
“Que yo sepa, nadie ha formulado hasta ahora una teoría del prólogo”. Esto lo dijo Borges en noviembre de 1974, en el prólogo a su libro Prólogos con un prólogo de prólogos, que recoge los textos con los que Borges había prologado los libros de una amplia colección.
El prólogo es el hall de entrada del libro. Al trasponerlo, se ingresa en el desafiante mundo del texto escrito, un espacio cargado de misterio, experiencias, secretos, revelaciones y descubrimientos. Aunque no todos los libros tienen prólogo y no todos lo requieren, en aquellos que lo poseen predispone el espíritu del lector anticipando ciertas expectativas que un lector inaugural, el prologuista, ha presentido.
Aunque Borges no llegó a formular una teoría del prólogo, lo ha caracterizado con justas palabras: “El prólogo, cuando son propicios los astros, no es una forma subalterna del brindis; es una especie lateral de la crítica”. En su práctica literaria, Borges hizo del prólogo un género literario. El último que escribió es el que precede a su último libro, Los conjurados, publicado en Madrid, por Alianza, en 1985 (Borges murió al año siguiente, en Ginebra).
El prólogo que escribió para el libro El congreso que yo he visto, de Ramón Columba, puede ser considerado el penúltimo en general y el último para una obra ajena. Tiene fecha 14 de agosto de 1978. Ramón Columba (1891-1959) fue un excelente dibujante caricaturista. Se desempeñó durante varios años como jefe de taquígrafos del Congreso argentino y tuvo ocasión de conocer y tratar con numerosos legisladores entre 1948 y 1955. De su conocimiento y trato surgió el libro, además de las caricaturas de tan encumbrados personajes.
Ramón Columba creó y dirigió la editorial que lleva su nombre. De su fondo se destaca la colección Esquemas, elogiada por Borges en el prólogo mencionado, en la que se publicó, con el número 2, El Martín Fierro, escrito en colaboración con Margarita Guerrero, al que siguieron Introducción a la literatura inglesa e Introducción a la literatura norteamericana, además del prólogo al número 100 de la colección (Qué es la Argentina).
El prólogo es muy breve, de poco más de una página. En él Borges reflexiona sobre el sentido de los retratos, particularmente de las caricaturas, y termina con un amable recuerdo personal. Genio y figura de Borges se condensa en ese escueto escrito.

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