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Un autor y su libro por las solapas
Víctor Guédez, tinta que tienta con cuerpo y alma

martes 24 de junio de 2025
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Víctor Guédez
Víctor Guédez niega la facilidad de escritura, dice que suda cada línea, aunque sea prolífico y se cuenten en más de veinte los libros de su autoría. 📷 Lisbeth Salas

Con la misma claridad pedagógica con que dicta cátedra, escribe. Con la tenacidad observadora del científico y de establecida sensibilidad humana a la hora de interpretar los sucesos —talantes que lo han condenado a ser un enamorado del arte y a vincularse, desde su condición de hombre justo, a la consultoría local e internacional en materia de responsabilidad social empresarial—, Víctor Guédez es además un pedagogo nato que, en sus áreas de competencia, nunca deja de enseñar: en la más reciente conferencia, en una entrevista, compartiendo ocurrencias con café, en un chat, presentando el poemario de un escritor, en el libro que acaba de publicar.

Lector y autor imbatible, este consuetudinario analista de los procesos y los tics humanos organiza las ideas —su materia prima, la arcilla y la obra a la vez— de manera tal que termina construyendo moldes —y antimoldes— de pensamiento. (Podríamos decir que el propio patrón de cambio ha cambiado en su espectro y repercusión. De las esquemáticas hipótesis de lo sistemático y de lo dialéctico en donde las dinámicas de cambio se concebían de manera lineal, secuencial y causal, o como una síntesis surgida del enfrentamiento de puntos contrarios, hemos pasado a una noción esquemática en donde los factores alcanzan una condición muy indiferenciada y dispersa; da la impresión de que no sólo ha cambiado el juego sino también las reglas con las cuales él se administraba: parafraseando a Giles Lipovetsky, puede afirmarse que, cada día, nuestra sociedad se siente más seducida por lo efímero. (De su más reciente libro, Hacer el bien y hacer bien las cosas).

“Gerencia social para aprender a vivir juntos”, de Víctor Guédez
Gerencia social para aprender a vivir juntos, de Víctor Guédez (VenAmCham, 2024). Disponible en el correo electrónico de VenAmCham

Como si fueran piezas fáciles de aparejar en la trama de un tablero de juegos, sus deducciones las instruye de acuerdo a las circunstancias y los debates de época, los hallazgos y la ética, las eventuales causas y sus consecuencias posibles, y uno puede verlas galopar orgánicamente —oyes incluso los cascos—, como atractivas e inspiradoras proclamas que ante nuestros ojos lectores van instándonos a enfilarnos por el sendero de la (buena) voluntad. Sus consideraciones, que presenta como conclusiones en sus libros, son el pensamiento y su esqueleto, idea viva y también cuadernos con vocación de manual. Cuando se posee la verdad se mata a la verdad; o La utopía y el desencanto son nostalgias enfrentadas (de su libro Gerencia social para aprender a vivir juntos), he aquí un par de axiomas que dan cuenta de su entraña escrupulosa).

No se le escapa la realidad que suele poner en esperanzada perspectiva y lo hace de forma que no da chance al extraviado, al desentendido o al decepcionado a retirarse de sus páginas con la mochila desganada. “Todos sabemos que la oruga se convertirá en una mariposa. Pero ¿lo sabe la oruga? Esto es lo que debíamos preguntar a los predicadores de catástrofes que son como orugas envueltas en la cosmovisión de su existencia larvaria, ignorantes de su inminente metamorfosis. Son incapaces de ver la diferencia entre decaer y convertirse en algo distinto. Ven la destrucción del mundo y sus valores, cuando en realidad no es el mundo el que se desmorona sino la imagen que tienen de él”, cita a Ulrich Beck en su libro Gerencia social para aprender a vivir juntos.

Y podría parecer, de tan preciso, e incluso esquemático, un cultor de la autoayuda, pero en realidad detenta una capacidad de síntesis clorofílica: jamás sacrifica la esencia, la extrae con pinzas, la escurre, la honra, y si recurre al croquis y la audaz enumeración de puntos y valores en la representación del símbolo, su verbo y pluma tan claros imantan justamente por la hondura y el giro inesperado. Argumenta de forma tal que sus fundamentaciones parecen paradigmas en redondeles. La igualdad y la libertad son los valores modernos más influyentes; son los emblemas de la ciudadanía y de la potencialidad humana más afianzada. El asunto es que resulta muy difícil asegurar una complementación simétrica de ellos, además de que sólo puede conseguirse por la vía del reconocimiento pleno de la dignidad y no por el sendero del empobrecimiento. Cada ser humano es igual a todos los demás y al mismo tiempo cada ser humano es diferente a todos los demás (de su libro Gerencia social para aprender a vivir juntos).

Intelectual de fe, hace del conocimiento un mandamiento y una eterna tentación; gula. Y tan comprometido con el aprendizaje que lo convierte en comunión. Es un repartidor de saberes, ahí desfoga su talante generoso y justiciero. Cuando abre la boca, este charlista —en el momento preciso, conmovedor—, conquista las audiencias con la calidad de la ofrenda. Expone sus conclusiones razonables y razonadas con un ritmo climático convincente: la voz alzada, el factor sorpresa, la cita oportuna —las pesca y las colecciona— hasta que ¡zas! enciende la mecha. “La gente dice que me transformo”, sonríe. En efecto, se le pone magnética la garganta. Quien quiere dar ejemplo se pone a sí mismo como modelo que dice: hazlo como yo, en cambio con el testimonio lo que se transfiere es la integridad, la honestidad y la autenticidad, esa es la mejor demostración de que la influencia se alcanza con las obras y no con las buenas razones (de su libro Hacer el bien y hacer bien las cosas).

“Hacer el bien y hacer bien las cosas”, de Víctor Guédez
Hacer el bien y hacer bien las cosas, de Víctor Guédez (VenAmCham, 2025). Disponible en el correo electrónico de VenAmCham

Lector imbatible, autor prolijo, cada mañana parece llenar la página en blanco sin atravesar demasiados meandros; él niega la facilidad de escritura, dice que suda cada línea, aunque sea prolífico y se cuenten en más de veinte los libros de su autoría. Con apremio siempre, eso sí, el ímpetu le vendría de la urgencia que tiene por compartir la nueva deducción, el más reciente hallazgo; escribe impelido por ese bombillo prendido que es su cabeza, que se carga de interpretaciones y conjeturas, hipótesis y tesis, cada dos por tres.

Hacer el bien y hacer bien las cosas, su más reciente publicación —terminó su cocción el 17 de febrero cuando fue presentado por Imelda Cisneros y Rafael Arráiz Lucca en la sede del Instituto de Estudios Superiores de Administración (Iesa), en Caracas—, es una cátedra que parece moral y da luces para alcanzar metas. Es la diatriba digerida del cómo, nuestra gran pregunta. El andamiaje del anhelo colectivo e individual, no siempre logrado, por ahora en veremos, de concebirnos mejores en nuestras vidas. Las enseñanzas del siglo XX y los reaprendizajes aportados por este siglo XXI permiten confirmar que debemos atrevernos a pasar de la esperanza en la revolución a la revolución de la esperanza, ese, por cierto, es el título de un vetusto pero vigente libro de Erich Fromm (de su libro Gerencia social para aprender a vivir juntos).

Filósofo que es, atraviesa lo fláccido e inconsistente, lo agujereado o desinflado de nuestros blasones, y sugiere no en pasos sino con lógica organizada de uno dos tres, cual ecuación matemática, la manera más expedita para superarnos en sociedad, en los espacios íntimos, en el proyecto de país. Víctor Guédez, que está aquí, que aquí es, entiende que el tiempo apremia. En la solidaridad crecemos juntos y esto se explica mediante la sentencia de Octavio Paz: “Nos buscamos a nosotros mismos y encontramos a los otros”; igualmente podría decirse al revés, al buscar al otro nos encontramos a nosotros mismos, o “Somos amigos en comunidad, nos necesitamos”, como afirma Carlos Fuentes, y de estas premisas surge la conclusión aportada por Karl Jaspers: “Yo no soy yo solo” (de su libro Hacer el bien y hacer bien las cosas).

Estudiante vinculado a la militancia ucevista socialcristiana, la rama verde más progresista de Copei, el ala de los astronautas junto con el poeta Joaquín Marta Sosa, sería el único no marxista en obtener el favor del voto de los compañeros. Nunca más militante de la política práctica y per se comprometido con la realidad y sus circunstancias, desde niño en el colegio La Salle, luego estudiante de Educación, y después como investigador y docente, este pensador y autor enfocado en la palabra y sus mensajes, así como en llegar siempre a la hora en punto, es un caballero de la democracia, que defiende los consensos y los invoca, y un promotor del debate que reconoce y reduce el alarido en axiomático tono seductor. El comunismo se reventó con la caída del muro de Berlín y como lo explica Jean Baudrillard ese muro cayó hacia adentro y no hacia afuera en señal más de autodestrucción que de libertad, pero también el fundamentalismo capitalista se derrumbó con la caída de las Torres Gemelas con lo cual se demostró, ahora al decir de Carlos Fuentes, que el fin de la guerra fría le había abierto el paso a la paz caliente (de su libro Gerencia para aprender a vivir juntos).

“El capitalismo está en crisis, y toca salvarlo del capitalismo ¡para salvar al capitalismo!, y hay que hacer lo propio con el socialismo”, asegura. También es un militante de la sensualidad. Un rasgo de su inteligencia lógica y de miel —“en realidad mi estrategia de trabajo es la dedicación y la disciplina”— con la que va limando asperezas. Se le ubica en los estadios centristas; en eso es radical. “Como decía Octavio Paz: a veces no es esto o aquello, sino esto y aquello, o esto es aquello”, dice.

De cerebro bien amoblado, movido por la idea de comprender el devenir y las crisis —“que no pasan por accidente”—, entre sus conquistas está la domesticación de la timidez y entre sus andanzas o trayectoria o ascenso a la élite, el rimero de cargos de su currículo: consultor en el área de ética y responsabilidad social empresarial, así como en gerencia, de instituciones corporativas y de la empresa nacional, las que guapean: aconseja a Fedecámaras, al Comité de Alianza Social de VenAmCham, a Laboratorios Behrens, al Iesa, a Empresas Polar, al Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo; es director del proyecto de investigación evaluativa de la Unesco, gerente de Planificación del Centro de Formación y Adiestramiento de Petróleos de Venezuela y sus Filiales (Cepet) y del Centro Internacional de Educación y Desarrollo (Cied-Pdvsa), y vicepresidente del Club de Roma. Como docente, ha dictado cátedra sobre responsabilidad social empresarial en la maestría de la Universidad de Barcelona (España) y también ha sido profesor del tema en casa: en la Universidad Central de Venezuela (UCV), en la Metropolitana y en la Simón Bolívar. Añádase su membresía en la junta directiva de la Fundación Bigott y, como devoto de la belleza, la membresía de este crítico en las directivas de museos de Venezuela como la Galería de Arte Nacional (GAN), el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber (Maccsi) y el Museo de Bellas Artes, y su asesoría en el Centro de Desarrollo Cultural (Cresol) de la Organización de Estados Americanos (OEA). Agregar, porque todavía falta, que es directivo del Centro Gandhi, y claro, la escritura.

Enjundioso autor, su lectura achispa. Como un jardinero, abre y limpia trochas. Raro, endulza el camino con la crítica y la verdad sin ambages. Autor de Gerencia, cultura y educación; La ética gerencial; Aprender a emprender; Ética, política y reconciliación; Ética y práctica de la responsabilidad social empresarial; Ser confiable: responsabilidad social y reputación empresarial; Gerencia social para aprender a vivir juntos y Hacer el bien y hacer bien las cosas, entre otros títulos, sus textos despabilan con sus pistas y señalizaciones, fórmulas y sabidurías, las que atesora; así como acopia libros en su despampanante biblioteca, y libretas de bolsillo en todos los colores y diseños —en ellas apunta las ideas que luego desarrollará—; adora la frase palmaria, la cita y ¡los refranes! De hecho, es el compilador de El arte de los aforismos y los aforismos sobre el arte, libro cuya producción fue una convocatoria plural.

A él le viene bien, vale decir, ese proverbio que dice que no eres lo que tienes sino lo que superas. Él desliza varios; con ellos clavetea conceptos, que cita o inventa su sesera. “El líder ve más allá del horizonte, el emprendedor aprovecha las oportunidades y el gerente revierte las circunstancias”, jura y añade la ética. “Hay que considerar no hacer daño, hacer el bien, crecer y hacer mejorar al otro”, agrega con compromiso. “Si yo cambio, todo cambia, así como si todo cambia y yo no cambio no cambia nada, y si cambia al menos quince por ciento de la humanidad seguro cambia la realidad”, saca su mejor cuenta. “Cambiarnos, ojo, no sustituirnos”. Y añade: “La ética no queda solventada simplemente con no hacer daño; ello la reduciría a una visión restrictiva, reactiva y negativa cuando su naturaleza es más bien expansiva, proactiva y positiva. Hacer el bien conlleva ejercer una actitud empática que se traduce en la atención de una carencia, de una expectativa o de un beneficio inesperado para el otro”.

“Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos sino que desnuda las almas, y ese espectáculo suele ser horroroso”, citaría, en tiempos del Covid, La peste, de Albert Camus. “Tal visión, por lo demás, nos da conciencia del otro”, subraya, “revelación que puede dar pie a miedos y negaciones como el sectarismo y su derivado, el totalitarismo; el racismo que lleva a la xenofobia; el clasismo que se resetea como aporofobia; o también, y he aquí una fantástica oportunidad, las ganas compartidas de buscar solución, que a su vez conduce a las alianzas fructíferas”. Sostiene a pies juntillas que, más que competitivos (tengo más) o comparativos (estamos a mano), mejor si fuéramos más cooperativos: la suma es la operación matemática en la que más tenemos. O sea, la más estratégica.

El hombre que entra con más gusto a las iglesias vacías que a la misa dominical porque los ritos y las oraciones en coro lo desconcentran de su íntima conexión espiritual, “aunque creo”, puede estarse entre multitudes por un rato; pero si feligrés, adorará el credo que propone el poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, su amigo: “Necesitamos religiones alegres donde todos podamos ser santos”. Santos y alegres, mejores y persuadidos del sí se puede desde nuestra condición siempre perfectible de carne y hueso. “Pensemos en nosotros, en lo que sufrimos y en lo que podemos hacer, en lo que sufre la carne más que en crear robots, consustanciémonos con nuestra naturaleza, seamos ecológicos de cuerpo y alma, mientras ahora mismo sobrevivimos, aguardamos y aprendemos. Se dice que no hay que temer a la inteligencia artificial porque es una herramienta que gobierna la inteligencia humana, pues por eso mismo, imaginen a un remedo de Hitler con tal posibilidad a mano”, advierte apoyándose en la cita de Yuval Noah Harari: “La historia comenzó cuando creamos a los dioses, y se acabará cuando sustituyamos a los hombres”, alerta.

Es su plan invitarnos a pensar. Ha llegado la época en que no cabe soñar con utopías sino salvar a la humanidad de ellas (de su libro Gerencia social para aprender a vivir juntos). Con la cabeza, con el corazón, con las manos que intuyen la arcilla.

Faitha Nahmens

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