayística hispanoamericana desde mis años de la Escuela de Letras, y a partir de esa época este interés se ha redoblado. Ambas han sido decisivas en mi modo de comprensión de la literatura. Recuerdo que, en algunas de sus conferencias en la Escuela de Letras en Maracaibo, Ángel Rama se dedicó a explicitar conceptos y propuestas de lectura de Roland Barthes. Pero más allá de los avatares de la crítica y la teoría literarias, la literatura ha sido uno de mis ejes de gravitación. A través de ella de algún modo también respiro.

Si la crítica que practiqué en mis primeros trabajos o artículos fue una crítica muy académica, con mucho aparato crítico (citas, referencias, notas al pie de página, etc.), la crítica que practico hoy y la que quisiera seguir haciendo es una crítica que me propongo sea un poco más ensayística, más libre, menos constreñida por las referencias académicas. Que la crítica sea más ensayística supone también para mí, y eso ha sido siempre un cuidado que he tenido, que ésta, aparte de ser un ejercicio de criterio, de una evaluación y valoración justa y razonada, sea también el ejercicio de una sensibilidad estética.

La crítica y la lectura deben tender puentes entre el autor, sus textos y el lector.

Esto debe implicar que la lectura crítica o ensayística busque una forma, una escritura, en el sentido de que sea también sugerente, provocativa, que explore una cierta dimensión amorosa del lenguaje que seduzca al lector. Creo que la crítica y la lectura deben tender puentes entre el autor, sus textos y el lector, lo cual no significa que sea complaciente sino que atraiga la atención del lector a través de una escritura-lectura que sea también disfrute, o para decirlo con Barthes: “placer del texto”.

Mi biblioteca no es tan grande. Quizás unos siete u ocho mil volúmenes en físico y unos tres o cuatro mil en PDF o e-books. Como vivo en provincia, siempre que tenía oportunidad de viajar a Caracas o al exterior compraba libros. Sin embargo, dado que tengo ya setenta años, creo que necesitaré otras vidas para leer y escribir todo lo que quisiera. Hace unos días una amiga me visitó y subió a la parte superior de la casa, donde está la biblioteca. Tomó un libro al azar y me preguntó: “¿Quién es este autor?”. No supe decirle. Una sola vida no basta para leer, amar, viajar, observar, conocer y escribir.

Douglas Bohórquez
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