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Artieda o la maldición de la palabra eterna

jueves 12 de octubre de 2023
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Fernando Artieda
Fernando Artieda fue un escritor del tiempo actual, lleno de contrastes y paradojas, de demiurgos y fantasmas agónicos.

Aproximación literaria

La literatura es el estallido de los sentidos en el papel en blanco. Es la luz de neón iluminando la soledad que circunda en las grandes ciudades. Es el oráculo que advierte la felonía del sacerdote ante la cruz. Es el sonido de las caracolas perpetuándose con la salinidad de las aguas. Es la audacia de los amantes desafiando —tras la cópula— a la moralidad y a las máscaras. Es la bifurcación entre lo evocado y la plenitud de un futuro incierto. La literatura interpreta la acción mundana. Seduce al verbo. Construye al símil. Acumula párrafos de encantamiento y persuasión, de temores y ausencias. La literatura tiene el caleidoscopio por el cual se vislumbran los días infinitos, se observa a los ángeles con sus alas asaltando el extenso cielo, se perciben los besos agitados de seres furtivos escondiéndose en el laberinto que conduce hacia la nada; pasiones de violín y alcoba. La literatura tiene la fuerza tutelar del volcán y el ritmo perdurable del bolero; resplandor y oscuridad, cuerpo y alma conjugándose entre sí, en el remolino de la palabra perenne. Huella indeleble de la existencia humana.

Ernesto Sábato, acerca del oficio literario, cavila así, develando sus espectros: “La literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma —quizá la más completa y profunda— de examinar la condición humana (…). Una de las misiones de la gran literatura: despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo”.

 

Sus textos terminaron en manos del pueblo, verdadero coautor de sus desenfadados e irreverentes versos.

El ser, el entorno, la palabra escrita

Fernando Artieda Miranda (1945-2010) fue un escritor del tiempo actual, lleno de contrastes y paradojas, de demiurgos y fantasmas agónicos. Sus textos terminaron en manos del pueblo, verdadero coautor de sus desenfadados e irreverentes versos, de sus subversivos y esperanzadores relatos. Varios son sus libros, entre otros: Hombre solidario (1968), Safa cucaracha (1978), Cuentos de guerrilleros y otras historias (1981), Cantos doblados del patalsuelo del alma (1984), De ñeque y remezón (1990), Que un hombre macho no debe llorar (2006), Una golondrina no hace un carajo (2006), El alcahuete de Onán (2008), Seco y volteado (2009); este último, una antología poética, en la que Margarita Laso asevera que “Fernando pudo ser bolerista, pero prefirió leernos sus poemas mientras nos sostenía de la camisa, del pecho, del cuello. Y parece que lo oigo. Y así nos ha agraviado su franqueza, el uso del habla que hiere o altera. Este yo poético que nos abraza y se desprende, descarna y desgarra con sus palmadas a veces rabiosas”.

Artieda supo acoger y recoger el sentimiento de la gente enraizada en su ciudad natal: Guayaquil; las vivencias cotidianas que se inmortalizaron a través de un canto lastimero y profuso o de “un recado de niño casi pájaro”, en donde la bohemia y el látigo del pecado se fundieron en un solo grito recurrente y fatal: “Verdecidos esperamos / que nuestros hijos no asistan al entierro / de los que hieden a miseria / a dolor / y a muerte ebria de tantos corazones indefensos”.

Quedan ya como expresiones de culto sus poemas “Pueblo, fantasma y clave de Jota Jota” y “Cabaretera”. Cabe entonces lo apuntado por Marco Antonio Rodríguez, al resaltar dos aristas en su lírica: lo social, de especial tratamiento, y, las calles, rincones y humedades del puerto, ya “que hay una sola sangre anacobera caminando por toda Guayaquil / cuervos fecundos palideciendo el día / reputeando la noche y sus verdugos / con la salsa en la piel / y en la esperanza”.

 

Fue el vate de los lagarteros, de las muchachas bonitas coqueteando en el malecón, de las mujeres de falda ligera y tetas firmes.

Bardo y cronista de quimeras

A partir del lenguaje sencillo y descarnado, Artieda también trascendió en el trajinar periodístico, con una particularidad inconfundible por revelar el trasfondo de los hechos y reivindicar a los desposeídos; personajes sumidos en la injusticia y el oprobio, con plena conciencia y compromiso: “Un hombre desnudo frente a su espejo / es sólo una verdad a rajatabla”.

No obstante, en esencia, él fue el vate de los lagarteros, de las muchachas bonitas coqueteando en el malecón, de las mujeres de falda ligera y tetas firmes, de las caricias con aliento de amor, de los manes tomando biela en la esquina del barrio, de los borrachitos de cantina y prostíbulo, del inmortal Julio Jaramillo, de los camaradas convencidos de luchas utópicas, de los desempleados y marginales. Tal como lo advirtió: “Somos hierba por igual / de un mismo sitio / con derecho a ser verdes / a agitarnos / a bebernos el sol / la lluvia / el viento”.

Por eso escribió sobre el vehemente peregrinaje diario y la insondable realidad que le acercó siempre al desenfreno del mar y a la sombra noctámbula: “Al fin y al cabo nos queda lo bailado / esa especie de resumen / que el buen primate se repite / después de la tercera madrugada / de negar al gallo”. Su irreversible ausencia se ve superada ante la autenticidad del legado literario: “Quizás mañana te sirva / para algo más que un recuerdo”.

Fernando Artieda, “el juglar de blasfemias”, el “poeta amarillo”, insolente y vital del Guayaquil eternamente incendiado.

 

Referencia bibliográfica

  • Artieda, Fernando (2009). Seco y volteado. Antología poética. Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión.
  • Rodríguez, Marco Antonio (5 de julio de 2022). “Fernando Artieda y su palabra”. En: El Comercio.
  • Sábato, Ernesto (1983). El escritor y sus fantasmas. Seix Barral. Tercera edición.
Aníbal Fernando Bonilla
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