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Singladura de la nave poética de Jotamario Arbeláez

domingo 3 de diciembre de 2023
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Jotamario Arbeláez
Los textos de Jotamario Arbeláez son largas diatribas contra la cotidianidad impuesta por el establecimiento.

La poesía es mucho más que la descripción del silencio en la penumbra. Según Borges, “los poetas, como los ciegos, pueden ver en la oscuridad”. Escribir sobre lo evidente se lo dejamos a los cronistas de anécdotas e historias no leídas o no contadas en las columnas de periódicos livianos, tibios y ligeros en su intención. Sin embargo, sabemos que para que lo ordinario no resulte chabacano, acudimos a lo poético en actos de transmutación del objeto poético en imagen poética, y de la palabra llana a una eufonía.

Aunque muchos lo ven así, Jotamario no se anticipó a ninguna “vanguardia” —véase el léxico estrafalario de León de Greiff, por ejemplo. Ni el desparpajo de su voz, ni la sátira, ni la diatriba, ni la ironía, ni el cáustico decir de su único personaje —¿su alter ego?—, pueden pretenderse pioneros de algo. Si bien transgrede con los cánones parroquiales, provincianos y morrongos (falsos, solapados, disimulados), sus textos no pasan de ser la expresión exultante de un excepcionalismo poético, y otros más lo consiguieron. Poetas excepcionales quizás porque, como él mismo lo dice en su “Canción de Simona Coral”: la “prosa bastarda” los identificaba: dariolemus, x-504, elmo-nje loco, amílcar, La Maga —la santa-bruja, para mí—, hijos unigénitos del nada más ni nada menos Gurú Arango, que sólo tuvo los ya nombrados bien nacidos hijos pródigos para el nadaísmo.

Como la insubordinación, la poesía de Jotamario es la liberación de la vida inhibida. Un extenso periplo donde la nave en que se embarcó hizo muchos esguinces para mantener ese rumbo incierto de quienes se montaron, como él, en otra nave de locos, donde el ahora y el aquí errático eran el motivo de la ataraxia, la pereza, el ocio y la desidia del nadaísmo. Una nave a punto de zozobrar desde su nacimiento en los años sesenta o setenta del siglo pasado.

El lenguaje evocativo en los textos de Jotamario es un pretexto para hacer de la poesía un viaje a la hondura de las pasiones o de las rebeldías. Es quizás un acto de altanería y sublevación contra lo tan amado o deseado, eso que merece nuestra atención suprema o nuestra duda.

Los versos en la poesía de Jotamario transitan desde la palabra elemental, a veces una “gonorrea de estilo”, hasta unas imágenes de elaboración sutil.

En la lucha por encontrar palabras “bonitas”, los que escriben se someten al filo y la rudeza del cilicio de los que se vanaglorian de poseer la clave de la estética y de la obviedad del despilfarro. Los versos en la poesía de Jotamario transitan desde la palabra elemental, a veces una “gonorrea de estilo”, hasta unas imágenes de elaboración sutil, y por eso también rompe el molde y destroza la mojigatería. Por procaz, por grosero, por licencioso y desvergonzado, a Jota lo cultivan, a todo honor y todo orgullo, los diletantes del Jet Set y de algún Bronx, para que se derritan de envidia los moderados y los mediocres, y creo que hasta los que llamamos “tibios”.

Porque la poesía es irreverente, debe ser transgresora, pero, sobre todo, transformadora, como cada circunstancia que le da origen. Con la poesía debemos explicar la “mecánica del alma”, y es que el alma no es el vacío precisamente. Según Demócrito de Abdera, el vacío no necesariamente es la nada, no es carencia de movimiento. La tecnociencia estableció que entre los infinitos intersticios de la materia hay movimiento, o sea, energía invisible que “anima” a la materia. “La mecánica del alma” es el objeto del poeta para explicar el alma de las cosas en un periplo exploratorio, aprehensivo y recreativo de la circunstancia poética. El propósito del poeta es “materializar” esa circunstancia poética, desde la simpleza de lo más cotidiano, hasta lo más complejo de la existencia, usando la palabra y la metáfora eufónica.

Sí fueron una contracultura, pues se empeñaron en destronar la definición amañada de que la “cultura soy yo y mis espejos”, como decían para entonces, demostrando que la cultura es un universo compartido que configura una unidad de expresión y de vida y de sentimiento aun dentro de las diferencias expresivas o creativas o de la misma alteridad.

Decía el Gurú Arango —número 33 de la Colección de Poesía Quinto Centenario, Ediciones de la Fundación Fica, 1991—: “…les presento a Jotamario, no un poeta cualquiera, sino el más joven gigoló de la poesía colombiana”. Temblor, tremor, balanceo. La nave aún no comprendía el rumbo que el capitán intentaba en la tormenta de la adolescencia, expuesta a la rigidez de la escuela, la Iglesia y la familia. Lo presentó también como “la mayor deshonra para su padre”. Y es que se dedicaba a labores sospechosas e “improductivas”: la contemplación de lo ordinario, de lo perverso; a la conspiración para desnudar la mojigatería y el pecado, a la observación de la simpleza. A la elucubración sobre la complejidad de la vagancia, de la abulia y el desparpajo.

Jotamario sí se anticipó a Mircea Cărtărescu imponiéndole el carácter insumiso a la poesía, asignándole una función renovadora para el mundo; se anticipó a Armando Rojas Guardia cuando reclamó que lo único que necesita la poesía es que vivamos poéticamente con todos los sentidos abiertos al asombro, para que desde nuestro propio adentro recreemos lo que ocurre fuera de nosotros.

Ese microcosmos de Jotamario en la niñez o la adolescencia (yo no sé si la tuvo), descrito con pelos y señales y delirios morbosos, que otros no logran visualizar con tanta malicia y tanto verbo picante, agitó la inercia de la sopa de letras que es un alfabeto. Poeta alternativo o rebelde o aplazado en la ceremonia de graduación: ¡bien hecho! “Yo no te debo nada”, dijo.

Sus textos, extensos, son largas diatribas contra la cotidianidad impuesta por el establecimiento. Eso demuestra que el man no tenía otra vocación que la poesía, y que su pudor podría pavonearse por cualquier parte, envuelto en su túnica invisible.

La estética y el erotismo que se repiten en el cine de Tinto Brass, por ejemplo, en Jotamario se desborda hacia un lirismo pornográfico.

La estética y el erotismo que se repiten en el cine de Tinto Brass, por ejemplo, en Jotamario se desborda hacia un lirismo pornográfico. Seguro de no ser uno de esos poetas que exageran sin peligro, canta sus metáforas precisas para darnos a degustar un cuerpo de mujer de pechos como catedrales perseguidas por el deseo de todos. En El cuerpo de ella, hace su trabajo la celada fiera del cazador empecinado en su presa, sin que le falte una sola palabra para domeñarla bajo el fragor de una carabina firmemente orientada (una verga erecta). Preparando cada “tiro” para que deje huella indeleble sin asomo de sacrificio, para que cada palabra sea una gota de ajenjo, o de absenta, que produzca 50.000 delirios de pasión. Estremece su rigor forense con la descripción minuciosa de la anatomía de su alimento extendido en la fría bandeja de la morgue erotizada por sus nobles deseos y placeres.

Estrafalarios, vagos, inofensivos, diletantes, que creían sabérselas todas, ir contra todo lo que no fueran esos humos espiritosos cuyo solo aroma despertaba las ceremonias hedonistas más impuras, que, con empeño, defendían rompiendo con los principios morales. La ética no existía para ellos, vivían y convivían como les daba la gana. Con sus mechas y greñas a la bataola, sus bolsos terciados en bandolera de frente contra el mundo, cargando en ellos los manifiestos de la Nada. Una imitación, si se quiere, del “hipismo” en este mundo subdesarrollado, tercermundista, patio trasero del imperio, república bananera, etc., se pusieron a la altura de los “malditos” o maldecidos, por lo altaneros, anarquistas y apóstatas de todo credo. Por amargados, alucinados o desalmados. Atentando contra cualquier belleza o virtud oficial o convencional, y se pusieron a hacer poesía como les dio la gana.

¿De dónde habríamos de sacar nosotros: melindrosos, miedosos, atembados, las agallas de Jotamario I para despotricar por las filas en los bancos, en las notarías; para justificar la existencia de los sellos sobre documentos y libelos oficiales, las autenticaciones o los certificados; las uñas bien cortadas, las melenas tonsuradas al corte de Umberto, el peinado alisado con fijador Glostora de la época; zapatos bien embetunados, fotos tres cuartos con las orejas visibles, todos ignorantes de lo que se avecinaba con El Muro de Pink Floyd, o las desgarradoras proclamas de Janis Joplin o Joe Cocker, y todo circulando alrededor de la familia, el gobierno, la educación y un “establecimiento” corrompido y mendas?

Combinar la poesía con el humor. Recreación de episodios o, quizás, solamente anécdotas fantaseadas. Jotamario intenta convertir sus anécdotas en imágenes poéticas. Desmitifica el lenguaje procaz, desmitifica el refinamiento rebuscado de la burguesía pretendidamente refinada y pulcra. Explica la conexión entre el sexo y la muerte, entre el nacer y el morir, entre el vivir y el nacer. En Jota la muerte, por lo menos “la muerte chiquita”, es una invitación a la degustación de un cuerpo macilento que escapa a la única esencia del vivir mundano: el erotismo.

¿De dónde viene la poesía de Jotamario I? Da la impresión de venir de algún sitio familiar, conocido por todos: la calle, la esquina del barrio, del potrero baldío y del malevaje, de la pandilla callejera, cuando éramos adolescentes adoctrinados en la moral y la familia, en la disciplina del colegio público y la religión.

Jotamario anduvo, como muchos otros poetas, lindando por la frontera de la publicidad y la poesía.

Y sí, fabulosa y extensa obra de años y años de anécdotas. Jotamario anduvo, como muchos otros poetas, lindando por la frontera de la publicidad y la poesía. Estratega del marketing a sabiendas de que el marketing nos conduce al holocausto. “Si flota Magdalena, flota el nadaísmo”, “Tome nadaísmo y pida la tapa”.

De sastre a poeta, gracias a las doctrinas del Gurú Gonzalo, que les enseñó el misticismo de las horas sin tiempo, cuyos manifiestos pasaban por las diatribas inofensivas (tibias) repudiándolo todo con ironías, sarcasmos y causticidades merecidas, hasta con las lucubraciones poéticas salidas del ensueño o el extravío de tiempos inconclusos o inexplicables por quienes no se domesticaban.

Al principio pensé que esta encomienda que me hiciera el poeta Rafael del Castillo era pan comido. Con semejante bardo, con semejante galán, con semejante ícono de la poesía contestataria desde los dadaístas, era cuestión de unos mil caracteres para cubrirlo y salir con algo. Lo siento, ya voy por los diez mil caracteres y no termino. Y es que la obra de Jotamario I es como un juego memorioso donde se confunde lo humorístico y lo egolátrico. Del nadaísmo dijo: “Desarmad un reloj y armadlo de nuevo: la pieza que nos sobra, eso es el nadaísmo”. Publicista en carreras de manejador de imagen de político de dudosa reputación, a veces machista fervoroso. Sus debilidades: los libros, las bebidas, las mujeres.

No sé cómo pudo llegar tan lejos con esa manera de cantaletear y fustigar al sistema que le dio éxito y papa granjeándose la popularidad que hoy conserva más allá de nuestros mínimos linderos, donde también lo leen y con fruición. Quién se atreve a decir lo que él: “La poesía es inútil”; “Era un poeta inútil y se llamaba Jotamario, como Buda” —tomado de El profeta en su casa, antología, poemario evocativo, de la familia, del solar, del vecindario.

Y, para terminar, y no comprometer mi inmaculado prestigio, les juro que no soy nada de él ni tengo filiación alguna con el nombrado Jotamario I y único. Pero sí me preocupa que en su columna del 26 de julio de 2023 del periódico El Tiempo declare: “Me están ofreciendo homenajes por todas partes, lo que le agradezco a la vida. Pero también se está buscando la forma de desfigurarme. No tengo nada qué temer. Pero qué susto”. No sé si su aparente paranoia se deba a su calidad de profeta que presintió este homenaje que hoy se le hace a quemarropa. “Qué va, a vos te queremos así como sos, ve”.

Carlos Arturo Arbeláez Cano
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