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La palabra

martes 28 de octubre de 2025
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La palabra, por Stella Alvarado
Todo poeta se remonta a los orígenes de la palabra escrita, al momento de la creación, al rito, a la invocación a los dioses, al oráculo, al misterio de la vida y la naturaleza.

“La palabra es la casa del ser y en esa morada habita el hombre”, decía Martin Heidegger. Y agregaba: “Podemos deducir entonces que los filósofos y los poetas son los habitantes de esta morada”. Pero, “¿qué es un poeta?”, se pregunta.

Un poeta es una persona frente a sí misma que ve reflejada en su imagen la imagen de los otros. Un poeta es ese raro ser imprescindible con el que se transita el intento de entender la existencia.

Todo poeta se remonta a los orígenes de la palabra escrita, al momento de la creación, al rito, a la invocación a los dioses, al oráculo, al misterio de la vida y la naturaleza. Imaginemos por un instante su poder de crear imágenes y de articular el sonido de un poema. Puede representarse, por ejemplo, el primer día de la creación de esta manera, inventando, recreando su propio Génesis, y decir:

...Y en un principio / el viento tocó la arena /
y sopló / en la boca de las caracolas.
Cantaron las hierbas / y los mimbres.
Más allá / fueron ejecutadas / las danzas eficaces.
En un silencio verde habitaba / el mundo de los
pájaros / esperando un signo.
Un sonido transparente / se incorporó temblando.
Entonces / la palabra perfecta / fue articulada.

(de mi libro Galaxia de Venus, 1979).

Centrémonos en la capacidad de abstracción del poeta. Es posible que imagine una celda de las Torres de Tübingen, donde estaba recluido el poeta Hölderlin y, tal vez, a través de la ventana de esa torre vislumbrara aquello que el poeta alemán pudo haber percibido:

Cielo y pasturas / sin ningún / horizonte.
Tan sólo el beso de una / mariposa con alas / de metal.

(de mi libro Cielo final, 2004)

Y transitando ese universo de posibles imágenes es muy factible que se cruce con el ángel. Que puede ser el arrasador ángel de la historia de Walter Benjamín, o el ángel agitado de Rilke, que en vuelo rasante se posa sobre una estatua, despliega sus alas y luego desaparece, o tal vez el ángel de Takis Varvitsiotis que, junto con el poeta, sostiene al mundo. Y que el poeta, fusionado con el ángel, revestido de precaria humanidad, aquí y ahora, se transformara en un simulacro del ángel y confesara que:

Hubo un tiempo antes de este tiempo /
sueño dentro de un sueño / donde mi cuerpo
fragmento de otras vidas / jugó a ser inmortal.
Artificio.
Pájaro ciego / entre máscaras / de ojos impiadosos /
con el mezquino sabor de la victoria / en la inútil / eficacia de la vida.
Ángel cubierto de sol en medio de tinieblas /
dancé sobre un cadáver / donde las flores / mueren / en la órbita de un puente / donde gravitan los ocasos.
Simulacro.
Prójimo de la eternidad y la basura /
anfitrión de nadie / en el desierto.

(de mi libro Cielo final, 2004)

Pero el poeta siempre regresa de cada una de sus expediciones con un texto desconocido, un poema olvidado, una historia rescatada, una realidad perdida. Nos regresa la memoria; lee, trabaja. Escribe. Escribe la vida con su propia sangre.

Stella Alvarado
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