
Murió mi amigo Horacio Vanegas, pero hacía algún tiempo que había muerto estando aún vivo porque zozobró su mente y en cierto modo su alma se apartó del mundo y ya no pudo volver a ser el brillante científico que fue y el adorable ser humano que seguirá siendo.
Junto a Alicia Ponte Sucre formó una pareja de renombrada celebridad científica; ambos médicos dedicados a hondas investigaciones, reconocidos mundialmente. Horacio era experto en neurofisiología y en el dolor, Alicia en fisiología molecular. Una vez al año frecuentaban las universidades alemanas de Würzburg y Jena no para aprender, sino para enseñar y realizar proyectos de investigación.
Pero nadie podía suponer que fuesen tan encumbrados porque Horacio se abrazaba a la guitarra y con voz dulce y pequeña cantaba boleros de Agustín Lara, y con Alicia sostuvo un hermoso recital uniendo sus voces al sonido de la guitarra en canciones de suaves cadencias. A su vez, Alicia escribe densos ensayos éticos y filosóficos que revelan una mente bien asentada y organizada, y al mismo tiempo escribe bellísimas narraciones infantiles que se convierten en textos de antología como “Las maravillas del zamurito” o “Glock en el Jardín Corral del Tamarindo”, con cuidadas ilustraciones de Antonio Quintero. No obstante, Horacio y Alicia son académicos. Uno, de la de Medicina; Alicia, de la de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales. Son venezolanos irrepetibles, alejados de gestos y modales de arrogante altivez y presunciones. Jamás observé en ellos desdén y altanería, sino todo lo contrario: sencillez y modestia. Resultaron ser mis vecinos y los veía muy temprano en las mañanas salir a trotar en las cercanías de mi casa.
Conocí y tuve el privilegio, en tiempos universitarios, de tener a Samuel Milo Gabe como profesor de latín y escucharlo decir reiteradas veces que Horacio, el gran poeta lírico y satírico de la Roma imperial, “no ha sido superado”; tampoco mi amigo Horacio en comportamiento humano y saber.
Terminaba esa mañana mi caminata en compañía de Listh, la bondadosa vigilante de los vacilantes pasos de mi avanzada edad, cuando vi a Horacio en la suya igualmente acompañado y exclamé: “¡Horacio!”. Entonces, giró la cabeza, me miró y dijo: “¡Rodolfo!” y terminó de cruzar la calle; dio unos cortos pasos hacia mí y el brillo que vi en sus ojos al mencionar mi nombre se apagó de pronto y sólo quedó en su rostro la bella sonrisa que siempre tuvo conmigo. ¡Fue sólo un instante! La lucidez que rodeó mi nombre al mencionarme sólo alcanzó a recorrer el tiempo de un parpadeo y mi amigo Horacio se hundió nuevamente en esa oscura y desconocida región donde no reina la memoria de nuestros días.
Me estremecí de alegría al escuchar mi nombre, la emoción de que él me reconociera, pero quedé inerme y deshecho al constatar que el roce lúcido de Horacio al verme fue como el vuelo veloz de un pájaro en el cielo y se abrió para él, de nuevo y para siempre, el abismo de su propia eternidad. Era para desmoronarme en lágrimas, pero me reconforta haber tenido para mí la viva y amorosa sonrisa de Horacio y el brevísimo instante de luz en sus ojos.
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