
Leyendo la novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero, me topé con el Hombre de los Relatos, una figura que vive entre lenguas, manuscritos e identidades falsas. Vaya, pensé, cuánto me recuerda al personaje el Dios de Todas las Letras, de mi libro El mordisco de la polilla. Al igual que el personaje de Calvino, escrito mucho antes, el mío también encarna la idea de que las historias son patrimonio colectivo, ancestral e incluso místico.
Y si me pongo a mirar un poco más allá, me encuentro con Borges, con Barthes, con Kundera, quienes, cada uno a su manera, se han propuesto la misma tesis: la originalidad y el individualismo en la literatura son mitos.
Borges creía que toda escritura es una reescritura. En su ensayo “Kafka y sus precursores”, plantea una idea brillante (que, si lo miramos desde el ojo crítico de Borges, seguramente ya habría sido planteada antes). Según Borges, Kafka creó a sus precursores, no al revés. Es decir, al leer a Kafka, ciertos textos del pasado comienzan a parecernos “kafkianos”, aunque fueron escritos mucho antes. Para Borges, es el presente el que reinterpreta el pasado. Esta idea está ligada a una de sus frases más citadas: “Un solo hombre ha escrito todos los libros; ese hombre es el espíritu humano”.
En ese marco, el autor individual no es más que un eslabón dentro de un entramado mayor: el autor universal, una especie de gran mente colectiva que escribe a través de todos los escritores del mundo. La originalidad, entonces, no consiste en crear algo totalmente nuevo, sino en reinventar, dialogar o resignificar.
Barthes, y luego también Umberto Eco, hablaban de la muerte del autor: una vez escrito el texto, el autor deja de tener control sobre su sentido. Lo que importa es la lectura, la interpretación. Milan Kundera, por su parte, defendía la novela como un territorio común. Sostenía que la literatura avanza por acumulación y variación, no por rupturas absolutas. Cada novela es una forma nueva de explorar una idea que ya ha sido planteada, en un gran diálogo que atraviesa siglos.
Ahora bien, nos encontramos ya bien entrado el siglo XXI, y en lugar de un hombre (o mujer) de todos los relatos, es una máquina la que ha surgido desde las cavernas de nuestros miedos y pesadillas, tan intangible como una nube digital, pero capaz de alimentarse de todo lo escrito para recrear, y sí, también regurgitar, literatura: la inteligencia artificial.
Entonces la pregunta vuelve, más urgente que nunca: ¿Ya no existe la originalidad? ¿Todo se ha escrito ya? ¿Estamos ante el fin del diálogo humano con las palabras? ¿Nos dejaremos caer en brazos de este “malvado creador robótico de arte”? ¿Nos quitará los puestos a quienes escribimos, contamos historias y elaboramos sentido?
Tal vez, si volvemos a esa idea de que todo ya ha sido escrito pero todo puede ser leído de infinitas maneras, podamos verlo desde otro ángulo: aunque los temas sean finitos, las perspectivas son tan infinitas como el universo mismo. Y ese universo, que la inteligencia artificial reproduce, está hecho de voces humanas. En otras palabras, la máquina nos necesita para seguir nutriéndose. De lo contrario, como una vaca que mastica eternamente el mismo pasto, sólo podrá reciclar lo que se le dio en el pasado. Que no es poco, claro. Pero sin nosotros, con el tiempo, se volverá arcaico.
Prefiero ver esto no como una usurpación, sino como una colaboración. La máquina nos necesita para crear ideas nuevas. Nosotros la necesitamos, a veces, para inspirarnos, para ordenar, para recordarnos los acentos olvidados por la prisa (como en este caso: este mismo texto fue acentuado por la máquina).
Así, nos damos la mano. Convivimos. Como lo hizo el libro después de la radio, y la radio después de la televisión.
La historia sigue, pero la voz sigue siendo humana.
- ¿Ya todo fue escrito? Borges, Calvino y la máquina de los relatos - martes 8 de julio de 2025


