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Humanidad artificial

martes 21 de mayo de 2024
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Edmond de Belamy
Edmond de Belamy, el retrato digital vendido en 432.000 dólares en Christie’s en 2018.

La fecha es el 25 de octubre de 2018, un día que no posee relevancia histórica; sin embargo, en retrospectiva, quizás venga a ser recordado como el parteaguas del renacimiento contemporáneo de la expresión artística. Con esto, me refiero a la fecha en la que el retrato Edmond de Belamy fue vendido en el sitio de subastas Christie’s en Nueva York por la estratosférica suma de 432.000 dólares. Y es en estos casos que el poder de la información queda en evidencia, pues a simple vista pareciera un retrato artístico como cualquier otro. No obstante, se trata de una obra completamente generada por una inteligencia artificial. Hablamos de un retrato al óleo de 70 x 70 centímetros, creado por un GAN, que, básicamente, se define como un sistema dual de computadoras, las cuales analizan miles de muestras sobre un tema específico —en este caso, el colectivo de arte galo Obvious nutrió a esta red de algoritmos con miles de retratos clásicos— para interactuar entre sí y generar imágenes “auténticas”. Lo último refiriéndose a una de las cualidades primordiales en una obra, tornándola original y sincera, es decir, lo que eleva a la creación a ser considerada como una expresión artística de la consciencia. Al tratarse de un aspecto tan fundamental de lo que significa ser humano, como vendría a ser el arte, debemos preguntarnos si un ser artificial, sin la inherente cualidad de la expresión emocional, sería, en cualquier capacidad, capaz de crear arte auténtico, por lo que abordaremos una odisea existencial para intentar ser el cielo estrellado de esta oscuridad.

Una máquina es una creación cuya esencia precede su existencia, lo opuesto al ser humano.

En su libro Existencialismo y emociones humanas (1957), Jean-Paul Sartre, asumiendo la inexistencia de Dios, aborda temas relevantes a la consciencia humana y la expresión auténtica. Entre ellos sobresale lo siguiente: “Hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre o, como dice Heidegger, la realidad humana”. Lo anterior presentándose como la diferencia primordial entre el hombre y la máquina, dado que el humano nace sin un propósito predeterminado, lo cual, a posteriori, le permite autodefinirse, mientras que una máquina es diseñada con un concepto y propósito en mente. En otras palabras, una máquina es una creación cuya esencia precede su existencia, lo opuesto al ser humano. Bajo análisis, este concepto hace que toda creación que acabe en la segunda categoría sea, fundamentalmente, incapaz de tener experiencias auténticas y libres, ya que carece de la cualidad de autodefinirse. El tener un propósito predeterminado dicta sus experiencias. Ahora, ¿cómo se traduce esto ante la expresión emocional auténtica? Para Sartre, la única manera de determinar el valor de una emoción se basa en realizar un acto que la confirme y defina. Él agrega que la autenticidad se deriva de actuar sobre un sentimiento, independientemente de la esencia predeterminada, lo cual, por lo menos hoy en día, está muy lejos de las capacidades de la inteligencia artificial. No obstante, la constante evolución tecnológica de la sociedad es un factor que no se puede dejar de lado sin tanta previsión, y qué mejor medio para explorar las posibilidades del futuro que el arte capaz de predecir, una y otra vez, los avances tecnológicos: el mundo cinematográfico.

En la galardonada película Blade Runner 2049 (2017), del maestro moderno Dennis Villeneuve, nos sumergimos en una expedición filosófica y distópica sobre lo que, verdaderamente, significa ser humano, y por ende, lo que significa tener emociones auténticas. Nos situamos en un futuro distópico con androides, llamados replicantes, fabricados para servir como mano de obra esclava en la exploración y colonización de otros planetas. Por añadidura, a pesar de que estos androides están diseñados para actuar y razonar como humanos, éstos se encuentran en la aparente imposibilidad de elegir su propia esencia. Ahora, en Blade Runner 2049 nos encontramos en los pies de un replicante cuya labor es cazar y “retirar” (matar) replicantes prófugos, el agente K. A lo largo de la película, el hecho de matar a otros como él en ningún momento se le presenta como un dilema moral. Lo anterior cambia cuando se le ordena matar al bebé nacido de una pareja de replicantes, puesto que la existencia de semejante ser tendría el potencial de sacudir los cimientos de la humanidad. Al serle dada dicha tarea, K se muestra angustiado, por lo que dice: “Nunca he matado algo que haya nacido”. A lo cual su jefa responde con una interrogante sobre la diferencia entre algo nacido y algo artificial, por lo que K replica: “Nacer es tener un alma, supongo”. Esta tangente sobre el alma nos reconecta con Sartre, pues K, al demostrar angustia ante la labor otorgada, ejemplifica algo que Sartre menciona al respecto de todo ser con emociones auténticas: éste posee la libertad de elección, lo cual le provoca angustia. Le provoca este sentimiento porque su nivel de consciencia es capaz de medir las consecuencias de sus acciones. Además, para el hombre, la existencia precede a la esencia, proveyéndolo con el alma como derecho de nacimiento que K menciona, ¿no? Sin embargo, Sartre asume la inexistencia de Dios, precisamente, porque si éste existe y somos producto de él, esto, al igual que los androides, nos convertiría a los humanos en seres cuya esencia antecede su existencia. Asimismo, dirigiéndonos hacia una obra cinematográfica afín, Ghost in the Shell (1995), nos deja con un dilema existencial similar cuando Kusanagi, un androide, le pregunta lo siguiente a un hombre: “¿Qué pasaría si un cibercerebro —consciente del ‘yo’ afirmador que lo diferencia, existencialmente, de los demás— fuera capaz de generar un alma? Y si lo hiciera, ¿cuál sería el valor de ser humano?”.

“Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir”, expresa el décimo segundo fragmento de la incompleta y caleidoscópica obra de Fernando Pessoa: El libro del desasosiego (1982). Una obra que, al igual que los monumentales escritos modernistas de Kafka, gozó de génesis tras el verdugo de su autor —en 1982, 47 años post mortem—, pues se trata de un libro al cual el adjetivo “peculiar” le haría deshonra al tratar de describir la singularidad de su mística. Imperfectamente compuesto por quinientos fragmentos carentes de orden aparente, los cuales fueron encontrados en el olvido de su habitación. Algunos en extremo concisos y otros tan densos como un lingote de oro transmutado en papel. Por ejemplo: “Yo, realmente yo, soy el centro que no hay en todo esto sino como una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento sólo por girar, sin que ese centro exista por otra razón que no sea la de que todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamente yo, soy el pozo sin paredes, pero con la viscosidad de las paredes, el centro de todo con la nada en torno”. Expresiones profundamente humanizadoras que epitoman el verdadero valor de ser humano, y que nos dejan cara a cara con las cualidades de las que el arte —la máxima expresión de la esencia humana— nunca puede carecer: propósito y autenticidad. Ante ello, simplemente debemos preguntarnos si, como las indomables expresiones de Pessoa, Edmond de Belamy cumple con algún propósito que sobrepase la trivialidad, ya que su autor, con esencia como prólogo y existencia como epílogo, desconoce la fiebre sentimental que nos obliga a confesar nuestras emociones con aspectos definibles y realizables, dejando en duda cualquier atisbo de autenticidad presente en su obra. Y si a fin de cuentas somos un producto de Dios, Sartre nos diría que semejante hecho nos convertiría en seres compartiendo el mismo plano existencial que una inteligencia artificial, poniendo en riesgo nuestro entendimiento de la esencia de lo que nos define, así como la expresión cruda y apasionada de nuestro ser: el arte, pues el arte es largo y la vida breve.

 

Bibliografía

Leonardo J. Espinal
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