

Protegido durante semanas por un sobre de intensa blancura estuvo el libro en mi escritorio sin que me animara a verlo y tocarlo, porque ya lo había visto de lejos cuando Gisela Cappellin lo mostró en un hermoso acto al aire libre en las cercanías de la Librería Kalathos en Los Galpones. De entrada, al sólo verlo en aquel acto supe que no se trataba de un libro tal como se entienden y se aceptan los libros, es decir, un pequeño o gran volumen con determinado número de páginas colmadas de textos cerrados o de poemas que navegan en cada página por los generosos espacios que se abren frente a ellos. Más que un libro, lo que se mostraba en el aire libre de Los Galpones ante mis asombrados ojos era un objeto de arte fino. En mi casa no me atrevía siquiera a sacarlo del sobre ni tocarlo porque la pureza no se toca.
Visualmente se veía exquisito, un breve y delgado rectángulo dominado por un papel de suave color de sueño adolescente elegido por Javier Azpúrua, no sólo para la portada diseñada por Luis Eduardo Giraldo sino de inventado color blanco que se envuelve a sí mismo como un envoltorio para guardar lo que no se escribió en el libro o para mantener intacto el maravillado oro de asombro del lector. Antes de recuperar el color de la portada, ésta se cierra sobre el verdadero color del libro,que se alarga algunos centímetros para ofrecer la mirada atenta, amorosa y editorial de Carmen Verde Arocha.
Cuando digo que no me atrevía a tocarlo por temor a que lo disolviera la aspereza de mis manos y la voracidad de mi mirada, era también porque ya en la portada en letras de verde y desigual tamaño aparecía el título del poema: La Virgen del árbol seco, como si se tratara de insólitas e impredecibles hojas desprendidas por el viento que estremece a un viejo árbol abrumado por el tiempo, y en forma desusada, aquí y allá sobre la portada se ve el nombre de Patricia Guzmán y en calidades tipográficas diferentes las palabras epígrafe, una poética visionaria, pórtico, dedicatoria, epílogo y colofón, y al término de cada una de estas anunciadoras palabras el número romano que marca la página donde se encuentran esperando que el lector supere sus temores, se abrace a la pureza, termine de abrir el libro y esquive la sorpresa de encontrar páginas de una blancura que no parece ser de este mundo, páginas que se doblan en sí mismas y otras en las que se puede aprehender la iluminada inteligencia y sensibilidad de la poeta y psiquiatra Ana María Hurtado, autora del prólogo. Y es entonces cuando vuelve a aparecer el color de la portada que tanto me sedujo y me puso a dudar si tocaba o no el libro, porque es cuando emerge de su propia vida La Virgen del árbol seco, el prodigioso poema de Patricia Guzmán que parece extender sus ramas a la página siguiente para que aniden allí los pájaros de la memoria. Y es también donde Patricia dedica su libro y cede al impulso de explicar de dónde proviene su maravillosa ornitología mística.
Porque esta es otra de las inesperadas acechanzas de La Virgen del árbol seco, este milagro editorial de 2024. Puede entenderse y captarse como lo que él es: un hermoso poema sobre el misterio y la belleza, pero María García de Fleury va más allá y descubre en él símbolos bíblicos que nos invitan a considerar y encontrar la necesaria serenidad para descubrir que lo más relevante, a su entender, son nuestros encuentros con la Virgen y con Dios.
El poema, en definitiva, lo puso Patricia en manos de Gisela Cappellin, a quien adoro, porque fue ella la que editó Lo que queda en el aire, un libro cuya portada invita a ser acariciada, el poema de amor que escribí para rendir homenaje a mi mujer Belén. ¡Gisela es en fin de cuentas la autora y coordinadora de La Virgen del árbol seco: un tesoro bibliográfico!
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