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El humo de los recuerdos

martes 18 de marzo de 2025
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El humo de los recuerdos, por Pedro Díaz Cepero
Confieso haber disfrutado sin sentimiento de culpa, por razón del tiempo y la edad, de esos alargados almuerzos de tertulia y humo gozoso.

A decir verdad yo no he fumado nunca. A no ser que se le llame fumar a enrollar un papel como si fuera un cigarrillo y prenderle fuego. Cosas así de tontas e incluso más hacíamos en aquellos tiempos de penuria y escasez, tal vez para intentar parecernos a los adultos. Fumar nos parecía un signo de madurez, un indicio sobre todo para los otros chicos. Emular a los protagonistas de las películas de vaqueros, imitar a los duros y valientes actores del cine de Hollywood, supongo nos debía dar también una sensación de cercanía con el envidiable way of life americano, el Marlboro country. Por mucho que la España de principios de los 60 quedara a tanta distancia en todos los sentidos. Y a tanto llegaba nuestra estupidez y la mímesis con todo eso que, con pocos años, nos afanábamos en recoger colillas del suelo para rehacer unos pitillos con el papel de fumar engomado hurtado al padre o al abuelo.

Por entonces, lo más normal entre los fumadores con menos recursos era comprar los cigarrillos por unidades. Otra opción era hacerse con tabaco de picadura y mediar como artesano productor. Al abuelo le veíamos liarlos con suma parsimonia, a pesar del oficio, y firmarlos con un lametazo, a lo que seguía la ceremonia del encendido, no menos elaborada. La remataba con un atizador de mecha, haciendo chascar una ruedecilla metálica sobre una piedra de pedernal que producía la chispa en un cordón, generalmente de algodón. Yo observaba con curiosidad la maniobra, y cómo golpeaba pacientemente la ruedecilla hasta que saltaba la anhelada chispa. Quiero creer que el hábito del consumo de tabaco no se producía de forma tan compulsiva como ahora. La agitación y el ritmo de la vida actual, las costumbres y los horarios agobiantes —todavía no se había inventado la palabra “estrés”— circulaban en caminos vecinales más livianos.

Nosotros nos escondíamos detrás de las tapias para fumar, es un decir, esos simulacros de cigarrillos rescatados de la calle y liados sin ningún primor. Y más de una vez, desde las ventanas de los pisos adyacentes, escuchábamos las imprecaciones de los vecinos forzándonos a huir como si fuéramos ladrones o algo así. Luego, no estaba de más masticar alguna pastilla de chicle de la “gallina blanca”, si es que queríamos ahorrarnos castigos mucho más elocuentes de nuestra madre. Y en el colmo de la tontería, recuerdo que nos hacíamos con la cáscara de almendras, vaciadas y perforadas por la base, los cazos de unas artesanales pipas que uníamos con unos cigarrillos de plástico con sabor a mentol que vendían en las farmacias, como insignificante alivio a los carraspeos. En realidad, nos arrastraba más la mitología del fumar adulto que otra cosa. También de la imaginación. Creo incluso que ya entonces lo concebíamos así, yo al menos. Jamás me he tragado el humo. No sé hacerlo, tal vez eso me ha salvado de ser un fumador empedernido con más papeletas para un cáncer. Y si alguna vez me he llevado después un cigarrillo a la boca, o un puro en una boda, nunca me he sentido atraído por la nicotina. Una suerte.

Pero lo peor ha sido que esta parafernalia del fumar, este rito lesivo de tragarse el humo de un cigarrillo y otro y otro, este proceder vano de autoestima, esta pose innecesaria e insulsa de aficionarse a la nicotina, prendió como chispa en rastrojos en una parte de la juventud de la época, y todavía sigue haciéndolo. Durante un tiempo se puso de moda fumar, estaba bien visto, y daba incluso una cierta imagen de ascenso social. En los años sesenta y setenta fueron las clases altas en España las que le dieron un cierto caché al hecho del fumar, socialmente se consideraba un signo de estatus, una herencia perniciosa más de la cultura USA. Incluso se le daba más valor al hecho de que las cajetillas fueran “auténticamente americanas”. Todavía los pocos estudios médicos que existían sobre el maligno hábito eran convenientemente silenciados y desestimados por el peso de los lobbies de las multinacionales del tabaco. Más adelante se “despenalizó” la práctica entre las mujeres. Con la explotación de un nuevo mercado las productoras aguantaron unas décadas más, y la publicidad se adueñaba de ello con un argumento bastardo: fumar escenificaba un paso más en la liberación de la mujer. Una estupidez más que, comercialmente, se aprovechaba del naciente feminismo como expresión de lo políticamente correcto. Las consecuencias han aparecido después: el aumento de cánceres de pulmón entre las mujeres. Y así hasta hoy, cuando todos podemos recordar unos cuantos amigos que ya no están entre nosotros.

Y entrelazados con el humo de estos recuerdos me venía a la cabeza la figura del profesor de Formación del Espíritu Nacional, asignatura insidiosa de enaltecimiento de la dictadura, catecismo descarado del franquismo, que acudía a las clases con un pitillo o un puro, siempre a punto de extremaunción. Era imposible concebir cómo podía sostenerlo entre sus dedos gordezuelos, de tanto que lo quería apurar. Más de una vez tuvo que soltarlo con urgencia sobre el encerado, con las risas de todos nosotros. Contenidas, eso sí, bajo pena de sostener con los brazos en cruz los libros de la asignatura, que pesaban como plomo —en tapa dura de la Editorial Doncel, creo recordar. Le pusimos de mote, certeramente, “el Colilla”, y supongo que en algo influiría su voz aflautada y que no midiera más de 1,50.

Aun así, mantengo un cierto respeto —para el que así guste— a la liturgia impresa en el hecho de fumar un puro. Comprendo que puede tener sentido urdir una pausa con el hilo untuoso de una bocanada, de escapar a la presión diaria con el efluvio de aromas y sabores fugaces, o tal vez de estrechar lazos menos evanescentes que el propio humo. Dicen que los mejores momentos de disfrute de un puro siempre tienen lugar en buena compañía.

Lejos quedan esas sobremesas burguesas de café, copa y puro, cuando se podía inundar, sin reparos, el espacio vital de propios y extraños, tanto en populares fondas como en restaurantes de postín. Confieso haber disfrutado sin sentimiento de culpa, por razón del tiempo y la edad, de esos alargados almuerzos de tertulia y humo gozoso. Sobre todo cuando se trataba de encuentros de trabajo en los que podías celebrar un acuerdo, o resolver temas peliagudos que la noche anterior te habían tenido en vilo.

Los recuerdos te surgen a veces en un hilvanar y deshilvanar de las conexiones neuronales, gracias al baile interminable de múltiples parejas de dendritas que nuestra corteza cerebral registra. El cerebro, a pesar de los grandes avances de la tecnología y de la ciencia médica producidos en las tres últimas décadas, se empeña todavía en ocultarnos los grandes misterios de su funcionamiento para los que, de momento, sólo tenemos hipótesis parciales que, de una década a otra, suelen ser revisadas. Pero esta es la metodología de escrutinio y avance de la ciencia. Los nuevos avances en tecnología, la biología celular y la inteligencia artificial tienen la palabra.

Nuestro cerebro archiva situaciones y vivencias que, personalmente, catalogamos como algo distinto y/o emocionalmente novedoso. Un mismo acontecimiento, vivido in situ por dos o tres personas conocidas, será recordado de forma diferente o, incluso, no dejará huella en alguna de ellas. Creo también, en contra de algunas interpretaciones, que también nos quedan grabadas peripecias y cosas absolutamente banales, sin ningún interés vital o valor simbólico. Es el puro azar de las neuronas y su entrelazado no controlable por nosotros. Así sucede en los sueños.

En todo caso, y dentro o fuera de toda reflexión, creo que es valioso vivir con pasión un gran número de experiencias, que no tienen por qué ser sólo reales, físicas. Quiero decir que leer un libro, escuchar música, contemplar un cuadro, ver una película, disfrutar de un espectáculo o un paisaje, mantener una conversación, añaden toneladas de materia gris a nuestra imaginación, incrementan nuestra capacidad de elaborar recuerdos y multiplican exponencialmente la danza infinita de nuestras conexiones neuronales, de nuestra creatividad. A cualquier edad el cerebro tiene una gran capacidad de aprendizaje y archivo de vivencias.

Considera que los recuerdos somos nosotros, cada uno de nosotros.

Mucho más que humo.

Pedro Díaz Cepero
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