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Maracaibo-Miami: ida y vuelta
(crónica de elogio y recelo)

domingo 29 de enero de 2023
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Maracaibo-Miami: ida y vuelta (crónica de elogio y recelo), por Douglas Bohórquez
Miami suscitaba en mí sentimientos encontrados: admiración y a la vez un cierto recelo por la certidumbre de saber que Miami no era Latinoamérica; pertenecía a una nación y a un poder hegemónico que nos exigía subordinación. Rob Olivera
A María, Verónica y Gabriel

La invitación al viaje

“Allá todo es orden y belleza,
lujo, calma y placer”.
Charles Baudelaire

En agosto de 1999 viajé con mis dos hijos y mi esposa a Miami. Yo era profesor universitario y mi sueldo me había permitido reunir algunos ahorros. Me había negado a viajar a Miami, nueva meca del consumismo, hasta que un día mi hermano Néstor, un joven y exitoso empresario, que recién había comprado allí un apartamento, me dijo: “¿Y tú no quieres ir a Miami? Te presto el apartamento por un mes, si lo deseas”. Lo conversé con mi esposa María y mis dos pequeños hijos Verónica y Gabriel y la respuesta fue unánime: “Claro”, me dijeron, “vayamos”. En la mente de mis hijos destellaron los parques de Orlando, con Mickey Mouse, Minnie y todos los héroes de los comics de Walt Disney. Hicimos maletas, compramos los boletos de avión de ida y vuelta y nos fuimos. Era un período de vacaciones escolares. Tomamos el avión en el aeropuerto La Chinita una mañana muy temprano. Muchas otras familias viajaban con sus hijos. Yo notaba la alegría de mis hijos y la de otros niños que embarcaban en un avión cargado de personas, equipajes y euforia juvenil. La industria petrolera venezolana no estaba en su mejor momento, pero los precios del crudo comenzaban de nuevo a recuperarse. Hugo Chávez había asumido el poder en febrero de 1999. Para la época Maracaibo era una ciudad próspera, pero pronto el país entraría en una etapa de acentuada crisis y turbulencia política, económica y social de la que aún no se recupera. Una crisis marcada por la tensión con los sucesivos gobiernos norteamericanos. Muchos maracuchos que habían disfrutado del esplendor económico de otros años acostumbraban vacacionar en Miami. Iban de compras a sus malls o grandes centros comerciales, paseaban, se divertían en sus casinos o discotecas y regresaban. Algunos, los más ricos, compraban casas o apartamentos. En vez de Caracas, preferían Miami. Allí, decían, estaban las mejores tiendas de ropa, los mejores hoteles, los mejores médicos. Todos los que podían, viajaban y compraban. Se impuso la frase “está barato, dame dos”. Hasta esa fecha, en mi familia todos conocían Miami, menos yo. Vivía cómoda pero modestamente de mi sueldo de profesor en Trujillo, una pequeña ciudad, casi un pueblo, de sanas costumbres rurales, apartado del bullicio de los grandes conglomerados urbanos que habían sido impactados por el desordenado y abrupto crecimiento petrolero. A Trujillo, como a tantos pueblos circunvecinos, no había llegado el nuevo oro negro. Se compraba en bodegas y algunas noches se iba la luz.

Solía visitar con frecuencia Maracaibo, donde yo había nacido y donde vivían mis padres y hermanos. En cada viaje observaba con mayor estupor el creciente nuevorriquismo de amplios sectores de la clase media urbana. En alguna ocasión sentí como una ofensa el despilfarro consumista y la ostentación en que se vivía. Los barrios marginales crecían y con ellos la pobreza. Sin embargo en muchas casas de esos barrios se podían ver grandes antenas parabólicas e incluso autos de lujo. Yo no entendía.

 

Aquellas primeras vistas de la ciudad, de sus calles y espacios urbanos, comenzaban a deslumbrarnos.

En Miami

Cuando llegamos al aeropuerto de Miami en un vuelo que duró escasamente tres horas, nos sorprendió un inmenso pero ordenado y limpio terminal aéreo. Al poco tiempo dispusimos de nuestras maletas y nos dirigimos a tomar un taxi. Era una mañana, casi un mediodía soleado. Le indicamos la dirección al chofer, un señor colombiano, que nos llevó hasta el lugar. Después de unos quince minutos de trayectoria nos dijo que ya estábamos en Brickell y que ese era el centro financiero de la ciudad.

Al descender del auto nos dimos cuenta de que estábamos frente a un majestuoso edificio, a la vez hotel y espacio residencial. Pudimos observar que se encontraba rodeado de novedosas y modernas construcciones de una arquitectura que parecía ser de vanguardia. Más tarde corroboraría esa impresión. Aquellas primeras vistas de la ciudad, de sus calles y espacios urbanos, comenzaban a deslumbrarnos. Entramos al hotel. En la recepción todo era lujoso, tranquilo y ordenado. Nos identificamos. Andrés, un joven venezolano que allí trabajaba, nos atendió amablemente y nos señaló que estaba a nuestra disposición para cualquier consulta o lo que necesitáramos. Piso 25, nos dijo.

Adentro el apartamento era moderno y lujoso. Estaba equipado con mobiliario nuevo y funcional. Comentamos que había sido una gentileza de mi hermano ofrecernos el apartamento. “Debe ganar mucho dinero”, dijo mi hija Verónica, a quien le gustan sobremanera las comodidades, el confort. Desde los grandes ventanales de la sala y desde la terraza se podían distinguir la playa y la amplitud de la zona, los grandes edificios allí instalados y que configuraban, lo sabríamos luego, todo un sector de torres de negocios y lujosos condominios a los que sólo se podía acceder por virtud de un cierto caudal de dinero, de una fortuna. Guardamos las maletas y bajamos a recepción. Iríamos a caminar para conocer los alrededores. Pedí la dirección del hotel. Me entregaron una pequeña tarjeta en la que lucía impresa la dirección y el nombre del hotel: Fortune House. Eso es mi hermano, pensé, un hombre con fortuna. Todo en las calles lucía limpio y ordenado. La grama en los espacios verdes, a pesar de ser verano, estaba fresca y podada. Se respiraba seguridad y tranquilidad. Mis hijos y mi esposa me recordaron que era hora de comer. Cerca vimos un tren. Preguntamos y nos explicaron que podíamos tomarlo y en la primera parada descendiéramos pues cerca encontraríamos algunos restaurantes. Mi hija Verónica, de apenas cinco años, dijo: “Un McDonald’s, por favor, la cajita feliz”.

Comimos y de nuevo salimos a caminar. Miami nos sorprendía a cada paso con su buen clima, ni muy caluroso ni frío, y su despliegue de técnica y modernidad: lujosos y altos edificios bancarios y de condominios, boutiques elegantes, algunos restaurantes. Mis hijos irradiaban alegría. Intuíamos que estábamos en una ciudad interesante. Veíamos zonas verdes, los amplios lobbies en las construcciones estaban rodeados de jardines bien cuidados. No nos habíamos encontrado aún con ningún mall ni centro comercial. Nadie pedía dinero en las calles. Se podía disfrutar al aire libre. Tampoco veíamos excesiva cantidad de vehículos como se podía notar en ciudades como Caracas o Maracaibo. Miami no parecía ser lo que yo pensaba. Había imaginado una ciudad bulliciosa, llena de turistas comprando en las tiendas o boutiques. Pero no, en las calles no se observaba gran cantidad de personas. Con quienes hablamos, casi todos latinoamericanos, resultaron ser personas cordiales, en las que no se notaba el estrés de las grandes urbes. El clima tropical me recordó Maracaibo. ¿Cuál será la relación?, me pregunté. Creí no sentirme tan extranjero. Nuestro inglés era elemental, pero podíamos comunicarnos en español. Todas las personas que nos atendieron eran cubanos, colombianos, dominicanos o venezolanos. Ese primer día el cansancio nos venció relativamente temprano, de tal modo que después de caminar y merodear por los alrededores del hotel, decidimos ir a cenar y después descansar.

 

Los siguientes días fueron de seguir descubriendo a Miami. Mis hijos y mi esposa mostraban una gran simpatía y entusiasmo por la ciudad. Yo tenía cierta resistencia pero lentamente, sin darme cuenta, Miami me fue enamorando, como un adolescente se deja seducir por un amor desconocido. A los pocos días me preguntaba: ¿qué tiene esta ciudad que me enamora? Mis hijos preguntaron una mañana en recepción por los centros comerciales. Andrés nos informó que debíamos tomar un taxi porque estaban en otra zona. Les advertí que iríamos pero que el objetivo del viaje no era atiborrarnos de mercancías en los centros comerciales sino descubrir, conocer y disfrutar la ciudad.

 

Creo que los malls y centros comerciales en todos los países son una tierra de nadie, como los aeropuertos.

La solicitud de mis hijos se hizo impostergable y al cuarto día cedí. Tomamos un taxi y fuimos a un gran mall que nos recomendó Andrés, quien, desde la recepción del hotel, se convirtió prácticamente en nuestro guía. Creo que los malls y centros comerciales en todos los países son una tierra de nadie, como los aeropuertos. Un cierto sentimiento de desolación suele rozarme en esos lugares. No se sabe exactamente dónde se está. Afortunadamente en las tiendas, restaurantes y bares siempre vi rostros que me parecieron familiares: algún cubano, colombiano o venezolano.

—Pero esta ciudad está llena de latinos —le comenté a mi esposa.

—Sí —me dijo—, emigran en busca del sueño americano.

Y agrega: “Parece que no hubiéramos salido de nuestro país”. Sus palabras me confirmaron lo que sospechaba: Miami es como una versión desarrollada, modernizada y limpia, estéticamente remozada en su buen gusto arquitectónico, de Maracaibo. Le comuniqué a mi esposa mi impresión.

—Eso quizás explique —me dijo— por qué tantos maracuchos vienen a Miami. Puede parecer una exageración, pero son muchos los puntos de contacto: el clima tropical, la transparencia del cielo y del aire, las playas, los lagos, las amplias avenidas, la presencia cubana y latinoamericana a través de distintos barrios o distritos, la herencia hispana.

—Sí, esos son sólo algunos signos comunes que delatan una cierta comunidad de gustos, pero también está la influencia norteamericana en Maracaibo.

Ya cuando regresamos al Fortune House volvimos a pasar por Brickell. Me impresionaba ver la cantidad de bancos allí existentes. Se me hizo evidente que Miami se había constituido en un centro financiero muy importante. Pude imaginar la febril actividad empresarial que estaba detrás de aquellas elegantes moles de vidrio, cemento y acero. Mi hermano Néstor era uno de esos empresarios venezolanos que traían dinero a esos bancos. Sólo uno de tantos. Se me hizo patente que Miami, además de ser una urbe multicultural, era un gran centro financiero, comercial y turístico, y que los maracuchos, con nuestra pulsión consumista, en parte contribuíamos a su esplendor capitalista.

Antes de viajar había conversado con un amigo que vivió en Iowa City y me decía que todas las ciudades americanas le parecían iguales y, por lo general, aburridas. “El paisaje urbano”, agregó, “tal como lo puedes ver en las películas, es monótono”.

—Pero es que Estados Unidos son muchas ciudades. Más de doscientas ochenta ciudades, creo.

—Igual, la mayoría se parecen —replicó.

Aunque había estado por breves días en Nueva York y en otra oportunidad en Albuquerque, ciudades que me parecían muy distintas, mi experiencia era muy limitada y no tuve argumentos. Quizás mi amigo no conocía Miami. Creo que hoy compartiría mi opinión de que es una urbe distinta, con un sentimiento y cierta vibración espiritual, una energía tropical, un poco caribeña, quizás por la inmigración de haitianos, cubanos, colombianos y dominicanos, y el contacto con las culturas del mar Caribe que ellos traen como parte de sus costumbres.

 

El oro que afanosamente buscaron los españoles había cambiado de aspecto convirtiéndose en un aceite negro y viscoso que brotaba de las entrañas de la tierra.

Otra vez el petróleo

Mientras caminaba cerca de una playa en South Beach, en una mañana cálida, volví a pensar en el petróleo y en la extensa y marcada presencia de las compañías petroleras gringas en el lago y en las poblaciones circunvecinas. ¿Sería que con la presencia de éstas en el lago de Maracaibo y en otras zonas de Venezuela, desde comienzos del siglo XX, se había iniciado una especie de segunda conquista del país? El oro que afanosamente buscaron los españoles había cambiado de aspecto convirtiéndose en un aceite negro y viscoso que brotaba de las entrañas de la tierra. Los norteamericanos se lo llevaban mientras nos imponían su american way of life a través de todo tipo de objetos importados. Recordé las palabras de Alberto Adriani referidas a las petroleras foráneas: “Esa industria es, desde el punto de vista económico, una provincia extranjera enclavada en nuestro territorio”. En esas especulaciones estaba cuando mi hija me dijo: “Papá, vamos a comer helados y recuerda que tenemos que comprar mi Barbie que canta, el pato Donald y el playstation de Gabriel”. No sin cierta desazón tuve que aceptar mis simpatías por Miami y compartir la alegría y algo de los impulsos consumistas de mis hijos, que todo querían probarlo y comprarlo. “No soy Néstor”, les dije. “Tenemos que ajustarnos a nuestro presupuesto”. Faltaba aún por conocer Orlando y sus parques temáticos. Ese era el sueño de mis hijos. Para allá fuimos.

 

Rapsodia sobre Disney World

Disney World fue otra cosa, la tecnología puesta al servicio de la imaginación. Cada personaje y cada espectáculo eran fascinantes, no sólo para los niños, también para mi esposa y para mí. Nuestro primer día en el parque transcurrió entre el asombro y una cierta excitación por tantas novedades ante nuestros ojos. ¿Qué era aquello?, ¿había belleza? Sí, creo que había una belleza que no conocíamos del todo, una fantasía que nos contagió, que suponía la inmersión en otras dimensiones del tiempo y del espacio, que nos dejaba un poco atónitos, sin palabras. Tuve que aceptar que había una magia que se expresaba a través de un extraordinario despliegue técnico y de ingeniería de sonidos, de imágenes, de luces. Las animaciones, las recreaciones de espacios acuáticos o de selvas y montañas, de animales, nos parecían un canto a la vida y un homenaje a la invención, a esa capacidad del ser humano para hacer de la fantasía un reino maravilloso. Arte y tecnología dialogaban en una demostración casi sublime de talento humano que reconciliaba juego, infancia y belleza. De algún modo estábamos viviendo el futuro, el futuro del cine, de la comunicación, los nuevos espectáculos de masas, los nuevos lenguajes que se buscaban a través de la digitalización, a través de una inteligencia que era ya robótica, sobrehumana, y ese futuro, me gustara o no, lo estaba creando el país más poderoso del mundo. Si Walt Disney había concebido todo aquello había que aceptar que fue un avanzado, ¿un genio? Habíamos entrado a los parques en la mañana y aún en la noche nuestros hijos querían continuar disfrutando. Les dijimos que era hora de descansar y que volveríamos al siguiente día.

Ya en el hotel, le pregunté a mi esposa María cómo le habían parecido las atracciones.

—Maravillosas —me dijo—, mágicas, extraordinarias. Los niños disfrutaron incansablemente.

—Sí, es cierto, sólo que lamentablemente detrás de ese inmenso despliegue creativo está el largo y oscuro historial de una nación dividida en su racismo y gobernada por autoridades que han hecho de la violencia imperialista un modo a través del cual han pretendido gobernar el mundo.

Me sonaron un poco panfletarias las palabras pero era la triste realidad de tantas intervenciones bélicas, sojuzgamientos, golpes de Estado en distintos países latinoamericanos y del planeta.

—Claro —le dije—, desde que apareció el petróleo se supo que era la energía que movería al mundo.

Miami y Orlando son sólo una cara, la cara amable de la industria turística, soportada en el poderío innegable de una nación de muchos rostros y máscaras. Un país, pensé antes de dormirme, inmensamente grande y temible.

 

Un canal hispano anunciaba que un tornado golpeaba algunas islas del Caribe y amenazaba convertirse en huracán y tocar y afectar Miami.

El huracán que no fue

La magia de Disney World nos duró tres días. Regresamos al Fortune House un mediodía caluroso. Ya en el apartamento, mi hijo Gabriel encendió la televisión. Para sorpresa nuestra, un canal hispano anunciaba que un tornado golpeaba algunas islas del Caribe y amenazaba convertirse en huracán y tocar y afectar Miami. ¿Un tornado?, ¿un huracán?, ¿cómo es eso? Nunca habíamos vivido algo semejante. ¿Qué pasará?, nos preguntamos todos. Decidimos que había que preguntar. Gabriel y yo nos propusimos bajar a recepción, pero Verónica dijo: “Yo no me quiero quedar aquí” y se unió a nuestro grupo. María ponía cosas en orden en el apartamento. Ya en recepción, vimos una cierta intranquilidad. Se nos informó que, en efecto, había un alerta de huracán y que debíamos estar atentos a las informaciones, ver cómo se desarrollaría el tornado. Se nos dijo que si éste se acercaba y aumentaba su velocidad quizás se nos ordenaría desalojar el hotel e irnos a un refugio. El señor que nos atendió nos recomendó que mientras tanto fuéramos al supermercado más cercano y compráramos comida no perecedera. Decidimos ir de prisa al supermercado que estaba a unos metros de distancia. La gente entraba y salía con bolsas de comida. Se notaba un nerviosismo colectivo.

Entramos. Varios anaqueles estaban ya casi vacíos. Compramos lo que pudimos y regresamos al apartamento. Sentimos que comenzaba a soplar un viento más fuerte que el normal. María estaba intranquila y nos dijo que ella no quería abandonar la comodidad del apartamento para irse a un refugio, cuyas condiciones de habitabilidad desconocíamos. “¿A dónde nos van a llevar?”, preguntó, un tanto asustada. La invité a estar tranquilos y seguir atentos las informaciones televisivas. En realidad, ninguno de nosotros quería dejar la comodidad que nos brindaba Fortune House, con una excelente piscina que no habíamos podido usar y tantas otras instalaciones que despertaban nuestro interés. María les prometió oraciones a los santos y a José Gregorio Hernández en particular para que alejara el tornado o le restara fuerzas. Mientras tanto se hizo de noche y las noticias sobre la tormenta se hicieron más frecuentes. Verónica y yo decidimos irnos a dormir. María y Gabriel continuarían pendientes de las informaciones. A las tres de la madrugada María me despertó para decirme que el tornado se había debilitado y no entraría a las costas de Florida. Cesaba así nuestra zozobra. Me levanté para celebrar con ellos el regreso a la normalidad. Miami volvía a ser nuestro territorio de gracia y bienestar. Volví a dormir un rato. Al siguiente día haríamos nuevos planes. Nuestros días de vacaciones llegaban al final.

 

Los últimos días en Miami transcurrieron con plena normalidad, con algún paseo lacustre, visitas al Distrito Art Decó y a La Pequeña Habana, donde tomamos refrescos o algunas cervezas, a Coral Gables u otras zonas residenciales y, por supuesto, entre visitas y compras en algunos malls o centros comerciales. Mis hijos y mi esposa elogiaban constantemente a Miami. En mí la ciudad suscitaba sentimientos encontrados: admiración y a la vez un cierto recelo por la certidumbre de saber que, a pesar de la cercanía geográfica y en cierto modo anímica y espiritual, Miami no era Latinoamérica, pertenecía a una nación y a un poder hegemónico que nos exigía subordinación. Cuando fuimos a renovar nuestras visas a la embajada norteamericana en Caracas, recuerdo que el sentimiento de varias personas que hacíamos cola a pleno sol, mientras nos llegaba el turno para hablar con un funcionario cuyo rostro apenas se distinguía desde una pequeña ventanita de vidrio, era sentirse maltratados, como si fuéramos un país “patio trasero”, según la expresión que usaron. El día pautado para el regreso nos levantamos temprano y nos dirigimos en taxi al aeropuerto.

 

La ciudad rota

Hoy es 15 de agosto de 2021. He regresado de nuevo a Maracaibo. Salgo en la tarde a caminar por la avenida 5 de Julio y algunos de sus alrededores. Debo andar con cuidado para no caer en algún hueco o tropezar con algún objeto o basura. Es lamentable el aspecto de las calles, de los espacios públicos. Lo que antes era una zona limpia, bien mantenida, luce ahora arruinado. Me dejo ir hacia una vieja área residencial cerca del sector Indio Mara. Las bellas casonas del sector se ven hoy abandonadas y descuidadas. Sus antiguos habitantes seguramente han muerto y sus hijos probablemente han emigrado. Se nota desolación y descuido en muchos lugares de la ciudad. La escasez de gasolina es recurrente. Las estaciones de servicio cercanas están cerradas. La riqueza que generaba el petróleo es como un fantasma de otros años. La producción petrolera, que le había dado durante tanto tiempo una sostenida prosperidad a la ciudad, ha descendido a sus mínimos históricos. Maracaibo me parece hoy algo así como la caricatura de aquel Miami que conocí hace más de veinte años, es como su espejo roto. Aquel Miami que era el paraíso de los maracuchos con dinero hoy es refugio de venezolanos pobres que emigran huyendo de la crisis económica, en busca de un mejor horizonte, para convertirse allá en ciudadanos de segunda, parias. ¿Volverá Maracaibo a ser la ciudad señorial de antes o, como dice la gaita, del caos no se podrá salvar? Entre la esperanza y la desilusión, el sueño del progreso y la prosperidad luce ahora roto.

Douglas Bohórquez
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