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Karl Krispin y el verbo como razón saliéndosele del pecho
Un autor y sus libros por las solapas

lunes 28 de abril de 2025
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Karl Krispin
Karl Krispin es un autor que parece salvaguardarse en la cultura. 📷 Margarita Boulton • Prodavinci

¿Quién en su sano juicio diría públicamente que Penélope Cruz está sobrevalorada, tiene una belleza corriente y es una gritona globalizada? ¿Un provocador? ¿Un ateo? ¿Tom Cruise despechado? En realidad, un prolijo escritor caraqueño, tan serio como cítrico de verbo, que contra todo pronóstico, léase la crisis en todas las instancias y sin duda en el mundo editorial, pese a los presagios anticlimáticos, no para. Un autor de fecundidad constante. Aquel a cuyo suculento libro de ensayos ¿Es posible leer La montaña mágica en nuestros días? y su más reciente novela, Ve a comprar cigarrillos y desaparece, un libro seductor, tanto en su estructura de tiempos como en el perfil de los personajes, los siguen par de trabajos que recién salen de la hornada: Los cochinos voladores, ensayos de mesa y sobremesa, ya en los anaqueles, y La motocicleta de Kafka y otros ensayos, a puntico de ver la luz. Un intelectual que, además de dejar bien claro que lo suyo es la palabra, de entre sus tantos afanes vinculados a la educación y a la promoción cultural, no se permite, en el entreacto imposible, el enchinchorramiento del que era acérrimo defensor el entrañable Manuel Caballero. Un observador que tendrá sus pausas contemplativas e introspectivas pero que, circunspecto de modos y a la vez tan encantado con los lances atrevidos y a contracorriente que le son distintivos, ya vemos, opta a toda costa por no cejar. No sabe qué cosa es el síndrome de la página en blanco; al contrario, hay tanto que decir.

Karl Krispin, perito navegante en todas las formas de las aguas narrativas, es autor de ficción, cuentos y novelas, así como devoto de la realidad, la otra cara de la misma moneda, y es un solvente articulista, ensayista y cronista. A sus anchas tanto en unos géneros como en los otros, asume la no necesariamente paradoja como a la palabra misma: encantado con esa materia prima de sinuosas e infinitas posibilidades. Intelectual cuya cultivada sesera disfruta de lo lúdico y hace buenas migas con lo sensorial, así como adora compartir sus premisas sin concesiones, la honestidad y la duda, blande como estandartes tanto la sobriedad como la provocación. Y no tendrá empacho en permitirle el desliz cítrico a su lengua, que soltará cada tres por dos el intempestivo chorro de limón que producen sus glándulas salivales. Enamorado de la palabra y de su seductor yugo, ese que va de la precisión al temperamento ambiguo, se casará con ella. De frac y una flor en el ojal. Hace cincuenta años me di cuenta de mí mismo y pensé si lo que me rodeaba duraría para siempre. Mi calle era ciega y daba inicio al resto del mundo. Nunca he dejado de vivir en ella, aunque haya mudado de residencia. Fue con aquellas tardes recoletas de libros y luz en mi balcón que comencé a juntar las palabras que sigo teniendo (de 200 breves).

“Ve a comprar cigarrillos y desaparece”, de Karl Krispin
Ve a comprar cigarrillos y desaparece, de Karl Krispin (Hypermedia, 2020). Disponible en Amazon

Prolífico de verbo y enjundioso de currículo —añádase que fue miembro del club de Roma, cabeza de la Fundación Cultural Humboldt y directivo del Centro Venezolano Americano—, este creador de voz propia y sonrisa a medias, que se cuida de no trazar en el aire ademanes desentablados y parece contener entre bardas imaginarias la euforia, ha tomado la sensata decisión de no renegar del trópico —sería cursi—, ese entorno inevitable que tienta y hay que poner a raya, y que se le ha infiltrado para siempre y le ha calado hasta los huesos, pese al gabán. Alto y de voz ronca, franco como una bala y dueño de un carro germano con nombre de mujer de añoso modelo y en preciosas condiciones, este mirón mirado, aunque no fuma, felizmente, podría sostener en las comisuras un cigarrillo de volutas cinematográficas. Podría ser aquel que era un tipo exitoso, culto, un encantador de salón con corbatas Hermes y zapatos Crocket & Jones numerados. Las camisas se las confeccionaba un italiano, iluminado con los puños y la batista. Nunca equivocó en qué lugar debía ir el monograma: a unos cinco centímetros bajo el corazón. Jamás en los puños, una costumbre de nuevos ricos para mostrar que la camisa ha sido realizada a la medida (de Ve a comprar cigarrillos y desaparece).

Habitante único de una biblioteca personal que contiene unos cuatro mil volúmenes, él como isla a cuyas orillas llegan por olas balsámicas los tantos títulos que posee y que le son referente y cobijo, el egresado en Letras y en Ciencias Políticas que hace pulso con un doctorado en Historia, no puede disimular las manos llenas de tinta; ávido lector, la escritura es la pasión secreta aunque pública de este organizador de exaltaciones literarias, que halla en el verbo la boya a todo naufragio. Su firma en las novelas La advertencia del ciudadano Norton, Con la urbe al cuello, Viernes a eso de las nueve; en los estudios históricos La Revolución libertadora y Golpe de Estado: Venezuela, 1945-1948; en los ensayos ¿Es posible leer La montaña mágica en nuestros días? y Bush en Playa Parguito, artículos de una década perdida, Camino de humores, Lecturas y deslecturas; en los compendios de minicuentos 200 breves y Ciento breve y en el libro de entrevistas Venezuela y Alemania, 20 testimonios, queda claro que Karl Krispin se expresa en todos los reinos literarios; eso sí, su pluma pulcra, sin barroquismos ni desvaríos rocambolescos, la hiende hasta el fondo; profundidad y rigurosidad que espolvoreará con guiños de humor en dosis al gusto a la hora de convertir en verbo sus deducciones sobre las complejidades humanas. A la misma hora de todos los jueves formaban un círculo de vibrante discusión en que condenaban el revisionismo y escupían sobre cualquier concesión al formalismo burgués. En una de las sesiones en que se reafirmaban las luchas del pueblo vietnamita, uno de los camaradas pidió considerar un punto de urgencia. Pidió que encendieran Venevisión porque a las siete bailaba la vedette Iris Chacón (de 200 breves).

El gozo creativo, el que produce conversar, el café en su punto, el hablar de lo que ama, lo irá destilando desde su sesera bien amoblada a medida que vaya hilvanando alguna ocurrencia cosida con perspicacia. Si en los espacios formales y de aire acondicionado donde su aura pública remite a urbanidad posterga ternuras o melancolías y demás emotividades de apariencia blanda, en sus libros será muy posible que el narrador esté dispuesto a la sorna y un personaje burlón sea burlado por otro, pero ese despellejamiento no será un acto de violencia extrema: no hay que esperar sangre per se aunque parezca que no le es ajena el hacha. Autor que parece salvaguardarse en la cultura, hermosa elección, gustará pescar y eliminar escamas y hollejos hasta dar con la carne y el hueso. Pero no construirá una tragedia irreparable, no está Bukowski en su radar referencial o inspirador fundamental, está el dolor pero no el abismo insondable, aunque, eso sí, querrá llevarle el pulso a la trama o al drama desde lo medular. A sus personajes se les oye el pálpito... Y además el edificio donde quedaba la Escuela de Ciencias Políticas, que fue finalmente lo que hice allí, una maestría en Ciencias Políticas, era el mismo edificio donde estaba la Escuela de Literatura por donde precisamente John Kennedy Toole por cuyas aulas pasó. Muchos de mis profesores lo conocieron y lo primero que hay que decir de él es que no representa esa personalidad oscura que traman un poco quienes han hecho de su suicidio una enorme excusa para acusarlo de un talante inequívocamente depresivo (de Conferencias americanas, autores de los Estados Unidos por escritores venezolanos).

El verbo nunca es dique o camuflaje, es porosidad, transparencia, el suyo tiene humedad, tiene secreciones y puede salivar o llorar. Sin engolamientos ni palabras de domingo —¿cuáles serían esas?— este narrador se permite, desea y consigue que su prosa profunda y sin arabescos, rizos y perifollos, fluya como sus acotaciones, que vienen del gusto por los recreos que ofrece la metáfora. Es la suya una trama sólida que incluye la necesaria sorpresa y el viraje, así como una cierta esencia rebelde, como leitmotiv. Sin despotricar a bocajarro, no del todo, y dándose el placer de que se transparenten, a medida en que avanzan las revelaciones —sus compromisos y nostalgias—, las ideas que ama macerar en la acidez, y que entre líneas se respira el vapor del ambiente, su nariz estricta, así lo parece, le hace ascos a algunas desgracias y condiciones, aunque no la tape con pañuelo. En su también elegancia sintáctica —ajena a rimas y fáciles comicidades—, se cuela el jaleo que enmarca la obra, su vida.

“200 breves”, de Karl Krispin
200 breves, de Karl Krispin (OT Editores, 2020). Disponible en Amazon

También, pese al rigor de sus contenidos y estilo, que no excluye pasión y fluidez, parece hechizado por los laberintos de los espejos. Le interesan el tiempo y sus cambios. Las revelaciones que contienen las matrioscas de la psique. Parece ir en línea recta hasta que de pronto salta. ¿Y en qué tiempo caímos? ¿Eso tendría algún desenlace como las protestas de la calle? Y me ponen la fuerza del destino. No entiendo nada de esto. ¿Estaré una vez más siendo narrado por alguien a quien también lo están narrando? (de Ve a comprar cigarrillos y desaparece).

El cabello hacia atrás, las ideas bien organizadas, despunta en el ambiente editorial local y extrafronteras con su trabajo que busca detectar en el paisaje los artificios y simulaciones de la escena, la valoración y el tono del gentilicio, las vicisitudes del presente dramático y contumaz de los días en curso. Puede decirle a Milagros Socorro en una entrevista, cuando ella le pregunta si se ha enamorado de alguna actriz, que nadie se enamora de las actrices, a menos que se trate del desquiciado que persigue a Jodie Foster. Y que una buena historia para ser filmada sería la que narre cómo fue que pasamos de ser un país extraordinario, con cierta educación, buenas costumbres y gente muy ponderada, a esta ranchería de malandros corruptos y vulgares. Compartirá la grima. La digerirá. La hará olor, dolor, tinta. Constancia. Prendieron inciensos y velas aromáticas. El delegado de inteligencia realizó la toma gráfica de la porción compacta de excremento humano contigua a la carpeta a los puntos de cuenta, según le dictó el asistente tercero del ministro para que lo reseñara en el informe. Total que al canciller le dedicaron una auténtica obra humana para recordarlo (de 200 breves).

En el país de las maravillas y también de las inconsistencias, la desesperanza histórica, las ganas y ciertas constancias por resolver o valorar, hay inspiración para rato. Hay maleza y bonhomía. Como en medio mundo, ese ancho y ajeno, en casa todos los céspedes están sembrados de preguntas, los bailes son una oscilación, quién sabe cuánto y por qué. ¿Cuánto dura una vida? ¿Qué significa esa estadística llamada expectativa de vida? ¿De cuánto tiempo disponemos? ¿Desde cuándo tenemos la capacidad de agregar tiempo al tiempo? ¿De cuántos minutos estamos hablando para sentenciar esa ridícula frase acomodada de que teníamos que estar aquí, porque no podíamos abandonar el país? ¿Yo acaso tomé la decisión de nacer allá? Pues no, eso indescifrable llamado la providencia me llevó hasta allá. Y además tú te contradecías, porque en privado hablabas horrores de todo lo nacional y en público (...) exaltabas el compromiso ético, la paideia con la polis. ¿Pero qué polis, hazme el favor, polis en la parada de autobuses de Chacaíto? (...). Vine a esta vida a vivir, no sé si con ejemplaridad, no sé si con fundamento ético, al menos sí comprometida con mi emancipación y para registrar unas imágenes que quiero que sean mías para siempre. No quiero envejecer en una imposibilidad de país. ¿Había alguna sensatez en seguir con la estupidez del clima y del Ávila? (de Ve a comprar cigarrillos y desaparece).

Acaso todo esto sea amor. Como decía Cabrujas, hay que amar mucho al país para criticarlo. El suyo es un amor desmesurado del que da cuenta su obra que desmaleza la escena y añade compasión, sí, todo parece estar ahí bajo el sarcasmo. He aquí a un profesor que aunque reniega sin ambages —quién no— de las formas crueles y ridículas que invaden la cotidianidad, escarba en la propia sensibilidad hasta dar con el gesto que nos reivindica la historia. Estudioso de la literatura y conferencista que comparte razones en buena lid, he aquí a un investigador con vocación por los destinos de la humanidad y un autor hipnotizado por la literatura inglesa interesado asimismo en la gastronomía. Si alguien quiere degustar inmejorablemente bien, le aconsejo que vacacione unas quincenas en el Cementerio de Praga de Umberto Eco: eso es para glotones que no se sacian. Qué atención tan espléndida. Hay que desconfiar de los platillos que se sirvan en las novelas de Vila-Matas ya que tiene una aversión con los ojos del pescado (de Ve a comprar cigarrillos y desaparece).

“¿Es posible leer ‘La montaña mágica’ en nuestros días?”, de Karl Krispin
Es posible leer La montaña mágica en nuestros días?, de Karl Krispin (OT Editores, 2020). Disponible en Amazon

Analista de buen ojo, lo que enriquece su trazo, lee con avidez y con mirada desorbitada. (...) Volviendo a los consabidos clásicos, si se decide perdurar en las páginas del señor Joyce, abjure de los convencionalismos del lenguaje (de Ve a comprar cigarrillos y desaparece). La montaña mágica es una de las novelas a las que mayor gratitud le tengo. A casi cien años de su publicación sigue agitando el debate entre sus apóstatas y valedores. En sus muchas páginas no sólo se exhibe lo universal sino que se guarda lo subrepticio y lo clandestino. Es una novela que llama a vivir un tiempo en ella como esas vacaciones gozosas no del todo completadas que luego seguimos recordando. Y así como Haruki Murakami le rinde homenaje en Tokio Blues, yo también se lo ofrendo en mi novela Ve a comprar cigarrillos y desaparece (de ¿Es posible leer La montaña mágica en nuestros días?).

Rendido ante la literatura y a casi nada más, amén de su vida personal, la raíz tan cuadrada, la esperanza, Karl Krispin se arriesga con un personaje que se permite el atrevimiento de las listas, siempre fantásticas si borgianas, siempre un albur según todo el mundo, siempre seductoras según quien intente compilar un rimero de circunstancias y nombres en la enumeración que abrirá boquetes o los dejará. Las visitas al señor Kafka son un tanto traumáticas y es factible que te arresten y te sometan a juicio (...). Si se desea una vida de ensueño donde sea envidiable, no hay mejor residencia que la de los hermanos Grimm. Pero normalmente ese tipo de residencia la tenemos cuando somos niños y luego se nos olvida que lo fuimos (...). Recomiendo veranear en la obra de la señora Woolf. Pocas veces se consigue uno con un ser tan tremendo y extraordinario como ella. Se otorga muchas licencias. Virginia puede hacerte dudar de tu género. Prepárate para un cambio de sexo incluso (...). Y hablando de fenomenales, tengo uno que reconozco como tal, Sándor Márai. Si se quiere apreciar lo que son las mujeres, a pesar de que presumamos que las conocemos mejor que nadie, hay que comprobar un período vacacional, tal vez largo y repetido, con La mujer justa.

Persuadido de que los escritores de no ficción son tan escritores como los de ficción, y de que los que ficcionan no tienen pruritos para inventar notables mentiras literarias, lo que sí no admite Krispin es que a la literatura la integren los circuitos de la realidad, dice, porque “ninguna crónica, por muy apasionante que sea su lectura y por mejor escrita que esté, puede tener la capacidad y mucho menos la arrogancia de reducirla a un asunto meramente fidedigno”. Tengo por costumbre terminar los libros junto al mar o escribir cerca de la playa. Estas frases finales llevan espuma y la música de las olas. Nunca pienso en los que lo leerán. Esta vez he hecho como el náufrago: los he colocado dentro de una botella y he dejado que floten para que lleguen a una orilla y allí estarás tú, lector, y te doy mi mano con olor a sal (de 200 breves).

Faitha Nahmens

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