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Tres notas de Douglas Bohórquez

viernes 22 de julio de 2022
Tres notas de Douglas Bohórquez
Encontraba poesía en los extraños dibujos de las nubes. Imagen: detalle de “Estudio de nubes con un atardecer cerca de Roma” (1786-1801), por Simon Alexandre Clement Denis • Google Art Project

Dirección contraria

Mi lengua es mi pecado, mi insatisfacción y mi deseo. Me persigue la idea del exceso: digo de más, me equivoco, doy vueltas alrededor de nada. Hago preguntas indiscretas. Me gusta el revés de las cosas y las palabras. Si me dicen perro pienso en la lluvia. Si me dicen bestia soy un árbol que huye del verano. Voy al norte para encontrar el sur. Salgo al sol para mirar adentro. Sé que cambiar de dirección es como cambiar de nombre. Como un castigo es esta lengua absurdamente mecánica y melancólica, pegada a mis labios, contaminada de cerveza, esperanza y cenizas, siempre diciéndome lo mismo, asfixiándome de vergüenza cada vez que digo tierra, mujer o luna.

Desde ayer nadie habla de los cometas. Eso está de más, me dicen. Todos se ajustan a esa inservible exactitud de lo normal y todo sirve de hábito para cumplir la inescrupulosa cabalgadura de lo estipulado. Sin embargo, sé que los cometas refulgen desde la colina, en su inalámbrica conexión con la increíble cola del viento.

Cuando nací me dieron esta lengua de presidiario. Me asignaron tareas que no he podido cumplir, por eso voy en dirección contraria, señalando a los culpables en el ojo de la ventisca. Ya nada podré decir que tenga la inocencia de un hermoso día de verano. Será más bien relámpago toda la belleza que cabe en las entrecortadas palabras del incumplido.

Cambio de espacio y otra vez soy el niño al que prohíben hablar y castigan con las insoportables repeticiones de su sombra. Tienes la lengua sucia, me dicen. Repites lo que no debes porque nada sabes del reino. Cuando hablas vuelves a lo exiguo, a esa extrema calamidad de la obligación y el cuidado. Desde entonces busco siempre la dirección contraria.

 

La otra cara de la luna

Lidio con palabras que no me obedecen. Intento nombrar mi otra cara oculta detrás de inciertos gestos, ropas, restos de especies. La cara que veo con espanto entre la sombra de algunos días, la que no se deja lavar y vuelve siempre, maniáticamente, a sus viejos gestos. La del niño que amaba furiosamente a su madre y la miraba muerta en medio de la noche. Busco la otra cara: la mágica y repintona cara de la luna. Intento nombrar su extraña sonrisa teñida de rojo y malabar. Sí, la otra cara escondida entre parches de rotos vestidos por donde se desliza la vida: lo que no sé de mí y se agolpa detrás de tantas acusaciones tapiadas por la culpa o algún hueco por donde se hunde el amor y se escapa la luna. Busco. Intento sacar la cabeza para respirar afuera pero un viento sordo golpea mi descuido.

 

Filosofía

No aprendo de los filósofos. Leo a Aristóteles y no aprendo. Leo a Kant y no aprendo. Me cuesta razonar. Me desvío. Pienso en las novias que tuve, cómo las besaba, cómo entraron en mi vida y cómo se fueron, cómo las conquisté o cómo y por qué me abandonaron. Pienso en mis deseos y propuestas turbias, lujuriosas, libidinosas. Pienso en aquel niño que amaba impetuosamente a su maestra monja, la bella y misteriosa sor Carmela. Todo esto pienso mientras leo a Heidegger y no entiendo. No me da centro la filosofía.

Poco o nada me dicen los filósofos. Poco le dijeron a aquel adolescente extraviado en sus preguntas y deseos. Aquel adolescente que leía y leía para encontrar una respuesta, algo así como un mágico caballo que lo sacara del laberinto de sus fantasmas, sus voces interiores, sus terrores. Después miraba las nubes. Encontraba poesía en los extraños dibujos de las nubes. Formaban exóticos animales con los que intercambiaba preguntas, pensamientos.

Recuerdo un día aquella bella muchacha que conocí en el liceo. Era hermosa como una tempestad, como un furioso asalto de la imaginación. Me apaciguaba su conversación placentera, inteligente. Por fin encontré a Dios, me dije, puedo entender. Amé su impetuosa belleza. Fuera de ella todo era mentira. Jugábamos. Había en esos juegos una salvaje e ingenua combinación de perverso placer y melancolía. Pero cuando le pregunté por el atolondrado amor que me conducía a ella, no tuve respuesta. Dejé de leer a los filósofos y continué mirando las nubes. Era extraña aquella conversación con las nubes.

Douglas Bohórquez
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