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Horacio Vanegas

domingo 2 de febrero de 2025
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Horacio Vanegas
El doctor Horacio Vanegas (1939-2025), fallecido el lunes 27 de enero, era miembro de la Academia Nacional de la Medicina de Venezuela.

Murió mi amigo Horacio Vanegas, pero hacía algún tiempo que había muerto estando aún vivo porque zozobró su mente y en cierto modo su alma se apartó del mundo y ya no pudo volver a ser el brillante científico que fue y el adorable ser humano que seguirá siendo.

Junto a Alicia Ponte Sucre formó una pareja de renombrada celebridad científica; ambos médicos dedicados a hondas investigaciones, reconocidos mundialmente. Horacio era experto en neurofisiología y en el dolor, Alicia en fisiología molecular. Una vez al año frecuentaban las universidades alemanas de Würzburg y Jena no para aprender, sino para enseñar y realizar proyectos de investigación.

Pero nadie podía suponer que fuesen tan encumbrados porque Horacio se abrazaba a la guitarra y con voz dulce y pequeña cantaba boleros de Agustín Lara, y con Alicia sostuvo un hermoso recital uniendo sus voces al sonido de la guitarra en canciones de suaves cadencias. A su vez, Alicia escribe densos ensayos éticos y filosóficos que revelan una mente bien asentada y organizada, y al mismo tiempo escribe bellísimas narraciones infantiles que se convierten en textos de antología como “Las maravillas del zamurito” o “Glock en el Jardín Corral del Tamarindo”, con cuidadas ilustraciones de Antonio Quintero. No obstante, Horacio y Alicia son académicos. Uno, de la de Medicina; Alicia, de la de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales. Son venezolanos irrepetibles, alejados de gestos y modales de arrogante altivez y presunciones. Jamás observé en ellos desdén y altanería, sino todo lo contrario: sencillez y modestia. Resultaron ser mis vecinos y los veía muy temprano en las mañanas salir a trotar en las cercanías de mi casa.

Conocí y tuve el privilegio, en tiempos universitarios, de tener a Samuel Milo Gabe como profesor de latín y escucharlo decir reiteradas veces que Horacio, el gran poeta lírico y satírico de la Roma imperial, “no ha sido superado”; tampoco mi amigo Horacio en comportamiento humano y saber.

Terminaba esa mañana mi caminata en compañía de Listh, la bondadosa vigilante de los vacilantes pasos de mi avanzada edad, cuando vi a Horacio en la suya igualmente acompañado y exclamé: “¡Horacio!”. Entonces, giró la cabeza, me miró y dijo: “¡Rodolfo!” y terminó de cruzar la calle; dio unos cortos pasos hacia mí y el brillo que vi en sus ojos al mencionar mi nombre se apagó de pronto y sólo quedó en su rostro la bella sonrisa que siempre tuvo conmigo. ¡Fue sólo un instante! La lucidez que rodeó mi nombre al mencionarme sólo alcanzó a recorrer el tiempo de un parpadeo y mi amigo Horacio se hundió nuevamente en esa oscura y desconocida región donde no reina la memoria de nuestros días.

Me estremecí de alegría al escuchar mi nombre, la emoción de que él me reconociera, pero quedé inerme y deshecho al constatar que el roce lúcido de Horacio al verme fue como el vuelo veloz de un pájaro en el cielo y se abrió para él, de nuevo y para siempre, el abismo de su propia eternidad. Era para desmoronarme en lágrimas, pero me reconforta haber tenido para mí la viva y amorosa sonrisa de Horacio y el brevísimo instante de luz en sus ojos.

Rodolfo Izaguirre
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